HASTA SIEMPRE OSVALDO

 

Juan Forn

Sin Aliento o no habrá más penas

 

  Ayer a las seis y media, en medio del estrépito habitual de la redacción de este diario, alguien entró con una expresión tal que no hizo falta que dijera nada. En los últimos días se habían recibido infinidad de llamados, preguntando qué pasaba con Soriano, cuán grave estaba, qué chance tenía. No hablar del tema había sido, hasta entonces, una especie de conjuro para ahuyentar la parca. Hora por hora, día por día, parecía funcionar, hasta entonces. Por eso, el silencio súbito y absoluto que se hizo en toda la redacción en el momento en que cada uno alzó la mirada y vio la expresión de esa persona fue estremecedor. No hace falta ser periodista para saber que es casi imposible silenciar a una redacción entera. No hay manera de describir ese silencio horroroso, salvo decir lo obvio: que todos los que estábamos ahí sentimos al mismo tiempo que nos habíamos quedado sin Soriano, literalmente.
  Soriano se pasó más de la mitad de su vida en redacciones. Como muchos escritores, era un autodidacta: una manera elegante de definir la tarea de pegarse como una lapa a toda persona que despierta respeto o admiración, para absorber lo que se pueda de esa persona. Y en ese sentido reivindicaba Soriano las redacciones: había tenido el privilegio de estar junto a tantos capos que prefería hablar de ellos antes que de él mismo. Estuvo en La Opinión, en los diferentes proyectos de la mítica editorial Abril de los Civita, conoció en el exilio las redacciones de Le Monde, Libération, Le Canard Echainé, Il Manifesto y Panorama, fue fundador y uno de los puntales de Página/12 desde su fundación. Siempre pensó que eso había sido un lujo para él; desde hacía un tiempo largo él era un lujo para las redacciones.
  Desde una redacción empezó a escribir su primera novela, Triste, solitario y final, con la impune soltura del que hace algo a solas que supone que nadie nunca conocerá. En una época mesiánica como la Argentina de principios de los '70, esa fábula hilarante que combinaba las películas mudas con el policial negro y terminaba conmoviendo como una confesión de madrugada, era una rara avis. Hoy parece uno de los momentos más lúcidos y saludables de aquella época crispada. Cuando todos pensaban que Soriano iba a seguir "agradando" con sus libros siguientes, él prefirió meterse con lo podrido: en 1975 tenía terminada la primera versión de No habrá más penas ni olvido. El "envase" seguía siendo el mismo que en su libro inicial: fluido, infecciosamente legible, con un ritmo poderoso. Pero la alegoría era feroz: la lucha mezquina y sin cuartel del peronismo de izquierda y de derecha. El libro se publicó cuatro años después, en España, con Soriano exiliado, pero no había perdido ni una gota de su polémica potencia. A ése le siguió el libro que es el favorito secreto de muchos: Cuarteles de invierno. (Y aquí se impone un comentario obligado: uno de los más aciagos karmas que enfrenta un escritor es el efecto post-primer éxito. Que Soriano haya aparecido con Cuarteles de invierno después de No habrá más penas ni olvido es un logro doble: por el libro en sí y por su capacidad para capear el ingrato síndrome. En su momento hubo algunos que lo vieron como un retroceso a comarcas "seguras"; hoy serían pocos los que se animarían a decir algo así: el tiempo ha hecho añejar de la mejor manera a Cuarteles.)
  Con esos libros en la calle, en los primeros meses de la democracia alfonsinista, Soriano volvió al país convertido en un pequeño boom. Desde el turco Asís ningún escritor argentino vendía tanto en base a complicidad con los lectores. Pero ahí donde Asís era el prototipo del porteño fanfarrón y cínico, Soriano planteaba una complicidad mucho más "blanca" con los lectores, el equivalente literario de un Buster Keaton combinado con Salgari. Ahí radica quizás el motivo por el cual Soriano era el escritor más popular (en el sentido más digno del término) de la literatura argentina actual: sus innumerables lectores confiaban en él. No sólo por sus novelas sino por eso que era la otra cara de la moneda que terminaba de definirlo: el ejercicio de la reflexión que implicaban sus notas periodísticas.
