Está viéndose ya en la esquina, bajo el sol, cerca del puesto
del vendedor de helados protegido por el toldo a rayas rojas y
blancas, anchas. De antemano ha sentido, al cruzar la calle desde
la vereda de sombra a la del sol, el asfalto, blando a causa del
calor, bajo la suela de sus mocasines marrones. Y ahora, sobre
la vereda gris que arde y reverbera en la siesta de verano, su
sombra se proyecta a sus pies, encogida a causa de la posición
del sol que no hace mucho ha empezado a bajar, lento, desde el
cenit.
Las nubes
El cucurucho doble de crema y chocolate que se apresta a tomar
será su único almuerzo, y si ha esperado hasta tan tarde ¿son
casi las dos y media? para salir de su oficina a comprarlo, es
porque ha decidido que el helado debe servirle para tirar sin
comer hasta la hora de la cena. El calor es sin duda la causa
principal de su frugalidad, pero una especie de estoicismo que
podría considerarse como deportivo, producto no de una regla que
aplica a su vida entera, sino del capricho del día, le da a esa
estrategia física una vaga coloración moral. De modo que se siente
bien durante unos segundos, contento, leve, sano y, a pesar de
no andar lejos ya de los cincuenta, cree poseer un porvenir inmediato y lejano? claro, recto y vivaz, igual que una alfombra
roja extendida desde la punta de sus pies hacia el infinito. Casi
de inmediato, el rigor del verano, el tumulto de la calle, los
gases negruzcos que despiden los coches y que envenenan el aire
lo retrotraen a un poco más de realidad, a ese término medio del
ánimo que equidista de la angustia y de la euforia y que los que
creen conocerlo más o menos bien, y él mismo aun cuando por distracción
se deja convencer por ellos, llaman con certidumbre injustificada
su temperamento.
La ola de calor cocina a la ciudad desde hace por lo menos
una semana. Del cielo azul, sin una sola nube, el sol manda una
luz omnipresente y ardua, que achicharra los árboles, enturbia
la percepción y embrutece el pensamiento. Únicamente de noche
el calor afloja un poco, pero con la hora de verano, una decisión
administrativa que, como le gusta ironizar, hasta las gallinas
reprueban, a esta altura del año no termina nunca de anochecer,
y un poco después de las tres de la mañana, cuando a causa del
calor uno todavía no ha logrado dormirse, el alba rompe, lívida,
por el este, y el sol intolerable reaparece. En las orillas del
río la gente se tuesta esperando la noche, la lluvia, las vacaciones,
alguna brisa improbable, pero los que trabajan, cuando los observan,
sudorosos, desde los muelles, desde algún puente, desde el colectivo,
desde el metro aéreo que atraviesa el Sena, los consideran más
con escepticismo que con envidia.
Es el seis de julio. El año pasado, después de veinte de ausencia,
con el pretexto de liquidar los últimos bienes familiares, Pichón
ha visitado por algunas semanas su ciudad natal, de mediados de
febrero a principios de abril. A pesar de los años, de las decepciones
y de la extrañeza, se ha traído, de vuelta a París, algunos buenos
recuerdos, y la promesa de Tomatis de venir a visitarlo, pero
pasó un año entero sin que Tomatis se decidiese a viajar. De tanto
en tanto, los domingos, se llamaban por teléfono, aunque nunca
tenían nada preciso que decirse, y como viven en hemisferios diferentes,
de tal modo que cuando uno está en pleno verano el otro ve golpear
los puñados de lluvia helada contra la ventana, y como a causa
de la diferencia horaria cuando en la ciudad es de mañana en París
es de tarde, y cuando en la ciudad es de tarde en París es ya
de noche, el tiempo ocupaba una buena parte de sus conversaciones.
