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HASTA SIEMPRE OSVALDO |
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(Por Maurizio Matteuzzi, de Il Manifesto, Roma) Primero la incredulidad, aunque lo temíamos; después la angustia, el dolor, la desesperación. Y la rabia: ¿es posible morir así, cuando la vida comenzaba apenas a pagarle, a darle el justo reconocimiento, la merecida satisfacción? ¿Es verdad que no podremos hablar más, nosotros desde la redacción de Il Manifesto y él desde allá, del otro lado del océano, a miles de kilómetros de distancia, pero así de vecino, de amigo, de solidario, afectuoso, presente? Osvaldo Soriano no ha sido sólo un gran escritor y periodista argentino. Ha sido también, podemos decirlo, uno de nosotros, uno que ha hecho una parte, y una parte para nada pequeña, de la historia de este periódico, Il Manifesto, que lo enternecía y que lo hacía rabiar, que amaba y odiaba del mismo modo que, nos contaba, amaba y odiaba a Página/12. Me acuerdo del primer día que vino a la redacción, en el quinto piso de la via Tomaceli, en el corazón de Roma, allí nomás de la Piazza Venezia y de la Piazza del Popolo. Debía ser hacia el final de los setenta, y lo llevó Mabel Itzcovich, una de las tantas argentinas y argentinos que por entonces vivían aquí su exilio. No estoy seguro si venía de París o de Bruselas y era prácticamente desconocido en Italia de no ser por un pequeño grupo de personas que habíamos leído su Triste, solitario y final y lo habíamos vuelto nuestro libro de culto. Así fue como comenzó la historia de Soriano en Il Manifesto, una historia que no terminó nunca. Ni aun cuando, ahora famosísimo también en Italia, recibía más que alentadoras propuestas de otros periódicos y revistas, que rechazaba, y rechazaba, aunque todos sabíamos que le habían ofrecido muchísimo más dinero del que ganaba con nosotros --que le hubiera servido para vivir mucho más cómodo-- y que también le abría la posibilidad de llegar a un público mucho más numeroso. A pesar de todo, él se reconocía, yo creo, como parte de este diario pequeño pero prestigioso, pobre pero refinado, concebido como una empresa improbable de un grupo de "herejes" del comunismo que no habíamos abjurado y no éramos tontos. O, como se dice en Italia, "militonti". Aquí entonces por qué renunciamos ahora a creer que no lo veremos más: porque Soriano no era solamente una firma preciosa y de excepcional valor, sino un amigo, un compañero, un hermano de una humanidad grandiosa y una lealtad profunda. Nosotros sabemos cuánto le debemos por sus historias, por sus relatos, por sus artículos, y él sabe --creo-- que nunca le debió otra cosa a Il Manifesto que haberlo hecho conocer a un cierto público italiano. Hubo un momento luego en que Osvaldo, antes de ser un best seller en la Argentina, era más conocido aquí en Italia que en su país. El padre inmigrante italiano viviendo en la Boca y la épica partida de Cipolletti, la saga de la Coca Cola y el bicentenario de la Revolución Francesa en los Campos Elíseos, los operarios peronistas y los carapintadas de Semana Santa, el mito de Gardel y la tragedia de los desaparecidos, el genio de Diego Armando Maradona y el carisma de Obdulio Varela, el grande de Uruguay, Juan Manuel Fangio y Carlos Monzón, los films del neorrealismo italiano y Marcello Mastroianni: con cuánta cosa escribía en todos estos años --tan pocos, ahora-- y nos encantaba a todos. Me acuerdo de su cara de sorpresa, de incredulidad, cuando nosotros, un diario de izquierda e hiperpolítico que osaba definirse públicamente de "comunista", le propusimos que comentara el mundial en nuestras páginas. Primero aquel de España en 1982, cuando la Italia de Paolo Rossi ganó el título; después el del '86 en México, cuando fue campeón la Argentina de Diego Maradona, y finalmente el de Italia en el '90, cuando le pedimos que lo viniera a seguir desde aquí. Y aquella noche de la semifinal en la que la Argentina eliminó a Italia él, volviendo a casa en medio del clima de terrible desilusión nacional que vivíamos, nos contaba que le había dicho al taxista que era uruguayo. Cuando supimos que Soriano había muerto, en Italia faltaba poco para la medianoche, y el diario estaba cerrado. Resolvimos que daríamos una breve noticia pero que cambiaríamos la editorial de apertura, que siempre es un análisis político, por el último artículo que nos había mandado, sólo una semana atrás: ese que escribió luego de la muerte de Marcello Mastroianni. En la edición de ayer lo recordamos como debíamos, y como queríamos. Perdimos a uno de los nuestros. Y a uno de los más queridos. Addio amico, fratello, compagno. Y gracias. |
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