El Centro comercial En muchas ciudades no existe un centro. Quiero decir: un lugar
geográfico preciso, marcado por monumentos, cruces de ciertas
calles y ciertas avenidas, teatros, cines, restaurantes, confiterías,
peatonales, carteles luminosos destellando en el líquido, también
luminoso y metálico, que baña los edificios. Se podía discutir
si el centro verdaderamente terminaba en tal calle o un poco
más allá, pero nadie discutía la existencia misma de un solo centro:
imágenes, ruidos, horarios diferentes. Se iba al centro desde
los barrios como una actividad especial, de día feriado, como
salida nocturna, como expedición de compras, o, simplemente, para
ver y estar en el centro. Hoy, Los Ángeles (esa inmensa ciudad
sin centro) no es tan incomprensible como lo fue en los años sesenta.
Muchas ciudades latinoamericanas, Buenos Aires entre ellas, han
entrado en un proceso de angelinización. La gente hoy pertenece más a los barrios urbanos (y a los barrios
audiovisuales) que en los años veinte, cuando la salida al centro
prometía un horizonte de deseos y peligros, una exploración de
un territorio siempre distinto. De los barrios de clase media
ahora no se sale al centro. Las distancias se han acortado no
sólo porque la ciudad ha dejado de crecer, sino porque la gente
ya no se mueve por la ciudad, de una punta a la otra. Los barrios
ricos han configurado sus propios centros, más limpios, más ordenados,
mejor vigilados, con más luz mayores ofertas materiales y simbólicas. Ir al centro no es lo mismo que ir al shopping-center, aunque el significante centro se repita en las dos expresiones.
En primer lugar, por el paisaje: el shopping-center, no importa
cuál sea su tipología arquitectónica, es un simulacro de ciudad
de servicios en miniatura, donde todos los extremos de lo urbano
han sido liquidados: la intemperie, que los pasajes y las arcadas
del siglo XIX sólo interrumpían sin anular; los ruidos, que no
respondían a una programación unificada; el claroscuro, que es
producto de la colisión de luces diferentes, opuestas, que disputan,
se refuerzan o, simplemente, se ignoran unas a otras; la gran
escala producida por los edificios de varios pisos, las dobles
y triples elevaciones de los cines y teatros, las superficies
vidriadas tres, cuatro, cinco veces más grandes que el más amplio
de los negocios; los monumentos conocidos, que por su permanencia,
su belleza o su fealdad, eran los signos más poderosos del texto
urbano; la proliferación de escritos de dimensiones gigantescas,
arriba de los edificios, recorriendo decenas de metros en sus
fachadas, sobre las marquesinas, en grandes letras pegadas sobre
los vidrios de decenas de puertas vaivén, en chapas relucientes,
escudos, carteles pintados sobre el dintel de portales, pancartas,
afiches, letreros espontáneos, anuncios impresos, señalizaciones
de tránsito. Estos rasgos, producidos a veces por el azar y otras
por el diseño, son (o fueron) la marca de una identidad urbana. Hoy, el shopping opone a este paisaje del centro su propuesta
de cápsula espacial acondicionada por la estética del mercado.
En un punto, todos los shopping-centers son iguales: en Minneapolis,
en Miami Beach, en Chevy Chase, en New Port, en Rodeo Drive, en
Santa Fe y Coronel Díaz, ciudad de Buenos Aires. Si uno descendiera
de Júpiter, sólo el papel moneda y la lengua de vendedores, compradores
y mirones, le permitirían saber dónde está. La constancia de las
marcas internacionales y de las mercancías se suman a la uniformidad
de un espacio sin cualidades: un vuelo interplanetario a Cacharel,
Stephanel, Fiorucci, Kenzo, Guess y McDonald's, en una nave fletada
bajo la insignia de los colores unidos de las etiquetas del mundo. La cápsula espacial puede ser un paraíso o una pesadilla. El aire
se limpia en el reciclaje de los acondicionadores; la temperatura
es benigna; las luces son funcionales y no entran en el conflicto
del claroscuro, que siempre puede resultar amenazador; otras amenazas
son neutralizadas por los circuitos cerrados, que hacen fluir
la información hacia el panóptico ocupado por el personal de vigilancia.
