RODOLFO RABANAL

Cita en Marruecos

Vuélvete de espaldas y cierra los ojos,
pues si la Gorgona se muestra y tu la
ves, nunca podrás volver arriba.

Inferno, Canto 9

¡Oh, Señor, deja que algo dure!
W. B . YEATS

 

I

AQUÍ ES VISIBLE la curvatura de la Tierra. Sin embargo, nadie piensa en ella (ni en demasiadas otras cosas); mi impresión es que las ideas, no ya las grandes, sino las pequeñas ideas cotidianas, tienen en esta zona menos vida que una polilla. Arden una noche y amanecen como polvo que se lleva el viento.
    Probablemente, ya no haya pensamientos (me refiero a construcciones de cierta magnitud) sino súbitos y esporádicos reflejos de la mente, vislumbres sin fuego que se apagan sin pena antes de alcanzar la meta (suponiendo que haya alguna).
    A veces tengo la impresión de habitar un lugar extinto. Sé que es una impresión injusta pero no puedo evitarla. Ocurre como si todo esto se sobreviviera en la holografía de sí mismo. Tengo amigos a quienes mortifica esta opinión, que ellos consideran "pesimista". Los tranquilizo diciéndoles que no es nada nuevo y los desafío a que encuentren una palabra menos tenue, menos vacilante que la palabra realidad.
    Tal vez nada exista con la prepotencia que manifiesta todo lo que existe, salvo esta redondez perfecta echada de bruces bajo el peso del cielo. Perfecta (palabra imposible, lo sé) como la mujer de piel mostaza que barre los cuartos, simula esperar mis órdenes y guarda silencio. Pero también ella es, en este momento, puro suspenso, virtualidad pura. Tal vez sea parte del holograma aludido.
    Mi padre jamás hizo mención de esta evidencia (la evidencia de la redondez luminosa). Es verdad que tampoco me habló de otras cuestiones seguramente más importantes. Era un hombre más bien parco. Si yo fuera capaz de reunir la voluntad que la tarea exige, escribiría su historia: la historia de un hombre sin relieves que tuvo, sin embargo, la imaginación necesaria para llevar a cabo una vida secreta. El demiurgo sin virtudes, como si dijéramos un dios casual.
    Carezco de esa voluntad y de las creencias que la sostienen. A veces, me despierto en medio de la noche y me pregunto ¿qué hago acá? ¿cómo llegué a este lugar? Lo sé muy bien, pero es un tipo de saber que no alcanza. En algún sentido, nada alcanza.
    Ahora habito la casa que fue suya, la casa que perteneció a mi padre sin que nadie lo supiera, la casa que, siendo suya, él jamás ocupó. ¿No es todo esto bastante extraño? ¿No es, por lo menos, tan complicado de admitir que parece casi una ofensa?
    Y sin embargo, yo debiera estarle agradecido. No hay modo de penetrar el misterio de una vida, ni siquiera el de una vida que nos parece "cristalina" y carente de enigmas. Además, el pasado es una criatura muy extraña.
    Yo mismo, jamás habría sospechado que alguna vez viviría en una casa como ésta, en medio de la llanura, tratando con personas que hasta ayer eran desconocidas y que hoy pueblan mis días. Yo, que siempre he sido un hombre del centro, habituado a la saturación psíquica de la metrópoli, a sus patologías de codicia, a su barbarie maquillada, a los encantos y beneficios de su cultura.
    Y lo peor, o lo mejor quizá, es que me trajo el azar, o la fuerza del destino. Tal vez no importe precisar qué cosa me trajo en definitiva.
    Pero es cierto que he dejado la ciudad como quien deja atrás una etapa que no desea volver a transitar. Una mañana cargué mi auto con todo lo indispensable y me vine aquí, a hacerme cargo.
    Llegué en verano, una noche de mariposas quemadas, de fulgores y luciérnagas en la oscuridad. Hasta el blanco de la luna mostraba un rubor vital. En las afueras, las mujeres se sentaban con las piernas abiertas y se daban aire. Los hombres tomaban cerveza y jugaban a las cartas.
    Después llegaron las lluvias, croaron las ranas, empezó el otoño. De a poco, fui tomando la casa. La gente quería saber de qué se trataba, los vecinos hacían sus presentaciones, se me ofreció un servicio de por lo menos diez personas. Rechacé esas propuestas.
    En el pueblo le dicen a mi casa "La Casa de la Punta", debido a que está emplazada en una lonja alta de tierra que se proyecta como una lanza hasta que vuelve a ganarla el declive circundante.
   

