HASTA SIEMPRE OSVALDO

 

José María Pasquini Durán

A sus plantas, rendido un león

 

  Fue en una noche de julio, hace seis meses, al final de las últimas vacaciones escolares de invierno, cuando llegó el diagnóstico preciso. Lo que hasta entonces podía ser una bronquitis severa, o quizá la secuela de una neumonía anterior, se convirtió en la puerta de entrada a uno de esos laberintos que la vida propone como desafío terminal. La circunspecta voz de la medicina lo enunció en pocas palabras: tumor maligno alojado en un pulmón. Todo lo demás que se dijo aquella noche, incluso las estadísticas y antecedentes para el optimismo, resbalaron como agua mansa absorbida por el desconsuelo. Brotaron palabras conocidas pero lejanas, hasta entonces patrimonio de otros (quimioterapia-radiaciones-horizontes quirúrgicos), que se volvían propias pero marchitaban apenas pronunciadas. Sólo dos quedaban en pie, empecinadas: vida o muerte.
  Osvaldo Soriano fue siempre pudoroso y tímido. Lo atormentaba la sola idea de presentarse en público, aunque fuese para promocionar su obra, y rechazaba de plano la posibilidad de convertirse en objeto de la frivolidad o de la curiosidad banal. Apenas si comentaba en el círculo más íntimo de sus afectos, a veces sólo a Catherine, su compañera, los halagos de amistad y admiración que recibía de personalidades de todo el mundo, desde los ámbitos más variados. Sólo cuando alguno de ellos se perdía en el lado oscuro de la vida exhibía el testimonio de la relación, como ocurrió con Julio Cortázar, Alberto Olmedo y Marcello Mastroianni. En sus archivos están guardados mensajes manuscritos cuyos textos y firmas hubieran hecho las delicias de cualquier experto en marketing de las editoriales que lo tuvieron bajo contrato. Con la misma discreción, nunca utilizó la trascendencia de su éxito para responder a los críticos y académicos de las letras que desdeñaban sus historias o pretendían excluirlo del presunto círculo áulico de una literatura etiquetada por algún boticario.
  Después de conocer el diagnóstico, como era natural, impuso sobre la enfermedad la misma reserva que había mantenido sobre su vida. De la conjura de silencio fueron partícipes necesarios unos pocos, los que fueron elegidos por su corazón y los que eran imprescindibles. Durante su primera internación para recibir quimioterapia --fueron siete en total--, eligió la ilustración de portada para Piratas, fantasmas y dinosaurios, sus últimos textos editados en libro que dedicó a su esposa y a Manuel, su único hijo, que se le parece además como una encantadora miniatura. No pudo hacer mucho más por ese libro. Las primeras semanas con el cáncer revelado fueron sombrías, de agobio, de ensimismamiento.
  Desde que se compró la primera "Mac", hace algo más de diez años, la computación ocupó el primer lugar de sus entretenimientos. Igual que un niño que desarma los juguetes para saber qué tienen adentro, exploraba los programas de software, leía publicaciones especializadas y agotaba la paciencia de técnicos desconocidos y de expertos amigos en su afán de saberlo todo. Por horas trataba de desentrañar el inglés de los manuales, lengua que le era desconocida y hostil; además de la propia, en el exilio forzado y en el amor de su compañera había encontrado el francés. Para la informática, sus dos posibilidades idiomáticas, español y francés, apenas si alcanzan categoría de dialectos minoritarios. Lo mismo en Internet, por la que viajaba noches enteras con la golosa mirada del hambriento de palabras que dispone de una enciclopedia universal inagotable. Curioseando palabras, una de esas noches recolectó sesenta recetas distintas para hacer empanadas. Desde que recibió aquel diagnóstico, la palabra cáncer era disparada desde su pantalla hacia las autopistas de la realidad virtual en busca de todas las respuestas para una sola pregunta: øCómo vencer? La respuesta más útil jamás apareció en la pantalla; tuvo que encontrarla en él mismo y, en realidad, no fue una respuesta sino otra pregunta: øVencer para qué? La tuvo que repetir setenta veces siete, cada vez que los malestares derivados del tratamiento atormentaban su cuerpo, encima lacerado por una extrema sensibilidad al dolor físico.
