GUILLERMO SACCOMANNO
 

 

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Casi todas las casas del barrio eran iguales. Construcciones bajas, entre zanjas y terrenos baldíos, en calles de tierra, achatadas por el cielo. La mayoría, habitadas por inmigrantes italianos y españoles que, en los años veinte, con unas pocas chapas y la madera de las cajas de embalaje de los automóviles importados, habían levantado primero una barraca. Comprados, juntados por ahí cuando no robados, los ladrillos vinieron después. Así habían edificado. Al principio una pieza, una cocina y un baño con un pozo ciego. Todo de material, como se decía. Más tarde, iban adosando piezas a la estructura primitiva.
     La casa en que vivías no era distinta de las vecinas. Tenía un jardín y una huerta en la entrada. A la huerta, la abuela la llamaba la quinta. Durazneros, ciruelos, naranjos, limoneros, laureles.
     Los árboles crecían por encima de los tomates, los zapallos, los choclos, la lechuga, la escarola y la radicheta. Con las lluvias se avivaba el olor de la ruda y el romero, subía el perfume de las flores. Las habitaciones se sucedían, con sus puertas que daban a una galería y al patio con parral. Antes de llegar al fondo, la abuela había hecho levantar dos cuartitos de madera y chapa, que alquilaba a unos mendocinos recién casados. Detrás, estaba el gallinero.
     La abuela y el finado abuelo habían comprado el terreno y edificado con sacrificio y privaciones, contaba mamá. La abuela, trabajando de sirvienta y lavandera. El finado abuelo, porque siempre se lo nombraba así, de panadero. Poco después de la muerte del abuelo, mamá se había casado con papá, que se vino a vivir con las dos mujeres y los inquilinos. Papá recalcaba que ésta era la casa de la abuela. Al decirlo, sugería que él, mamá, tu hermana y vos, vivían en la casa de la abuela de manera circunstancial, temporaria. Papá era sastre. Le disgustaba su oficio. Quería ser escritor. Había estudiado periodismo. Y si no estaba empleado en un diario, se debía a su negativa a afiliarse al Partido Justicialista. Juntándose con socialistas y anarquistas, papá participaba de la oposición al peronismo. Con las ideas no se come, le decía la abuela. Según la abuela, papá era el culpable de nuestras estrecheces. Ser la dueña de la casa le confería prerrogativas. Usted va a terminar como ese anarquista, le pronosticaba amenazadora. Preso de por vida en Tierra del Fuego.
    
La abuela se refería a un anarquista cuyo apellido era casi igual al nuestro, pero con una sola n. El anarquista había sido culpado por el asesinato de una telefonista en el barrio de Palermo. El caso había tenido una gran repercusión en los años treinta. El anarquista, según los compañeros de lucha de papá, era inocente. Su incriminación había sido una maniobra de la policía. Ese hombre es una víctima, alegaba papá. Algún día no muy lejano se va a comprobar que se trató de un mártir de la clase trabajadora . Papá se había propuesto escribir una novela con la historia de ese anarquista.
     Inspirándose en Emilio Zola, su novela se iba a titular El buen combate. Por las noches, papá se instalaba en la cocina con la máquina de escribir que el finado abuelo le había regalado a mamá al recibirse de perito mercantil. Si papá se quedaba escribiendo hasta la madrugada, la abuela no sólo le criticaba el ruido ametrallante de las teclas, que podía molestar a los inquilinos. También, el gasto de luz. Si no le gusta ya sabe donde está la puerta, lo desafiaba.
     Con sus exigencias, la abuela disponía a su antojo. Un reproche le bastaba rara enrarecer el ánimo. El clima de una comida se volvía tenso, opresivo. Se comía escuchándose masticar. El choque de un cubierto contra la loza de un plato, el filo de un cuchillo en el pan duro, el chorro de un sifón eran sonidos cargados de temor. A papá le costaba ese silencio. La autoridad es la negación de la libertad, decía, papá. Y la abuela: ¿Para qué quiere la libertad? ¿Para morirse de hambre?
    
