Escenas de la vida posmoderna 3. Jóvenes (...) La infancia, casi, ha desaparecido, acorralada por una adolescencia
tempranísima. La primera juventud se prolonga hasta después de
los treinta años. Un tercio de la vida se desenvuelve bajo el
rótulo, tan convencional como otros rótulos, de juventud. Todo
el mundo sabe que esos límites, que se aceptan como indicaciones
precisas, han cambiado todo el tiempo. En 1900, esa mujer inmigrante que ya tenía dos hijos no se pensaba
muy joven a los diecisiete y su marido, diez años mayor que ella,
era un hombre maduro. Antes, los pobres sólo excepcionalmente
eran jóvenes y en su mundo se pasaba sin transición de la infancia
a la cultura del trabajo; quienes no seguían ese itinerario entraban
en la calificación de excepcionalidad peligrosa: delincuentes
juveniles, cuyas fotos muestran pequeños viejos, como las fotos
de los chicos raquíticos. En este caso, la juventud, más que un
valor, podía llegar a considerarse una señal de peligro (de este
hábito se desprendió la criminología pero la policia lo cultiva
hasta hoy). Sin embargo, en 1918, los estudiantes de Córdoba iniciaron el
movimiento de la Reforma Universitaria reclamándose jóvenes; Ingenieros,
Rodó, Palacios, Haya de la Torre, creyeron hablar para los jóvenes
y encontraron que el interlocutor joven podía ser instituído en
beneficio de quienes querían instituirse como sus mentores. También
se reconocían jóvenes los dirigentes de la Revolución Cubana y
los que marcharon por Paris en el Mayo de 1968. A la misma edad,
los dirigentes de la Revolución Rusa de 1917 no eran jóvenes;
las juventudes revolucionarias de comienzos de siglo creían tener
deberes que cumplir antes que derechos especiales que reclamar:
su mesianismo, como el de las guerrillas latinoamericanas, valorizaba
el tono moral o el imperativo político que a los jóvenes los obligaba
a actuar como protagonistas más audaces y libres de todo vínculo
tradicional. Los románticos, en cambio, habían descubierto en la juventud un
argumento estético y político. Rimbaud inventó, a costa del silencio
y del exilio, el mito moderno de la juventud, transexual, inocente
y perversa. Las vanguardias argentinas de la década del veinte
practicaron un estilo de intervención que luego fue juzgado juvenil;
en cambio, Bertolt Brecht nunca fue joven, ni Benjamin, ni Adorno,
ni Roland Barthes. Las fotos de Sartre, de Raymond Aron y de Simone
de Beauvoir, cuando apenas tenían veinte años, muestran una gravedad
posada con la que sus modelos quieren disipar toda idea de la
inmadurez que fascinaba a Gombrowicz; éramos jóvenes, dice Nizan,
pero que nadie me diga que los veinte años son la mejor edad de
la vida. David Viñas no era muy joven cuando, a los veintisiete
años, dirigía la revista Contorno, donde la categoría de "joven" fue estigmatizada por Juan José
Sebreli, dos o tres años menor que Viñas; cuando ellos hablaron
de "nueva generación", el nombre fue usado como marca de diferencia
ideológica que no necesitaba recurrir, para completarse, a una
reivindicación de juventud. Orson Welles no era muy joven cuando, a los veinticuatro años, filmaba El ciudadano, ni Buñuel, ni Hitchkock, ni Bergman hicieron alguna vez "cine
joven", como Jim Jarmusch o Godard. Greta Garbo, Louise Brooks,
Ingrid Bergman, María Félix, nunca fueron adolescentes: siendo
muy jóvenes, siempre parecieron sólo jóvenes; Audrey Hepbum fue
la primera adolescente del cine americano: más joven que ella,
sólo los niños prodigio. Frank Sinatra o Miles Davis no fueron
jóvenes como lo fueron The Beatles; pero incluso Elvis Presley
no ponía en escena la juventud como su capital más valioso; mientras
apasionaba a un público adolescente, su subversión era más sexual
que juvenilista. Jimmy Hendrix nunca pareció más joven que el
joven eterno, viejo joven, adolescente congelado, Mick Jagger. Hasta el jean y la minifalda no existió una moda joven, ni un
mercado que la pusiera en circulación. Mary Quant, Lee y Levis
son la academia del nuevo diseño. Hasta 1960, los jóvenes imitaban,
estilizaban o, en el límite, parodiaban lo que era, simplemente,
la moda: así, las fotos de actores jovencísimos, de jugadores
de fútbol o de estudiantes universitarios, no evocan, hasta entonces,
la iconografía de monaguillos perversos o rockeros dispuestos
a todo que ahora es un lugar común. Esa iconografia tiene sólo
un cuarto de siglo. Las modelos de la publicidad imitaban a las
actrices o a la clase alta; hoy las modelos imitan a las modelos
más jóvenes; y las actrices imitan a las modelos. Sólo en el caso
de los hombres, la madurez conserva algún magnetismo sexual. Madonna
es un desafío original porque adopta la moda retro sin incorporarle
estilemas juveniles: a partir de ella, hay un disfraz, que sólo
usan los jóvenes y que complica el significado de las marcas de
adolescencia sumadas a una moda que exhibe la acumulación de rasgos
del último medio siglo. Hoy la juventud es más prestigiosa que nunca, como conviene a
culturas que han pasado por la desestabilización de los principios
jerárquicos. La infancia ya no proporciona un sustento adecuado
a las ilusiones de felicidad, suspensión tranquilizadora de la
sexualidad e inocencia. La categoría de "joven", en cambio, garantiza
otro set de ilusiones con la ventaja de que la sexualidad puede ser llamada a escena
y, al mismo tiempo, desplegarse más libre de sus obligaciones
adultas, entre ellas la de la definición tajante del sexo. Así,
la juventud es un territorio en el que todos quieren vivir indefinidamente.