  Si la pregunta la encontró en sí mismo, dictada tal vez por el propio instinto de supervivencia, la respuesta que calzaba pudo hallarla a su lado. Era el amor infatigable de su mujer y, más que nada, era Manuel. Ese hijo que fue convocado a su vida cuando ya se arrimaba a los cincuenta años de edad era el más fuerte llamado a la victoria en la pelea que nunca buscó. Preservarse para él era una decisión previa, muy anterior a cualquier diagnóstico. Dejó el hábito de fumar, aunque la adicción estaba tan arraigada que lo obligaba a tener entre los dientes un puro apagado, como un modesto consuelo. Esa nueva costumbre llegó después de varias semanas de abstinencia, cuando una noche, casi sin darse cuenta, encendió un cigarrillo y sintió el placer del adicto reincidente. No fue el único hábito de vida que intentó modificar. Noctámbulo de toda la vida, desayunaba a media tarde, pero a medida que Manuel crecía y requería de su presencia fue bajando el horario buscando el mediodía de todos. A principios del año pasado ya se había dado como meta poner el despertador a las once de la mañana. En estos meses de enfermedad, comenzó a caminar cada día --si era posible acompañado de su hijo-- y ya estaba en casi dos kilómetros al final del año pasado, después que había dejado cualquier clase de actividad física desde que muy joven se lesionó en una rodilla y no pudo jugar más al fútbol, otra de sus pasiones mayores. Por si la cadena ADN no hubiera incluido esa afición, se ocupó especialmente en instruir al niño, compartiendo juntos alguna vez el sabor de un estadio, los partidos televisados y sobre todo el destino de San Lorenzo de Almagro, su fanatismo personal. En los años del exilio, organizó una cadena de amigos que le permitían seguir las vicisitudes del campeonato y las constantes tribulaciones de su tablón sentimental. Sabía de memoria las formaciones del equipo de primera desde los años 20 y de todas las categorías actuales del club; coleccionaba las ediciones de El Gráfico de los años en que el santo de su devoción había sido instalado en el altar mayor del campeonato. Manuel supo retribuirle, acompañándolo a su tumba vestido con la camiseta que el niño eligió, sin consejo de nadie, el primer día que se despertó con la noticia de la muerte. La camiseta de San Lorenzo, por supuesto.
  Cuando comprendió para qué tenía que vencer, volvió a la pregunta inicial: øcómo? Sometió su voluntad a cada paso del tratamiento, aunque se rebeló cada vez que pudo contra el automatismo de médicos y enfermeras, cuando cualquiera olvidaba que sobre la cama de la clínica había un ser humano, no sólo un objeto que registraba síntomas. Empleó su inteligencia, su rabia, su sentido del humor y hasta la fama que lo acompañaba para convencer a los hombres y mujeres de blanco que en lugar de tres pinchazos podían dar uno, que en lugar de mandatos ofrecieran explicaciones y, sobre todo, que ahorraran cuotas de dolor a ese cuerpo que ya soportaba el aliento entrecortado y el alma estremecida. Quizás alguno de los que tuvo contacto nunca olvidará sus argumentos, pero los aparatos de tomografía fueron reaccionando bien y le fueron tomando esas fotos que dicen entender los médicos donde el tamaño y la ubicación de las sombras hacen la diferencia. En diciembre llegó el segundo veredicto: aunque la quimioterapia había hecho buena obra, la operación completaría el trabajo. Era el paso obligado hacia la curación, el doloroso asalto final para tomar la colina y plantar bandera de victoria. Osvaldo creyó con todas las ganas en esa esperanza.
