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Estoy
aquí para dirigirme a ustedes por voluntad de
Catherine Soriano y amigos entrañables, por
imperativo de mis sentimientos y, también, por
delegación de Página/12, el
diario que Osvaldo ayudó a fundar hace casi una
década, que voluntariamente eligió como
tribuna de su opinión y al que amó tanto que
pudo regañarlo con la mayor severidad cada vez que lo
creyó conveniente, porque lo imaginaba potente y
hermoso como se imagina a un hijo.
Con ese mandato
sería, sin embargo, incapaz de despedir al contador
de historias, porque estoy seguro que de aquí en
más volverá a contarlas a cada
generación. Soriano tenía ese mágico
don de contar historias propias, tan propias que hay un
estilo Soriano, pero sin embargo esas historias eran
nuestras, tan nuestras que las podemos llevar con nosotros
para siempre.
Hasta siempre Osvaldo
Venimos a honrar a un
socialista sin partido, a un hombre de izquierda. Soriano
estaba orgulloso de ser izquierdista, y con su vida y su
obra enalteció a la izquierda.
Venimos a recoger los
sueños de un soñador de espíritu noble,
un hombre que pensó siempre en la injusticia como un
crimen de lesa humanidad y que pensó que cada hombre
y mujer de esta tierra deberían tener la oportunidad
de vivir en dignidad y de alcanzar la mayor felicidad
posible.
Venimos a rescatar a un
patriota que estudió en las raíces de la
historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra
miseria, de un patriota que pudo adivinar en la mirada de
hombres y mujeres de todo el mundo un igual sentido de
patria. Por sus ideas tuvo que exiliarse, pero esas mismas
ideas lo trajeron de vuelta para siempre en su patria y en
su suelo, entre nosotros.
Venimos a despedir a un
hombre honrado y en esta época el calificativo es
casi revolucionario, Soriano era un hombre honrado.
Venimos a despedir a un
padre orgulloso de un caballero dorado de Piscis, enamorado
de la naturaleza, que tuvo la magia de reconciliar al padre
con las memorias del padre y que le escribió a su
padre pensando en el hijo, seguro que algún
día Manuel pensará en este padre como Osvaldo
recordó al suyo, con toda la pasión que le
deja, con toda la dignidad que va a heredar, con toda la
alegría por la vida que tuvo su padre.
Venimos a despedir a un
amigo de sus amigos, implacable con los canallas y con sus
enemigos, pero bondadoso hasta lo impensable con quien
él sintiera a su lado, con quien él
compartiera un afecto.
Venimos a despedir a un
hincha de San Lorenzo, que no estará en el
próximo partido, pero que sin duda ha dejado para el
club de sus pasiones algunas de las mejores páginas
de la crónica deportiva.
Venimos a despedir a un
periodista independiente, libre, valiente, incapaz de pensar
en su propio interés cuando enfocó la
profesión. Tuvo las mejores oportunidades y
eligió sólo aquellas que le permitieran seguir
siendo lo que cada uno de nosotros considera un periodista
digno, honesto y digno.
De izquierda y valiente,
amante de sus amigos y entregado por completo a su mujer y a
su hijo.
A ese gordo
deberíamos preguntarle hoy de dónde carajo
salió esta urgencia terminal. Seguiremos buscando en
la vida esa respuesta, por el sueño de vida que
todavía anhelamos, en ese territorio humano donde
él depositó todas sus preguntas y todas sus
respuestas.
Hasta siempre Osvaldo.
( Palabras de despedida
pronunciadas por José M. Pasquini Durán en el
cementerio de la Chacarita.)
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