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Ayer a
las seis y media, en medio del estrépito habitual de
la redacción de este diario, alguien entró con
una expresión tal que no hizo falta que dijera nada.
En los últimos días se habían recibido
infinidad de llamados, preguntando qué pasaba con
Soriano, cuán grave estaba, qué chance
tenía. No hablar del tema había sido, hasta
entonces, una especie de conjuro para ahuyentar la parca.
Hora por hora, día por día, parecía
funcionar, hasta entonces. Por eso, el silencio
súbito y absoluto que se hizo en toda la
redacción en el momento en que cada uno alzó
la mirada y vio la expresión de esa persona fue
estremecedor. No hace falta ser periodista para saber que es
casi imposible silenciar a una redacción entera. No
hay manera de describir ese silencio horroroso, salvo decir
lo obvio: que todos los que estábamos ahí
sentimos al mismo tiempo que nos habíamos quedado sin
Soriano, literalmente.
Soriano se pasó
más de la mitad de su vida en redacciones. Como
muchos escritores, era un autodidacta: una manera elegante
de definir la tarea de pegarse como una lapa a toda persona
que despierta respeto o admiración, para absorber lo
que se pueda de esa persona. Y en ese sentido reivindicaba
Soriano las redacciones: había tenido el privilegio
de estar junto a tantos capos que prefería hablar de
ellos antes que de él mismo. Estuvo en La
Opinión, en los diferentes proyectos de la
mítica editorial Abril de los Civita, conoció
en el exilio las redacciones de Le Monde, Libération,
Le Canard Echainé, Il Manifesto y Panorama, fue
fundador y uno de los puntales de Página/12 desde su
fundación. Siempre pensó que eso había
sido un lujo para él; desde hacía un tiempo
largo él era un lujo para las redacciones.
Desde una
redacción empezó a escribir su primera novela,
Triste, solitario y final, con la impune soltura del que
hace algo a solas que supone que nadie nunca
conocerá. En una época mesiánica como
la Argentina de principios de los '70, esa fábula
hilarante que combinaba las películas mudas con el
policial negro y terminaba conmoviendo como una
confesión de madrugada, era una rara avis. Hoy parece
uno de los momentos más lúcidos y saludables
de aquella época crispada. Cuando todos pensaban que
Soriano iba a seguir "agradando" con sus libros siguientes,
él prefirió meterse con lo podrido: en 1975
tenía terminada la primera versión de No
habrá más penas ni olvido. El "envase"
seguía siendo el mismo que en su libro inicial:
fluido, infecciosamente legible, con un ritmo poderoso. Pero
la alegoría era feroz: la lucha mezquina y sin
cuartel del peronismo de izquierda y de derecha. El libro se
publicó cuatro años después, en
España, con Soriano exiliado, pero no había
perdido ni una gota de su polémica potencia. A
ése le siguió el libro que es el favorito
secreto de muchos: Cuarteles de invierno. (Y aquí se
impone un comentario obligado: uno de los más aciagos
karmas que enfrenta un escritor es el efecto post-primer
éxito. Que Soriano haya aparecido con Cuarteles de
invierno después de No habrá más penas
ni olvido es un logro doble: por el libro en sí y por
su capacidad para capear el ingrato síndrome. En su
momento hubo algunos que lo vieron como un retroceso a
comarcas "seguras"; hoy serían pocos los que se
animarían a decir algo así: el tiempo ha hecho
añejar de la mejor manera a Cuarteles.)
Con esos libros en la
calle, en los primeros meses de la democracia alfonsinista,
Soriano volvió al país convertido en un
pequeño boom. Desde el turco Asís
ningún escritor argentino vendía tanto en base
a complicidad con los lectores. Pero ahí donde
Asís era el prototipo del porteño
fanfarrón y cínico, Soriano planteaba una
complicidad mucho más "blanca" con los lectores, el
equivalente literario de un Buster Keaton combinado con
Salgari. Ahí radica quizás el motivo por el
cual Soriano era el escritor más popular (en el
sentido más digno del término) de la
literatura argentina actual: sus innumerables lectores
confiaban en él. No sólo por sus novelas sino
por eso que era la otra cara de la moneda que terminaba de
definirlo: el ejercicio de la reflexión que
implicaban sus notas periodísticas.
La aventura que
significó Página/12 lo tuvo como uno de sus
más irracionales sostenes. Irracionales porque, tal
como él mismo y otros lo han contado, este diario iba
a ser una aventura imposible. El modo en que lo encararon
él y el resto fue así. Por eso
funcionó, podría decirse hoy. Es fácil
decirlo. Lo cierto es que gran parte de la amplitud de
registro que tiene el periodismo actual de la Argentina se
debe al modo en que Soriano y el resto del staff original de
Página/12 rompieron el corsé fría y
meramente informativo de los medios de aquellos años.