Como en una nave espacial, es posible realizar todas las actividades
reproductivas de la vida: se come, se bebe, se descansa, se consumen
símbolos y mercancías según instrucciones no escritas pero absolutamente
claras. Como en una nave espacial, se pierde con facilidad el
sentido de la orientación: lo que se ve desde un punto es tan
parecido a lo que se ve desde el opuesto que sólo los expertos,
muy conocedores de los pequeños detalles, o quienes se mueven
con un mapa, son capaces de decir dónde están en cada momento.
De todas formas, eso, saber dónde se está en cada momento, carece
de importancia: el shopping no se recorre de una punta a la otra,
como si fuera una calle o una galería; el shopping tiene que caminarse
con la decisión de aceptar, aunque no siempre, aunque no del todo,
las trampas del azar. Los que no aceptan estas trampas alteran
la ley espacial del shopping, en cuyo tablero los avances, los
retrocesos y las repeticiones no buscadas son una estrategia de
venta. El shopping, si es un buen shopping, responde a un ordenamiento
total pero, al mismo tiempo, debe dar una idea de libre recorrido:
se trata de la ordenada deriva del mercado. Quienes usan el shopping
para entrar, llegar a un punto, comprar y salir inmediatamente,
contradicen las funciones de su espacio, que tiene mucho de cinta
de Moebius: se pasa de una superficie a otra, de un plano a otro,
sin darse cuenta de que se está atravesando un límite. Es difícil
perderse en un shopping precisamente por esto: no está hecho para
encontrar un punto y, en consecuencia, en su espacio sin jerarquías
también es difícil saber si uno está perdido. El shopping no es
un laberinto del que sea preciso buscar una salida; por el contrario,
sólo una comparación superficial acerca el shopping al laberinto.
El shopping es una cápsula donde, si es posible no encontrar lo
que se busca, es completamente imposible perderse. Sólo los niños
muy pequeños pueden perderse en un shopping, porque un accidente
puede separarlos de otras personas y esa ausencia no se equilibra
con el encuentro de mercancías. Como una nave espacial, el shopping tiene una relación indiferente con la ciudad que lo rodea: esa ciudad siempre es el espacio
exterior, bajo la forma de autopista con villa miseria al lado,
gran avenida, barrio suburbano o peatonal. A nadie, cuando está
dentro del shopping, debe interesarle si la vidriera del negocio
donde vio lo que buscaba es paralela o perpendicular a una calle
exterior; a lo sumo, lo que no debe olvidar es en qué naveta está
guardada la mercancía que desea. En el shopping no sólo se anula
el sentido de orientación interna sino que desaparece por completo
la geografía urbana. A diferencia de las cápsulas espaciales,
los shoppings cierran sus muros a las perspectivas exteriores.
Como en los casinos de Las Vegas (y los shoppings aprendieron
mucho de Las Vegas), el día y la noche no se diferencian: el tiempo
no pasa, o el tiempo que pasa es también un tiempo sin cualidades. La ciudad no existe para el shopping, que ha sido construido para
remplazar a la ciudad. Por eso, el shopping olvida lo que lo rodea:
no sólo cierra su recinto a las vistas de afuera sino que irrumpe,
como caído del cielo, en una manzana de la ciudad a la que ignora;
o es depositado en medio de un baldío, al lado de una autopista,
donde no hay pasado urbano. Cuando el shopping ocupa un espacio
marcado por la historia (reciclaje de mercados, docks, barracas portuarias, incluso reciclaje en segunda potencia:
galerías comerciales que pasan a ser shoppings-galería), lo usa
como decoración y no como arquitectura. Casi siempre, incluso
en el caso de shoppings conservacionistas de arquitectura pasada,
el shopping se incrusta en un vacío de memoria urbana, porque
representa las nuevas costumbres y no tiene que rendir tributo
a las tradiciones: allí donde el mercado se despliega, el viento
de lo nuevo hace sentir su fuerza. El shopping es todo futuro: construye nuevos hábitos, se convierte
en punto de referencia, acomoda la ciudad a su presencia, acostumbra
a la gente a funcionar en él. En el shopping puede descubrirse
un proyecto premonitorio del futuro: shoppings cada vez más
extensos que, como un barco factoría, no sea necesario abandonar
nunca (así son ya algunos hoteles-shopping-spa-centro cultural
en Los Ángeles y, por supuesto, en Las Vegas). Aldeas-shoppings,
museos-shoppings, bibliotecas y escuelas-shoppings, hospitales-shoppings. Se nos informa que la ciudadanía se constituye en el mercado y,
en consecuencia, los shoppings pueden ser vistos como los monumentos
de un nuevo civismo: ágora, templo y mercado, como en los foros
de la vieja Italia romana. En los foros había oradores y escuchas,
políticos y plebe sobre la que se maniobraba; en los shoppings
también los ciudadanos desempeñan papeles diferentes: algunos
compran, otros simplemente miran y admiran. En los shoppings no
podrá descubrirse, como en las galerías del siglo XIX, una arqueología
del capitalismo sino su realización más plena. Frente a la ciudad real, construida en el tiempo, el shopping
ofrece su modelo de ciudad de servicios miniaturizada, que se
independiza soberanamente de las tradiciones y de su entorno.