Este es un mundo lento y cíclico. En algún sentido, resulta anómalo y acaso precioso por eso mismo. Llegué a este pueblo (tan insignificante que conmueve) y el horizonte entró por mis ojos como si entrara un vacío. Al principio, la mente queda en blanco y después algo nuevo viene a ocuparla, como si uno fuera un imbécil ahuecado por la Gracia.
    En esa época, creía haber perdido la capacidad de sentir emociones nuevas. Pero es evidente que seguía a mis dioses. Mi impúdico lema de entonces era: hagas lo que hagas, estará bien hecho.
    No hablo de nada grandioso, porque no hay tal cosa. Tampoco de algo patético; ni siquiera de algo demasiado notable. Este lugar tiene veinte calles que se cruzan en ángulo recto, diez corren de Este a Oeste y diez de Sur a Norte. En el centro del diseño falta una manzana y allí, como corresponde, ha brotado la plaza. El damero, geometría cuartelaria de la logística española en América, propone una de las formas más aburridas de la eternidad. A los lados de este rectángulo, con un bordado previo de desorden y quinterío, se termina el mundo.
    Las casas, salvo unas pocas excepciones, son bajas, los techos planos, los frentes insignificantes. Dicen que el pueblo se fundó hace ciento ochenta años. Es posible. Serán entonces ciento ochenta años de olvido. Como se puede fácilmente advertir, tampoco la estética tiene mucho que ver con todo esto. Esto no es Venecia. Tampoco París. En la pampa despoblada el ojo se pierde, rara vez se detiene en el solaz o la fascinación de un detalle que denote los delirios formativos de la especie.
    No obstante, algo hay que me cautiva, que me demora. Tal vez sea la altamar de la tierra.
    Ignacio Revertes, el párroco de La Anunciación, me ha dicho que la gente vive aquí en permanente pecado. Sospeché una insinuación personal (absolutamente infundada, por otra parte, como no sea que pueda leer mis intenciones), pero supo desviar el dardo. Ha hablado de cierta "concupiscencia" debida al desamparo cultural que a todos aqueja.
    El cura no ignora que tengo dificultades para aceptar la noción de pecado. Según él, es bueno recordar el dictado de los santos, para quienes el pecado es un alejamiento de las cosas eternas hacia las cosas meramente temporales. Sí, pero ¿qué hacer entonces con el cuerpo, esta cosa temporal con ilusión de eternidad?
    Domarlo, dice el cura, convencerlo de su precariedad. Y alimentarlo, digo yo. El no lo duda ni lo niega. Pongo de relieve, subraya, las condiciones no deseadas que en estos pagos facilitan el error. Tales son las divergencias que compartimos a las perdidas.
    Mis semejantes: siempre hay un cura, un intendente, un médico y un Club Social que los reúne a todos. Y desde luego, una red inevitable de habladurías, de veladas rivalidades, de minúsculas luchas entre minúsculas facciones. Hasta existe un librero, Victorio Solmi, secreto estudioso de la Cábala, especie de alma en pena condenada a vituperar la arrasadora fortuna del video. Victorio Solmi, desplazado defensor de lo que alguna vez se conoció como ilustración, hoy letra muerta.
   

Ayer despertamos en medio del frío. La temperatura cayó diez grados. Anoche, el viento sur sopló sin pausa. Se le escuchaba en el fragor de las ramas más altas como si fuese un gran acontecimiento. La nitidez del aire esta mañana tenía aristas de cristal.
    Tomé el desayuno y salí a juntar leña. Estas cosas han cobrado una dimensión inaudita, hasta el punto que invaden el área de mis cavilaciones.
    Calculo el crecimiento de las plantas, observo los efectos del calor en la tierra. Empiezo a distinguir la conducta particular de los animales. Veo de qué modo los perros vagabundos se protegen del frío cavando nichos en la tierra blanda. He aprendido a ensillar un caballo, a sacarlo de su molicie en el corral, y hasta sé cómo hablarle. Inusuales hábitos que me llenan de un raro orgullo.
    Aquí los inviernos son más crudos y prolongados que en la ciudad. Ya he pasado por uno, con blancas heladas y vientos arrasadores. Ahora estamos entrando en otro, el segundo.
    He soñado, entre sobresaltos y deliciosas esperanzas, que la devastación ética del crepúsculo del siglo, esta constante irresolución de todo lo que ocurre, este encadenamiento de causas infinitas, donde todo queda pendiente, quizás esquive este sitio, quizá lo pase por alto. Es un sueño.
    En tanto, recurro a Mozart y a Beethoven (no a sus sinfonías, sino a los cuartetos; no a los primeros, sino a los últimos). Para no soñar con despropósitos, me "educo" escuchando el Canon de Pachelbel. Para lanzarme a no sé qué fantasías, me entrego a la suntuosidad infinita del Adagio de Albinoni.
   

