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LA NACION LINE | 11.10.98 | Enfoques

 

FALTA DE COMPROMISO
La imaginación sin poder

Ahora, en la Argentina y en el mundo los intelectuales aparecen divorciados del mando y de la política. ¿Hasta qué punto pueden actuar si existe la convicción de que no hay disyuntivas ideológicas sino sólo problemas técnicos para resolver? En este contexto, la Tercera Vía irrumpe como una práctica sin teoría.
UNO de los problemas de este tiempo apunta directamente a lo que podría llamarse la decadencia de la actividad intelectual en el seno de la cultura, y una de las evidencias más notables de la cuestión es el distanciamiento cada vez mayor entre los estudiosos, artistas y pensadores y la política misma.

O dicho de otro modo, y formulado como un interrogante: ¿hasta qué punto la política sigue interesando a los intelectuales en una época que exalta la libertad y deja de lado todo intento posible de planificación? ¿Hasta qué punto hay posibilidades de actuar elaborando nuevas hipótesis si existe la convicción de que no hay alternativas al capitalismo?

Las relaciones entre el poder político y los intelectuales nunca fueron sencillas. Tampoco lo fueron las relaciones entre ellos y el poder a secas. Los políticos suelen aducir que los intelectuales son incapaces de aceptar la realidad tal cual es, y éstos esgrimen el argumento exactamente opuesto, diciendo que los políticos rara vez reconocen una idea por más buena que sea.

Los poderosos —protectores, mecenas, sponsors— suelen sospechar menosprecio y arrogancia de parte de sus inteligentes protegidos. Un equívoco semejante difícilmente daría como resultado parejas exitosas. Los encuentros, sin embargo, se siguen produciendo, aunque actualmente soporten una aguda crisis de indiferencia mutua.

Y es probable que ambas partes se equivoquen, al menos parcialmente.

El general De Gaulle se quejaba ante André Malraux de que Jean Paul Sartre estuviese precisamente en el campo opuesto y no con ellos, en el gabinete de gobierno: "¿Por qué ese hombre tiene que ser mi enemigo?" A Malraux, orgulloso ministro de Cultura, célebre novelista y hombre afecto a las más osadas aventuras intelectuales, aquella observación de su presidente debía de caerle francamente mal. Era como decirle: ¿por qué usted y no más bien Sartre?

En una era como la nuestra, De Gaulle jamás se molestaría porque Jean Paul Sartre se le opusiera. Menos aún molestaría a Malraux: sencillamente, no creo que hubiera contratado sus servicios.

Sólo hay un problema

Siempre supimos que los intelectuales estaban en el mundo para explicarnos los enigmas de nuestra conducta, el valor de la duda y el ejercicio de la crítica. También para enseñarnos, como lo hizo Ludwig Wittgenstein, que toda explicación no es más que una hipótesis. Aunque contradictorios y paradójicos, ellos aconsejaban a los príncipes y monarcas y poco después a presidentes y ministros en los asuntos de Estado más complejos y diversos, desde la necesidad de una boda hasta los beneficios costosos de una guerra. Ya la historia clásica nos había acostumbrado a la figura de poetas como Horacio y Virgilio redefiniendo el contorno espiritual de Roma en el trato cotidiano e íntimo con el César. El irreparable y doloroso destierro de Ovidio, otro poeta mimado por Augusto y por él alejado para siempre de la urbis, nos mostró la otra cara de la moneda: los grandes honores y los aplastantes repudios pertenecen a un mismo cuño.

Hubo, sin embargo, largos matrimonios felices y fructíferos: Churchill confesaba que debía más de la mitad de sus logros a su amigo Siegmund Warburg, un banquero judío alemán, pensador de raza, hombre de influencia que trabajó a la sombra del mítico primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial.

Poco después de esa misma guerra, Albert Camus iniciaba uno de sus principales libros, El mito de Sísifo, con una aseveración existencial discutible pero para nada ligera: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio".

