Ahora, en la Argentina y en el mundo
los intelectuales aparecen divorciados del mando y de la política.
¿Hasta qué punto pueden actuar si existe la convicción
de que no hay disyuntivas ideológicas sino sólo problemas
técnicos para resolver? En este contexto, la Tercera Vía
irrumpe como una práctica sin teoría.
UNO de los problemas de este tiempo apunta directamente a lo que podría
llamarse la decadencia de la actividad intelectual en el seno de la cultura,
y una de las evidencias más notables de la cuestión es el
distanciamiento cada vez mayor entre los estudiosos, artistas y pensadores
y la política misma.
O dicho de otro modo, y formulado como un interrogante: ¿hasta
qué punto la política sigue interesando a los intelectuales
en una época que exalta la libertad y deja de lado todo intento
posible de planificación? ¿Hasta qué punto hay posibilidades
de actuar elaborando nuevas hipótesis si existe la convicción
de que no hay alternativas al capitalismo?
Las relaciones entre el poder político y los intelectuales
nunca fueron sencillas. Tampoco lo fueron las relaciones entre ellos
y el poder a secas. Los políticos suelen aducir que los intelectuales
son incapaces de aceptar la realidad tal cual es, y éstos esgrimen
el argumento exactamente opuesto, diciendo que los políticos
rara vez reconocen una idea por más buena que sea.
Los poderosos protectores, mecenas, sponsors suelen
sospechar menosprecio y arrogancia de parte de sus inteligentes protegidos.
Un equívoco semejante difícilmente daría como resultado
parejas exitosas. Los encuentros, sin embargo, se siguen produciendo,
aunque actualmente soporten una aguda crisis de indiferencia mutua.
Y es probable que ambas partes se equivoquen, al menos parcialmente.
El general De Gaulle se quejaba ante André Malraux de que Jean
Paul Sartre estuviese precisamente en el campo opuesto y no con ellos,
en el gabinete de gobierno: "¿Por qué ese hombre tiene
que ser mi enemigo?" A Malraux, orgulloso ministro de Cultura,
célebre novelista y hombre afecto a las más osadas aventuras
intelectuales, aquella observación de su presidente debía
de caerle francamente mal. Era como decirle: ¿por qué usted
y no más bien Sartre?
En una era como la nuestra, De Gaulle jamás se molestaría
porque Jean Paul Sartre se le opusiera. Menos aún molestaría
a Malraux: sencillamente, no creo que hubiera contratado sus servicios.
Sólo hay un problema
Siempre supimos que los intelectuales estaban en el mundo para explicarnos
los enigmas de nuestra conducta, el valor de la duda y el ejercicio
de la crítica. También para enseñarnos, como lo
hizo Ludwig Wittgenstein, que toda explicación no es más
que una hipótesis. Aunque contradictorios y paradójicos,
ellos aconsejaban a los príncipes y monarcas y poco después
a presidentes y ministros en los asuntos de Estado más complejos
y diversos, desde la necesidad de una boda hasta los beneficios costosos
de una guerra. Ya la historia clásica nos había acostumbrado
a la figura de poetas como Horacio y Virgilio redefiniendo el contorno
espiritual de Roma en el trato cotidiano e íntimo con el César.
El irreparable y doloroso destierro de Ovidio, otro poeta mimado por
Augusto y por él alejado para siempre de la urbis, nos
mostró la otra cara de la moneda: los grandes honores y los aplastantes
repudios pertenecen a un mismo cuño.
Hubo, sin embargo, largos matrimonios felices y fructíferos:
Churchill confesaba que debía más de la mitad de sus logros
a su amigo Siegmund Warburg, un banquero judío alemán,
pensador de raza, hombre de influencia que trabajó a la sombra
del mítico primer ministro británico durante la Segunda
Guerra Mundial.
Poco después de esa misma guerra, Albert Camus iniciaba uno
de sus principales libros, El mito de Sísifo, con una
aseveración existencial discutible pero para nada ligera: "No
hay más que un problema filosófico verdaderamente serio:
el suicidio".