  En realidad, fue un esperanzado de toda la vida. Cuando hablaba o escribía sobre la realidad con pesimismo buscaba proteger los capullos de optimismo que cultivó siempre. De la ira y la depresión lo rescataban el sentido del humor y esa especial capacidad para descubrir el ridículo y el grotesco aun en las situaciones más difíciles. Los médicos lo autorizaron a viajar a Mar del Plata por una semana, manejando su propio automóvil, después de seis meses de disciplina y encierro. Comenzó a pensar en su nuevo libro, regresó en avión para tener el auto en la costa cuando volviera en febrero, y poco antes de la operación brindamos por 1997 como el año de la salud, para él, para nosotros, para el país. Con esas ganas entró al quirófano y con las mismas ganas abrió los ojos cuando la anestesia perdió efecto. Dicen que la naturaleza es sabia, pero también puede ser colérica y arbitraria. Le tendió una última trampa mortal que los médicos, a falta de otro nombre, llaman desestabilización. Lo demás, es historia clínica. Que lo parió, carajo.
  Al volver sobre la vida de Soriano, de lo cotidiano en realidad hay poco extraordinario para contar. Era un hombre honrado, esposo leal, trataba de ser buen padre, amigo fiel de sus amigos, el fútbol lo apasionaba, le gustaba el buen cine, sobre todo Casablanca y las películas de Leonardo Favio, veía bastante televisión por la noche, ignoraba casi todo del rock y del pop, no bebía más que agua mineral desde hace años, no fumaba, y aunque le encantaba la ruleta la frecuentaba en ocasiones perdidas y sabía detenerse en el límite de la prudencia. Aunque lucía aire bonachón, no era de fácil trato debido a su talante retraído. Era igual a tantos, con sus altos y sus bajos. A lo mejor, por eso tantos pueden reconocerse en sus historias; su primer libro --Triste, solitario y final-- ya vendió un millón de ejemplares en el mundo. Lo extraordinario de su biografía humana, además del maravilloso don de la escritura, era la firmeza de sus convicciones morales, porque tuvo casi todas las oportunidades para figurar en la galería del éxito y del dinero fáciles y las rechazó todas. Escribía desde hace años para el periódico romano Il Manifesto, de baja circulación, aunque los diarios más importantes de Italia insistían en contratarlo debido a la venta masiva de sus libros. La misma conducta siguió aquí, en su patria, cada vez que lo tentaron con auditorios inmensos o generosos honorarios.
  Desconfiaba de los grandes medios porque creía que mientras mayores fueran los intereses que defendían, más grandes serían las posibilidades de que le pusieran algún límite a la libertad de sus opiniones. No quería aceptar otro límite que los que le dictara su propia voluntad. No era esta precaución la única que guiaba su conducta; también soñaba que un día las voces diferentes, sobre todo las voces contra todas las injusticias, pudieran sonar bien alto y fuerte, a la par de esos otros intereses. Por eso, regalaba derechos sobre sus cuentos y artículos para publicaciones de menor cuantía, a veces incluso de factura amateur, siempre que formaran parte de la corriente de su pensamiento. Más de uno cometió abuso, pero ninguno logró desalentarlo bastante como para hacerlo cambiar de idea. Con el mismo sueño se anotó entre los fundadores de este diario y desde los borradores, hace diez años, hasta el último día de conciencia no dejó de leerlo con meticulosidad de corrector de estilo. Omitía sólo el pronóstico meteorológico, porque como muchos creía que en eso se equivocaban todos. Con el mismo entusiasmo se alegraba frente a una nota bien escrita o una idea interesante o armaba broncas tremebundas por lo que podía afectar la salud del diario, que no dejó de imaginar con futuro, fuerte y hermoso, aun en los momentos en que otros bajaban los brazos. Era parte de sus sueños y en las instancias más duras de su enfermedad nunca dejó de cumplir con el compromiso de entregar su artículo quincenal y aun otros que escribía al ritmo de la actualidad diaria, de puras ganas o por solicitud de la dirección editorial. Ejerció el periodismo antes que la literatura pero nunca lo dejó porque era más que una forma de ganarse la vida, era una vocación profunda, cultivada con ternura, devoción y paciencia de orfebre. Sentía orgullosa satisfacción por la tarea bien hecha. Quería tanto este oficio que lo eligió como depositario de algunos de sus sentimientos íntimos. Los artículos que publicó este diario sobre las andanzas con su padre, un modesto inspector de Obras Sanitarias con vocación de inventor muerto hace años, podrán leerse algún día como la reconciliación del hijo adulto que, al ser padre, logra reconciliarse con la memoria de su infancia y adolescencia en la que la imagen paterna se había instalado como la de un perdedor y, ante todo, como la de un indiferente por su familia. Manuel pudo más que las sesiones juveniles de psicoanálisis para recomponer esa antigua fractura, que la memoria senil de la anciana madre, viuda temprana, terminó de integrar, desde hace un tiempo, porque cuando la visitaba solía reconocer al hijo y confundirlo al mismo tiempo con su marido y con su nieto.
