fragmento de "El cielo dividido"

Una ciudad gris y beige

de Reina Roffé



    Desde que se había acuartelado en su apartamento, los días y las noches eran iguales o como si fueran un solo día y una sola noche diferenciados por un cielo claro y un firmamento oscuro. No había hecho casi nada, no había visto a casi nadie. Hacía un mes que había regresado a Buenos Aires, pero aún se entretenía mirando por la ventana con curiosidad de recién llegada.
    Aquella mañana, al despertarse, encendió la televisión y, vertiginosamente, cambió de canales. Las mismas caras de siempre aparecían y desaparecían con rápidos toques en el mando a distancia. Apagó. Echó un vistazo al cuarto.
    Ahora las cosas comenzaban a cobrar su dimensión real, eran del tamaño que tenían cuando se fue. Las primeras impresiones habían sido de pequeñez, de chocante pequeñez. En efecto, todo lo que la rodeaba había sido pequeño y así era en la actualidad; de cualquier forma, algún cambio se había producido. La manta que la cubría estaba deshilachada; el sector del cielorraso que había sido su punto de referencia para dilucidar intrigas personales, tenía el color de la loza mal pulida. Sin embargo, en su recuerdo, ese punto conservaba una luz de faro; había sido un faro, sobre todo, en días de tormenta.
    En el hipotético caso de que la Democracia sobreviva, será una democracia para pobres; temerosa, ficticia y con un trasfondo social desastroso, recordó que le había escrito Roberto Suárez un año atrás. Por qué diablos habia traído sus cartas, por qué las habia guardado como si se tratara de documentos insignes o testimonios de una época, por qué les habia conferido la importancia de un registro fiel de la memoria, ella que había preferido olvidar.
    Saltó de la cama y buscó en una de las maletas, todavia sin abrir, el atado de cartas. Era el momento de destruirlas, de poner orden en su pasado y en su presente, de realizar una exhaustiva limpieza. El envoltorio olía a rancio, el mismo maletín de donde lo extrajo despedía un relente agrio, de tiempo inmóvil. Volvió a arrebujarse en la tibieza de las sábanas.
    Hizo memoria. El encuentro con Roberto se había dado poco antes de su viaje y cuando la partida ya era un hecho. Si algo la animó fue creer que esa relación sólo podía proliferar epistolarmente. De esa manera establecía un vínculo inofensivo y un lazo necesario. Se aseguraba algún tipo de permanencia, una boya en esta costa que emitiera señales, reconocimiento, pistas de una historia común.
    Se concentró. Ya entonces Roberto era un hombre de pelo entrecano, que vestía de gris, así como ella de color beige. El no había cumplido los cuarenta años y andaba por su segundo o tercer libro de ensayo, dedicado al revisionismo histórico, a la crítica literaria y a una firme militancia, a pesar de la represión. Vivía solo en el barrio de La Boca, hacía poco que se había separado de su mujer. Solía escribir o tomar apuntes en un café de la Vuelta de Rocha, frente al Riachuelo. La primera vez que se vieron, no se habían mirado; luego, a uno o a los dos se les ocurrió inventarse una historia.
    Dio vuelta en la cama y apoyó la mejilla izquierda sobre la almohada, con su mano derecha sostenía el paquete de cartas. Recordó los cafés periféricos y sórdidos donde se habían propuesto dirigirse cierta cosa parecida a un mensaje amoroso: elusivo, fragmentado, que ambos sospechaban quedaría inconcluso. Quizá por eso convinieron, de modo tácito, dejar lo mejor para el carteo. Tanto para uno como para el otro, la posibilidad del regreso debía de jugar un papel fundamental, y pensando en esto fue cómo la idea de una correspondencia asidua, en la que pudieran desbordarse o lucirse organizadamente, sellaría la unión de las almas gemelas. Se sentían idénticos, porque los dos se hallaban solos y embarcados en una misma nave a la deriva. De enamorarse, aun quiméricamente, no iba a ser por un gesto amable de la vida ni por la apetencia simple de los cuerpos, sino por la fuerza de la desesperación.
     Se incorporó y eligió una carta. Leyó:
Por fin se me fue el miedo de que no escribieras. Vos sabés, mi buena amiga, que a veces por temperamento, personalidad o por acumulación de malas pasadas, uno se ensombrece y piensa que los demás no lo recuerdan. Pero el sábado me llegó una postal de parques y colores otoñales; tuve la prueba de que habías cumplido la promesa. Sé que hemos hablado, mi querida, de pocas cosas. Creo que nos hicimos amigos. No es verdad, conjeturo que lo éramos antes, en esos tiempos que no nos atrevemos a nombrar porque molestan, cargados, como están, de sobreentendidos. Sigo en el mismo café, en las mesas del fondo. Un día volverás de tu viaje y tendrás que encontrarme para caminar por La Boca, que tiene sus mercados y su sabor portuario. Entonces hablaremos de libros que aguardan y, ¿por qué no?, de la vida.
