El buen dolor De tantas buenas cosas que ofrece la amistad, una realmente buena
es recibir de manos de un amigo el nuevo libro que acaba de publicar.
Nos citamos con Guillermo Saccomanno en un bar céntrico, en el
tumulto de la ciudad del mediodía, y me entregó un ejemplar de
su última novela El buen dolor (Editorial Emecé). Ahora es noche tarde y acabo de concluir la
lectura. Tratándose de un amigo, uno ha visto de cerca la evolución del
trabajo, las marchas y contramarchas y las dudas profundas, como
ocurre con todo proyecto masticado en la soledad y en la obstinación
de los días y las noches. En fin, uno ha conocido y reconocido
el comportamiento de ese animal familiar y temible que anida en
el corazón de la escritura, la víbora que se muerde la cola, que
se estanca girando en un círculo cerrado, que se resiste, y que
en algunos momentos afortunados estalla en puntos de fuga, y entonces
el círculo se ensancha y luego se ensancha un poco más y luego
otro poco, y así hasta que allá lejos, en el correr de los meses,
encuentra la dimensión y la calidad que le corresponde. El buen
dolor de Saccomanno pasó por todas esas fases, se le nota en el
rigor, en la prosa burilada. Y ahí está el libro terminado. Es el momento en que el autor se
toma su respiro, quizá un poco asombrado de haberlo hecho una
vez más, aceptando que la culminación del esfuerzo no trae grandes
recompensas, sino apenas una recóndita satisfacción por el trabajo
realizado y esa vieja y benéfica distensión en los nervios y en
la sangre. Todo eso, la historia de la escritura, la culminación,
la afanosa búsqueda del título que nunca aparece, la elección
de la tapa, están presentes en el momento en que, en el tumulto
del mediodía de la ciudad, el amigo entrega el ejemplar recién
salido del horno. Y ese gesto sin palabras tiene el peso de un
ritual. Aquello que durante muchos meses fue dudas y negaciones
y obcecación, ahora es algo vivo, destinado a seguir viviendo
y que comienza a hablar su propio lenguaje. Saccomanno se ha puesto a sí mismo en este libro como no lo había
hecho en ningún otro. La novela, como lo anticipa el título, alude
al dolor. Y uno puede concordar con el autor cuando manifiesta
que se escribe buscando explicaciones y sólo se encuentran incógnitas,
que el texto no alcanza, que la palabra, la sutileza de un estilo
son poca cosa frente a la pena. Pero a medida que se avanza en
la lectura, a medida que el libro crece en uno, ahí está justamente
la palabra que se impone para revertir el fatalismo de esos conceptos.
No en cuanto posibilidad de anulación del dolor, lo cual sería
impensable ya que el dolor forma parte de nuestra condición, sino
como un valor que furiosamente se le opone. La palabra que se
levanta sobre sí misma y, en el punto más alto de su lucidez y
desesperación e indignación y belleza, grita que sí, que de alguna
manera alcanza, que existe todavía un camino que permite aceptar
el desafío contra el dolor y las miserias humanas. El libro de
Saccomanno es también una reflexión sobre la dignidad. Como toda escritura que cala hondo, la de esta noche, con El buen dolor, enriqueció mi visión del mundo y tal vez inclusive la visión
que tengo de mí mismo. En fin, el libro suelta amarras y emprende
su propia y solitaria aventura. Y éste es mi saludo, unas pocas
frases nacidas al impulso de un texto que sacudió y sigue sacudiendo
largamente el silencio de una fría madrugada de junio de mil novecientos
noventa y nueve.