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Risa y consuelo
Por Andrés Rivera
En 1982, apareció en las mesas de las librerías céntricas, y en
algunos kioscos de venta de diarios y revistas, la primera edición
de Nada que perder.
Las primeras líneas de esa novela las escribí en Córdoba, en la
ciudad de Córdoba. Los primeros y vagos e imprecisos trazos de
la novela se acumularon en Córdoba, en la ciudad de Córdoba. Eran
pocas las líneas y pocos los trazos. Las calles de la ciudad industrial
y mediterránea estaban ocupadas por los obreros de la industria
automotriz ylos estudiantes de su antigua universidad. Exigían
el futuro para sí. Era fácil, entonces, escribir acerca de la
Revolución y de sus protagonistas.
Después, obligado por un episodio breve y fatal, bajé a Buenos
Aires. Después, sobreviví: no fui, como otros, como muchos, víctima
de los grupos de tareas. Tal vez, por azar: yo no era un escritor
conocido como Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti; tal vez, y es
lo más probable, la arbitrariedad criminal de los grupos de tareas
no reparó en mí. ¿Quién puede saber, hoy, por qué uno no entró
en las listas de la muerte? ¿Quién podrá saberlo nunca?
Y bien, en los años que los Videla y los Masera y los Harguindeguy
ordenaba, arrodillados ante la cruz de Cristo, el sacrificio de
30 mil argentinos ?hombres y mujeres, viejos y chicos, adolescentes
y recién nacidos? yo escribí, con alegría, con una risa silenciosa
en la boca, Nada que perder.
Reía, sí. Evocaba, con una lenta escritura, la tradición oral
que no cesaba de circular en mi familia materna. Venían, mi abuelo,
tías y tíos, mi madre, de Proskurev, una pequeña ciudad del sur
de Ucrania, un nudo ferroviario mencionado por Rosa Luxemburgo
en uno de suslibros más llameantes. Venían del pogrom de 6 mil
judíos, degollados a puro sable por la horda blanca, enuna noche
pura y rusa de 1920. Venían de conocer a los famélicos soldados
del Ejército Rojo y su interminable promesa de tomar el cielo
por asalto. Y ellos, que salvaron sus pellejos por una sola palabra
que pronunció lamadre de mi madre en la cara de los matarifes,
llegaron a Buenos Aires, al peurto de Buenos Aires, y el aroma
a carne asada y a durazno los embriagó. Pero Buenos Aires no era
el Paraíso. Eso intenta decir Nada que perder. Y algo más.
Digo que Nada que perder es, para los adictos a la narrativa, y a su insaciable lectura,
un consuelo y una justificación.
Capítulo uno 
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