    Interrumpió la lectura, dejó el papel manuscrito fuera del sobre y tomó otra carta al azar. La siguiente empezaba así:
Querida, aquí es primavera. Las chicas se visten de moda y caminan, no sé si con expectación, bajo el sol de estas calles. Pone alegre verlas, aunque se siente Ia precariedad de todo... Me meto en el café y hablo por teléfono con algún excitado, esos tipos para quienes cualquier novedad es un acontecimiento decisivo. Compro fruta en el mercado, pan, fiambre y vuelvo en seguida a casa, deprisa como en una comedia. Hay cosas por hacer, pero ninguna tiene plazo cierto; ninguna, al parecer, es rigurosamente válida. Da lo mismo terminar un libro en un año, en dós, en tres... A veces, mi querida, pienso cómo fui haciéndome este hombre solo que puede pasarse varios días, semanas, sin tener, lo que se dice, una conversación. Observo hombres de mi edad que tienen una casa ruidosa, chicos para llevar al parque y una mujer que prepara satisfecha la comida, y no me explico. Claro que están las clases del Taller y los muchachos que me siguen con los ojos azorados porque todavía no entienden, por más empeño que pongan; algún conocido que encuentro en la Biblioteca para intercambiar información literaria corrosiva y escéptica; y también la compañía de algún libro que a veces tiene la magia de sorprenderme. Aquí o allá, las ansiedades se parecen. Cambia la atmósfera, el ambiente, cambian los rostros, pero hay uno que falta, el sonido perfecto de una voz que no nos atrevemos a matar. Pasan los días, se alteran las temperaturas, se caminan las calles y las avenidas, y al fin queda poco por descubrir. La verdad, hace tiempo, nos ha sido revelada. Te aprieto fuertemente contra mi corazon.
Yo tampoco olvido ni perdono ni claudico. De pronto, advirtió que buscaba esa carta, donde estas palabras eran enunciadas sin pudor y hasta con cierto orgullo prepotente, creyó recordar, que la había inducido a sentir una sensación contraria a la que Roberto, seguramente, hubiese querido instigar y promover en ella: la sensación de oír la voz extinta de un hombre derrotado. Repasó las fechas que figuraban en los matasellos del correo y escogió una de los últimos años. El texto estaba escrito sin encabezamiento:
20 de noviembre, y vos sabés qué significa. Ayer mismo hicimos el acto, a pesar de las prohibiciones, los manoseos de la policía y de algún detenido. Partimos de Plaza Congreso voceando "SanMartín - Rosas - Perón" y otras consignas duras. No salió mal. Quedamos animosos y nos fuimos de vinos y churrascos al sótano de Pichín, y allí dale que te dale con la "Vuelta de Obligado", los ingleses, el 17 de octubre y los "cañoncitos de bronce que teníamos". Hablé y dramaticé un poco, te confieso, a la gente le hace bien contener la respiración y aguardar lo que viene, y uno se agota bendecido por sus propios gritos. Después de ayer quedé medio tarumba y entusiasmado. Le vamos quitando espacio al "régimen". Qué te puedo decir, si la semana pasada se mandaron un allanamiento artillado por "la fuerza pública" y un par de uniformados y otros "oficiales de justicia" me levantaron en peso a las seis de la mañana y se pusieron a revolver todo, porque habían denunciado que colecciono literatura peligrosa y organizo "reuniones" en mi casa. Pertenezco al cuerpo enfermo del país, todavía siguen saneándolo. Es una iniquidad, pero debí soportarla solo como tantas otras y confiando en mañana, en hoy, por ejemplo, "Día de la Soberanía", cuando le escribo a la persona elegida (la que me queda y está lejos) para contarle cosas que lastiman. En fin, esto llamado país se arreglará o se vendrá más abajo. Pero yo, querida, no estoy dispuesto a ceder ni a permitir que me sigan atropellando. Tengo el estómago perforado por la úlcera. Los pocos pesos que tenía se los llevó un abogadito del centro garantizándome en su justo término contestar a la demanda. Dios mío, cuánta bajeza junta. Pasando a otro tema, imagino tu sonrisa y a tus nuevos amigos que, desde ya, son míos también. Lo que no quiero es que vos, justamente, hables de la incertidumbre del futuro. Mi querida, el futuro siempre es incierto y no hay que pregonarlo. Si regresás, da por seguro que soy un amigo consecuente; si te quedás, voy a acompañarte todo el tiempo que sea necesario enviándote palabras y noticias, compartiendo tus proyectos. No estás sola, alguien en Buenos Aires te recuerda.
