Antonio Di Benedetto Recordando una ironía que Goethe aplicó a los liberales, podríamos
decir que a muchos escritores las cosas les resultan fáciles hoy
en día, porque el público entero les sirve de suplente. Ni una
sola frase estampan que sus lectores no hayan plebiscitado de
antemano. Tan obvia es la estética sumaria que les proponen, tan
de acuerdo con la opinión, con el sentido común, con las generalidades
más deslavadas del "hombre culto", que sus libros se vuelven innecesarios,
puesto que los mismos lugares comunes que vehiculan ya han sido
proferidos hasta la náusea por los semanarios, las reseñas académicas
y los debates políticos y culturales. Y es fácil observar que,
al poco tiempo, esas banalidades tan aclamadas se disuelven junto
con la actualidad en la que se injertan.

Desde luego que no es el caso de Antonio Di Benedetto. Sus
narraciones provienen de una profunda necesidad personal, indiferentes
a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón,
no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en
ellas.
Hace cuarenta años, los grandes éxitos de librería como los
llaman; nacionales e internacionales, ocultaron, con su barullo
injustificado, la aparición de Zama, su obra maestra. Cuatro décadas más tarde, desvanecida ya la
feria de ilusiones que nos lo escamoteaba, este texto a la vez
épico y discreto, viviente y desgarrador, fulgura todavía entre
nosotros. Es cierto que desde su aparición en 1956, varias ediciones
confidenciales, casi secretas, se fueron sucediendo en la Argentina
y en España, pero su lugaruno de los primerosen la narrativa
de nuestra lengua no ha venido a ocuparlo todavía. Entre los autores
de ficción de este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno
de los pocos que tiene un estilo propio, y que ha inventado cada
uno de los elementos estructurantes de su narrativa. Una página
de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista,
como un cuadro de Van Gogh. Sus grandes textos Zama, El silenciero, El cariño de los tontos, Cuentos claros, Aballay son un archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante
banal de la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos
demostrativos y tantas agachadas supuestamente vanguardistas,
la prosa lacónica de Di Benedetto, construida con una tensión
que no cede ni un solo instante, demuestra una vez más, aunque
haya que recordarlo a menudo, que el arte del relato nace siempre
de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia.
Aunque opuesto en todo a los viajantes de comercio de la esencia
americana, Di Benedetto, sin desde luego ningún voluntarismo programático,
ha, por añadidura, elaborado en Zama una imagen exacta de América. Soliloquio lírico sobre la espera,
la soledad, el desgaste existencial y el fracaso, este libro desesperado
y sutil nos refleja de un modo más verídico que tantos carnavales
conmemorativos que, con el pretexto de corretear lo americano,
chapotean en el más chirle conformismo respecto de la forma narrativa,
la cual, sin embargo, puesto que se presentan como libros de ficción,
tendría que ser la primera de sus exigencias.
El rigor de Zama está presente en los otros grandes textos de Di Benedetto. Cuatro
novelas El pentágono, Zama, El silenciero y Los suicidas y una quincena de relatos de diferente extensión, constituyen
un universo narrativo de primer orden, por su unidad estilística
y formal y por su lucidez sin concesiones. El sabor de su prosa,
vivificado por discretos matices coloquiales, es, a pesar de su
sencillez aparente, resultado de un análisis magistral de la problemática
narrativa que su tiempo le planteó.
Los que tuvimos la suerte de ser sus amigoslo que no estaba
exento a veces de afectuosas dificultades sabemos además que
en la obra estaba presente la integridad de la persona, hecha
de discreción, de penetración amarga, de abismos afectivos, de
nobleza y de ironía. En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron
el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe
militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la
cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado
durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió
de la cár cel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria
y la enfermedad. Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba
las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros
y murmuraba: "¡Polleras!". Pero ese año indigno lo destruyó. El
elemento absurdo del mundo, que fecunda cada uno de sus textos,
terminó por alcanzarlo. Y sin embargo, hasta último momento, a
pesar de la declinación mental y fisica, encaró, con la misma
ironía delicada de los años de plenitud, la inconmensurable desdicha.