Como papá trabajaba en casa, su situación se volvía más humillante. Una vez el pompier de la sastrería le rechazó una entrega de trajes. Papá tenía que rehacerlos. Quiso putear al pompier pero se contuvo. Después, cuando le contaba furioso el episodio a mamá, la abuela intervino: No escupa al cielo, hombre. Dé las gracias al Señor que le puso un trabajo en el camino. Papá estalló: Mientras haya un señor en el cielo, seguiremos siendo esclavos en la tierra.
    
Con estas discusiones, según mamá, ardía Troya. Mamá trataba de quedarse a un lado, pensando que el silencio los conciliaría. Pero cada nueva explosión empujaba a papá a un punto sin retorno. Porque la abuela terminaba diciéndole: Si no le importa esta casa, mándese a mudar. Como en la sastrería, frente al pompier, papá agachaba la cabeza. Por favor, suplicaba mamá, ¿ qué van a decir los inquilinos? Entonces la abuela cedía. Apreciaba más a los inquilinos que a papá Si no fuera por mis inquilinos, decía, pasaríamos hambre. Y hacia mamá: Tu marido cree que con lo que gana se puede poner la mesa todos los días. Papá abandonaba la mesa. Salía dando un portazo que hacía temblar los cimientos de la casa. Si mamá quería seguirlo, la abuela la retenía: Ya volverá, garantizaba. Si el pobre desgraciado no tiene donde caerse muerto. Porque los ideales no dan producto. Más tarde, hundido en sí mismo, papá volvía. Siempre volvía. La abuela parecía ignorarlo. Para ella, levantarse de la mesa sin haber terminado de comer era un sacrilegio. Que se te enfría la sopa, le decía a tu hermana. Y a vos: Come, rapaz. Rapaz quería decir pibe, pero también pájaro de rapiña. Papá se quedaba en el fondo de casa, encerrado, en un galponcito que usaba de taller. Desde la cocina, oíamos el tableteo de la máquina de escribir. Entonces la abuela remataba: A tu marido no le preocupa la educación del rapaz.
    
Según papá, la abuela era como el estado. En nombre del bien la abuela producía el mal. Algo en ella misma, quizá la conciencia de su poder, incitaba a la rebelión. A su modo, papá procuraba educarte. El estado, te explicaba, es el estado burgués. Una banda de gángsters convocada por el interés común de preservar sus propiedades. Cuando hablan de la defensa del estado, lo que hacen en verdad es hablar de la protección de sus propiedades. Esta protección no se obtiene sólo a través de la organización de un ejército y una policía. Se logra controlando las costumbres de hombres y mujeres, controlando los hábitos de su vida cotidiana, formando esa patraña que se denomina opinión pública. Por eso papá sostenía que Perón cuando hablaba del estado de los trabajadores, hablaba en realidad, como fascista que era, de la defensa de la propiedad privada. Había que dinamitar, decía papá. Dinamitar el estado, dinamitar la propiedad privada. Si se dinamitaba a Perón, se dinamitaba a ambos a un tiempo.
     Cuando Perón hablaba por la radio, papá puteaba por lo bajo y la apagaba. Pero la voz de Perón persistía en el aire, prolongada por todas las radios del barrio. A vos te parecía que papá aprovechaba esas ocasiones para descargar también otra rabia, la rabia que le tenía a la abuela. Por entonces, un compañero de papá fue encarcelado. Con certeza, estarían torturándolo. Papá se ausentó de casa unos días. Una noche, la abuela te ordenó que la ayudaras a quemar unos volantes que tenía escondidos. Esa noche, mientras la abuela hacía una fogata con volantes, viste la satisfacción en su cara iluminada por las llamas. Así como papá al putear contra Perón, no puteaba sólo contra Perón, la abuela, al quemar los volantes, no quemaba sólo los volantes sino eso que también era papá.

 


de "El Buen dolor", publicado por Emecé. ©1999 G. Saccomanno. ©1999 Emecé

 

GUILLERMO SACCOMANNO
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