    Volvió a revisar las fechas de los matasellos. Comprobó que había un salto de tiempo, como si la correspondencia se hubiese interrumpido. No pudo precisar si habían dejado de escribirse o había perdido algunas cartas, entre las que quizá se encontrase aquélla que ahora deseaba releer, como se relee el fragmento de una novela que en algún momento se ha subrayado tímidamente para saborear, cada vez que apetezca, los signos que conjugan la parte esencial de una historia y que, por alguna razón misteriosa, nos develan a nosotros mismos.
¿Cuánto tiempo, verdad? -decía Roberto en otra carta-. Por lo menos para mí, si me parecen diez años... Una noche de agosto, en un lugar de la avenida Corrientes, cuando nos despedimos y vos me trataste favorablemente, casi al final, me preguntaste no sé qué cosa, porque tenías algo más, ¿cuánto más?, que decirme, después de algunas pláticas precautorias en uno o dos cafés y en las calles de ese invierno que, te consta, fue para mí particularmente hostil. Podríamos haber sido muy buenos amigos, más que ahora, por supuesto, cuando todo sucede en el papel. Bien, si la correspondencia se cortó, fue por mí, anduve tan dolido. Al marcharte, o mejor, al darme cuenta de que tu viaje iba para largo, no lo soporté. ¿Cómo estás? Quisiera decirte que te extraño, aunque lo más exacto es confesar que preferí olvidarte como si fueras una fatalidad, algo inexorable, porque para el caso da lo mismo haber charlado algunas veces o no haberlo hecho nunca. Creo que habíamos empezado a necesitarnos, y ahora, no sé. Lo cierto es que te fuiste y yo me quedé, y nada ocurrió. ¿Y si te hubiese acompañado? En una oportunidad, lo sugeriste. Desde luego, sin insistir, sin confianza... La gente está triste y preocupada: treinta mil desaparecidos como saldo de la Dictadura; Las Malvinas, una guerra estúpida; movilizaciones, marchas por los derechos humanos, rebeliones inútiles y horror. Ayer domingo, después de grandes tensiones, se realizaron las elecciones generales. Más allá de la euforia, quien haya ganado poco importa. Por otra parte, ya no estoy en las filas del peronismo. En el hipotético caso de que la Democracia sobreviva, será una democracia para pobres: temerosa, ficticia y con un trasfondo social desastroso. El sortilegio de algunas, y momentáneas, libertades públicas no puede ocultar el nudo del asunto. Si la situación de dependencia y deterioro continúa, la Democracia peligrará cada día. Que si estoy medio político y poco poético es porque no se habla de otra cosa. Mi vida, como siempre. Los libros hechos y por hacer, la literatura y su mundo pequeño. También aquello que nos pasa a los hombres: el amor que llega y lo dejamos ir. Por favor, escribíme largo. Contáme precisamente lo que no sé y te prometo reciprocidad. Estoy en el mismo café donde una vez viniste a buscarme. Te recuerdo y quisiera que esta tarde diéramos una vuelta por La Boca: a ratos, llueve.
    Dobló por los mismos pliegues que ya tenía el papel de cada carta y las guardó en sus sobres con atención minuciosa, mientras evocaba los pasos de andar sin sombra con los que bajaba la sinuosa escalera de su ático en el Village, para recoger la correspondencia que dejaban en el buzón de la casa. Cada día repetía y prolongaba su ritual de las mañanas a la espera del cartero. Toda acción estaba sujeta a la hora en que habitualmente llegaba el funcionario con su uniforme azul a hacer el reparto. A veces, impedida por la expectativa que suscitaba en ella ese momento, no podía más que agazaparse frente a la ventana y espiar el movimiento de la calle. Sólo los domingos y feriados se sentía liberada de aquella inquietud, del culto obsesivo al cartero que la escindía en un antes y en un después de su visita.
    Por la tarde, venció la pereza y vagabundeó por la ciudad largamente. Cansada, entró en un bar del centro. Desde una mesa cercana a la suya, un hombre, parecido a Roberto, la miraba. En una de las cartas que no había releído, Roberto se denominaba un socialista solitario. De repente, había desertado del peronismo. El propio Roberto Suárez que durante varias décadas había contribuido a la peronización de la intelligentzia, manteniéndose firme en la misma línea, incluso en los años más oscuros de la decepción, había optado por una salida hacia una especie de club íntimo -se le ocurrió-, lo de solitario apelaba a esta idea.
    Sacó la polvera del bolso y se miró en el espejito. Respiró con alivio al comprobar que tenía limpia la cara. Era curioso, aún se le hacía curioso, que se le entiznara la nariz o una mejilla cuando salia con Roberto.
