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Fue en
una noche de julio, hace seis meses, al final de las
últimas vacaciones escolares de invierno, cuando
llegó el diagnóstico preciso. Lo que hasta
entonces podía ser una bronquitis severa, o
quizá la secuela de una neumonía anterior, se
convirtió en la puerta de entrada a uno de esos
laberintos que la vida propone como desafío terminal.
La circunspecta voz de la medicina lo enunció en
pocas palabras: tumor maligno alojado en un pulmón.
Todo lo demás que se dijo aquella noche, incluso las
estadísticas y antecedentes para el optimismo,
resbalaron como agua mansa absorbida por el desconsuelo.
Brotaron palabras conocidas pero lejanas, hasta entonces
patrimonio de otros (quimioterapia-radiaciones-horizontes
quirúrgicos), que se volvían propias pero
marchitaban apenas pronunciadas. Sólo dos quedaban en
pie, empecinadas: vida o muerte.
Osvaldo Soriano fue
siempre pudoroso y tímido. Lo atormentaba la sola
idea de presentarse en público, aunque fuese para
promocionar su obra, y rechazaba de plano la posibilidad de
convertirse en objeto de la frivolidad o de la curiosidad
banal. Apenas si comentaba en el círculo más
íntimo de sus afectos, a veces sólo a
Catherine, su compañera, los halagos de amistad y
admiración que recibía de personalidades de
todo el mundo, desde los ámbitos más variados.
Sólo cuando alguno de ellos se perdía en el
lado oscuro de la vida exhibía el testimonio de la
relación, como ocurrió con Julio
Cortázar, Alberto Olmedo y Marcello Mastroianni. En
sus archivos están guardados mensajes manuscritos
cuyos textos y firmas hubieran hecho las delicias de
cualquier experto en marketing de las editoriales que lo
tuvieron bajo contrato. Con la misma discreción,
nunca utilizó la trascendencia de su éxito
para responder a los críticos y académicos de
las letras que desdeñaban sus historias o
pretendían excluirlo del presunto círculo
áulico de una literatura etiquetada por algún
boticario.
Después de conocer
el diagnóstico, como era natural, impuso sobre la
enfermedad la misma reserva que había mantenido sobre
su vida. De la conjura de silencio fueron partícipes
necesarios unos pocos, los que fueron elegidos por su
corazón y los que eran imprescindibles. Durante su
primera internación para recibir quimioterapia
--fueron siete en total--, eligió la
ilustración de portada para Piratas, fantasmas y dinosaurios, sus últimos textos editados en libro que
dedicó a su esposa y a Manuel, su único hijo,
que se le parece además como una encantadora
miniatura. No pudo hacer mucho más por ese libro. Las
primeras semanas con el cáncer revelado fueron
sombrías, de agobio, de ensimismamiento.
Desde que se
compró la primera "Mac", hace algo más de diez
años, la computación ocupó el primer
lugar de sus entretenimientos. Igual que un niño que
desarma los juguetes para saber qué tienen adentro,
exploraba los programas de software, leía
publicaciones especializadas y agotaba la paciencia de
técnicos desconocidos y de expertos amigos en su
afán de saberlo todo. Por horas trataba de
desentrañar el inglés de los manuales, lengua
que le era desconocida y hostil; además de la propia,
en el exilio forzado y en el amor de su compañera
había encontrado el francés. Para la
informática, sus dos posibilidades
idiomáticas, español y francés, apenas
si alcanzan categoría de dialectos minoritarios. Lo
mismo en Internet, por la que viajaba noches enteras con la
golosa mirada del hambriento de palabras que dispone de una
enciclopedia universal inagotable. Curioseando palabras, una
de esas noches recolectó sesenta recetas distintas
para hacer empanadas. Desde que recibió aquel
diagnóstico, la palabra cáncer era disparada
desde su pantalla hacia las autopistas de la realidad
virtual en busca de todas las respuestas para una sola
pregunta: øCómo vencer? La respuesta
más útil jamás apareció en la
pantalla; tuvo que encontrarla en él mismo y, en
realidad, no fue una respuesta sino otra pregunta:
øVencer para qué? La tuvo que repetir setenta
veces siete, cada vez que los malestares derivados del
tratamiento atormentaban su cuerpo, encima lacerado por una
extrema sensibilidad al dolor físico.