Frente a esa contundencia sobre la elección del destino, ¿cuál
sería hoy el único problema filosófico? Más
aún, ¿habrá alguno fuera del destino del capitalismo,
que no es obviamente un problema menor, pero tampoco indudablemente
un problema estrictamente filosófico? Creo que la certeza de
Camus no encontraría ahora tantos firmes seguidores como los
que supo reclutar en su tiempo. Los intelectuales contemporáneos
tienen preocupaciones más inmediatas y livianas y no parecen
confiar demasiado en la capacidad modificadora de las ideas. Muchos
reclaman para sí el dudoso título de "realistas",
como si hubiera algo menos complejo que la realidad. En algún
sentido se están pareciendo a los políticos que ellos
asesoran o menosprecian: lo único que los preocupa es mantenerse
por encima de la línea de flotación. Después de
la caída del Muro de Berlín el mundo de la inteligencia
se pobló de sobrevivientes.
El pensamiento ya no escandaliza e incluso los filósofos escriben
libros para ser vastamente vendidos. Las joyas espistemológicas
del momento son las pequeñas ideas de orden práctico,
las que se pueden enunciar con una sonrisa reduccionista y con el ánimo
de ofrecer un servicio.
Hace poco, comentando la suma de normas que Tony Giddens reunió
bajo el título de La tercera vía (ver recuadro)
primer intento programático británico para paliar
(con propuestas obvias de no fácil cumplimiento) la dura crisis
neoliberal, el profesor John Kay, un especialista de la escuela
de Negocios de Oxford, sintetizó el proyecto, caro a Tony Blair,
aproximadamente en los siguientes términos: "La tercera
vía afirma cree en el mercado pero no mucho y también
en la regulación, pero no tanto; alienta el éxito pero
simpatiza con el fracaso, enfatiza la igualdad de oportunidades, pero
no la igualdad de resultados".
Es el inteligente y brevísimo resumen de un manual sincrético
lleno de buenos sentimientos, pero no mucho más. Para Kay, la
gran idea del intelectual Giddens es que no hay una gran idea. A su
juicio, cuando uno dice hoy que aspira a una buena sociedad, el término
"buena" tiene el mismo sentido que el que utilizamos para
decir: "Una buena taza de porcelana", o: "Un buen cuchillo".
Pequeñas ideas, un mínimo de teoría y utilitarismo
funcional.
Un mar de indiferencia
Según el escritor Abel Posse, las mujeres y hombres de este fin
de siglo estamos hundidos en una especie de noche de las ideas y de
la imaginación, pero tal nihilismo "no debe asustarnos,
porque hemos sido también invitados a un Renacimiento".
Desde una posición tradicionalmente distinta a la de Posse, el
polémico David Viñas dice sentir que "la producción
intelectual crítica está en repliegue, arrinconada, muy
fragmentada y detrás de un pensamiento único".
Abel Posse sostiene que la crisis de las ideas salta a la vista "en
la chatura atroz del nivel intelectual de la clase política argentina;
el pueblo está por encima de esa clase y reclama salir de la
batalla electoral y de la democracia como partidocracia negativa".
David Viñas parece compartir en algún sentido esos criterios
cuando señala que la Alianza "coincide con el pivote del
menemato; es casi un proceso especular, no es un partido de oposición
sino de gestión. No es una alternativa política sino una
alternativa administrativa". Viñas cree que la sociedad
argentina no se siente representada ni por unos ni por otros, y añade:
"Los intelectuales críticos se están alejando de
la Alianza".
Enrique Valiente Noailles, joven pensador y estudioso de la filosofía,
convalida las nociones anteriores cuando asegura que hay un bajo nivel
intelectual en la clase política, sobre todo debido al hecho
de que "hubo una desinversión en la Argentina en el campo
de la inteligencia y de la educación". Valiente Noailles
cree que con la desaparición de las utopías y la declinación
de los valores se debilitaron "los dos correlatos naturales que
siempre motivaron al intelectual: la pasión y la crítica.
La desilusión de la izquierda y la impotencia de la derecha confluyeron
en este verdadero mar de indiferencia que es nuestra política
contemporánea".