  No era hombre de partidos ni de facciones y salvo el de San Lorenzo no tenía otro carnet. Defendía la libertad con pasión de anarquista y creía que la injusticia era intolerable en cualquiera de sus formas. Confiaba en los ideales del socialismo y, por lo mismo, rechazaba los autoritarismos que se levantaban en su nombre. Su adhesión a la utopía de la sociedad feliz lo hirió hondo en las derrotas, pero lo salvó de convertir la tristeza en cinismo. Defendía los derechos humanos como base indispensable para la convivencia y la dignidad de las sociedades, pero llevaba ese compromiso hasta la minucia de cada persona, sobre todo cuando se trataba de los que perdieron todo, a veces hasta la esperanza de tener algo algún día. La realidad le dolía porque nunca perdió la capacidad de sorprenderse o indignarse con lo que pasaba, lo mismo que su curiosidad insaciable por la gente y las cosas. Eran principios sencillos los suyos, pero inflexibles. Suficientes para sostener su sentido de la decencia y de la dignidad, su pasión libertaria y hasta la médula de su obra literaria y periodística. Suficientes también para que en buena parte de las crónicas sobre su muerte hayan sido omitidas esas ideas suyas como parte inseparable de su trayectoria completa.
  Esas ideas lo forzaron al exilio, primero en Bruselas, donde se enamoró de Catherine, y después en París. Las mismas ideas lo trajeron de vuelta a Buenos Aires. En el regreso comenzó a leer las historias de la Argentina, sin método pero con constancia, en la búsqueda de las raíces propias y las de todos. Atrapado en su propia imaginación, las andanzas de Monteagudo y de Belgrano las volvía a narrar del mismo modo que Salgari contó las de Sandokán. Era un patriota, aunque ese término suene a vetusto en la era de la globalidad, justo en el momento en que hace falta el patriotismo para que esa misma globalidad no sea como la lluvia que lavaba la identidad de los hombres hasta borrarles el rostro. Detestaba las ceremonias escolares sobre efemérides patrióticas porque las sentía lo mismo que si se observara el trabajo del embalsamador. Pero un día contó que Manuel había aprendido el Himno nacional: "Estaba jugando y lo escuché canturrear en voz baja; cuando me acerqué alcancé a oír el final del estribillo, donde dice 'libertad, libertad, libertad". Ninguno creyó el relato, pero sí en sus sentimientos. Su noción de patria lo hizo desconfiar de la expedición a las Malvinas de la dictadura militar y lo zafó del chauvinismo, porque su identidad nacional era lo bastante firme para aceptarse ciudadano de la patria latinoamericana y universal. En su obra literaria una de las lecturas posibles es ese registro de la historia común argentina. Cuando apareció en Italia Piratas, fantasmas y dinosaurios, una de los críticos más respetables dijo que lo había leído como el intento de encontrar la esencia del peronismo. Esa opinión importa tanto como otras, pero no hay dudas de que la historia de este siglo quedaría incompleta sin leer, por ejemplo, a Roberto Arlt, a Rodolfo Walsh y a Osvaldo Soriano.