Si la pregunta la
encontró en sí mismo, dictada tal vez por el
propio instinto de supervivencia, la respuesta que calzaba
pudo hallarla a su lado. Era el amor infatigable de su mujer
y, más que nada, era Manuel. Ese hijo que fue
convocado a su vida cuando ya se arrimaba a los cincuenta
años de edad era el más fuerte llamado a la
victoria en la pelea que nunca buscó. Preservarse
para él era una decisión previa, muy anterior
a cualquier diagnóstico. Dejó el hábito
de fumar, aunque la adicción estaba tan arraigada que
lo obligaba a tener entre los dientes un puro apagado, como
un modesto consuelo. Esa nueva costumbre llegó
después de varias semanas de abstinencia, cuando una
noche, casi sin darse cuenta, encendió un cigarrillo
y sintió el placer del adicto reincidente. No fue el
único hábito de vida que intentó
modificar. Noctámbulo de toda la vida, desayunaba a
media tarde, pero a medida que Manuel crecía y
requería de su presencia fue bajando el horario
buscando el mediodía de todos. A principios del
año pasado ya se había dado como meta poner el
despertador a las once de la mañana. En estos meses
de enfermedad, comenzó a caminar cada día --si
era posible acompañado de su hijo-- y ya estaba en
casi dos kilómetros al final del año pasado,
después que había dejado cualquier clase de
actividad física desde que muy joven se
lesionó en una rodilla y no pudo jugar más al
fútbol, otra de sus pasiones mayores. Por si la
cadena ADN no hubiera incluido esa afición, se
ocupó especialmente en instruir al niño,
compartiendo juntos alguna vez el sabor de un estadio, los
partidos televisados y sobre todo el destino de San Lorenzo
de Almagro, su fanatismo personal. En los años del
exilio, organizó una cadena de amigos que le
permitían seguir las vicisitudes del campeonato y las
constantes tribulaciones de su tablón sentimental.
Sabía de memoria las formaciones del equipo de
primera desde los años 20 y de todas las
categorías actuales del club; coleccionaba las
ediciones de El
Gráfico de los años
en que el santo de su devoción había sido
instalado en el altar mayor del campeonato. Manuel supo
retribuirle, acompañándolo a su tumba vestido
con la camiseta que el niño eligió, sin
consejo de nadie, el primer día que se
despertó con la noticia de la muerte. La camiseta de
San Lorenzo, por supuesto.
Cuando comprendió
para qué tenía que vencer, volvió a la
pregunta inicial: øcómo? Sometió su
voluntad a cada paso del tratamiento, aunque se
rebeló cada vez que pudo contra el automatismo de
médicos y enfermeras, cuando cualquiera olvidaba que
sobre la cama de la clínica había un ser
humano, no sólo un objeto que registraba
síntomas. Empleó su inteligencia, su rabia, su
sentido del humor y hasta la fama que lo acompañaba
para convencer a los hombres y mujeres de blanco que en
lugar de tres pinchazos podían dar uno, que en lugar
de mandatos ofrecieran explicaciones y, sobre todo, que
ahorraran cuotas de dolor a ese cuerpo que ya soportaba el
aliento entrecortado y el alma estremecida. Quizás
alguno de los que tuvo contacto nunca olvidará sus
argumentos, pero los aparatos de tomografía fueron
reaccionando bien y le fueron tomando esas fotos que dicen
entender los médicos donde el tamaño y la
ubicación de las sombras hacen la diferencia. En
diciembre llegó el segundo veredicto: aunque la
quimioterapia había hecho buena obra, la
operación completaría el trabajo. Era el paso
obligado hacia la curación, el doloroso asalto final
para tomar la colina y plantar bandera de victoria. Osvaldo
creyó con todas las ganas en esa esperanza.
