Palabra de honor, no la había visto en la perra vida. Eran |a
como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego
cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me
iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón,
caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado,
y al otro día no laburaba. La mina arrimó el Falcon al cordón
de la vereda y empezó a andar a la par mía, en segunda. Cómo habré
ido de distraído que anduvimos así cosa de treinta metros y ella
tuvo que frenar y llamarme en voz alta para que me diera vuelta.
Lo primero que se me cruzó por la cabeza era que se había confundido,
así que me quedé parado en medio de la vereda y ella tuvo que
volverme a llamar. No sé qué cara habré puesto, pero ella se reía.
a Raúl Beceyro
Verde y Negro
-¿A mí, señora? -le digo, arrimándome.
-Sí -dice ella-. ¿No sabe dónde se puede comprar un paquete
de americanos?
Se había inclinado sobre la ventanilla, pero yo no podía verla
bien debido a la sombra de los árboles. Los ojos le echaban unas
chispas amarillas, como los de un gato; se reía tanto que pensé
que había alguno con ella en el auto y estaban tratando de agarrarme
para la farra. Me incliné.
-¿Americanos? ¿Cigarrillos americanos?
-Sí -dijo la mina. Por la voz, le di unos treinta años.
El Gallego sabe tener importados de contrabando, una o dos
cajas guardadas en el dormitorio. Si uno de nosotros se quiere
tirar una cana al aire, se lo dice y el Gallego le contesta en
voz baja que vuelva a los quince minutos.
-De aquí a tres cuadras hay un bar -le dije-. Sabe tener de
vez en cuando. Tiene que ir hasta Crespo y la Avenida. ¿Conoce?
-Más o menos -dijo.
Me preguntó si estaba muy apurado y si quería acompañarla.
"Zápate, pensé; una jovata alzada que quiere cargarme en el coche
para tirarse conmigo en una zanj a cualquiera" . El corazón me
empezó a golpear fuerte dentro del pecho. Pero después pensé que
si por casualidad el Gallego no había cerrado todavía y me veía
aparecer con semejante mina en un bote como el que manejaba, bajándome
a comprar cigarrillos americanos, todo el barrio iba a decir al
otro día que yo estaba dándome a la mala vida y que estaba por
dejar de laburar para hacerme cafisio. Para colmo, en verano las
viejas son capaces de amanecer sentadas en la vereda.
-Ya debe de estar cerrado -le dije, y no sé en qué otra parte
puede haber.
La mina me tuteó de golpe.
-¿Tenés miedo? -dijo, riéndose.
Encendió la luz de adentro del coche.
-¿No ves que estoy sola? -dijo.
Mi viejo era del sur de Italia, y los muchachos me cargan en
cuestión minas, porque dicen que yo, aparte de laburar y amarrocar
para casarme, no pienso en otra cosa. Dicen que los que venimos
de sicilianos tenemos la sangre caliente. No sé si será verdad,
y no pude ver mi propia cara, pero por la risa de ella me di cuenta
de que con uno solo de los muchachos que hubiese estado presente,
en lo del Gallego me habrían agarrado de punto para toda la vida.
Era rubia y tostada y llena por todas partes, que parecía una
estrella de cine. "No me lo van a creer", pensé. "No me lo van
a creer cuando se los cuente". Sentí calor en los brazos, en las
piernas y en el estómago. Tragué saliva y me incliné más y ella
me dio lugar para que me apoyara en el marco de la ventanilla.
Tenía un vestido verde ajustado y alzado tan arriba de las rodillas,
seguro que para manejar más cómoda, que poco más y le veo hasta
el apellido. ¡Hay que ver cómo son las minas de ahora! ¡Y pensar
que la hermana de uno es capaz de andar en semejante pomada, y
uno ni siquiera enterarse!
-No -le dije-, qué voy a tener miedo. ¿Miedo de qué?
-Y, no sé -dijo ella-. Como no querés acompañarme...
A las minas hay que hacerlas desear; cuando uno más se hace
el desentendido, a ellas más les gusta la pierna, sobre todo si
se avivan de que uno es piola. Ahí no más la traté de vos.