Soriano era uno de los principales defensores del ejercicio
de la imaginación y la buena prosa para escribir
periodismo. Para él, la imaginación y la
fidelidad a la verdad no eran términos opuestos.
Cualquiera que revise sus notas puede comprobarlo (las
mejores fueron apareciendo en forma de libro, en Artistas,
locos y criminales, Rebeldes, soñadores y fugitivos,
Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas y
dinosaurios).
En 1988 publicó su
cuarta novela, A sus plantas rendido un león, con la
cual empieza su segundo ciclo novelístico. Esta vez
el homenajeado es Graham Greene, en las desopilantes
desventuras de un argentino devenido improvisado
cónsul en un remoto país africano. (Alberto
Olmedo quiso llevar al cine esa novela, lo llamó
varias veces en medio de la noche para contarle cómo
la iba a hacer e incluso llegaron a encontrarse una
madrugada, en el Hotel Alvear, cuando Olmedo le contó
a Soriano que Lina Wertmüller quería dirigirla.)
En su libro siguiente, Una sombra ya pronto serás, el
eje volvió a ser la Argentina, pero mirándola
del lado "erróneo" del catalejo: como un extranjero
atónito que hubiera heredado por milagros de la
genética una especie de saber de "lo argentino". El
ojo de la patria es la hermana melliza de A sus plantas...:
la historia de un cadáver, el de un prócer
argentino enterrado en París, y el pobre infeliz que
debe traerlo del confortable olvido de la historia. Su
última novela apareció en 1995: La hora sin
sombra. En ella construía a un padre imaginario y se
daba el lujo difícil de saldar con él, de
manera descabelladamente metafísica, las deudas
pendientes.
Hace pocos meses me
tocó entrevistarlo, por la salida de Piratas,
fantasmas y dinosaurios. Esa larga noche contó, con
un entusiasmo que hizo desaparecer los signos de lo que por
entonces era una molesta neumonía, que su
próxima novela iba a ser la historia del
Míster Peregrino Fernández, ese personaje
extraordinario que le iba a permitir a Soriano recorrer el
siglo de la mano de un futbolista profesional, devenido
técnico trotamundos, devenido testigo azaroso y
privilegiado de los más diversos hitos de la historia
y de la ficción de los últimos noventa
años. El libro empezaba como los dioses:
"Imagínenme así: un metro setenta y cinco,
más bien flaco, bigote ancho como el que llevaba mi
abuelo a principios de siglo". Habló casi dos horas
de algunas de las secuencias del libro. Es cierto que
Soriano era un extraordinario narrador oral, pero esa noche
era casi imposible que ese libro no fuese excelente. E
inaugurara de la mejor forma imaginable su tercer ciclo
novelístico.
En algún momento
de esa noche se habló de cine, de escenas
inolvidables. Para mi sorpresa, él antepuso a
Casablanca una predilección que --por el silencio que
él mantenía y exigía respecto de su
enfermedad-- no apareció en la nota: la escena de Sin
aliento de Godard en que Belmondo mira al sol cegador desde
un auto descapotable, saca una pistola y le dispara, con la
insensata esperanza de apagarlo. Soriano dijo que esa escena
era la película entera: un tipo al que no le era
suficiente todo el aire del mundo para devorárselo de
una bocanada, un tipo capaz de apagar el sol de un
pistoletazo.
Es inevitable: uno piensa
en esa novela inconclusa y se acuerda de El primer hombre de
Camus y de Poderes terrenales de Anthony Burgess (una novela
que quedó trunca por un estúpido accidente
automovilístico, otra que llegó a escribirse y
permitió a un alcohólico despreciado por
muchos tomarse una espléndida revancha a todas esas
cejas alzadas ante la mención de su nombre) y es casi
imposible no imaginarse a Soriano devorándose todo el
aire del mundo, sentado frente a su computadora, dejando
descansar a la Internet, mascando un cigarro sin encender, y
dando vuelta como un guante, noche a noche, la historia
oficial de este siglo, para hacerla pasar por ese rico tipo
de bigote copiado a su abuelo, piernas chuecas, traje del
cuarenta y pinta de Erroll Flynn de cabotaje, llamado
Peregrino Fernández. Es casi imposible no imaginarse
a Soriano después de ponerle el punto final a esa
novela aluvional, seguramente en una madrugada, y
recién entonces, con la picardía de aquel a
quien le quedan todavía unas cuantas historias en el
cargador, murmurar para sí mismo: "El Míster
c`est moi, qué joder".
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