En realidad, fue un
esperanzado de toda la vida. Cuando hablaba o
escribía sobre la realidad con pesimismo buscaba
proteger los capullos de optimismo que cultivó
siempre. De la ira y la depresión lo rescataban el
sentido del humor y esa especial capacidad para descubrir el
ridículo y el grotesco aun en las situaciones
más difíciles. Los médicos lo
autorizaron a viajar a Mar del Plata por una semana,
manejando su propio automóvil, después de seis
meses de disciplina y encierro. Comenzó a pensar en
su nuevo libro, regresó en avión para tener el
auto en la costa cuando volviera en febrero, y poco antes de
la operación brindamos por 1997 como el año de
la salud, para él, para nosotros, para el
país. Con esas ganas entró al quirófano
y con las mismas ganas abrió los ojos cuando la
anestesia perdió efecto. Dicen que la naturaleza es
sabia, pero también puede ser colérica y
arbitraria. Le tendió una última trampa mortal
que los médicos, a falta de otro nombre, llaman
desestabilización. Lo demás, es historia
clínica. Que lo parió, carajo.
Al volver sobre la vida
de Soriano, de lo cotidiano en realidad hay poco
extraordinario para contar. Era un hombre honrado, esposo
leal, trataba de ser buen padre, amigo fiel de sus amigos,
el fútbol lo apasionaba, le gustaba el buen cine,
sobre todo Casablanca y las
películas de Leonardo Favio, veía bastante
televisión por la noche, ignoraba casi todo del rock
y del pop, no bebía más que agua mineral desde
hace años, no fumaba, y aunque le encantaba la ruleta
la frecuentaba en ocasiones perdidas y sabía
detenerse en el límite de la prudencia. Aunque
lucía aire bonachón, no era de fácil
trato debido a su talante retraído. Era igual a
tantos, con sus altos y sus bajos. A lo mejor, por eso
tantos pueden reconocerse en sus historias; su primer libro
--Triste, solitario y
final-- ya vendió un
millón de ejemplares en el mundo. Lo extraordinario
de su biografía humana, además del maravilloso
don de la escritura, era la firmeza de sus convicciones
morales, porque tuvo casi todas las oportunidades para
figurar en la galería del éxito y del dinero
fáciles y las rechazó todas. Escribía
desde hace años para el periódico romano
Il Manifesto, de baja circulación, aunque los diarios
más importantes de Italia insistían en
contratarlo debido a la venta masiva de sus libros. La misma
conducta siguió aquí, en su patria, cada vez
que lo tentaron con auditorios inmensos o generosos
honorarios.
Desconfiaba de los
grandes medios porque creía que mientras mayores
fueran los intereses que defendían, más
grandes serían las posibilidades de que le pusieran
algún límite a la libertad de sus opiniones.
No quería aceptar otro límite que los que le
dictara su propia voluntad. No era esta precaución la
única que guiaba su conducta; también
soñaba que un día las voces diferentes, sobre
todo las voces contra todas las injusticias, pudieran sonar
bien alto y fuerte, a la par de esos otros intereses. Por
eso, regalaba derechos sobre sus cuentos y artículos
para publicaciones de menor cuantía, a veces incluso
de factura amateur, siempre que formaran parte de la
corriente de su pensamiento. Más de uno
cometió abuso, pero ninguno logró desalentarlo
bastante como para hacerlo cambiar de idea. Con el mismo
sueño se anotó entre los fundadores de este
diario y desde los borradores, hace diez años, hasta
el último día de conciencia no dejó de
leerlo con meticulosidad de corrector de estilo.
Omitía sólo el pronóstico
meteorológico, porque como muchos creía que en
eso se equivocaban todos. Con el mismo entusiasmo se
alegraba frente a una nota bien escrita o una idea
interesante o armaba broncas tremebundas por lo que
podía afectar la salud del diario, que no dejó
de imaginar con futuro, fuerte y hermoso, aun en los
momentos en que otros bajaban los brazos. Era parte de sus
sueños y en las instancias más duras de su
enfermedad nunca dejó de cumplir con el compromiso de
entregar su artículo quincenal y aun otros que
escribía al ritmo de la actualidad diaria, de puras
ganas o por solicitud de la dirección editorial.
Ejerció el periodismo antes que la literatura pero
nunca lo dejó porque era más que una forma de
ganarse la vida, era una vocación profunda, cultivada
con ternura, devoción y paciencia de orfebre.
