El narrador silenciado
Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman
una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro
de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes
de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo. En la literatura
argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que han
sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en
la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza,
se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos
o líricos, y es de una eficacia sorprendente. Su habilidad técnica
-a él no le hubiese gustado la palabra y a mí tampoco me convence
demasiado-, que un rasgo personal suplementario, bastante escaso
en nuestra época por otra parte, la discreción, relega siempre
a un segundo plano, es también asombrosa, y si bien es la tensión
interna del relato la que organiza los hechos, esa maestría excepcional
los destila sabiamente para darles su lugar preciso en el conjunto.
De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado.
Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas
para concentrarse en lo esencial. De ese arte singular, El silenciero es una de las cumbres. Aparecida por primera vez en 1964, esta
novela prosigue el soliloquio narrativo iniciado con Zama en 1956 y que se prolongará en Los suicidas, publicada en 1966, formando un sistema tácito que se propone
representar el mundo, del que el ruido, en El silenciero, no es más que una variación metonímica, como "un instrumento
de-no-dejar-ser". Del abandono cósmico de Zama al inventario metódico de las circunstancias y de las razones
que pueden legitimar el suicidio, el hombre de Di Benedetto vive
acorralado por el ruido destructor del mundo. Y el silenciero
-neologismo admirable que ilustra la precisión conceptual de Di
Benedetto y su capacidad para aprovechar las delicadas evocaciones
del habla-, ese personaje sin nombre encerrado en su universo
persecutorio, que sólo logra eternizar la tortura cuando decide
neutralizar sus causas, es una figura eminente entre las muchas
que se perfilan en el paisaje inconfundible de sus relatos.
Los que hacen derivar la novela de la épica, con buenas razones
históricas probablemente, deberían darse por vencidos: en esta
trilogía poco común, las chafalonías melodramáticas y morales
de la épica ya no tienen cabida. Los personajes de Di Benedetto
se debaten, apagadamente podría decirse, clavados a su imposibilidad
de vivir, como un insecto todavía vivo en una lámina de naturalista,
por la punta hiriente de alguna obsesión, la esperanza irrazonable,
el suicidio, los ruidos "que alteran el ser". La ingenuidad épica
de la que habla Adorno, la inmersión en lo concreto, el puro actuar
a salvo del veneno paralizante de la conciencia reflexiva, sólo
existe en los personajes de Di Benedetto como leyenda: el "irse"
de Zama o de Besarión, la escritura que otorgará la plenitud y
con ella la emancipación de la servidumbre que impone lo exterior
para el narrador de El silenciero: "De día pensé que me faltaban, hasta en el sueño, dones o ambición
de héroe". La conciencia a la vez omnipresente y discreta de ese
narrador sin nombre, diagrama los acontecimientos hasta que a
cierta altura del relato, percepción y delirio, sentido común
y racionalización paranoica, se vuelven, sin énfasis y sin discursos
explicativos, psicológicos o de cualquier otro orden, imagen vivaz
de la doliente complejidad del mundo: que la anomalía esté en
la conciencia o en las cosas es a decir verdad un detalle insignificante
que no presenta ninguna utilidad para la resolución del problema.
Mundo y conciencia, trabados en lucha secreta pero constante ruedan
juntos a su perdición. Podemos desde luego pensar que es el aliento
imprevisible de la demencia lo que sopla las brasas de la obsesión,
pero la protesta callada del final parece también sincera y legítima:
"Mártir de la pretensión de vivir mi vida y no la vida ajena,
la vida impuesta, clama la justificación dentro de mí". La vida
impuesta o el peso inhumano de lo exterior: para el silenciero
(el "hacedor de silencio", como una vez le oí decir al propio
Di Benedetto, satisfecho del matiz que había adquirido el título
en una de sus traducciones) el ruido no es solamente múltiple
por las fuentes de las que proviene, sino también por la variedad
de sus sentidos posibles.
