RODOLFO RABANAL
 


El factor sentimental

UNO

—¿Mi opinión? Toda guerra empieza con un intento de paz incumplido y termina con otro firmado sobre las ruinas. Un sorbo por la idea. ¡Salud!
    Esa tarde, Delbeck había considerado mi facha —un vendaje en el brazo, magullones en la cabeza—y había sentenciado: "Así paga el diablo a quien bien le sirve, y se ve que con él no hay arreglos".
    Ahora habíamos ido cayendo en una conversación cuyo principal sujeto (si lo había) se extraviaba con el paso lento e inadvertido de las horas, pero de cualquier modo era como música, con un fondo suplementario de musitado silencio por donde frases enteras se alejaban en puntas de pies o simplemente ardían como ascuas y terminaban en nada. Sospecho que el tono lo daba la noche en el campo, con sus chillidos aislados de pájaros negros y el breve golpe de un algo indiscernible que se aplasta, lejos, contra un suelo blando.
    Y en la conversación había picos de diablura e ingenio (por lo menos de su parte) y decisivas planicies de tedio, pampas atrapadoras del sueno en el que Julia ya había caído, por supuesto.
    Estábamos tomando tequila añejo de Jalisco, porque Delbeck es un bebedor exótico y porque además tiene, como él dice, su "perdición" por México ("Sólo los peruanos", y él lo es, "hermanos sureños de la rendida grandeza azteca, compartimos un mismo desconsuelo"), y también porque sabe que México es uno de los puntos magnéticos en el cuadrante de mis fantasías literarias, aunque de verdad apenas si estuve alguna vez en México y por no más de una escasa semana. De cualquier manera, allí estábamos, yo con mis heridas todavía frescas, y él y su mujer con el franco apego hacia mi, y él y yo con el franco apego a la botella y a la noche y a los planes que parecíamos tener, aunque sospecho que él siempre tuvo (y seguirá teniendo) planes bastante más claros que los míos.
    Es posible, entonces, que buena parte de la naturaleza de la conversación se debiera al tequila, servido en esos gruesos y pequeños vasos infaliblemente llenos hasta el límite del desmadre que desde hacía algo más de una hora no dejaban de circular entre nosotros, primero entre los cuatro, es decir entre Julia, Adriana y nosotros dos, y luego tan sólo en esa suerte de cara a cara que parecía no tener fin. Delbeck—es justo admitirlo—manejaba la botella como un experto cantinero y jamás permitía que el tequila desbordara produciendo un derroche.
    —El que dijo que no se puede vivir sin amar era un santo —murmuró—. Aunque no un santo sino un cura, era el viejo Fray Luis de León. Pero luego alguien añadió (con espíritu avieso y jodedor) que, en realidad, se puede vivir sin amar. Lo que resulta categóricamente imposible es vivir sin agua y sin pan.
    —...Y sin tequila.
    —Ni qué decirlo. Y además, no se puede vivir sin deseo.
    —El que dijo eso último—intervine yo—era un poeta moderno. Uno tiende a esperar que el poeta diga lo primero y no lo último, pero éste era un poeta emperrado y escéptico.
    —Y muy "crudo" y prosaico. Pero algo sabría del tema. El tema de la pasión, por ejemplo. Y, a propósito, imagínate que Lowry jamás hubiera podido escribir Bajo el volcán en Argentina, de ninguna manera. . .
    —Sobre todo porque aquí no hay volcanes.
    —No sólo por eso. Tiene gracia, claro que no hay volcanes, aunque haya algunos. El problema con este país, y lo digo con todo el respeto y el afecto que yo tengo por tu país, es la carencia total de una. . . erótica. Argentina puede ser lo que quieras, pero no erótica. Y lo digo a pesar de sus mujeres, las más atractivas de este planeta, por lejos. Es un punto que me tengo cuidadosamente estudiado, puedes creerme.
    —Muy interesante, maestro, francamente. Y ahora que recuerdo, un amigo francés opinaba lo mismo del Uruguay. Pasaba los veranos en Punta del Este regalándose la vista con los más lindos culos adolescentes del hemisferio sur y decía, melancólico: "Si, sí todo está muy bien, et sur tout les cuisses... Mais, il n'y a pas une érotique. Desolé".
   
