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La
idea era otra, claro. La idea -la mejor idea- era
así. La mejor idea era que aquí, al principio,
se leyera (Por Osvaldo
Soriano) en lugar de
(Por Rodrigo
Fresán). La mejor idea era
que Osvaldo salía del hospital más Osvaldo que
nunca y ocupaba este espacio de este diario para escribir.
La mejor idea era que Osvaldo daba un rápido repaso a
todas esas notas que vinieron saliendo todos estos
días -todas esas casi necrológicas- y se
reía bastante con una de esas risas y mordía
uno de esos cigarros sin encender y escribía una de
esas contratapas. Esta iba a ser una buena en serio. Osvaldo
leyendo todas esas notas -y estoy seguro que la
comparación va a enarcar las cejas de más de
uno pero no me importa y no es el caso- como Hemingway
cuando su avión se cayó cerca del Kilimanjaro,
creo, y los diarios del mundo lo dieron por muerto pero
Hemingway siguió de largo para leer su punto final
que no era más que un punto y aparte.
El problema es que las
mejores ideas a veces no se dan, o no funcionan, o -"por
esas cosas del destino"- termina ganando una idea
estúpida como la muerte. Que Osvaldo se haya muerto
es estúpido. Que se haya muerto a la hora en que
solía despertarse es más estúpido
todavía. Que, en ciertas circunstancias, los
escritores se vean obligados a escribir sobre otros
escritores es mucho más estúpido
todavía. Vale tanto por una bibliográfica como
por una necrológica. Las bibliográficas se
ocupan de un libro que ya fue escrito y las
necrológicas se ocupan de alguien que ya no es y
-estupidez si la hay- las dos se leen y se comentan por los
vivos con una delectación francamente morbosa o por
lo menos para mí -en este país siempre
más cerca de la vida que de la muerte- cuestionable.
Así que yo -que también escribí una
bibliográfica sobre Osvaldo- voy a hacer todo lo
posible por que esta contratapa se parezca lo menos posible
a ambas. Lo ideal sería escribir un cuento y ya se me
ocurrió uno y juro que cuando pase un poco el viento
lo voy a poner por escrito y se lo voy a dedicar a quien
corresponde. Mientras tanto y hasta entonces me vuelven -con
la sorpresa de boomerangs arrojados tiempo atrás-
imágenes sueltas y demasiados Osvaldos, por suerte,
siempre vivos.
La primera vez que
leí Triste, solitario y final, recién
regresado al país, en el `79, y la maravilla de
descubrir que alguien se le animaba a la idea de meter en un
paquete a Laurel & Hardy, a Philip Marlowe y a un
escritor de apellido Soriano y conseguir lo que me
pareció entonces y me sigue pareciendo ahora una obra
maestra.
La noche en que lo
conocí, estimo, de una de las mejores maneras
posibles de conocer a Osvaldo: hacerle una entrevista sobre
Raymond Chandler y él parando la pelota -o
descargando el revólver- para pedirme que le contara
el libro que yo estaba escribiendo.
Osvaldo llamando cerca de
las diez de las noches para que lo ponga al tanto de los
últimos días. Se sabe y si no se sabe dentro
de poco va a entrar en ese territorio cuasi legendario y por
lo tanto doloroso junto a los gatos de Osvaldo, el padre de
Osvaldo, el San Lorenzo de Osvaldo, el Míster de
Osvaldo y los editores de Osvaldo: Osvaldo vivía y
escribía de noche y dormía y soñaba de
día.
Osvaldo puteando con
todas las ganas por no saber inglés y
prometiéndose aprenderlo cada vez que surgía,
por ejemplo, un inédito de Fitzgerald y, ahora que me
acuerdo, Fitzgerald es el último escritor de los
infinitos escritores sobre los que hablamos. La voz de
Osvaldo en el teléfono, la euforia del reciente y
dedicado adicto a Internet avisándome que se
cumplían "cien años del nacimiento de Scott y
habría que hacer algo, ¿no?".
Los odios de Osvaldo y
las pasiones de Osvaldo y la generosidad de Osvaldo donde
-lo que se contaba, lo que se ponía por escrito-
funcionaba siempre como llave para que la puerta se abriera
y se abría para siempre, para quedarse bien abierta.
Y, de acuerdo, a muchos semejante síntoma
podría parecerles extremo. Pero, a ver si se
entiende: Osvaldo era un escritor y creía en los
teclados como otros creen en las catedrales y está
bien que así fuera.
Osvaldo caminando por la
Gran Vía de Madrid y entrando en la Casa del Libro
para regalarme el Don Quijote y yo pidiéndole que me
lo dedicara y Osvaldo contestándome que "¡Pero
cómo te voy a dedicar este libro, Rodrigo! ¡No
seas animal y dejate de joder, querés!".
¿Estará de
más aclarar que la enumeración de "mis"
Osvaldos aparece aquí sin ningún afán
personal sino, por lo contrario, seguro de que se parece
bastante, demasiado, a las listas de los Osvaldos de todos
los otros? Espero que sí.
Hay otros, hay muchos
otros Osvaldos más, pero el lugar se acaba y -supongo
que él sabría apreciarlo, espero que
así sea- el Osvaldo que ahora le gana a todos y me
gana a mí, el Osvaldo que yo prefiero por encima de
todos los demás Osvaldos, es el Osvaldo leyendo sus
propias necrológicas. Incluyendo ésta -que,
repito, no es necrológica ni lo quiere ser- y
cagándose de risa. Y entonces, enseguida -la mejor
idea después de todo-, otro Osvaldo más
pensando: "¡Qué suerte! Ya tengo tema para la
contratapa del próximo domingo".
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