  La aventura que significó Página/12 lo tuvo como uno de sus más irracionales sostenes. Irracionales porque, tal como él mismo y otros lo han contado, este diario iba a ser una aventura imposible. El modo en que lo encararon él y el resto fue así. Por eso funcionó, podría decirse hoy. Es fácil decirlo. Lo cierto es que gran parte de la amplitud de registro que tiene el periodismo actual de la Argentina se debe al modo en que Soriano y el resto del staff original de Página/12 rompieron el corsé fría y meramente informativo de los medios de aquellos años. Soriano era uno de los principales defensores del ejercicio de la imaginación y la buena prosa para escribir periodismo. Para él, la imaginación y la fidelidad a la verdad no eran términos opuestos. Cualquiera que revise sus notas puede comprobarlo (las mejores fueron apareciendo en forma de libro, en Artistas, locos y criminales, Rebeldes, soñadores y fugitivos, Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas y dinosaurios).
  En 1988 publicó su cuarta novela, A sus plantas rendido un león, con la cual empieza su segundo ciclo novelístico. Esta vez el homenajeado es Graham Greene, en las desopilantes desventuras de un argentino devenido improvisado cónsul en un remoto país africano. (Alberto Olmedo quiso llevar al cine esa novela, lo llamó varias veces en medio de la noche para contarle cómo la iba a hacer e incluso llegaron a encontrarse una madrugada, en el Hotel Alvear, cuando Olmedo le contó a Soriano que Lina Wertmüller quería dirigirla.) En su libro siguiente, Una sombra ya pronto serás, el eje volvió a ser la Argentina, pero mirándola del lado "erróneo" del catalejo: como un extranjero atónito que hubiera heredado por milagros de la genética una especie de saber de "lo argentino". El ojo de la patria es la hermana melliza de A sus plantas...: la historia de un cadáver, el de un prócer argentino enterrado en París, y el pobre infeliz que debe traerlo del confortable olvido de la historia. Su última novela apareció en 1995: La hora sin sombra. En ella construía a un padre imaginario y se daba el lujo difícil de saldar con él, de manera descabelladamente metafísica, las deudas pendientes.
  Hace pocos meses me tocó entrevistarlo, por la salida de Piratas, fantasmas y dinosaurios. Esa larga noche contó, con un entusiasmo que hizo desaparecer los signos de lo que por entonces era una molesta neumonía, que su próxima novela iba a ser la historia del Míster Peregrino Fernández, ese personaje extraordinario que le iba a permitir a Soriano recorrer el siglo de la mano de un futbolista profesional, devenido técnico trotamundos, devenido testigo azaroso y privilegiado de los más diversos hitos de la historia y de la ficción de los últimos noventa años. El libro empezaba como los dioses: "Imagínenme así: un metro setenta y cinco, más bien flaco, bigote ancho como el que llevaba mi abuelo a principios de siglo". Habló casi dos horas de algunas de las secuencias del libro. Es cierto que Soriano era un extraordinario narrador oral, pero esa noche era casi imposible que ese libro no fuese excelente. E inaugurara de la mejor forma imaginable su tercer ciclo novelístico.
  En algún momento de esa noche se habló de cine, de escenas inolvidables. Para mi sorpresa, él antepuso a Casablanca una predilección que --por el silencio que él mantenía y exigía respecto de su enfermedad-- no apareció en la nota: la escena de Sin aliento de Godard en que Belmondo mira al sol cegador desde un auto descapotable, saca una pistola y le dispara, con la insensata esperanza de apagarlo. Soriano dijo que esa escena era la película entera: un tipo al que no le era suficiente todo el aire del mundo para devorárselo de una bocanada, un tipo capaz de apagar el sol de un pistoletazo.
  Es inevitable: uno piensa en esa novela inconclusa y se acuerda de El primer hombre de Camus y de Poderes terrenales de Anthony Burgess (una novela que quedó trunca por un estúpido accidente automovilístico, otra que llegó a escribirse y permitió a un alcohólico despreciado por muchos tomarse una espléndida revancha a todas esas cejas alzadas ante la mención de su nombre) y es casi imposible no imaginarse a Soriano devorándose todo el aire del mundo, sentado frente a su computadora, dejando descansar a la Internet, mascando un cigarro sin encender, y dando vuelta como un guante, noche a noche, la historia oficial de este siglo, para hacerla pasar por ese rico tipo de bigote copiado a su abuelo, piernas chuecas, traje del cuarenta y pinta de Erroll Flynn de cabotaje, llamado Peregrino Fernández. Es casi imposible no imaginarse a Soriano después de ponerle el punto final a esa novela aluvional, seguramente en una madrugada, y recién entonces, con la picardía de aquel a quien le quedan todavía unas cuantas historias en el cargador, murmurar para sí mismo: "El Míster c`est moi, qué joder".

 

 

por Juan Forn en el diario Página\12, 30 de enero de 1997.
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