Si no lo dije, lo digo ahora: una cualidad indefinible de la comarca tiende a atraparme. Me he preguntado si será esta especie de oquedad circular que se cierne sobre el punto que ocupo. Quizá se trate sencillamente del campo (el mugido del ganado al atardecer, el quejido de la torcaza a la hora de la siesta) y de las pocas relaciones directas que se han venido construyendo a mi alrededor. Tal vez sea la casa, verdadero eje de esta esfera ilimitada.
   

Yo camino y camino hasta cansarme, hasta perderme en el campo. Si quiero, ensillo un petiso que tengo en los fondos y salgo despacio rumbo a cualquier parte. Suelo cazar en temporada y a veces vuelvo con un par de liebres o persigo al chajá que depreda el forraje. En ocasiones, sólo recorro un trecho y me quedo allí observando los pájaros. Me atraen las calandrias, las espátulas rosadas –que son manchas de color vivo en las lagunas–y los escasos mirlos, negros como la noche.
    No hay nada que me impida hacer lo que quiera (en un orden limitado de cosas). A la noche, el chillido de la lechuza cruza el espacio y se pierde sin dejar ecos. Yo me duermo, envuelto en una sonata.
    De mis caminatas vuelvo al mediodía, cuando Charito ha puesto la mesa. Como en silencio porque para entonces ella se ha retirado a la cocina. Es algo que agradezco infinitamente, porque mientras almuerzo mis pensamientos toman rumbos inconcebibles.
    Charito cumple tres funciones: es mucama, cocinera y ama de llaves. Su nombre es Charo, pero creyeron agraciarla con el diminutivo. Charito es una belleza en estado puro. Quizá la eduque, quizá no lo haga. Es riesgoso alterar una cualidad inconsciente. Hace unas semanas me pidió que la tomara con "cama adentro". Acepté la oferta, porque si algo sobra en esta casa es espacio. De modo que vivo solo, pero acompañado. Habitué el paladar al mate amargo que ella me ceba, pero no abuso, sigo prefiriendo el café.
    La casa es grande, sobre todo de noche. De noche, las paredes interiores se disuelven en la penumbra y la soledad toma sustancia y parece reunirse toda entera en la amplitud de los cuartos desocupados.
    Las primeras semanas no me era fácil dormir. Tampoco era fácil atravesar las piezas y las dos salas, o pasar de un piso al otro sabiendo que nada ni nadie interrumpiría esos movimientos. Vivía, como quien dice, en una boca de sombra. Ahora Charito produce algún ruido en la cocina, o canta por lo bajo, o se acerca a decirme cualquier cosa. Además se la ve, y es como si la música fuese visible.
    He aquí lo que ocurre con ella: a veces, cuando entro de golpe por algún motivo, la sorprendo en el baño de abajo. Le pregunto qué hace, y responde que se lava porque ha terminado su tarea. Se lava las axilas donde apunta la mancha marrón de sus vellos, la nuca clara y pálida debajo de la profusa cabellera azabache, que lleva larga casi hasta la cintura. Se enjuaga las piernas con un toallón húmedo que se pasa a la altura de los muslos. Escucho el chorrear del agua entre sus piernas y el roce de la esponja sobre la piel. Y puedo ver perfectamente cómo lo hace porque deja la puerta abierta.
    En su cara de pómulos altos y anchos los ojos lucen atentos y quietos. Esos ojos pueden ser piadosos y suplicantes y también demasiado vivos, repentinamente despiertos. He notado la cadencia que imprime a sus movimientos, la pesadez líquida de su silencio. He sabido que nació en el Noreste, en una tierra dulce y sin esperanzas. Si yo supiera dibujar haría su retrato. Me figuro la reprobación del cura Revertes.
   