¿Fueron mejores alguna vez los políticos? En la Argentina
posterior a Caseros, el fenómeno del intelectual consultado y
asesor, pero a su vez él mismo un político de carrera,
como Sarmiento, Mitre, Avellaneda y Alberdi, establece un modelo singular
que ya no irá a repetirse en el siglo XX salvo, muy brevemente
y de una manera menos homogénea, en el caso de Arturo Frondizi.
De forma poco menos que sistemática, la inteligencia argentina
quedó cautiva en un rígido esquema que sólo daba
cabida a izquierdas y derechas. La derecha, por otro lado, fue mayormente
antidemocrática y reaccionaria a la manera fundamentalista de
Leopoldo Lugones, alejada del ejercicio crítico creyó
en todo momento que el autoritarismo restauraría una tradición
que, por lo demás, jamás había existido. La izquierda,
crítica y más dinámica, sedujo a no pocos excelentes
intelectuales que procedían del liberalismo cultural, pero su
proyecto, anudado en buena parte al populismo revolucionario peronista,
terminó en la exaltación del absoluto. Tal vez por eso
jamás pudo haber en la Argentina un partido verdaderamente liberal
y otro auténticamente conservador: carecíamos de pasión
democrática.
Hoy, el predominio de las tecnologías de comunicación
(especie de utopía realizada para el uno por ciento de la población
mundial) y el poder de las finanzas en el panorama económico
y social han ocasionado y están produciendo, cada día
más visiblemente, enormes trastornos en las concepciones clásicas
del pensamiento moderno y de la gestión política. No creo
que pueda encontrarse un dirigente cuya certeza lo autorice a confiar
honestamente en el inmediato futuro. Para todos, o en todo caso para
políticos y pensadores -los que haya todavía-, el porvenir
se parece demasiado a un horizonte sometido a los efectos cegadores
de un espejismo: la visión se multiplica de manera imprecisa
y tiembla, incapaz de asentarse en ninguna parte.
Seguramente debido a la profundidad de este trastorno, el pensador
de estos tiempos ya no pueda responder al arquetipo que, desde Pascal
hasta Foucault y desde Kant y Marx a Popper o Keynes, constituyó
el modelo posible del hombre de ideas en Occidente. La probabilidad
de una alteración de esa naturaleza significa, sin duda, toda
una crisis. Es precisamente la crisis en la que hoy nos movemos: eclipse
de las ideas humanistas, debilitamiento profundo de los criterios colectivos,
abandono de los ideales solidarios, adelgazamiento de la capa de la
memoria histórica, decadencia u olvido de la filosofía
clásica, escepticismo crítico (en el mejor de los casos)
ante las acciones de la política, o indiferencia individualista
marcada por un desinterés creciente ante toda gestión
pública. ¿Es que estaremos, entonces, precipitándonos
hacia un "analfabetismo" intelectual en beneficio de una ejercitación
técnica y económica puramente despojada de todo ropaje
humanista? Más aún: ¿sería el humanismo sólo
un "ropaje"?
Wittgenstein, un hombre que vivió en los primeros años
de un siglo difícil como ha sido el nuestro, recomendaba -se
lo recomendaba a sí mismo, sobre todo- desconfiar de todas las
modas que anegaban con su novedad el espíritu de una época;
las llamaba supersticiones racionales. Hace diez años la apuesta
universal a favor del neoliberalismo y del mercado dejó sin aliento
a las conciencias habituadas a la duda y al examen crítico. Se
impuso, quiérase o no, un valor ideológico unidimensional,
fácilmente discutible pero difícilmente reemplazable.
La actual crisis mundial de los mercados ha sonado como una alarma roja
e inesperada: ¿acaso el sistema no estaba a salvo de estos trastornos?
¿No nos habían dicho que la libre fluctuación de
los mercados regularía naturalmente sus excesos? Por primera
vez en diez años ya nadie confía ciegamente en lo que
ayer fue un dogma no declarado. Esta sospecha, esta inquietud, es posiblemente
el indicio de que el cambio ha comenzado y acaso ahora haya llegado
el momento para que los políticos vuelvan a confiar en sí
mismos y en los intelectuales, y éstos, naturalmente, en los
primeros.
Por Rodolfo Rabanal