Hasta que, menos de dos meses atrás, un domingo de mayo en que
hablaron un poco más que de costumbre del tiempo porque, a pesar
de la diferencia de estación, de país, de continente y de hemisferio,
las condiciones climáticas eran idénticas (un día frío y lluvioso),
Tomatis le anunció por fin la buena noticia de que a principios
de julio pasaría unos días por París.
Pero eso no fue todo: Tomatis le adelantó también que Marcelo
Soldi, ese muchacho de barba en la lancha de cuyo padre habían
ido un día con los chicos a visitar a la hija de Washington, ¿se
acordaba?, tenia la intención de escribirle para mandarle algo
que estaba preparando desde hacia algunos meses, y, tal vez con
el fin de avivar su interés, Tomatis dejó caer sin darle mayores
explicaciones una frase enigmática: "Salió a buscar Troya v casi
se topa con el Hades". Pero por cierto que no bromeaba porque,
cosa de un mes más tarde, el envío llegó: era un sobre de tamaño
mediano, protegido por un forro interior de burbujas de plástico,
autoadhesivo, pero al que, por precaución, Soldi había sellado
con cinta adhesiva transparente, y que contenía una carta bastante
larga y una disquette de la computadora. Soldi masculinizaba la
palabra y le ponía un acento grave, lo que por escrito daba como
resultado "el disket". En un pasaje de la carta decía: "Aparte
de las conversaciones con Tomatis, que a veces pueden exigir cierta
dosis de paciencia, me distraen también los paseos en auto, al
azar, por el campo, y hurgar viejos papeles que conservan, milagrosamente
la mayor parte del tiempo, la memoria de este lugar, o de cualquier
otro, si viviese en cualquier otro. Lo que es válido para un lugar
es válido para el espacio entero, y ya sabemos que si el todo
contiene a la parte, la parte a su vez contiene al todo. No lo
hago con veleidades de historiador porque no tengo ninguna fe
en la historia. No creo ni que pueda servir de modelo para el
presente, ni que podamos recuperar de ella otra cosa que unos
pocos vestigios materiales, lápidas, imágenes, objetos v papeles
en los que, lo reconozco, lo que aparece escrito puede ser un
poco más que materia. Lo que percibimos como verdadero del pasado
no es la historia, sino nuestro propio presente que se proyecta
a si mismo y se contempla en lo exterior".
Y en otra parte de la carta: "Tengo cierta ventaja sobre otros
aficionados a los archivos: le caigo bien a las viejas. El texto
que te mando en el disket me lo confió una señora nonagenaria
que, me parece, nunca lo leyó. Por suerte para ella, la pobre
murió mientras yo lo estaba descifrando y pasando en limpio con
total fidelidad, de modo que ya no estaré obligado a contarle
vaguedades o a mentirle sobre el contenido de esos papeles, que,
en razón de que su propietaria no tenia herederos, deposité en
el Archivo Provincial, donde pueden ser consultados, apenas terminé
de copiarlos. Nos interesa mucho tu opinión porque, contrariamente
a lo que yo considero, Tomatis afirma que no se trata de un documento
auténtico sino de un texto de ficción. Pero yo digo, pensándolo
bien, ¿qué otra cosa son los Anales, la Memoria sobre el calor de Lavoisier, el Código Napoleón, las muchedumbres, las ciudades, los soles, el universo?". Y
por último: "El manuscrito que me dio la anciana no tiene título,
pero si entendí bien ciertos pasajes, creo que a su autor no le
parecería inadecuado que le pusiéramos LAS NUBES".
El sobre llegó en el mes de junio, el veintiuno para ser exactos,
en la puerta del verano. Desde entonces, como estaba terminando
el año universitario, entre las reuniones, los exámenes y los
coloquios, a Pichón le ha faltado tiempo para enterarse del contenido
del misterioso "disket" que se ha estado cubriendo de polvo, abandonado
entre libros, cuadernos y papeles sobre su escritorio. El dos
de julio, su mujer y los chicos se fueron al mar y él se quedó
en París a causa de un par de reuniones que lo demoraron y porque
Tomatis le había anunciado su llegada desde Madrid para el siete
a la noche. Decidieron de común acuerdo pasar dos o tres días
solos en París para charlar a sus anchas, y viajar después a reunirse
con Babette y los chicos en Bretaña.