A Charito la trajo Saturna cuando ella debió retirarse a cuidar de sus nietos debido a las ocupaciones de su hija sin marido. El marido de la hija de Saturna era obrero en la Fábrica de Sulfatos de Los Álamos, cuarenta kilómetros al norte. La fábrica cerró hace un año. Luego la dinamitaron (no sé con qué pretexto) y ahora es una ruina inundada que yo a veces visito por la estética rareza que ofrece el conjunto. Durante un tiempo, el yerno de Saturna fue peón en un campo vecino pero un día desapareció sin despedirse y ya nadie supo de él. San Antonio está poblado de mujeres solas o abandonadas y de madres solteras.
    Los hombres jóvenes, siempre que han podido, han emigrado. Las mujeres andan por ahí buscando que alguien se les arrime. O arrimándose ellas a alguien. Muchas viven de decir la suerte o el tarot en la plaza de la iglesia.
    Saturna asegura que es mejor que los nietos estén a su cargo, porque de otra manera padecerían maltratos constantes. He querido saber a qué tipo de maltratos se refería. Maltratos, ha repetido. Abusos de todo tipo. En estos pagos, señor, hay gente desalmada, aquí no saben qué cosa es una criatura y tampoco saben qué cosa es una mujer. A veces, me ha confesado, desearía que mi hija no llevara ningún hombre a su casa.
    Los pobres de San Antonio subsisten con lo que crece en las quintas. Pero ni siquiera las quintas son excepcionales, porque al criollo le fastidia andar plantando verdura. En ocasiones, al amparo de la noche, alguien se hace de una res, saquea un corral o carga sigiloso una bolsa de harina. La pobreza ha venido acentuándose en estos últimos tiempos y el cura dice que es un anillo apretado alrededor del corazón de San Antonio. El cuatrerismo doméstico se extiende a los cazadores nocturnos y furtivos, gente sin normas, que vienen de lejos cruzando la noche en camionetas potentes. Con los grandes focos ciegan a venados y liebres y liquidan todo lo que encuentran a su paso. Pero no hay denuncias y el comisario parece no enterarse demasiado. Ni el comisario ni el intendente. La actitud predominante corresponde a la de dos mundos contiguos y distintos: los señores decadentes, dueños de rentas mermadas y de campos arrendados, miran por encima lo que ocurre en el villerío y en los puestos de campo adentro, y de inmediato lo ignoran. El amontonamiento miserable que pulula sobre los bordes extremos de San Antonio es, por ahora, sólo una forma de la fealdad.
   

Esta es Charito, dijo Saturna cuando me presentó su relevo. Es trabajadora y decente y de total confianza. Haga como si fuera yo.
    Me hizo saber también que tenía educación, que escribía claro y sin faltas y que sabía poner una mesa. Además cocina, dijo.
    La educación de Charito es limitada y escribe con faltas, pero con lo que sabe me basta. Ahora, apenas si entorna la puerta del baño al lavarse. Cuando la descubro sonríe con pudor pero sigue pasándose la esponja por los brazos y la nuca. Con todo, no es mucho lo que trabaja. Tampoco es necesario.
    En este pueblo, ya lo dije, nunca hay demasiado que hacer. Porque aquí no hay nada, salvo el verde vacío y el horizonte encendido. A la zona pertenece el árbol que ya no es árbol y que, sin embargo, es más que árbol: un tronco hinchado como un tubérculo, unas hojas planas como lechugas gigantes y raíces expuestas iguales a garras, de un gris verdoso.
    La casa se levanta en el último extremo de la mejor avenida, ya lejos del centro, en el lugar exacto donde se abre la llanura. El parque de dos hectáreas y un muro en los frentes la fortifican. El portón de entrada da a la avenida, y los fondos y laterales a quintas vecinas. Desde lo alto del mirador, que tiene la forma de un antiguo silo de ladrillos, veo la pampa que se dilata hacia el oeste como si fuese el vientre terso de una mujer dormida.
   

A la entrada del pueblo hay un tosco arco de cemento con el nombre inscripto en el frontispicio: San Antonio de Las Heras. Pero el nombre está a medias borrado y nadie hará nada por sacarle la mugre que lo tiñe. Aquí las cosas son así, y no vale la pena preocuparse demasiado.
   

 

 

de "Cita en Marruecos", publicado por Planeta. ©1998 R. Rabanal. ©1998 Planeta.

 

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