El ruido introduce en el mundo el accidente, la asimetría, el
sufrimiento. Para el narrador, lo que precede a la creación del
mundo, los atributos del Reposo, son la noche y el silencio, hacia
lo que todo tiende otra vez, y "nuestros ruidosos años", como
diría Shakespeare, no son más que un paréntesis adverso, una interrupción
dolorosa de lo estable, como un caso particular dentro del ciclo
intolerable de reencarnaciones sucesivas en la cárcel de las apariencias
de la que, según la doctrina budista, únicamente la Bodhi, o sea
el Despertar puede liberar al Santo en la no conciencia definitiva
de la Extinción. Pero el ruido representa también la mundanidad,
en la connotación de superficialidad de ese término e implica
además una noción de comportamiento social irreflexivo casi programático,
como forma de oposición o de postulación hiperafirmativa de sí,
y hasta de imperativo generacional. La expresión "estar en el
ruido", que el narrador define como una consigna de la época,
le atribuye al ruido la encarnación de lo óptimo, la esencia positiva
del existir, lo cual por carácter transitivo aportaría la justificación
última del universo. Hay por lo tanto entre el narrador y el mundo
una guerra de principios, un antagonismo orgánico, irreconciliable
y extremo. Por último, otro de los muchos aspectos de la diversidad
del ruido, tal vez el más destructor, es el de la ambigüedad de
su origen, de su carácter, de las verdaderas razones que apuntalan
su omnipresencia, ya que parece difícil saber a ciencia cierta
si sus ondas enemigas nos llegan, hirientes pero ciegas, del exterior
o si, subrepticias, desquiciándonos lo mismo que a las cosas,
se expanden desde algún lugar oscuro, una fuente interna íntima
y remota a la vez.
El colmo de la paradoja es que, en un determinado momento de la
lucha, y a veces quizás desde el principio, los personajes de
Di Benedetto parecen cambiar de bando y aliarse con el mundo,
colaborando con él para consumar su propia derrota. En la escena
final de Zama, el sublime "No morir aún" expresa menos la esperanza de prolongar
la vida -el cuerpo reducido a unos muñones sanguinolentos, la
conciencia a una ensoñación empañada y tenue- que la certidumbre
de seguir padeciendo el desfile sin fin de pérdidas y de humillaciones.
En esto, y en una sensibilidad particular para la vileza, propia
o ajena, los personajes de Di Benedetto tienen un parentesco lejano
con algunos héroes de Dostoievski, pero sus heridas secretas,
su aislamiento y su ironía, y sobre todo su autoironía levemente
masoquista, los vuelven familiares de los de Svevo, de Pessoa
y de Kafka.
Me resulta imposible no abordar antes de terminar un tema central
de la literatura argentina: la prosa narrativa de Antonio Di Benedetto.
Es sin duda la más original del siglo y, desde un punto de vista
estilístico, es inútil buscarle antecedentes o influencias en
otros narradores: no los tiene. Como, a estar con la cosmogonía
judeocristiana, el mundo en que vivimos, el estilo de Di Benedetto
parece surgido de la nada aunque, superior en esto a nuestro mundo
que le requirió a su creador seis días para ser completado, su
prosa ya estaba enteramente acabada y lista para funcionar desde
la primera frase escrita. En Borges percibimos a veces ecos de
Hazlitt, de Marcel Schwob, de Oscar Wilde, de Macedonio Fernández;
en Roberto Arlt, de los escritores rusos, de Pirandello y de la
literatura futurista. Pero si en los textos de Di Benedetto ciertos
temas son afines a los del existencialismo (los espectros de Kierkegaard,
de Schopenhauer y de Camus atraviesan de tanto en tanto el fondo
del escenario) la prosa que los distribuye discretamente en la
página no tiene ni precursores ni epígonos. En un período en el
que las largas oraciones supuestamente poéticas y el énfasis,
los finales de capítulo impactantes y los desbordes eróticos y
existenciales estaban de moda, la sobriedad estilística de Di
Benedetto, demasiado enredada en la maraña insidiosa de lo real
como para dejarse distraer por artificios retóricos que ni siquiera
se acordaban con su temperamento, por haber elegido un camino
personal, íntegro y lúcido, fue ignorada durante décadas por sucesivos
e intercambiables fabricantes de reputaciones. Aunque desde el
principio un pequeñísimo grupo de lectores, que fue aumentando
poco a poco con los años, supo reconocer el genio evidente de
sus relatos, y aunque algunas traducciones y reediciones se fueron
sucediendo en las últimas décadas, la deuda inmensa de la cultura
argentina con Antonio Di Benedetto aún no ha sido saldada. Los
premios que recibió, y que él ostentaba con orgullo en la solapa
de sus libros, eran ridículamente desproporcionados en relación
con los textos que recompensaban, y hasta podríamos decir que
suponían un anacronismo si se considera el sentido profundo de
esos textos. Por bienintencionados que hayan sido, esos reconocimientos,
municipales, provinciales o nacionales, oficiales o corporativos,
proyectan una luz equívoca sobre su obra meditada y desgarradora,
porque en razón de los temas que aborda y de su sabia elaboración
artística, el alcance de esa obra es universal.