Esta mañana, a eso de las nueve y media, ha asistido a una
reunión en la facultad, y después se ha quedado trabajando hasta
las dos y media en su oficina, ha bajado a tomar un helado, y
se ha vuelto a su casa a dormir la siesta. Como muchos habitantes
de la ciudad ya se han ido y los turistas por alguna razón todavía
no han llegado ¿tal vez a causa del calor excesivo han preferido
el mar o la montaña? la ciudad está vacía y como a causa del viaje
de su familia también lo está su departamento, por momentos se
establece entre el departamento y la ciudad una curiosa analogía,
y como las ventanas están siempre abiertas para aprovechar las
corrientes de aire, existe entre la ciudad y la casa una especie
de continuidad; por momentos, no se sabe bien cuál de las dos
contiene a la otra. Hay un silencio mayor que el de costumbre,
y que crece todavía más cuando llega la noche ardiente y pegajosa
después del día interminable. En short, con todas las luces apagadas,
Pichón suele acodarse en la ventana del segundo piso que da a
la calle callada y vacía, y mientras fuma cigarrillo tras cigarrillo,
va auscultando, más que los detalles exteriores de la noche, las
sensaciones que esos detalles despiertan en él, y que lo retrotraen
al pasado, a su infancia sobre todo, por momentos de un modo tan
intenso y claro que el tiempo parece abolido, a punto de inducirlo
a pensar que muchas sensaciones que él ha creído siempre propias
de un lugar, eran en realidad propias del verano.
A eso de las siete, un poco atontado por el calor y por la
siesta demasiado larga, sale a hacer algunas compras por el barrio,
pero después de pasar un rato en una vinería eligiendo algunas
botellas de vino blanco para los días venideros, descansado, limpio
y bastante feliz, atravesando el aire azul del anochecer, por
las calles calientes, silenciosas y vacías, vuelve a la casa vacía.
Apenas entra en ella se vuelve a duchar, se seca con suavidad,
aplicando la toalla contra su piel y apretando un poco, casi sin
frotar, como se aplica un secante sobre unos renglones de tinta
fresca, y se pone, por toda vestimenta, un short limpio. Cena
liviano ¿una tajada de jamón, unos tomates, un poco de queso,
agua mineral?, pero cuando se sienta frente a la computadora,
la pone en funcionamiento e introduce "el disket" para leer su
contenido en la pantalla, lo piensa mejor y se dirige a la heladera.
Vuelve con una gran taza de loza blanca llena de cerezas que deposita
en el escritorio, al alcance de su mano izquierda, entre biromes,
lápices, encendedores, un par de paquetes de cigarrillos, y un
pesado cenicero de vidrio verde oscuro, grueso. Cuando empieza
a leer el texto haciéndolo desfilar en la pantalla de la computadora,
y aunque va llevándose a la boca, una a una, sin mirarlas, las
cerezas, el gusto, dulce y ácido a la vez, lo hace representarse
las esferitas de un rojo vivo igual que si las sensaciones táctiles
y gustativas que se van produciendo en el interior de la boca,
diesen un rodeo por los ojos, o por la memoria, antes de llegar
al cerebro. Grandes, carnosas, frías, gloriosamente firmes y rojas,
que, una vez obtenida, y aunque tantos pretendan lo contrario,
por casualidad la primera, la materia se puso porque si a multiplicar,
son sin embargo, porque corre el mes de julio, las últimas del
verano. Y nada asegura que, con la misma liviandad caprichosa
con que salieron de la nada a la luz del día, después del verano
interminable y negro, volverán a aparecer.