De una ciudad en miniatura el shopping tiene un aire irreal, porque
ha sido construido demasiado rápido, no ha conocido vacilaciones,
marchas y contramarchas, correcciones, destrucciones, influencias
de proyectos más amplios. La historia está ausente, y cuando hay
algo de historia no se plantea el conflicto apasionante entre
la resistencia del pasado y el impulso del presente. La historia
es usada para roles serviles y se convierte en una decoración
banal: preservacionismo fetichista de algunos muros como cáscaras.
Por esto, el shopping sintoniza perfectamente con la pasión por
el decorado de la arquitectura llamada posmoderna. En el shopping
de intención preservacionista la historia es paradojalmente tratada
como souvenir y no como soporte material de una identidad y temporalidad que
siempre le plantean al presente su conflicto. Evacuada la historia como detalle, el shopping sufre una amnesia
necesaria a la buena marcha de sus negocios, porque si las huellas
de la historia fueran demasiado evidentes y superaran la función
decorativa, el shopping viviría un conflicto de funciones y sentidos:
para el shopping, la única máquina semiótica es la de su propio
proyecto. En cambio, la historia despilfarra sentidos que al shopping
no le interesa conservar, porque en su espacio, además, los sentidos
valen menos que los significantes. El shopping es un artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis
del nomadismo contemporáneo: cualquiera que haya usado alguna
vez un shopping puede usar otro, en una ciudad diferente y extraña
de la que ni siquiera conozca la lengua o las costumbres. Las
masas temporariamente nómadas que se mueven según los flujos del
turismo, encuentran en el shopping la dulzura del hogar donde
se borran los contratiempos de la diferencia y del malentendido.
Después de una travesía por ciudades desconocidas, el shopping
es un oasis donde todo marcha exactamente como en casa; del exotismo
que deleita al turista hasta agotarlo, se puede encontrar reposo
en la familiaridad de espacios que siguen conservando algún atractivo,
dado que se sabe que están en el extranjero, pero que, al mismo
tiempo, son idénticos en todas partes. Sin shoppings y sin Clubs
Mediterranée el turismo de masas sería impensable: ambos proporcionan
la seguridad que sólo se siente en la casa propia, sin perder
del todo la emoción producida por el hecho de que se la ha dejado
atrás. Cuando el espacio extranjero, a fuerza de incomunicación,
amenaza como un desierto, el shopping ofrece el paliativo de su
familiaridad. Pero no es esta la única ni la más importante contribución del
shopping al nomadismo. Por el contrario, la máquina perfecta del
shopping, con su lógica aproximativa, es, en sí misma, un tablero
para la deriva desterritorializada. Los puntos de referencia son
universales: logotipos, siglas, letras, etiquetas, no requieren
que sus intérpretes estén afincados en ninguna cultura previa
o distinta de la del mercado. Así, el shopping produce una cultura
extraterritorial de la que nadie puede sentirse excluido: incluso
los que menos consumen se manejan perfectamente en el shopping
e inventan algunos usos no previstos, que la máquina tolera en
la medida en que no dilapiden las energías que el shopping administra.
He visto, en los barrios ricos de la ciudad, señoras de los suburbios,
sentadas en los bordes de los maceteros, muy cerca de las mesas
repletas de un patio de comidas, alimentando a sus bebés, mientras
otros chicos corrían entre los mostradores con una botella plástica
de dos litros de Coca-Cola; he visto cómo sacaban sandwiches caseros
de las bolsas de plástico con marcas internacionales, que seguramente
fueron sucesivamente recicladas desde el momento en que salieron
de las tiendas, cumpliendo las leyes de un primer uso legítimo.
