Hace diez años, el detective privado Giorgio Bufalini
llegaba a su despacho a las ocho de la mañana. Vivía
cerca del molino Stucchi, en Venecia, hasta que el año pasado
andaba con los bolsillos tan arrugados que tuvo que aceptar una
indemnización de dos millones de liras para desalojar la casa
que alquilaba desde hacía quince años.
"Ahora--dice, recostado en un sillón que tiene el
mismo color gris de la ciudad--vivo en Spinea, tengo que tomar
el vapor y nunca llego antes de las diez" . Extraña
profesión la de Bufalini para una ciudad como Venecia. Su
oficina está en un lugar encantador, la Calle del
Cafetier, junto al Ponte de la Viste, a cincuenta metros
del lugar donde los fascistas mataron a Amerigo Pocini.
"Hago cualquier cosa. Acepto trabajos en todo el Veneto, porque
si no sería imposible vivir. Divorcios hay pocos acá
porque la gente es muy tradicionalista, enemiga de los escandaletes.
Me contrataron muchas veces para seguir mujeres u hombres, pero no es
fácil. Esto no es Nueva York. ¿Se animaría a
seguir a una mujer en el vaporetto ?"
No, su trabajo no parece cómodo. Seguir a alguien por las
estrechas callejuelas, escudado detrás de un grupo de turistas
puede ser un papelón. "Hace ocho años--recuerda
Bufalini con nostalgia--, agarré a dos hombres de
Turín que habían robado un collar muy caro en un
negocio del Centro Histórico. Los arrinconé en el
Casino. Se entregaron mansitos. Eran buenas épocas,
señor".
Bufalini invita a tomar cerveza en la Sala Billardi, a
cuatro pasos de su oficina. En la calle hay un olor ácido que
debe llegar desde el puente. El sol del otoño es, aún,
demasiado caliente para la calva del detective. Se pasa un
pañuelo blanco y lo guarda en un bolsillo del saco. De
allí saldrán luego los arrugados billetes para pagar la
cerveza. Aparenta unos 54 años y dice que vive con una
muchacha de 22, "¡Bella!", exclama, y guiña un ojo.
De pronto, vuelve a ponerse dramático: "Acá nos
hundimos, todos, señor. La ciudad un centímetro por
año, yo bastante más rápido. Mire qué
paradoja: para restaurar a Venecia hacen falta 270 mil millones de
liras. ¡Para levantarme a mí se necesitaría tanto
menos!".
Pide otra cerveza y enciende la Muratti. "Me desalojaron de la
casa. Un par de millones tientan, más si uno anda rengo del
bolsillo. Hasta hace cuatro años acá la vida era
tranquila, había que aguantar a los turistas, pero con ellos
llegaban lindas mujeres. Ahora nos están echando a todos los
venecianos. Las grandes corporaciones compran los edificios y empieza
la especulación".
Parece deprimido, pero en un gesto de audacia traga su vaso de
cerveza con los ojos grises cerrados. ¿Quién compra? "Las
grandes empresas Olivetti, Pirelli, las compañias
aéreas. Se trata de echar a los nativos para convertir a
Venecia en una isla con palacetes para ricachones. Acá hay
49.457 unidades inmobiliarias, pero sólo viven 10.200
patrones, lo demas está alquilado. Entonces, el primer paso es
echar a los inquilinos y luego vender. Gran negocio, señor,
pronto van a vender hasta el agua de los canales".
Domina datos, cifras, como si alguien le hulsiera encargado el
trabajo. El cronista se lo dice. El sonrie. "Leo los
diarios--dice--, es lo único que hago a la
mañana. Vea, hace diez años el metro cuadrado de
terreno acá valia 150 mil liras, ahora ya se paga 250 mil y
dicen que va a subir hasta 400 mil. El Centro Histórico,
acá donde estamos sentados, tiene seis mil habitantes fijos.
No va a quedar nadie.
Paga y sale junto al enviado. Por la calle pasa una pareja de
turistas y ella toma una foto del puente que incluye a Bufalini. Este
sonríe: "Vaya uno a saber a dónde irá a parar
ese retrato. Ya ve, acá uno no es dueño ni de su alma".
Cuando entra en la oficina levanta la cortina y mira a través
de los barrotes las azoteas rojas. "Todo empezó cuando la
empresa Romana Beni Stabili hizo un complejo inmobiliario moderno de
cien departamentos. Sólo vendió el 30 por ciento. La
gente que compra quiere las casonas, viejas por fuera y puestas a
todo lujo por dentro. Hasta Marcello Mastroiani compró un
departamento moderno para pasar vacaciones".
Va hacia una vieja heladera, saca una manzana y empieza a
mordisquearla. "Yo soy comunista. Estoy convencido que en el negocio
andan todos los partidos del gobierno, como siempre. La
compañía Aeritalia compró el que era Hotel
Splendid y va a montar una residencia de lujo. ¿Quiénes
están detrás de eso?".
Por de pronto, Venecia amenaza cambiar de manos y convertirse
simplemente en un complejo turístico. El gobierno obliga a
restaurar, pero concede solo el cuarenta por ciento de los gastos. La
mayoría de los propietarios --gente de trabajo que ha
heredado sus viviendas--, no está en condiciones de
cumplir las ordenanzas. Las grandes empresas, sí. Ellas
compran, restauran, luego hacen su negocio.
Al mediodía, tres viejos músicos se guarecen bajo
el toldo de un café en la Piazza San Marcos, y tocan.
Los turistas no escuchan, pero toman cerveza, refrescos. Los sonidos
del violín, el piano, el contrabajo, intentan piezas de moda,
alegres, simples. No hay caso: el ritmo es triste, amargo y nadie
aplaude. Los viejos miran a los turistas con una cierta indiferencia.
Las palomas descienden sobre las mesas, picotean. Bufalini
sonríe: "Napoleón dijo una vez que esta plaza era el
más bello salón de Europa" De pronto cambia de
expresión, mira a i musici y dice en voz baja: "Thomas
Mann puso acá a su personaje porque sintió algo que
nosotros sentimos siempre. Venecia es el único lugar del mundo
donde se muere sin dolor. Ojalá nos dejen".