-¿Acompañarte adónde? -le dije.
-No te hagás el gil -me dijo ella, sonriendo. Después se puso
seria-. Ando buscando gente para ir a una fiesta.
Cosa curiosa: se reía con la mitad de la cara, con la boca
nada más, porque los ojos amarillos no parecían ni verme cuando
se topaban conmigo.
-No estoy vestido -le dije.
Ahí sí me miró fijo, a los ojos.
-Subí -me dijo.
Abrí la puerta, despacio, mirándola; ella se corrió al volante,
y yo me senté sobre el tapizado rojo protegido con una funda de
nailon. Pensé que ver la vida desde un bote así, siempre, es algo
que debe reconciliarlo a uno con todo: con la mala sangre del
laburo, los gobiernos de porquería y lo traicionera que es la
mujer. Le puse la mano sobre la gamba mientras lo pensaba: tenía
la carne dura, caliente, musculosa, y yo sentía los músculos contraerse
cuando apretaba el acelerador. "No me lo van a creer cuando se
los cuente", pensé, y como vi que la mina me daba calce me apreté
contra ella y le puse la mano en el hombro.
-¿Dónde es la fiesta? -le pregunté.
-En mi casa -dijo vigilando el camino, sin mirarme.
Doblamos en la primera esquina y empezamos a correr en dirección
a la Avenida. Dejamos atrás las calles oscuras y arboladas, y
a las dos cuadras nos topamos con la Avenida iluminada con la
luz blanca de las lámparas a gas de mercurio. Había bailes por
todas partes, se ve, porque los coches corrían en todas direcciones
y mucha gente bien vestida andaba en grupos por las veredas, hombres
de traje azul o blanco o en mangas de camisa, y mujeres con vestidos
floreados. De golpe me acordé que en Gimnasia y Esgrima estaban
D'Arienzo y Varela-Varelita, y por un momento me dio bronca que
se me hubiese pasado, pero cuando sentí la gamba de la mina moviéndose
contra la mía para aplicar el freno, pensé: "Pobres de ellos".
El Falcon entró en la Avenida y empezó a correr hacia el norte.
-Separáte un poco hasta que pasemos la Avenida -me dijo la
mina.
Ibamos a noventa por la Avenida por lo menos. Se ve que a la
mina le gustaba correr, cosa que no me gustó ni medio, porque
había mucho tráfico a esa hora, y la Avenida no es para levantar
tanta velocidad. Cuando la Avenida se acabó, doblamos por una
calle oscura, llena de árboles, y la mina aminoró la marcha, para
cuidar los elásticos por cuestión del empedrado. Yo volví a juntarme
con ella y ella se rió. Se dejó besar el cuello y me pidió un
cigarrillo.
-Fumo negros -le dije.
-No importa -dijo ella.
Le puse el Particular con filtro en los labios y se lo encendí
con la carucita. La llama le iluminó los ojos amarillos, que miraban
fija la calle adelante, como si no la vieran. La luz de los faros
hacía brillar las hojas de los paraísos. No se veía un alma por
la zona. Cuando le toqué otra vez la pierna me pareció demasiado
dura, como si fuera de piedra maciza, y ya no estaba caliente.
No voy a decir que estaba fría, la verdad, pero le noté algo raro.
A la mitad de la cuadra, en la calle oscura, aplicó los frenos
y paró el coche al lado del cordón. La casa era chiquita y el
frente bastante parecido al de mi casa, con una ventana a cada
lado de la puerta. De una de las ventanas salían unos listones
de luz a través de las persianas que apenas se alcanzaban a distinguir.
La mina apagó todas las luces del auto y se echó contra el respaldar
del asiento, suspirando y dándole dos o tres pitadas al cigarrillo.
Después tiró el pucho a la vereda.
-Llegamos -dijo.