    Por fin, el hombre del bar había dejado de mirarla y ahora se entretenía hojeando una revista de inverificable procedencia. En la memoria, todo se hacía inverificable.Tal vez por eso, decidió l!amar a Roberto y quedar con él.
    Una semana después, todavía sin ánimos para deshacer por completo las maletas, recordó la charla con Roberto en el viejo café de La Boca, que aún seguia manteniendo su inconfundible olor a vino agrio, aserrin y orines. El le dijo: Uno emplea el tiempo como puede. Si la expectativa era grande, la desesperanza es mayor. No obstante, lo había visto entero, casi feliz con la cámara de fotos, su nuevo medio de vida. A excepción de aquellas dos frases enunciadas con tono mesiánico y como si las hubiese repetido muchas veces, tanto en solitario como en público, no había pronunciado otra queja. Le contó que iba poco al café, porque ya no escribía. Dijo, sonriente, haber descubierto que la vida tenía otras salientes más dichosas: una riqueza de serenidad impensable desde el ostracismo de la escritura, el debate político o la insensata y banal lucha de poderes.
    Desde el rincón más iluminado del apartamento y con una taza de té ya frío, intentó reconstruir la escena completa del reencuentro. Primero tuvo la imagen de un gato famélico olfateando con desconfianza un paquete envuelto en periódicos. Situado en la esquina del café, era como un anticipo insidioso del desempleo del tiempo o de las horas blancas que los contertulios pasaban allí. Después, vio un mostrador terroso, un par de hombres apoyados sobre la barra, mesas vacías a lo largo del local y, hacia el fondo, una cabeza de plata. El pelo abundante y completamente cano de Roberto merecia una Caricia, pensó. Cierta vez habían jugado a enamorarse y él aún incurría en el juego, pero con un matiz diferente. Quien resiste la catástrofe y sobrevive a ella -alguien le había dicho-, no tiene nada que perder. Algo en Roberto se habia trastocado, y aunque conservaba el vestuario, chaqueta y pantalón gris, se arropaba ahora con otro color, cuyo sesgado brillo, sin embargo, no podía encandilar, y mucho menos esconder, la basa fiel a sí mismo, que era todo su infierno y también parte de su propio cielo. Parecía contento o fingía estarlo, lo cual era muy laudatorio, y por consiguiente, la fuerza de su seducción descansaba en esa alegría profana, la alegría y el desparpajo con el que le había dicho: Hagámos el amor, querida, festejemos tu regreso. Para luego, sin variar su postura de hombre entero, aceptar el rechazo, sostener viva la mirada, cambiar de tema como quien da vuelta la página.
    El sonido del teléfono la sacó de la escena. Atendió. Roberto Suárez andaba cerca de su casa y pasaría a visitarla. Mientras lo esperaba -las esperas se le hacían interminables- se acercó a la ventana. Aunque atardecía, vio azoteas, antenas, ropa tendida, y en una terraza un gato lamiéndose la cola. El frío abdicaba y se podía ver un adelanto de la primavera en el súbito florecimiento de los árboles, en el brote indeciso de las plantas. Aquellas vistas la inducían a reconciliarse con la ciudad, a percibirse nuevamente como parte de ella.
    Al día siguiente, evocaría la noche que había compartido con Roberto. Supo que su entrega, en apariencia dócil y espontánea, había sido premeditada. No sólo respondía a la melancolía del deseo -cada beso le devolvía otros besos-, sino también a la necesidad de saldar una cuenta pendiente. En consecuencia, se habían amado como dos seres cansados que sucumben al ejercicio de hurgar en el cuerpo otras posibilidades que la amistad agotó. Nada nuevo hallaron el uno en el otro, todo en ellos era pura nostalgia y un poco de gratitud.
    Al recordar los preámbulos aduladores de ese conquistador de la vieja escuela que era Roberto, un poco tanguero y un poco romántico, se enterneció, a pesar de que rayaban en el ridículo. Las cartas también eran su octógono acabado. Se acordó del final de una: A ratos, llueve, y de otra: Te aprieto fuertemente contra mi corazón. Mi pobre amigo, se dijo, que todavía creía en el amor galante, mejor dicho, que practicaba una espuria versión de éste valiéndose de subterfugios y pomposos recursos para ganarse una noche que, de por sí, tenía ganada.
    Se preguntó qué les había pasado. Porque algo había antes, la inocencia o la esperanza. Ahora eran lo que continuarían siendo: un hombre y una mujer en una ciudad gris y beige.


Fragmento de la novela "El cielo dividido", de próxima aparición en Editorial Sudamericana, Bs. As. ©