Sin embargo, habíamos comido cordero con pimienta verde, lo cual no dejaba de ser bastante erótico. La receta era de Julia: un lomo de cordero fragante, aceite vegetal, tomillo, estragón, hojas de laurel, ajo triturado y no sé cuánto más. Cuatro o cinco horas de aderezo y ninguna carne podía resultar más tierna. Cuando pasamos a tomar el café (en realidad fue suficiente con dejar la mesa y deslizarnos hasta los grandes sillones de cuero negro en el centro de la tosca sala que da a la galería) y empezamos con la ronda de tequila, Julia inició su función de suaves cabeceos y párpados de plomo hasta que se durmió enredada en un discurso que ni ella comprendía. Julia es de las personas que se duermen invariablemente después de medianoche en medio de cualquier conversación por más animada que resulte. Y puede ocurrir que media hora después se desvele completamente y reaparezca exhalando una codiciable frescura matinal y vuelva como si nada al sujeto abandonado poco antes, exactamente como si hubiera estado dándole vueltas al tema mientras dormía lejos de todos nosotros.
    —No sé de dónde vino esta cuestión tuya de la erótica, pero merece otro vaso.
    —Vamos perfectamente bien, nadie diría que estamos abusando...
    —Nadie.
    —Muy bien, entonces. Prefacio: creo que el erotismo tiene regiones geográficas bien precisas. Habría que hablar de confrontaciones raciales, clima, alimentación...
    —Pero antes —interrumpí—, estabas hablando de las cosas que matan al amor, creo recordar.
    —Creo que hablamos de eso a los postres, ¿no? No importa. Decisivamente. Lo que mata al amor es su gravedad exclusiva. El amor muere de gravedad.
    —Tal vez muera de tiempo. No estoy tan seguro respecto de la gravedad.
    —Absolutamente. La gravedad es una forma de... de la obstinación conservadora.
    —Ahí estamos un poco más cerca, pero de todos modos, la falta de pasión y el tiempo...
    —Estábamos hablando de Lowry cuando empezó todo, me parece. Adriana dijo algo que ahora no recuerdo y dejó la mesa. Y yo dije que sólo leí a Lowry una vez y no volví a leerlo jamás y no lo olvidé nunca. Bueno, el hecho es que Lowry fue erotizado por México, lo cual equivale a decir que fue hechizado, y supongo que cuanto más trataba de entender lo que no entendía, más cautivo quedaba de ese hechizo.
    —Ahora no podría leer a Lowry, me deprimiría. Y no quiero ni remotamente deprimirme. No se puede vivir sin armar... Tampoco se puede repetir una frase como ésa y quedarse tan tranquilo, a menos que se la repita como una oración, hasta el punto en que deje de tener sentido. Por ejemplo, unas setenta veces antes de dormir.
    —De acuerdo, completamente de acuerdo... Pero ahora voy a levantarme de esta poltrona; necesito masticar un poco de cualquier cosa.
    —Ya vamos. Tiene que haber sobrado un buen trozo de cordero... Julia duerme como una criatura.
    —Baja la voz. Seguro que escucha. Duerme como una criatura pero es una mujer.
    —Estamos hablando tan bajo que parecemos unas viejas asustadas. Más bajo no se puede. Habría que llevarla a la cama. Y Adriana...
    —Adriana salió a husmear la noche y supongo que está en la galería, echada en la reposera y tratando de ver qué pasa en la oscuridad. Ya le he dicho que no pasa nada.
    —Ha estado esquiva la mayor parte del tiempo...
    —Es todo un carácter... Hace un año que viene esquivándome, a su manera. Quizá duerma, como Julia. ¿Nunca la fotografiaste dormida?
    —Un millón de veces... Pero baja la voz.
    —Es casi como una violación.
    —A distancia, naturalmente. Prosit!
    —Prosit.
Momento, ¿quién fue el que dijo que todo consiste en andar por ahí sin deseos y con los ojos abiertos? ¿No fue Rilke?