Frente a esa contundencia sobre la elección del destino, ¿cuál sería hoy el único problema filosófico? Más aún, ¿habrá alguno fuera del destino del capitalismo, que no es obviamente un problema menor, pero tampoco indudablemente un problema estrictamente filosófico? Creo que la certeza de Camus no encontraría ahora tantos firmes seguidores como los que supo reclutar en su tiempo. Los intelectuales contemporáneos tienen preocupaciones más inmediatas y livianas y no parecen confiar demasiado en la capacidad modificadora de las ideas. Muchos reclaman para sí el dudoso título de "realistas", como si hubiera algo menos complejo que la realidad. En algún sentido se están pareciendo a los políticos que ellos asesoran o menosprecian: lo único que los preocupa es mantenerse por encima de la línea de flotación. Después de la caída del Muro de Berlín el mundo de la inteligencia se pobló de sobrevivientes.

El pensamiento ya no escandaliza e incluso los filósofos escriben libros para ser vastamente vendidos. Las joyas espistemológicas del momento son las pequeñas ideas de orden práctico, las que se pueden enunciar con una sonrisa reduccionista y con el ánimo de ofrecer un servicio.

Hace poco, comentando la suma de normas que Tony Giddens reunió bajo el título de La tercera vía (ver recuadro) —primer intento programático británico para paliar (con propuestas obvias de no fácil cumplimiento) la dura crisis neoliberal—, el profesor John Kay, un especialista de la escuela de Negocios de Oxford, sintetizó el proyecto, caro a Tony Blair, aproximadamente en los siguientes términos: "La tercera vía —afirma— cree en el mercado pero no mucho y también en la regulación, pero no tanto; alienta el éxito pero simpatiza con el fracaso, enfatiza la igualdad de oportunidades, pero no la igualdad de resultados".

Es el inteligente y brevísimo resumen de un manual sincrético lleno de buenos sentimientos, pero no mucho más. Para Kay, la gran idea del intelectual Giddens es que no hay una gran idea. A su juicio, cuando uno dice hoy que aspira a una buena sociedad, el término "buena" tiene el mismo sentido que el que utilizamos para decir: "Una buena taza de porcelana", o: "Un buen cuchillo". Pequeñas ideas, un mínimo de teoría y utilitarismo funcional.

Un mar de indiferencia

Según el escritor Abel Posse, las mujeres y hombres de este fin de siglo estamos hundidos en una especie de noche de las ideas y de la imaginación, pero tal nihilismo "no debe asustarnos, porque hemos sido también invitados a un Renacimiento". Desde una posición tradicionalmente distinta a la de Posse, el polémico David Viñas dice sentir que "la producción intelectual crítica está en repliegue, arrinconada, muy fragmentada y detrás de un pensamiento único".

Abel Posse sostiene que la crisis de las ideas salta a la vista "en la chatura atroz del nivel intelectual de la clase política argentina; el pueblo está por encima de esa clase y reclama salir de la batalla electoral y de la democracia como partidocracia negativa". David Viñas parece compartir en algún sentido esos criterios cuando señala que la Alianza "coincide con el pivote del menemato; es casi un proceso especular, no es un partido de oposición sino de gestión. No es una alternativa política sino una alternativa administrativa". Viñas cree que la sociedad argentina no se siente representada ni por unos ni por otros, y añade: "Los intelectuales críticos se están alejando de la Alianza".

Enrique Valiente Noailles, joven pensador y estudioso de la filosofía, convalida las nociones anteriores cuando asegura que hay un bajo nivel intelectual en la clase política, sobre todo debido al hecho de que "hubo una desinversión en la Argentina en el campo de la inteligencia y de la educación". Valiente Noailles cree que con la desaparición de las utopías y la declinación de los valores se debilitaron "los dos correlatos naturales que siempre motivaron al intelectual: la pasión y la crítica. La desilusión de la izquierda y la impotencia de la derecha confluyeron en este verdadero mar de indiferencia que es nuestra política contemporánea".

