---- www.literatura.org ----


Diario UNO, Suplemento Cultural EL ALTILLO | Mendoza, domingo 8 de agosto de 1999

 

Diálogo con Guillermo Saccomanno

PATRICIA RODON
La huella de la herida

"La única manera de contar la historia colectiva es desde la historia íntima", dice el autor de El buen dolor a propósito de su última novela

No es extraño que el último trabajo de Guillermo Saccomanno tenga una oscura concentración. En cualquiera de sus libros (Situación de peligro, Bajo bandera, Animales domésticos, La indiferencia del mundo) se advierte una preocupación constante: inquirir justo en las cosas que duelen, tanto de la realidad social y pública como de la íntima y privada. Pero Saccomanno (Buenos Aires, 1948) indaga en esas realidades no con la mirada turística de cierto realismo literario que se queda en la sucesión de bien hiladas anécdotas. El va directo a la huella de la herida, no a la sangre, y la inquietud que producen sus textos no es menor, tanto por sus temas como por las extrañas resonancias que suscitan esos temas. Su última novela, El buen dolor, recientemente publicada por Emecé, es un ejemplo claro de esto: "Es que en todo caso que el tema per se exige cierta oscuridad porque el tema del libro es la enfermedad, la pobreza en una familia de clase baja, la iniciación de un chico, las dificultades para escribir sobre determinados temas, la relación padre-hijo", explica de entrada el autor.
    –¿Cuánto hay de autobiográfico en El buen dolor?
    –Hay un arsenal de pequeñas historias autobiográficas a las que le pegué la vuelta para que fuera ficción. Lo que me interesa es que el libro se lea como ficción, no como autobiografía. No como diario íntimo. Que hay, claro, algunas experiencias personales sí, pero ¿qué escritor no se apoya en experiencias personales para construir una ficción?
    –Pero jugás con la ambigüedad al ponerle el apellido Sacomano, "con una sola ene", a la familia del libro, o G. al escritor, tu inicial.
    –Juego con esta ambigüedad porque lo que me interesaba en este libro era pensar los límites entre realidad y ficción, entendiendo que la realidad tiene sus reglas y la ficción tiene las propias. Como lo que me importaba era hacer verosímil este relato tenía que traicionar situaciones de la realidad. Es decir, en esa medida me interesa que se lea como novela. Había dos o tres textos que me daban vuelta mientras lo escribía, uno es del poeta egipcio Edmon Jabés, que escribió el Libro de las preguntas, un poeta muy interesante. Y después estaba Vida de mi padre de Raymond Carver, texto autobiográfico, escrito con una distancia absoluta y sin embargo, con toda esa distancia que impone, que le viene de Chejov, logra un libro muy caliente. Y otros textos que me parecen interesantes son los de Marguerite Duras. Ella nunca le escapa el cuerpo a lo que es el material privado, a la exposición.
    –Como en Emily L. o El amante.
    –O como El dolor, una serie de cuentos cortos, experiencias suyas de la posguerra, donde se reconoce como la protagonista del libro. Allí dice "esto no es literatura". ¿Qué pasa cuando un escritor dice "esto no es literatura"? Yo creo que es literatura, pero es otra literatura. Cuando alguien está escribiendo un diario íntimo, lo quiera o no, sea escritor o no, está escribiendo la novela de su vida. Lo digo en términos freudianos, la novela del relato familiar. Esto en cuanto a la situación de crear ficción. Si vos pensás en otros autores, los hay todavía más exhibicionistas, como Henry Miller.
    –O John Cheever.
    –Cheever creo que es más pudoroso. Yo pienso en los textos de Carver, de la Duras y los de Henry Miller. O, por ejemplo, más acá, los textos de El juguete rabioso de Roberto Arlt. Son textos que están en el borde. Y a mí me interesaba trabajar en el borde.
    –En esto de probar las reglas de la realidad y de la ficción, ¿también investigás las reglas de la pobreza?
