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Un corazón tomado por la memoria
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La novela más reciente de Guillermo Saccomanno, El buen dolor, obtuvo críticas muy elogiosas y el conmovido reconocimiento de
sus colegas. Después de varios intentos de contar literariamente
el pasado familiar, el escritor logró con este libro apresar de
modo admirable la vida cotidiana de los inmigrantes y sus descendientes. |
¿COMO reconocer el buen dolor?, ¿cómo distinguirlo de aquél que
sólo trae mutilación y muerte? A Guillermo Saccomanno le tomó
años, hasta que finalmente, y después de muchos intentos, pudo
poner por escrito, probablemente en las mejores páginas que ha
creado hasta el momento, dos de los capítulos más tristes de su
historia familiar: la enfermedad y muerte de su abuela materna,
y luego, de su padre.
"Con El buen dolor estaba más inquieto que con ningún otro de mis libros -dice-
porque si bien yo puedo explicar que todo lo que cuento allí es
ficción, en la medida en que el libro está motorizado por hechos
de la realidad sentía que estaba violando algún pudor del sufrimiento
de mi familia."
Después de haber trabajado durante años como creativo publicitario
y guionista de historietas, Saccomanno se volcó por completo a
la literatura. Entre sus obras se cuentan Roberto y Eva, Bajo bandera (en la que se basó la película homónima de Juan José Jusid),
La indiferencia del mundo y Animales domésticos. En todos esos libros, la historia familiar del autor está insinuada
o directamente convertida en materia narrativa.
La primera parte de El buen dolor relata la infancia y adolescencia del protagonista junto a su
madre, su padre y su hermana, en la modesta casa de la abuela
materna, una española enérgica que rige con mano de hierro la
vida hogareña. La endeble seguridad familiar se desmorona cuando
la enfermedad entra en la casa. El progresivo deterioro de la
abuela parece contagiar las paredes agrietadas por la humedad,
la huerta estrangulada por los yuyos y el abandono.
"Cuando le conté a mi madre que finalmente iba a escribir este
libro me preguntó: ¿no podés escribir de otra cosa? Pero mi hija del medio, que tiene 13 años, opinó: papá, vos tenés
que escribir de lo que sabés. Eso fue lo que hice, y lo puse a
prueba con mi hija mayor, de 23. El libro le gustó, le pareció
que era una reconciliación con el pasado. Con mi madre ocurrió
algo gracioso. El día en que salió el comentario del libro en
La Nación, se lo llevé (mi vieja no me lee, pero lee las críticas de mis
libros). Y dijo: yo no sé por qué le dan tanta bolilla a este
libro, si es una historia común, ¿quién no tuvo alguna vez un
enfermo en la casa? Y mi hermana le explicaba: por eso le dan
bolilla, mamá, porque es una historia universal; y mi vieja se
la quedaba mirando. Todo esto mientras yo hacía el asado y ellas,
las ensaladas."
Como a veces ocurre con quienes temen que su herencia latina los
vuelva excesivamente emocionales, Saccomanno se esfuerza por explicar
racionalmente su obra.
"Yo era escéptico respecto de que este libro se publicara. Tiene
enfermedad y pobreza en primer plano, además de la conflictiva
relación padre-hijo, pero era un libro necesario para mí; era
como decir basta de careteadas. Estoy harto de todos estos años de frivolidad y pavada en la
literatura. Yo también escribí cuentos con discotecas y con yuppies, pero ya basta. Venimos de los barcos, estamos padeciendo un
sistema económico injusto. No estoy abogando por una literatura
de denuncia, pero creo que la literatura no es sólo evasión. Acá,
en los años 60 y 70, cuando buscabas explicaciones o querías formularte
interrogantes sobre la realidad, ahí estaban Manuel Puig, Haroldo
Conti, Rodolfo Walsh. Esa literatura estaba muy fuertemente referenciada,
y eso no le quitaba poder de imaginación."
En la casa de Saccomanno, emergen vestigios de la abuela: un reloj
despertador, una foto. "Mi abuela era una presencia muy fuerte.
Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea,
donde estaban muy sometidos. Yo recuerdo cuando fui a España por
primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes,
en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado
el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar
en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años
setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920. Aquellos tanos y gallegos que venían con una mano atrás y otra adelante también eran segregados.
Por eso me indigna cuando se discrimina a los peruanos y a los
bolivianos. Ahora la casa de al lado de la de mi vieja está llena
de peruanos y bolivianos, parece una sucursal de El cóndor pasa. Y se matan laburando."
En la foto, la abuela es una figura cilíndrica y maciza, rematada
por la cabeza redonda y, más pequeña, la esfera densa y oscura
del rodete. Una columna capaz de soportar sola el peso de una
casa. "Este soy yo de chiquito", Saccomanno señala al niño que
sonríe junto a la columna, "todo flaco. Tengo buenos recuerdos
de mi abuela, pero cuando una enfermedad dura hasta el final,
los recuerdos buenos se borran. Sin embargo, hay algo que me queda
y está en el libro. A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar
historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces
vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había
tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a
los 33 años. Cuando yo tenía 7 u 8 años, a la tardecita me cruzaba
a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de
San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con
azúcar. Imagináte a esa edad, que te cuenten eso mientras te dan
vino, ¿sabés adónde te mandan?".
La tercera y última parte de El buen dolor narra la enfermedad del padre, que repite, de algún modo, la
agonía de la abuela. "Cuando comenzó lo de mi padre, yo sentía
que nuestra casa era víctima de una maldición al estilo Stephen
King. Además, mi padre siempre quiso ser escritor, incluso llegó
a publicar una novela policial, Alfil negro, y la rivalidad entre nosotros era durísima, una tensión que a
veces no se soportaba. Pero creo que en el último tiempo hubo
un armisticio, tuvimos distintos momentos de encuentro."
El buen dolor es también la historia de una generación, y una
reflexión sobre la fragilidad humana. Hay algo parecido a una
memoria genética de la pobreza, dice el autor. Quien tuvo mucho
y lo perdió, quien tuvo poco y vislumbra la posibilidad de tener
aún menos vive en un estado de alerta permanente. "Cuando una
enfermedad empieza a ganar una casa, ocupa cada vez más espacio.
De golpe te das cuenta de que la frutera y el aparador destinado
a las especias están copados por los remedios."
A los 51 años Saccomanno parece mucho más joven. El sentido del
humor, la voz despejada, la jerga juvenil que intercala sin forzar
la situación, le confieren, por momentos, un aire casi adolescente.
El dolor no le ha dejado marcas demasiado visibles. "No sé a qué
atribuirlo. Tal vez sea el mar. Hace diez años que vivo en Villa
Gesell y vengo a Buenos Aires sólo para dictar el taller literario.
El trabajo me ordena la vida. Trabajo en lo que me gusta y en
ese sentido me considero un privilegiado."
La abuela decía que el buen dolor es el que templa la fe. Saccomanno
podría agregar que es el que permite contar el cuento.
Verónica Chiaravalli
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