Sentía orgullosa satisfacción por la tarea
bien hecha. Quería tanto este oficio que lo
eligió como depositario de algunos de sus
sentimientos íntimos. Los artículos que
publicó este diario sobre las andanzas con su padre,
un modesto inspector de Obras Sanitarias con vocación
de inventor muerto hace años, podrán leerse
algún día como la reconciliación del
hijo adulto que, al ser padre, logra reconciliarse con la
memoria de su infancia y adolescencia en la que la imagen
paterna se había instalado como la de un perdedor y,
ante todo, como la de un indiferente por su familia. Manuel
pudo más que las sesiones juveniles de
psicoanálisis para recomponer esa antigua fractura,
que la memoria senil de la anciana madre, viuda temprana,
terminó de integrar, desde hace un tiempo, porque
cuando la visitaba solía reconocer al hijo y
confundirlo al mismo tiempo con su marido y con su
nieto.
No era hombre de partidos
ni de facciones y salvo el de San Lorenzo no tenía
otro carnet. Defendía la libertad con pasión
de anarquista y creía que la injusticia era
intolerable en cualquiera de sus formas. Confiaba en los
ideales del socialismo y, por lo mismo, rechazaba los
autoritarismos que se levantaban en su nombre. Su
adhesión a la utopía de la sociedad feliz lo
hirió hondo en las derrotas, pero lo salvó de
convertir la tristeza en cinismo. Defendía los
derechos humanos como base indispensable para la convivencia
y la dignidad de las sociedades, pero llevaba ese compromiso
hasta la minucia de cada persona, sobre todo cuando se
trataba de los que perdieron todo, a veces hasta la
esperanza de tener algo algún día. La realidad
le dolía porque nunca perdió la capacidad de
sorprenderse o indignarse con lo que pasaba, lo mismo que su
curiosidad insaciable por la gente y las cosas. Eran
principios sencillos los suyos, pero inflexibles.
Suficientes para sostener su sentido de la decencia y de la
dignidad, su pasión libertaria y hasta la
médula de su obra literaria y periodística.
Suficientes también para que en buena parte de las
crónicas sobre su muerte hayan sido omitidas esas
ideas suyas como parte inseparable de su trayectoria
completa.
Esas ideas lo forzaron al
exilio, primero en Bruselas, donde se enamoró de
Catherine, y después en París. Las mismas
ideas lo trajeron de vuelta a Buenos Aires. En el regreso
comenzó a leer las historias de la Argentina, sin
método pero con constancia, en la búsqueda de
las raíces propias y las de todos. Atrapado en su
propia imaginación, las andanzas de Monteagudo y de
Belgrano las volvía a narrar del mismo modo que
Salgari contó las de Sandokán. Era un
patriota, aunque ese término suene a vetusto en la
era de la globalidad, justo en el momento en que hace falta
el patriotismo para que esa misma globalidad no sea como la
lluvia que lavaba la identidad de los hombres hasta
borrarles el rostro. Detestaba las ceremonias escolares
sobre efemérides patrióticas porque las
sentía lo mismo que si se observara el trabajo del
embalsamador. Pero un día contó que Manuel
había aprendido el Himno nacional: "Estaba jugando y
lo escuché canturrear en voz baja; cuando me
acerqué alcancé a oír el final del
estribillo, donde dice 'libertad, libertad, libertad".
Ninguno creyó el relato, pero sí en sus
sentimientos. Su noción de patria lo hizo desconfiar
de la expedición a las Malvinas de la dictadura
militar y lo zafó del chauvinismo, porque su
identidad nacional era lo bastante firme para aceptarse
ciudadano de la patria latinoamericana y universal. En su
obra literaria una de las lecturas posibles es ese registro
de la historia común argentina. Cuando
apareció en Italia Piratas,
fantasmas y dinosaurios, una de
los críticos más respetables dijo que lo
había leído como el intento de encontrar la
esencia del peronismo. Esa opinión importa tanto como
otras, pero no hay dudas de que la historia de este siglo
quedaría incompleta sin leer, por ejemplo, a Roberto
Arlt, a Rodolfo Walsh y a Osvaldo Soriano.