A mí me la iba hacer tragar, de que con semejante bote iba
a vivir ahí. Era un bulín, clavado, pero no se lo dije, porque
me fui al bofe en seguida, y ella me dejó hacer. Estuvimos como
cinco minutos a los manotazos, y me dejó cancha libre; pero no
sé, había algo que no funcionaba, me daba la impresión de que
con todo, ella seguía mirando la calle por arriba de mi cabeza
con sus ojos amarillos. Después me acarició y me dijo despacito:
-Vení, vamos a bajar. No hagás ruido.
Bajamos, y ella cerró la puerta sin hacer ruido. La puerta
de calle del bulín estaba sin llave y el umbral estaba negro,
no se veía nada. Al fondo nomás se alcanzaba a distinguir una
lucecita, reflejo de la luz encendida de alguno de los cuartos,
la que se veía desde la calle, seguro. Por un momento tuve miedo
de que estuviera esperándome alguno para amasijarme, pero después
pensé que una mina que aparecía en un Falcon no podía traer malas
intenciones. En seguida se me borraron los pensamientos, porque
la cosa me agarró la mano, se apoyó en la pared y me apretó contra
ella, cerrando la puerta de calle. Me empezó a pedir que le dijera
cosas, y yo le dije "corazón", o "tesoro", o algo así; pero ella
me dijo con una especie de furia, sacudiendo la cabeza, que no
era eso lo que quería escuchar, sino algo diferente. Era feo lo
que quería, la verdad; para qué vamos a decir una cosa por otra.
Y cuando empecé a decírselas -uno pierde la cabeza en esos casos,
queda como ciego y hace lo que le piden- me pidió que se las dijera
más fuerte. Yo estaba casi gritándoselas cuando ella dejó de escucharme,
me agarró de la manga de la camisa y caminando rápido, casi corriendo,
me arrastró hasta el dormitorio, que era la pieza que estaba con
la luz encendida. No había más que la cama de dos plazas y una
silla. Me dio la impresión de que no había un mueble más en toda
la casa. Con ese coche, y un bulín tan desprovisto. Pensé que
no le interesaba más que la cama y una silla cualquiera para dejar
la ropa.
Se desnudó rápido, y yo también. Nos metimos en la cama. Al
inclinarme sobre la mina pensé que si no la hubiese encontrado
en la vereda de mi barrio, en ese momento estaría durmiendo en
mi cama, hecho una piedra, como muerto, porque yo nunca sueño.
Quién la había hecho doblar por esa esquina, y quién me había
hecho a mí ir al bar del Gallego, y quién me había hecho retirarme
a la hora que me retiré para que ella me encontrara caminando
despacio bajo los árboles, es algo que siempre pienso y nunca
digo, para que no me tomen para la farra. Ahí nomás me le afirmé
y empecé a serruchar y ella me fue respondiendo con todo, cada
vez más. Las minas se ablandan a medida que el asunto empieza
a avanzar; tienen varias marchas, como el Falcon: pasan de la
primera a la segunda, y después a la tercera, y hasta a la cuarta,
para la marcha de carretera. Uno, en cambio, se larga en primera
y atodavelocidad, y a la mitad del camino queda fundido. Algo
siguió funcionando dentro de ella después que yo terminé, porque
todo el cuerpo se le puso duro y áspero como un tablón de madera
y cerró los ojos, y agarrándome los hombros me apretó tan fuerte
que al otro día cuando desperté en mi casa todavía sentía un ardor,
y mirándome en el espejo vi que tenía todo colorado. Después la
mina se aflojó y se puso a llorar bajito. Lloró sin decir palabra
durante un rato y después empezó a hablar. "Siempre lo mismo",
pensé. "Primero te hacen hacer cualquier locura, y después que
te sacaron el jugo como a una naranja, se ponen a llorar".
-¿Qué me hacés hacer? -dijo la mina, llorando bajito- . ¿Hasta
cuándo vamos a seguir haciéndolo? ¿Todo esto en nombre del amor?
¿Para no separarnos? Es insoportable .
Lloraba y sacudía la cabeza contra la almohada húmeda. Insoportable.
Insoportable -decía, mirando siempre fijo por encima de mi cabeza
con sus ojos amarillos.