    —Supongo que sí. Es muy de Rilke, en todo caso. Voy a ver qué ocurre con el cordero.
    Delbeck fue hasta la cocina y volvió con un plato donde había dos tajadas de lomo y un pan. Comimos despacio, como un par de animales silenciosos en medio de la noche.
    —Traté de adoptar ese criterio durante algún tiempo...
    —Qué criterio —preguntó él.
    —El de caminar con los ojos abiertos y sin deseos. Fue un breve periodo en Los Ángeles, y no obtuve ningún resultado. Pensándolo bien... hay un montón de cosas que no me dieron resultado. La última ha sido este viaje a Troya, como dice Julia, con las consecuencias visibles
    Delbeck me miró achicando sus ya pequeños ojos color acero y dijo que él no creía en absoluto que el caso—mi asunto sentimental, como lo había definido Adriana— estuviese cerrado:
    —Esa dama volverá al ataque, ya verás, aunque no sepamos si para bien o para mal.
    —No voy a verla más. Creo que lo tengo decidido. Probablemente debería verla una vez y después nunca más.
    —Qué pendejo...
    —Tengo cuarenta años.
    —Repito: qué pendejo. A ver, dame tu vaso. Eso es.
    —Tu mujer dice que gasté aceleradamente los primeros diez años dorados de mi vida. No sé muy bien qué entiende ella por dorados...
    —Las mujeres tienen sus ideas y Julia las suyas... No hay nada como este cordero. Viva mi mujer.
    —Viva. Oiga, compañero, ¿por qué cree usted que el caso no está del todo cerrado?
    —Imposible fundamentarlo, pero así lo creo.
    —Bueno, muchísimas gracias. Fuiste de una gran ayuda.
    —Silencio. . . Julia parece a punto de despertar.
    —Tengo que hablar con Adriana, no hay ninguna razón para que yo sea el motivo de su actitud hacia, en definitiva, todos nosotros...
    —Yo no intentaría nada en tu lugar.
    —¿Mejor esperar a que lo intente ella?
    —A mi juicio ninguno de los dos tendría que aclarar nada, ya que nada tienen que decirse acerca de lo que ocurrió. ¿O hay acaso entre ustedes algún compromiso que yo desconozca?
    —Nada, en absoluto.
    —Bueno, entonces no seas pendejo y vamos a nadar.
    —Preferiría quedarme acá dos minutos. Son las tres de la mañana y sería más sano irnos a dormir.
    —Puede ser. Pero antes de cualquier decisión tomemos el décimo vaso de la madrugada...
    —¿El décimo?
    —Es un modo de decir.
    Levantó la botella —considerablemente mermada—y colmó nuevamente los vasos de cristal grueso.
    —No está mal.
    —Está muy bien.
    —Salud.
    —¿Cómo va el brazo?
    El brazo sólo me molestaba cuando lo movía demasiado, pero podía manejar perfectamente los cubiertos y desenvolverme correctamente en la mesa y podía asimismo conducir un auto, siempre que no me viera obligado a practicar alguna maniobra brusca e inesperada. Los magullones de la cabeza me ardían un poco cuando, después del baño, me ponía al sol.
    —La idea es—dije, riéndome por lo bajo—que a veces uno se topa con Goliat sin ser David. Confieso que esto no me sucedía desde el colegio.
    —Bueno, teniendo en cuenta la desproporción de peso y masa entre los contendientes, los daños no han sido demasiado severos.
    Julia y Adriana me habían cambiado el vendaje, en una exquisita y dulce competencia samaritana que me hizo disfrutar de mis penurias, porque mientras una me limpiaba la herida—aplicando muy suavemente el desinfectante—, la otra, muy cerca de mi cara, se dedicaba al rasguño de mi ceja. Hubiera podido besarle la nariz. Luego me pusieron un nuevo vendaje que iba desde el codo hasta el hombro del brazo izquierdo, y al fin un apósito sobre la ceja del ojo derecho. Era apenas un breve corte horizontal pero molestaba más que todo el resto, principalmente cuando intentaba un gesto más o menos expresivo.
   