Estos visitantes, que la máquina del shopping no contempla pero
a quienes tampoco expulsa activamente, son extraterritoriales,
y sin embargo la misma extraterritorialidad del shopping los admite
en una paradoja curiosa de libertad plebeya. Fiel a la universalidad
del mercado, el shopping en principio no excluye. Su extraterritorialidad tiene ventajas para los más pobres: ellos
carecen de una ciudad limpia, segura, con buenos servicios, transitable
a todas horas; viven en suburbios de donde el Estado se ha retirado
y la pobreza impide que el mercado tome su lugar; soportan la
crisis de las sociedades vecinales, el deterioro de las solidaridades
comunitarias y el anecdotario cotidiano de la violencia. El shopping
es exactamente una realización hiperbólica y condensada de cualidades
opuestas y, además, como espacio extraterritorial no exige visados
especiales. En la otra punta del arco social, la extraterritorialidad
del shopping podría afectar lo que los sectores medios y altos
consideran sus derechos; sin embargo, el uso según días y franjas
horarias impide la colisión de estas dos pretensiones diferentes.
Los pobres van los fines de semana, cuando los menos pobres y
los más ricos prefieren estar en otra parte. El mismo espacio
cambia con las horas y los días, mostrando esa cualidad transocial
que, según algunos, marcaría a fuego el viraje de la posmodernidad. La extraterritorialidad del shopping fascina también a los muy
jóvenes, precisamente por la posibilidad de deriva en el mundo
de los significantes mercantiles. Para el fetichismo de las marcas
se despliega en el shopping una escenografía riquísima donde,
por lo menos en teoría, no puede faltar nada; por el contrario,
se necesita un exceso que sorprenda incluso a los entendidos más
eruditos. La escenografía ofrece su cara Disneyworld: como en
Disneyworld, no falta ningún personaje y cada personaje muestra
los atributos de su fama. El shopping es una exposición de todos
los objetos soñados. Ese espacio sin referencias urbanas está repleto de referencias
neoculturales, donde los que no saben pueden aprender un know-how que se adquiere en el estar ahí. El mercado, potenciando la libertad
de elección (aunque sólo sea de toma de partido imaginaria), educa
en saberes que son, por un lado, funcionales a su dinámica, y,
por el otro, adecuados a un deseo joven de libertad antiinstitucional.
Sobre el shopping nadie sabe más que los adolescentes, que pueden
ejercitar un sentimentalismo antisentimental en el entusiasmo
por la exhibición y la libertad de tránsito que se apoya en un
desorden controlado. Las marcas y etiquetas que forman el paisaje
del shopping reemplazan al elenco de viejos símbolos públicos
o religiosos que han entrado en su ocaso. Además, para chicos
afiebrados por el high-tech de las computadoras, el shopping ofrece un espacio que parece
high-tech aunque, en las versiones de ciudades periféricas, ello sea un
efecto estético antes que una cualidad real de funcionamiento.
El shopping, por lo demás, combina la plenitud iconográfica de
todas las etiquetas con las marcas artesanales de algunos productos
folk-ecológico-naturistas, completando así la suma de estilos
que definen una estética adolescente. Kitsch industrial y compact disc. La velocidad con que el shopping se impuso en la cultura urbana
no recuerda la de ningún otro cambio de costumbres, ni siquiera
en este siglo que está marcado por la transitoriedad de la mercancía
y la inestabilidad de los valores. Se dirá que el cambio no es
fundamental ni puede compararse con otros. Creo sin embargo que
sintetiza rasgos básicos de lo que vendrá o, mejor dicho, de lo
que ya está aquí para quedarse: en ciudades que se fracturan y
se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado
al tono de una época. Donde las instituciones y la esfera pública
ya no pueden construir hitos que se piensan eternos, se erige
un monumento que está basado precisamente en la velocidad del
flujo mercantil. El shopping presenta el espejo de una crisis
del espacio público donde es difícil construir sentidos; y el
espejo devuelve una imagen invertida en la que fluye día y noche
un ordenado torrente de significantes.