Pero los "jóvenes" expulsan de ese territorio a los falsificadores,
que no cumplen las condiciones de edad y entran en una guerra
generacional banalizada por la cosmética, la eternidad quinquenal
de las cirugías estéticas y las terapias new age. La cultura juvenil, como cultura universal y tribal al mismo tiempo,
se construye en el marco de una institución, tradicionalmente
consagrada a los jóvenes, que está en crisis: la escuela, cuyo
prestigio se ha debilitado tanto por la quiebra de las autoridades
tradicionales como por la conversión de los medios masivos en
espacio de una abundancia simbólica que la escuela no ofrece.
Las estrategias para definir lo permitido y lo prohibido entraron
en crisis. La permanencia, que fue un rasgo constitutivo de la
autoridad, está cortada por el fluir de la novedad. Si es casi
imposible definir lo permitido y lo prohibido, la moral deja de
ser un territorio de conflictos significativos para convertirse
en un elenco de enunciados banales: la autoridad ha perdido su
aspecto terrible e intimidatorio (que potenciaba la rebelión)
y sólo es autoridad cuando ejerce (como lo hace con indeseable
frecuencia) la fuerza represiva. Donde antes podía enfrentarse
la prohibición discursiva, hoy parece quedar sólo la policía.
Donde hace unas décadas estaba la política, aparecieron luego
los movimientos sociales y hoy avanzan las naves de las neo-religiones. El mercado toma el relevo y corteja a la juventud después de haberla
instituido como protagonista de la mayoría de sus mitos. La curva
en la que se cruzan la influencia hegemónica del mercado y el
peso descendente de la escuela representa bien una tendencia:
los "jóvenes" pasan de la novela familiar de una infancia cada
vez más breve al folletín hiperrealista que pone en escena la
danza de las mercancías frente a los que pueden pagárselas y también
frente a esos otros consumidores imaginarios, esos más pobres
a quienes la perspectiva de una vida de trabajo y sacrificio no
interpela con la misma eficacia que a sus abuelos, entre otras
cosas porque saben que no conseguirán en ella ni siquiera lo que
sus abuelos consiguieron, o porque no quieren conseguir sólo lo
que su abuelos buscaban. Consumidores efectivos o consumidores imaginarios, los jóvenes
encuentran en el mercado de mercancías y en el de bienes simbólicos
un depósito de objetos y discursos fast preparados especialmente. La velocidad de circulación y, por lo
tanto, la obsolescencia acelerada se combinan en una alegoría
de juventud: en el mercado, las mercancías deben ser nuevas, deben
tener el estilo de la moda, deben captar los cambios más insignificantes
del aire de los tiempos. La renovación incesante que necesita
el mercado capitalista captura el mito de novedad permanente que
también impulsa a la juventud. Nunca como hoy, las necesidades
del mercado están afinadas de manera tan precisa al imaginario
de sus consumidores. El mercado promete una forma del ideal de libertad y, en su contracara,
una garantía de exclusión. Como se desnuda el racismo en las puertas
de algunas discotecas donde los guardias son expertos en diferenciaciones
sociales, el mercado elige a quienes van a estar en condiciones
de elegir en él. Pero, como necesita ser universal, enuncia su
discurso como si todos en él fueran iguales. Los medios de comunicación
refuerzan esa idea de igualdad en la libertad que forma parte
central de las ideologías juveniles bien pensantes, donde se pasan
por alto las desigualdades reales para armar una cultura estratificada
pero igualmente magnetizada por los ejes de identidad musical
que se convierten en espacios de identidad de experiencias. Sólo
muy abajo, en los márgenes de la sociedad, este conglomerado de
estratos se agrieta. Las grietas, de todos modos, tienen sus puentes
simbólicos: el videoclip y la música pop crean la ilusión de una
continuidad donde las diferencias se disfrazan en elecciones que
parecen individuales y carentes de motivaciones sociales. Si es
cierto, como se ha dicho, que se ama a una estrella pop con el
mismo amor con que se sigue un equipo de fútbol, el carácter transclase
de estos afectos tranquiliza la conciencia de sus portadores,
aunque ellos mismos, luego, diferencien cuidadosamente y con cierto
placer snob a los negros de los rubios, según la lógica que también
los clasifica en las puertas de las discotecas. El impulso igualitario
que a veces se cree encontrar en la cultura de los jóvenes tiene
sus límites en los prejuicios sociales y raciales, sexuales y
morales. La debilidad de pertenencia a una comunidad de valores y de sentidos
es compensada por una escena más abstracta pero igualmente fuerte:
las temas de un imaginario liso y brillante, aseguran que, precisamente,
la juventud es la fuente de los valores con que ese imaginario
interpela a los jóvenes. El círculo se cierra de manera casi perfecta.
Capítulo I: Abundancia y Pobreza