De la crítica a su
obra literaria habrá quien se haga cargo, con
mérito o no para la tarea. No tengo dudas, sin
embargo, de que sus historias serán leídas en
el futuro por sucesivas generaciones con el mismo encanto
con que las recibieron sus muchísimos lectores de los
últimos veinte años. Aun sus críticos
más severos tendrán que aceptar que hay un
estilo Soriano, que ocurre cuando cualquiera puede leer sin
la firma del autor y reconocerlo como suyo. Al mismo tiempo,
esas historias son las mismas que podrían contar
millones de personas. En esa identificación, en sus
pasiones sencillas, populares, podría encontrarse
alguna razón profunda para que tuviera no sólo
la fama literaria merecida, vendiera más libros que
la mayoría de sus contemporáneos en el
país, o cautivara a italianos, húngaros,
españoles y quién sabe cuánta otra
gente de geografías distantes. Soriano era popular
como si hubiera sido cantante, actor o animador de la
televisión. Ahí están los testimonios
escritos, telefónicos o de presencia en su sepelio de
hombres y mujeres, viejos y jóvenes, que nunca lo
conocieron pero lo perdieron con dolor de ausencia.
Puede ser que algunos
prefieran pensar que perdimos a un autor de talento y fama.
Tendrán razón. Otros lamentarán la
ausencia de un periodista de opinión libre y honesta.
Tendrán razón. Habrá quienes rememoren
al cronista deportivo agudo y apasionado, riguroso en el
conocimiento de la materia y desbordado de entusiasmo de
hincha. Tendrán razón. Quedará en el
recuerdo de los que conocieron al hombre sencillo,
imperfecto, pero nunca bronce, siempre humano.
Tendrán razón. Las personas decentes
sabrán que tuvieron una baja. Tendrán
razón. Los canallas y los injustos se
alegrarán porque cayó un enemigo implacable.
Tendrán razón. Los que buscan justicia
llorarán por esa voz de trascendencia internacional
que trataba de hablar en su nombre. Tendrán
razón. Los demócratas de buena ley
comprenderán que hay un ciudadano menos comprometido
con la libertad. Tendrán razón. Los amigos de
fierro no encontrarán consuelo. Tendrán
razón.
Página/12
perdió todo eso y más. Con el mismo zarpazo
que se lo llevó, este diario fue mutilado de Soriano,
que es lo mismo que decir de una parte de su identidad
física y espiritual. Ese gordo de ojos
pícaros, que leía con los anteojitos
cabalgando sobre la punta de la nariz, que acostumbraba
pasar la mano por una calvicie que fue tan prematura que
parecía de nacimiento, no era para este diario
sólo el autor de artículos de lujo para
cualquier periódico. Era una voz en el
teléfono que criticaba, reprendía, alentaba,
proponía, discutía, reclamaba, indagaba,
chismeaba, hacía reír y rabiar, que
calló justo cuando hace más falta. Nunca
estuvo de más, siempre será indispensable.
Igual que sus historias, que se incorporan al anónimo
popular porque se hacen parte del patrimonio social, muchos
de los aciertos sin firma de este diario tienen la matriz de
su talento. Algunos lo sabrán ahora, otros
necesitarán del tiempo para entenderlo. Todos
tendrán razón si lloran la ausencia.
Alguna vez ambos nos
prometimos que el sobreviviente escribiría una nota
post-mortem. Estoy cumpliendo esa promesa, sin el menor
deseo de ser equilibrado o imparcial. Eso lo dejo para los
indiferentes o los interesados. Estoy refiriéndome a
un hermano del corazón. Lo hago con el único
valor que Osvaldo me hubiera demandado: la máxima
honestidad de mis creencias y sentimientos. Después
de treinta años de amistad, puedo refrendar cada
palabra de este texto. Por eso mismo, en este último
tramo estoy violando una regla de arte del oficio que los
dos aprendimos cuando comenzamos: nunca escribir en primera
persona del singular para mantener equidistancia con el
asunto que se trata. Pido disculpas al lector que las
necesite, aunque espero que comprenda que la abundancia del
texto se justifica en la voluntad de contribuir, aunque sea
una pequeña parte, a la construcción del
recuerdo común. Si fuera sólo para mí,
hubiera bastado con estas palabras: Catherine enviudó
y Manuel ya no tendrá al fabulador que lo ayudaba a
dormir cada noche con un relato sin fin. Que la vida los
compense en el futuro, hasta donde sea posible.
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