¿Fueron mejores alguna vez los políticos? En la Argentina posterior a Caseros, el fenómeno del intelectual consultado y asesor, pero a su vez él mismo un político de carrera, como Sarmiento, Mitre, Avellaneda y Alberdi, establece un modelo singular que ya no irá a repetirse en el siglo XX salvo, muy brevemente y de una manera menos homogénea, en el caso de Arturo Frondizi. De forma poco menos que sistemática, la inteligencia argentina quedó cautiva en un rígido esquema que sólo daba cabida a izquierdas y derechas. La derecha, por otro lado, fue mayormente antidemocrática y reaccionaria a la manera fundamentalista de Leopoldo Lugones, alejada del ejercicio crítico creyó en todo momento que el autoritarismo restauraría una tradición que, por lo demás, jamás había existido. La izquierda, crítica y más dinámica, sedujo a no pocos excelentes intelectuales que procedían del liberalismo cultural, pero su proyecto, anudado en buena parte al populismo revolucionario peronista, terminó en la exaltación del absoluto. Tal vez por eso jamás pudo haber en la Argentina un partido verdaderamente liberal y otro auténticamente conservador: carecíamos de pasión democrática.

Hoy, el predominio de las tecnologías de comunicación (especie de utopía realizada para el uno por ciento de la población mundial) y el poder de las finanzas en el panorama económico y social han ocasionado y están produciendo, cada día más visiblemente, enormes trastornos en las concepciones clásicas del pensamiento moderno y de la gestión política. No creo que pueda encontrarse un dirigente cuya certeza lo autorice a confiar honestamente en el inmediato futuro. Para todos, o en todo caso para políticos y pensadores -los que haya todavía-, el porvenir se parece demasiado a un horizonte sometido a los efectos cegadores de un espejismo: la visión se multiplica de manera imprecisa y tiembla, incapaz de asentarse en ninguna parte.

Seguramente debido a la profundidad de este trastorno, el pensador de estos tiempos ya no pueda responder al arquetipo que, desde Pascal hasta Foucault y desde Kant y Marx a Popper o Keynes, constituyó el modelo posible del hombre de ideas en Occidente. La probabilidad de una alteración de esa naturaleza significa, sin duda, toda una crisis. Es precisamente la crisis en la que hoy nos movemos: eclipse de las ideas humanistas, debilitamiento profundo de los criterios colectivos, abandono de los ideales solidarios, adelgazamiento de la capa de la memoria histórica, decadencia u olvido de la filosofía clásica, escepticismo crítico (en el mejor de los casos) ante las acciones de la política, o indiferencia individualista marcada por un desinterés creciente ante toda gestión pública. ¿Es que estaremos, entonces, precipitándonos hacia un "analfabetismo" intelectual en beneficio de una ejercitación técnica y económica puramente despojada de todo ropaje humanista? Más aún: ¿sería el humanismo sólo un "ropaje"?

Wittgenstein, un hombre que vivió en los primeros años de un siglo difícil como ha sido el nuestro, recomendaba -se lo recomendaba a sí mismo, sobre todo- desconfiar de todas las modas que anegaban con su novedad el espíritu de una época; las llamaba supersticiones racionales. Hace diez años la apuesta universal a favor del neoliberalismo y del mercado dejó sin aliento a las conciencias habituadas a la duda y al examen crítico. Se impuso, quiérase o no, un valor ideológico unidimensional, fácilmente discutible pero difícilmente reemplazable. La actual crisis mundial de los mercados ha sonado como una alarma roja e inesperada: ¿acaso el sistema no estaba a salvo de estos trastornos? ¿No nos habían dicho que la libre fluctuación de los mercados regularía naturalmente sus excesos? Por primera vez en diez años ya nadie confía ciegamente en lo que ayer fue un dogma no declarado. Esta sospecha, esta inquietud, es posiblemente el indicio de que el cambio ha comenzado y acaso ahora haya llegado el momento para que los políticos vuelvan a confiar en sí mismos y en los intelectuales, y éstos, naturalmente, en los primeros.

Por Rodolfo Rabanal

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