    –Sí, ese es el material del libro. Pero mi intención no fue escribir un libro de denuncia. Me encantaría que fuera leído "como", pero la intención no fue escribir un libro de denuncia. Creo que cuando te cuentan determinadas experiencias podés tomarlas como testimonio. No era mi objetivo el testimonio, sino escribir una historia.
    –Sin embargo, la reflexión final de la novela es un alegato contra las diferencias entre ricos y pobres.
    –Lo que ocurre es que los ricos tienen más vestuario, más decoración y están más protegidos de las laceraciones de la enfermedad, la muerte y la pobreza. Es decir, creo que no se muere igual en un hospital de suburbio que en una clínica carísima de Barrio Norte. La muerte no es la misma para los ricos que para los pobres. Los pobres la pasan siempre mucho peor (risas). Te dicen "los ricos también cagan". ¡No, no es cierto! Los ricos cagan en baños finos y tienen bidet y los pobres tienen que arreglarse en un chiquero.
    –El título, El buen dolor, ¿tiene que ver con lo que se quiere y lo que se puede alcanzar, entre lo que es posible y lo que no es posible alcanzar, lo que se puede y lo que no se puede escribir?
    –Mirá, en un momento el personaje recuerda algo que decía la abuela católica, creyente, que sostiene que todo lo que padecemos en esta vida es un precio que nos impone Dios para acceder al Paraíso. Digamos, todo sufrimiento acá abajo es para templar el alma para que accedamos a tocar el arpa con los angelitos (risas). Yo no creo en ese tipo de cosas. No creo que con el dolor se crece. No creo que con el dolor se aprende. No creo que con el dolor se logran mejores resultados. No, nada de eso. Creo que tanto el sufrimiento, como la pobreza y la enfermedad entorpecen el crecimiento, la maduración. Merecemos una vida más justa. No estoy para nada de acuerdo con esa cosa judeo-cristiana. De ahí viene el título.
    –En cada nuevo libro, tu estilo se vuelve más concentrado.
    –Es el fruto de los últimos años de trabajo, del oficio. Después de Animales domésticos saqué otro libro de cuentos, La indiferencia del mundo, con el que gané el Premio Municipal de Literatura. Esto fue graciosísimo. Fue un libro que Planeta me había rebotado, lo presento al Municipal y ¡gano! Te lo rebotan en una editorial y vas a otro lugar y ¡te ganás un subsidio de por vida! No es joda. Y bueno, esos cuentos tienen que ver con que desde hace años vengo trabajando un cuento por mes en Página/30. Obviamente, esto te proporciona un oficio, tenés que apelar al poder de síntesis. Por ejemplo, no te podés tomar tiempo para un diálogo porque en diez líneas te comiste el cuento.
    –¿Le debés algo al cuento corto norteamericano?
    –(risas) Mirá, sobre todo me ayudó mucho que venía escribiendo relatos más largos, articulados en novela, pero cuando me pongo a laburar un cuento por mes, empieza a aparecer el modelo Chejov, el modelo Carver, Hemingway, el modelo Maupassant. Creo que esto me va empujando a una búsqueda de síntesis cada vez más mayor. Creo que cuando uno escribe narrativa es porque es un poeta frustrado. No te rías de esto (risas).
    –No, no me río (risas). Vos tenés un libro de poemas.
    –Sí, pero por suerte fue uno y no se encuentra (risas).
    –¿Qué poesía? ¿Qué de la poesía te interesa?
    –Me interesa esa cosa de la poesía oriental, como el haiku, que con muy pocos elementos se da una situación. Bueno, yo quiero lograr eso con el cuento. El cuento tiene que provocar un inside, un satori o como mongo quieras llamarlo. Yo venía trabajando cada vez más corto y esta novela, mientras tanto, la venía arrastrando hacía pilas de años. Mientras escribía esta novela salieron tres libros de cuentos, por ejemplo. Lo que ocurre es que esta, El buen dolor, tenía como trescientas páginas en una versión, doscientas en otra, hasta que dije bueno, cortemos. Cada vez que la encaraba crecía, se achicaba. Y si la editorial me hubiera dado tiempo, le sacaba quince páginas más.
