Mayo 68 / mayo 98 DEL Mayo francés tengo recuerdos tan intensos como contradictorios.
Las fotos de la insurrección parisina se sobreimprimen con las
fotos del Cordobazo, que sucede en la Argentina exactamente un
año después. En ambos recuerdos, la gente es muy joven y está
en la actitud de arrojar algo a la policía o a un edificio cercano.
Las fotos tienen mucho humo y las imágenes están algo borrosas,
porque se trata siempre de personas en movimiento, gesticulando,
saltando o corriendo. Por supuesto, las consignas del Mayo francés han alcanzado una
clasicidad incomparable. Traducidas a todas las lenguas, mantienen
hasta hoy su potencia sugestiva como condensación poética del
deseo revolucionario, y tienen un aire de familia con el rechazo
absoluto que luego formará parte de otras tribus de la cultura
juvenil. "No sé lo que quiero, pero lo quiero ya": esa frase ocupa
el ojo de un torbellino. Como "pidamos lo imposible", podría decirse
que no pertenece a nadie. En el Mayo francés había una estética revolucionaria que me parecía
más atractiva que la de las movilizaciones tercermundistas. El
Mayo francés fue el pop art, el arte conceptual, el happening, la instalación, los graffiti, el collage, la historieta: todas las formas del vanguardismo internacional
sesentista. Incluso había tenido su film premonitorio: La chinoise, de Jean-Luc Godard, de 1967, donde un hombre de Les Temps Modernes, la revista de Sartre, era interrogado (casi diría hostilizado)
por una estudiante de una célula maoísta afincada precisamente
en Nanterre. El film de Godard presenta motivos que anuncian los
del Mayo francés: el maoísmo, el oriente campesino y revolucionario,
el juvenilismo, el sentido de absoluto, la violencia, el doctrinarismo. Los estudiantes franceses del 68 ocuparon el lugar de un proletariado
europeo adormecido por el bienestar. Tal era el argumento. Todo
el mundo discutía esa cita donde Marcuse indicaba que, en el capitalismo
avanzado, las clases trabajadoras habían perdido su potencial
revolucionario. Los estudiantes franceses superaron el cerco de
la alienación trazado por Marcuse, porque su movimiento atrapó
también a los obreros franceses. La vanguardia cultural estudiantil
se había convertido en vanguardia política. En mayo de 1968, también creí que los estudiantes franceses ensayaban
un acto insurreccional que sólo se cumpliría definitivamente en
América. Ellos habían tomado la delantera, pero de este lado del
Atlántico se preparaba la verdadera, definitiva, lucha revolucionaria.
Y América incluía a los Estados Unidos en un arco que iba de los
hippies al movimiento negro, representante del Tercer Mundo dentro del
Primero. La idea de que había reservas insurreccionales en los más grandes
países capitalistas (el Mayo de Francia fue un mayo europeo: turinés,
romano, berlinés y también un mayo californiano), chocaba sin
que yo tuviera demasiada conciencia teórica, con otra idea: la
de que la revolución iba a avanzar de la periferia hacia el centro,
traída por los condenados de la tierra, como Franz Fanon llamaba
a los campesinos. Y en la Argentina urbana, la clase obrera parecía
capaz de destituir a sus dirigentes y avanzar en el camino de
una radicalización juvenil que, por fin, garantizaba la vieja
consigna de "obreros y estudiantes, unidos y adelante". No terminan acá las imágenes sobreimpresas. La Revolución Cultural
china también proponía sus instantáneas de jóvenes revolucionarios
que, con el brazo tenso, sostenían un libro de consignas: el Libro rojo, de Mao. La Revolución Cultural china era juvenil tanto como
lo era la insurrección francesa. Muchos creíamos que un puñado
de viejos dirigentes revolucionarios, comunicados directamente
con las masas de jóvenes, habían recuperado el Partido Comunista
chino para dirigir la lucha de clases, impidiendo que siguiera
el camino de la nomenklatura soviética, corrupta y reformista. Ésa era una de las versiones corrientes y yo no tenía demasiados
motivos para dudar de ella, ya que me ofrecía varias ventajas:
la revolución llegaba, si venía de China, también desde el Tercer
Mundo; era una insurrección donde las luchas de poder inclinaban
la balanza del lado de los jóvenes guardias rojos, y, finalmente,
Mao parecía un dirigente más afín al gran misterio argentino de
aquellos años: Perón. Sin embargo, en una trampa irónica, con
Perón entraba en escena el adversario de los estudiantes franceses,
Charles de Gaulle, al que Perón decía admirar, olvidando que sus
simpatías no habían sido tan intensas cuando De Gaulle era, durante
la Segunda Guerra Mundial, el líder de la Francia libre que no
aceptaba el colaboracionismo de los nazis. Otra capa de sentidos venía del lado de la Revolución Cubana y,
sobre todo, de lo que comenzaba a ser el "guevarismo". El Mayo
argentino tuvo lugar en 1969, un año después del francés; un año
antes, en 1967, había muerto el Che comandando un movimiento guerrillero.
Estas dos fechas enmarcan al Mayo francés y lo convierten en el
volante de un tríptico formado por la revolución campesina y juvenil
iniciada en Cuba, la revolución estudiantil de Francia, la insurrección
obrera y estudiantil del Cordobazo. Las tres fechas quedan unidas
imaginariamente por la juventud de sus protagonistas. Como en los sueños o en los mitos, en la Argentina de fines de
los 60 los jóvenes del peronismo radicalizado o de la "nueva izquierda"
disponíamos de estas imágenes culturalmente afines y políticamente
contradictorias. Es lo que se llama un clima de época. Ese final
de la década del 60 fue un tiempo de síntesis arrolladoras. Por Beatriz Sarlo
Diario La Nación, 12 de abril, 1998
Tríptico revolucionario
¿Qué quedó de los ideales agitados en las revueltas estudiantiles
europeas de hace treinta años, que luego se extendieron a países
como la Argentina? Beatriz Sarlo hace un balance de tres momentos
revolucionarios de aquellos tiempos y, en carácter de anticipo
se publica un fragmento de Une envie de politique (Editorial La Découverte/Le Monde), un libro de conversaciones
de Daniel Cohn Bendit, el líder carismático del 68 (hoy diputado
del Parlamento Europeo), con Lucas Delattre y Guy Herzlich.
Para La Nacion - Buenos Aires, 1998