Torturas Clásicas |
Fruits purs de tout outrage et vierges
[de gerçures.
Dont la chair lisse et ferme appelait
les morsures!
Baudelaire |
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Salvo algunas inferencias
barrocas --tales como la "Virgen de hierro", la muerte por agua o la jaula--
la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente
clásico que se podría resumir así:
Se escogían varias muchachas altas, bellas y
resistentes --su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años-- y se las
arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su
trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que
la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en
llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego;
les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les
practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír
gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía
demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel
embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la
dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su
aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante
esa breve interrupción?). También los muros y el techo se
teñían de rojo.
No siempre la dama permanecía ociosa
en tanto los demás se afanaban y trabajaban en torno a ella. A veces
colaboraba, y entonces, con gran ímpetu, arrancaba la carne --en
los lugares más sensibles-- mediante pequeñas pinzas de plata,
hundía agujas, cortaba la piel de entre los dedos, aplicaba a las
plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas al fuego, fustigaba (en el
curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie a una muchacha que
acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba muerta);
también hizo morir a varias con agua helada (un invento de su hechicera
Darvulia consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y
dejarla en remojo toda la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía
traer a su lecho y las mordía.
Durante sus crisis eróticas, escapaban de
sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones
soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría,
enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su
risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas
muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo
desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno.)
... sus últimas palabras, antes de
deslizarse en el desfallecimiento concluyente, eran: "Más,
todavía más, más fuerte!"
No siempre el día era inocente, la noche
culpable. Sucedía que jóvenes costureras aportaban, durante las
horas diurnas, vestidos para la condesa, y esto era ocasión de
numerosas escenas de crueldad. Infaliblemente, Dorkó hallaba defectos
en la confección de las prendas y seleccionaba a dos o tres cupables
(en ese momento los ojos lóbregos de la condesa se ponían a
relucir). Los castigos a las costureritas --y a las jóvenes sirvientas
en general-- admitían variantes. Si la condesa estaba en uno de sus
excepcionales días de bondad, Dorkó se limitaba a desnudar a las
culpables que continuaban trabajando desnudas, bajo la mirada de la condesa, en
los aposentos llenos de gatos negros. Las muchachas sobrellevaban con penoso
asombro esta condena indolora pues nunca hubieran creído en su
posibilidad real. Oscuramente, debían de sentirse terriblemente
humilladas pues su desnudez las ingresaba en una suerte de tiempo animal
realzado por la presencia "humana" de la condesa perfectamente vestida que las
contemplaba. Esta escena me llevó a pensar en la Muerte --la de las
viejas alegorías; la protagonista de la Danza de la Muerte. Desnudar es
propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación de
las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el
desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y
estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el
paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzébet
Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder,
a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero,
¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y
dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de
la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto
es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque,
¿cómo ha de morir la Muerte?
Volvemos a las costureritas y a las sirvientas. Si
Erzébet amanecía irascible, no se conformaba con cuadros vivos,
sino que:
A la que había robado una moneda le pagaba
con la misma moneda... enrojecida al fuego, que la niña debía
apretar dentro de su mano.
A la que había conversado mucho en horas de
trabajo, la misma condesa le cosía la boca o, contrariamente, le
abría la boca y tiraba hasta que los labios se desgarraban.
También empleaba el atizador, con el que
quemaba, al azar, mejillas, senos, lenguas...
Cuando los castigos eran ejecutados en el aposento
de Erzébet, se hacía necesario, por la noche, esparcir grandes
cantidades de ceniza en derredor del lecho para que la noble dama atravesara
sin dificultad las vastas charcas de sangre.
(Alejandra Pizarnik, de La condesa sangrienta, 1971)
[Primera Página]
[Pizarnik]