Después de la sorpresa del primer momento (alarma, indignación, súbita piedad) a Adriana le había hecho bastante gracia mi —por así llamarlo— "deterioro". Al parecer, terminaba por resultar divertido el espectáculo de un tipo tan meticulosamente apaleado. Me pregunté también, pero fue tan sólo el roce de una duda penumbrosa, qué porción de malignidad vindicativa había en su risa, qué efímero goce, inconfesable incluso para ella misma.
    La primera reacción de Delbeck (absolutamente civilizada) había sido la de plantar una denuncia, apretando el agresor contra "el rigor de la justicia" y, en lo posible, mandarlo a la sombra.
    —No puede ser —había dicho, generalizando inmediatamente su argumento— que en este país alentemos la impunidad con tolerancias injustificadas.
    Mi agresor, como él lo calificaba, había esgrimido un arma —aunque de corto calibre, es cierto—y me había disparado en el brazo. Es lo que yo prefería creer, porque me resultaba francamente escandaloso pensar que hubiese querido liquidarme, sobre todo cuando pudo haberlo hecho perfectamente y no creo que, en ése caso, fuera a errar el tiro. Además, yo estaba en su propiedad, exactamente como un intruso.
    El proyectil había atravesado el borde externo de la porción larga del bíceps, de modo que sentí de inmediato un efecto de paralización en todo el brazo pero casi ningún dolor, salvo una especie de tirón fuerte y luego un punto de ardor allí por donde había pasado la bala. Tan poco advertido fue el impacto que, recuerdo, seguí en pie tratando de ablandar el abdomen de Ricardo Wintersil con mis puños o reventarlo con mis rodillas, mientras él descargaba un último golpe largo sobre mi frente y salía de cuadro dejándome en medio de mi propia sangre, lo cual siempre tiene un efecto dignamente conmovedor.
    Sentí después el gusto áspero y desagradable de la tierra en los labios y vi un horizonte próximo medio ladeado, como si se tratara de un plano vacilante. Pero pude incorporarme casi de inmediato y vi entonces que ella retrocedía gritando, en tanto él la arrastraba de la muñeca y subían, rápidamente, a la pickup Ford de la que hacía apenas unos momentos él había descendido con la intención proclamada de "dialogar" à trois.
    Sí, tuvimos un diálogo excelente. El motor arrancó con un oscuro gruñido (también enojado y violento, por lo visto) y la camioneta se alejó envuelta en un remolino de polvo blanco.
    —...Tolerancia absolutamente injustificada.
    —...Hubo daños personales—señalaba Julia en el momento de ajustarme el vendaje—, de modo que se debe exigir una reparación...
    —...Puedo entender una pelea —razonaba Adriana— pero no admito la premeditación de un arma.
    Me bastaba con evocar el encuentro y el súbito desenlace en pelea, choque físico inesperado de mi parte, para que todo me pareciera absurdo y ridículo. Principalmente porque el saldo último, con el regusto intragable de lo inútil, tenía la mezquina facultad de proyectar una luz trivial sobre toda la historia, como si la culminación, con su mácula, desmintiera la veracidad de su desarrollo. Me opuse —creo que por esa misma razón— a presentar una denuncia. Mi posición era la de quien prefiere olvidar el mal trago, sorprendiéndose al mismo tiempo —era yo el que me sorprendía—, no ya de no haber experimentado odio o algún tipo de sentimiento hostil que contribuyera a descalificar a mi adversario— un desconocido, pero, en definitiva, el que me había puesto fuera de combate—, sino de entenderlo y casi justificarlo frente al mayor peligro —humillante— que yo encarnaba.
    Pero lo cierto es que no se puede mover una pieza clave del tablero sin que se altere todo el juego y sin que esa alteración se traduzca en fortuna de un lado y desdicha del otro. Máxime cuando lo que se mueve es la dama.
    —¿Y ella? —había preguntado Adriana sin (aparentemente) atreverse a pronunciar el nombre de su amiga—. ¿Qué hizo ella?
    En realidad, ella no hizo nada. Sospecho que se sintió tan paralizada como mi propio brazo, y quizás helada de terror ante "la fuerza del destine" y sus eventuales y ominosas determinaciones. Incapaz de decir sí e incapaz de decir no, de dar un paso en un sentido o en otro... Hubiera sido suficiente que se aferrara a mí. Pero, en rigor, no lo hizo y permitió, en cambio, que él la arrastrara, poniendo fin de ese modo —con su pasividad—a lo que había surgido como una forma de perturbación (un virus, un daño, un error) en un sistema "perfectamente acomodado" y, par supuesto, consolidado. Debo confesar que sentí odio por ella. Debo confesar que la detesté. Y, al fin, él la sacó de escena, de mi escena, de nuestra escena, y yo quedé como si dijéramos en media del polvo —vuelvo a señalarlo: literal y metafóricamente, permítaseme la basta licencia—, porque cuando vi toda aquella sangre en mi brazo, a la que había precedido la seca descarga de petardo casi inaudible para quien no estuviera allí, me senté o me dejé caer de cara en el de tierra apisonada y ladrillo molido que llevaba de la verja de entrada hasta la puerta de la casa. Casa, como se explicó (aunque no sé si se explicó) de la propiedad conyugal, si bien en el origen era parte de la dote de ella, ¿pero a quién puede interesar tal detalle? Lo cierto es que cuando él llegó, ella y yo yacíamos, alegre, dramáticamente, desde hacía casi dos días en aquella cama de campo, de gruesos soportes y generosa anchura.

 

 


   

de "El factor sentimental", publicado por Planeta. ©1990 R. Rabanal. © 1990 Planeta.

 

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