  De la crítica a su obra literaria habrá quien se haga cargo, con mérito o no para la tarea. No tengo dudas, sin embargo, de que sus historias serán leídas en el futuro por sucesivas generaciones con el mismo encanto con que las recibieron sus muchísimos lectores de los últimos veinte años. Aun sus críticos más severos tendrán que aceptar que hay un estilo Soriano, que ocurre cuando cualquiera puede leer sin la firma del autor y reconocerlo como suyo. Al mismo tiempo, esas historias son las mismas que podrían contar millones de personas. En esa identificación, en sus pasiones sencillas, populares, podría encontrarse alguna razón profunda para que tuviera no sólo la fama literaria merecida, vendiera más libros que la mayoría de sus contemporáneos en el país, o cautivara a italianos, húngaros, españoles y quién sabe cuánta otra gente de geografías distantes. Soriano era popular como si hubiera sido cantante, actor o animador de la televisión. Ahí están los testimonios escritos, telefónicos o de presencia en su sepelio de hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que nunca lo conocieron pero lo perdieron con dolor de ausencia.
  Puede ser que algunos prefieran pensar que perdimos a un autor de talento y fama. Tendrán razón. Otros lamentarán la ausencia de un periodista de opinión libre y honesta. Tendrán razón. Habrá quienes rememoren al cronista deportivo agudo y apasionado, riguroso en el conocimiento de la materia y desbordado de entusiasmo de hincha. Tendrán razón. Quedará en el recuerdo de los que conocieron al hombre sencillo, imperfecto, pero nunca bronce, siempre humano. Tendrán razón. Las personas decentes sabrán que tuvieron una baja. Tendrán razón. Los canallas y los injustos se alegrarán porque cayó un enemigo implacable. Tendrán razón. Los que buscan justicia llorarán por esa voz de trascendencia internacional que trataba de hablar en su nombre. Tendrán razón. Los demócratas de buena ley comprenderán que hay un ciudadano menos comprometido con la libertad. Tendrán razón. Los amigos de fierro no encontrarán consuelo. Tendrán razón.
  Página/12 perdió todo eso y más. Con el mismo zarpazo que se lo llevó, este diario fue mutilado de Soriano, que es lo mismo que decir de una parte de su identidad física y espiritual. Ese gordo de ojos pícaros, que leía con los anteojitos cabalgando sobre la punta de la nariz, que acostumbraba pasar la mano por una calvicie que fue tan prematura que parecía de nacimiento, no era para este diario sólo el autor de artículos de lujo para cualquier periódico. Era una voz en el teléfono que criticaba, reprendía, alentaba, proponía, discutía, reclamaba, indagaba, chismeaba, hacía reír y rabiar, que calló justo cuando hace más falta. Nunca estuvo de más, siempre será indispensable. Igual que sus historias, que se incorporan al anónimo popular porque se hacen parte del patrimonio social, muchos de los aciertos sin firma de este diario tienen la matriz de su talento. Algunos lo sabrán ahora, otros necesitarán del tiempo para entenderlo. Todos tendrán razón si lloran la ausencia.
  Alguna vez ambos nos prometimos que el sobreviviente escribiría una nota post-mortem. Estoy cumpliendo esa promesa, sin el menor deseo de ser equilibrado o imparcial. Eso lo dejo para los indiferentes o los interesados. Estoy refiriéndome a un hermano del corazón. Lo hago con el único valor que Osvaldo me hubiera demandado: la máxima honestidad de mis creencias y sentimientos. Después de treinta años de amistad, puedo refrendar cada palabra de este texto. Por eso mismo, en este último tramo estoy violando una regla de arte del oficio que los dos aprendimos cuando comenzamos: nunca escribir en primera persona del singular para mantener equidistancia con el asunto que se trata. Pido disculpas al lector que las necesite, aunque espero que comprenda que la abundancia del texto se justifica en la voluntad de contribuir, aunque sea una pequeña parte, a la construcción del recuerdo común. Si fuera sólo para mí, hubiera bastado con estas palabras: Catherine enviudó y Manuel ya no tendrá al fabulador que lo ayudaba a dormir cada noche con un relato sin fin. Que la vida los compense en el futuro, hasta donde sea posible.

 

 

por J.M.Pasquini Durán en el suplemento Radar del diario Página\12, 2 de febrero de 1997.
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