Yo no le dije nada, porque si uno se pone a discutir con una
mina en esa situación, seguro que la mina termina cargándole el
muerto. "Me he hecho llamar puta para vos en el umbral", dijo
la mina. Ahí empezó a pegar un alarido que cortó por la mitad,
como si se ahogara, y siguió llorando. No tuve tiempo de pensar
nada, y no por falta de voluntad, porque en el momento en que
la mina dijo eso y trató de pegar el alarido, ya había empezado
a trabajarme el balero y a hacerme sentir que esa mirada amarilla
que la mina no parecía fijar en ninguna parte, había estado siempre
fija en algo que nadie más que ella veía; tanto me trabajó el
balero que estuve a punto de pensar que yo no era más que la sombra
de lo que ella veía. Pero el llanto del tipo sonó atrás mío antes
de que yo empezara a carburar, y ése fue el momento en que salté
de la cama, desnudo como estaba: justo cuando sonó su voz, entorpecida
por el llanto.
-Dios mío. Dios mío -dijo.
Estaba parado en la puerta del dormitorio, en pantalón y camisa.
Se tapaba la cara con la mano, y no paraba de llorar. Pensé que
era el macho o el marido y que nos había pescado con las manos
en la masa, y me vi fiambre. Pero ni se fijó en mí. La mina estaba
desnuda sobre la cama y lloraba mirándolo al punto que seguía
con la cara tapada con la mano y no paraba de llorar. Si antes
yo había sentido que era como una sombra, ahora sentía que ni
eso era. "Dios mío. Dios mío", era todo lo que decía el tipo.
Y la mina lo miraba fijamente y lloraba sin hablar. Cuando terminé
de vestirme me acerqué a la cama.
-Señora -dije-.
La mina ni me miró. Tenía los ojos amarillos clavados en el
tipo y pareció no escucharme.
-¿Estás satisfecho? -dijo-. ¿Estás satisfecho?
-Amor mío -dijo el tipo, sin sacarse la mano de la cara.
Salí abrochándome el cinto y tuve que ponerme de costado para
pasar por la puerta, porque el tipo ni se movió. Tenía una camisa
blanca desabrochada hasta más abajo del pecho y se le veía la
piel tostada. Se notaba a la legua que estaba quedándole poco
pelo en la cabeza, porque eso que la mano dejaba ver encima de
las cejas medias levantadas, era más alto que una frente. Parecía
recién bañado, por el olor que le sentí. Para mí que había estado
todo el día al sol, en el río, tanta fue la sensación de salud
que me dio cuando pasé al lado de él.
Atravesé el umbral negro y salí a la calle. El Falcon estaba
ahí, con las luces apagadas. Me paré un momento delante de las
rayitas de luz que se colaban a la calle, y arrimando el oído
a la persiana del dormitorio los oí llorar. Traté de espiar por
las rendijas de la ventana, pero no vi una papa. Solamente escuché
otra vez la voz de la mina, diciendo esta vez ella "Amor mío"
y después cómo lloraban los dos, y después nada más. Me paré recién
un par de cuadras más adelante, porque empezó a fallarme la carucita,
y aunque no había viento me tuve que arrimar a la pared para poder
encender el Particular con filtro que me temblaba apenas en los
labios . Con el primer chorro de humo seguí caminando bajo los
árboles oscuros, pero ni silbé nada, ni me puse las manos en los
bolsillos del pantalón. Tenía la espalda pegada a la camisa, que
estaba hecha sopa. Cuando tiré el Particular con filtro y encendí
el otro, sobre el pucho, la carucita no me falló, y llegué a la
Avenida. Pensé en el bar del Gallego y en los muchachos, y en
la cara que hubiesen puesto si se me hubiese dado por contárselo.
Había menos gente en la Avenida, pero seguro que al terminar todos
los bailes las calles iban a llenarse otra vez . Miré y vi que
estaba lejos del barrio, y sintiendo en la cara un aire fresco
que estaba empezando a correr, me apuré un poco, cosa de no perder
el último colectivo.