|
|
Entre
tantas cosas inesperadas (que se muriera, por ejemplo)
ocurre tanto con los libros de Osvaldo que, abruptamente, se
han transformado en sus obras completas. Siempre uno
veía su obra como una obra abierta: era la obra que
Osvaldo estaba escribiendo. Si este libro no me había
gustado, tal vez me gustara el próximo, porque me
habían gustado, y mucho, el primero y el segundo.
Era, así, un escritor abierto. Un escritor vivo, con
una obra en curso. Uno esperaba tener Soriano por, pongamos,
veinte años más. Uno se había
acostumbrado a vivir con Soriano. A esperar sus contratapas,
a esperar sus libros. (En alguna especial medida esto me
contempla: siempre fui su contemporáneo, ya que tengo
su misma edad, ya que nacimos en el mismo año de
1943.)
Cuando otro se muere uno
busca siempre en su memoria algún momento que
pasó con él. Cierta vez (habrá sido,
creo, por 1987) Juan Sasturain convocó a algunos
escritores para crear una serie policial que se
llamaría "Disparos en la Biblioteca". Así, nos
reunimos con Juan Martini (en ese entonces Juan Carlos), con
Ricardo Piglia, Jorge Manzur, Sergio Sinay y, claro, Osvaldo
Soriano. El Gordo estaba muy entusiasmado con su
computadora. Creo que era el único de nosotros que ya
utilizaba el teclado con pantalla. Y ahí
estábamos: Sasturain, Martini, Piglia, yo y lo
mirábamos muy atentamente mientras explicaba que la
máquina de escribir había sido el invento
más fugaz de la humanidad.
La fugacidad (y no creo
que el Gordo lo sospechara esa noche porque estábamos
tomando buen vino, comiendo buen asado y luego, como siempre
hacen los escritores, empezamos a hablar de mujeres y de
libros y de cine, conjeturo que en ese orden) es una
modalidad de la vida que nos cuesta aceptar. Uno vive como
si fuera a ser eterno. O, al menos, a durar bastante. Pero
no: somos como la máquina de escribir. Inventos
fugaces. Sólo que en el caso del Gordo no hay teclado
con pantalla que valga. Soriano fue un invento
irreemplazable.
|
|