    –¿Tenés una intención programática de realismo al referirte siempre a personajes tan reales, tan del vecino de enfrente?
    –Es complicado. Mirá, el asunto es el siguiente. Yo siempre escribo a partir de la realidad. Una historia que me cuenta el mozo del bar de la esquina, una cosa que veo en el camino cuando voy a Buenos Aires desde Villa Gesell. Algo que te cuentan, que ves, que te llega, una noticia, etcétera. Después, lo que me importa es pegarle la vuelta y convertirlo en ficción. Pero esto no implica un programa de literatura realista, yo escribo a partir de ahí. Me parece que hay que pensar todavía más las posibilidades del realismo. Pensarlo como me pasó a mí en esta novela, desde el borde. Me dicen por ahí "che, pero es fulano el de ese cuento" o "pusiste en mengana en tal otro". Yo no puse a nadie. Yo escribí un cuento y debe leerse como tal. Por otro lado, es cierto también que desde lo ideológico me atraen las relaciones entre arte y política, creo que son inseparables. No me interesan las novelas, no sé si entrar en la categoría "posmo" porque es muy difuso, que transcurren en ninguna parte o que parten de un referente literario. No me interesan desde del punto de vista de la abstracción. No las invalido, pero a mí no me interesan.
    –¿No te interesan como literatura?
    –Son realidades de la imaginación. Lo que pasa es que la imaginación parece restringida a Bioy Casares y sus epígonos (risas). Es como que hoy se escribe a partir de lo que hubiera ocurrido a partir del personaje tal de una novela de Henry James. Ajá. Me chupa un huevo. Sé que hay gente que lo hace, pero bueno, allá ellos. Porque también hay muchos escritores que están más preocupados por publicar en otros países que acá, con lo que están haciendo un corte con la lengua, lo cual es muy curioso porque están escribiendo en una lengua blanca. El tomar como punto de partida obras que vienen de otro idioma, y esto no es una defensa del nacionalismo sino todo lo contrario. Es decir, si me propongo hacer la continuidad de un cuento de Henry James y estoy leyendo traducido a Henry James y estoy dando una vuelta de tuerca sobre eso que ocurrió en el pasado, es una abstracción. No sé si te sirve esto, pero me parece que son vueltas muy filipinas.
    –¿Porque es literatura de la literatura?
    –No sé. Me parece que es otra cosa. Me parece que estamos en el fin del milenio, hay situaciones de injusticia, guerra, miseria. No es por hacerme el autor político, pero no podés estar mirando para otro lado. Si pensás en la literatura norteamericana, por ejemplo, está datando la realidad. Se trate de Hemingway, se trate de Faulkner, los buenos escritores se comprometen siempre en cómo contar la realidad.
    –¿Y esto cómo te permite a vos reflexionar sobre vos mismo?
    –Quiero ser muy honesto con esto de las novelas con escritores como protagonistas. Lo que me interesaba era correr esta cosa, y decir bueno, sí, el protagonista de esta novela es un escritor pero le están pasando cosas que le impiden escribir lo que él quiere. Y lo que le está pasando por encima es la realidad. Ahí es donde hay una frase de Cheever que dice que no se pueden resolver en la literatura problemas que no están resueltos en la vida real. El escritor en mi novela funciona como cámara. El tipo cuenta lo que le pasa a la abuela, a su padre; el escritor está corrido. No me interesaba decir "yo sufro mucho". Cuando se sufre no se puede contar.
    –Sobre todo cuando se sufre la realidad social.
    –Es que de eso se trata. De la parada, de la fiesta menemista, etcétera. Creo que mi texto es político, a la manera como los textos de Marguerite Duras son políticos. La única manera de contar la historia colectiva es desde la historia íntima, este es el concepto. Si quiero contar la historia social no la puedo contar desde las grandes manifestaciones, pero si la cuento desde una historia personal, creo que gana.


 

© Copyright Diario UNO. All rights reserved.

GUILLERMO SACCOMANNO
ESCRITORES
HOME