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LA NACION LINE | 18.08.99 | Cultura

 

Un corazón tomado por la memoria

La novela más reciente de Guillermo Saccomanno, El buen dolor, obtuvo críticas muy elogiosas y el conmovido reconocimiento de sus colegas. Después de varios intentos de contar literariamente el pasado familiar, el escritor logró con este libro apresar de modo admirable la vida cotidiana de los inmigrantes y sus descendientes.

¿COMO reconocer el buen dolor?, ¿cómo distinguirlo de aquél que sólo trae mutilación y muerte? A Guillermo Saccomanno le tomó años, hasta que finalmente, y después de muchos intentos, pudo poner por escrito, probablemente en las mejores páginas que ha creado hasta el momento, dos de los capítulos más tristes de su historia familiar: la enfermedad y muerte de su abuela materna, y luego, de su padre.

"Con El buen dolor estaba más inquieto que con ningún otro de mis libros -dice- porque si bien yo puedo explicar que todo lo que cuento allí es ficción, en la medida en que el libro está motorizado por hechos de la realidad sentía que estaba violando algún pudor del sufrimiento de mi familia."

Después de haber trabajado durante años como creativo publicitario y guionista de historietas, Saccomanno se volcó por completo a la literatura. Entre sus obras se cuentan Roberto y Eva, Bajo bandera (en la que se basó la película homónima de Juan José Jusid), La indiferencia del mundo y Animales domésticos. En todos esos libros, la historia familiar del autor está insinuada o directamente convertida en materia narrativa.

La primera parte de El buen dolor relata la infancia y adolescencia del protagonista junto a su madre, su padre y su hermana, en la modesta casa de la abuela materna, una española enérgica que rige con mano de hierro la vida hogareña. La endeble seguridad familiar se desmorona cuando la enfermedad entra en la casa. El progresivo deterioro de la abuela parece contagiar las paredes agrietadas por la humedad, la huerta estrangulada por los yuyos y el abandono.

"Cuando le conté a mi madre que finalmente iba a escribir este libro me preguntó: ¿no podés escribir de otra cosa? Pero mi hija del medio, que tiene 13 años, opinó: papá, vos tenés que escribir de lo que sabés. Eso fue lo que hice, y lo puse a prueba con mi hija mayor, de 23. El libro le gustó, le pareció que era una reconciliación con el pasado. Con mi madre ocurrió algo gracioso. El día en que salió el comentario del libro en La Nación, se lo llevé (mi vieja no me lee, pero lee las críticas de mis libros). Y dijo: yo no sé por qué le dan tanta bolilla a este libro, si es una historia común, ¿quién no tuvo alguna vez un enfermo en la casa? Y mi hermana le explicaba: por eso le dan bolilla, mamá, porque es una historia universal; y mi vieja se la quedaba mirando. Todo esto mientras yo hacía el asado y ellas, las ensaladas."

Como a veces ocurre con quienes temen que su herencia latina los vuelva excesivamente emocionales, Saccomanno se esfuerza por explicar racionalmente su obra.

"Yo era escéptico respecto de que este libro se publicara. Tiene enfermedad y pobreza en primer plano, además de la conflictiva relación padre-hijo, pero era un libro necesario para mí; era como decir basta de careteadas. Estoy harto de todos estos años de frivolidad y pavada en la literatura. Yo también escribí cuentos con discotecas y con yuppies, pero ya basta. Venimos de los barcos, estamos padeciendo un sistema económico injusto. No estoy abogando por una literatura de denuncia, pero creo que la literatura no es sólo evasión. Acá, en los años 60 y 70, cuando buscabas explicaciones o querías formularte interrogantes sobre la realidad, ahí estaban Manuel Puig, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh. Esa literatura estaba muy fuertemente referenciada, y eso no le quitaba poder de imaginación."

En la casa de Saccomanno, emergen vestigios de la abuela: un reloj despertador, una foto. "Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos. Yo recuerdo cuando fui a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920. Aquellos tanos y gallegos que venían con una mano atrás y otra adelante también eran segregados. Por eso me indigna cuando se discrimina a los peruanos y a los bolivianos. Ahora la casa de al lado de la de mi vieja está llena de peruanos y bolivianos, parece una sucursal de El cóndor pasa. Y se matan laburando."

En la foto, la abuela es una figura cilíndrica y maciza, rematada por la cabeza redonda y, más pequeña, la esfera densa y oscura del rodete. Una columna capaz de soportar sola el peso de una casa. "Este soy yo de chiquito", Saccomanno señala al niño que sonríe junto a la columna, "todo flaco. Tengo buenos recuerdos de mi abuela, pero cuando una enfermedad dura hasta el final, los recuerdos buenos se borran. Sin embargo, hay algo que me queda y está en el libro. A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los 33 años. Cuando yo tenía 7 u 8 años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar. Imagináte a esa edad, que te cuenten eso mientras te dan vino, ¿sabés adónde te mandan?".

La tercera y última parte de El buen dolor narra la enfermedad del padre, que repite, de algún modo, la agonía de la abuela. "Cuando comenzó lo de mi padre, yo sentía que nuestra casa era víctima de una maldición al estilo Stephen King. Además, mi padre siempre quiso ser escritor, incluso llegó a publicar una novela policial, Alfil negro, y la rivalidad entre nosotros era durísima, una tensión que a veces no se soportaba. Pero creo que en el último tiempo hubo un armisticio, tuvimos distintos momentos de encuentro."

El buen dolor es también la historia de una generación, y una reflexión sobre la fragilidad humana. Hay algo parecido a una memoria genética de la pobreza, dice el autor. Quien tuvo mucho y lo perdió, quien tuvo poco y vislumbra la posibilidad de tener aún menos vive en un estado de alerta permanente. "Cuando una enfermedad empieza a ganar una casa, ocupa cada vez más espacio. De golpe te das cuenta de que la frutera y el aparador destinado a las especias están copados por los remedios."

A los 51 años Saccomanno parece mucho más joven. El sentido del humor, la voz despejada, la jerga juvenil que intercala sin forzar la situación, le confieren, por momentos, un aire casi adolescente. El dolor no le ha dejado marcas demasiado visibles. "No sé a qué atribuirlo. Tal vez sea el mar. Hace diez años que vivo en Villa Gesell y vengo a Buenos Aires sólo para dictar el taller literario. El trabajo me ordena la vida. Trabajo en lo que me gusta y en ese sentido me considero un privilegiado."

La abuela decía que el buen dolor es el que templa la fe. Saccomanno podría agregar que es el que permite contar el cuento.

Verónica Chiaravalli

 

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