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Osvaldo Soriano era uno de los mejores narradores
argentinos de esta segunda mitad del siglo. Un grande, como
Arlt y como Cortázar, que fundó su propio
lenguaje y su propio reino de imaginación.
Pocos narradores eran tan famosos -y con justicia- como
él fuera de la Argentina. Y sin embargo se fue, como
corresponde a un argentino cabal, sin haber recibido nunca
ninguno de los numerosos premios oficiales o institucionales
que este país concede a otros con menos obra, menos
talento y menos grandeza creadora.
Con Soriano mueren los
sueños de una generación que confió en
una Argentina más justa y más digna.
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