¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En
abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda
una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos:
desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana.
A él, en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje
cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre
de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa
y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan joven que al principio
me costó reconocerla. PD. Por supuesto tenemos que hablar. Hay otras versiones que tendrás
que conocer. Espero que vengas a verrne. Ya casi no me muevo,
he engordado demasiado. La historia es el único lugar donde consigo
aliviarme de esta pesadilla de la que trato de despertar. Esa fue la primera carta y así empieza verdaderamente esta
historia. 2 Alguien, un crítico ruso, el crítico ruso Iuri Tinianov, afirma
que la literatura evoluciona de tío a sobrino (y no de padres
a hijos). Expresión enigmática que nos ha de servir por el momento,
ya que es el mejor resumen de tu carta que conozco. Existen por supuesto otras versiones y varias se fraguaron,
para decir la verdad, mientras velaban a Esperancita, que parecía
una muñeca de porcelana, cubierta de tules y flores de azahar.
Nadie la lloraba, pobre mujer, y algunos dicen que antes de morir
la escucharon repetir dos veces: Buenos Aires, Buenos Aires, igual
que a José Hernández en el momento de expirar en los brazos de
su hermano Rafael. Como ves, le escribo a Maggi, ella no murió
con tu nombre en sus labios. ¿Entonces lo viste a don Luciano? Tullido y todo, él es el único
que vale la pena entre toda esa banda de tilingos. No sé si le
conocés la historia. En el año '31, en una cancha de paleta donde
se festejaba el 25 de mayo, un tipo medio borracho le metió un
tiro. El viejo estaba en el palco haciendo un discurso y el borracho
dijo: Que se calle ese mamao, y sacó el revólver que le habían
dado para disparar una salva en homenaje a la presencia del embajador
inglés que había viajado expresamente a Bolívar invitado por el
viejo, que era dueño de casi todo el partido, y le metió un tiro.
Después que pasó el barullo el viejo se puso pálido pero igual
siguió hablando, teniéndose fuerte de la baranda del palco embanderado,
y nadie se hubiera dado cuenta de nada si no fuera porque el viejo
empezó a entreverar puteadas en el discurso, hasta que de pronto
se le oyó decir, muy claro por el micrófono: Me cagaron. Me cagaron,
dijo. Son los del Klan radical, dijo el viejo y se vino al suelo.
El tipo que lo había herido era un ex jockey que se ganaba la
vida corriendo cuadreras en los hipódromos clandestinos de la
zona y le dieron tantos palos que quedó medio tocate un tango
y nunca se pudo saber la verdad. Lo único que el jockey alcanzó
a decir antes que empezaran a felpearlo fue que le habían dicho
que el revólver estaba cargado con balas de fogueo. Al viejo el
tiro le entró por un costado y le rozó la columna y lo dejó inválido
para toda la vida. Y pensar, me decía, que lo único que realmente
me interesa en el mundo, aparte de la política, es culear y andar
a caballo. Al verlo uno tenía tendencia a ser metafórico y él
mismo reflexionaba metafóricamente. Estoy paralítico, igual que
este país, decía. Yo soy la Argentina, carajo, decía el viejo
cuando deliraba con la morfina que le daban para aliviarle el
dolor. Empezó a identificar la patria con su vida, tentación que
está latente en cualquiera que tenga más de 3.000 hectáreas en
la pampa húmeda. Se inyectaba a toda hora y eso le daba una rara
lucidez y le fue haciendo cambiar el modo de pensar, con decirte
que al final quería regalarles la tierra a los peones. En el año
1902 se había comprado medio partido de Bolívar a veinte pesos
la hectárea en un remate judicial amañado por la gavilla de Ataliva
Roca. De vez en cuando hablaba de eso y el remordimiento no lo
dejaba dormir. Los milicos metieron a todos los gringos en un
tren carguero, contaba, y los mandaron al infierno, por el lado
de las salinas de Carhué. ¿Qué se habrá hecho de toda esa pobre
gente?, decía el viejo, que en el fondo había empezado a pensar
que el tiro en la columna se lo tenía merecido. Si sabré yo lo
bárbaro que hay que ser en este país para llegar a algo, decía
el viejo. Los hijos lo tenían recluido en un ala de la casa y
le daban toda la droga que quisiera con tal que se dejara de joder.
Yo lo quiero a ese hombre, me escribía Maggi, y si te confundió
conmigo es porque yo tenía tu edad cuando empecé a frecuentarlo.
Siempre me entendí mejor con él que con su hija Esperancita, a
quien Dios tenga en la gloria. A veces lo sacaba a tomar sol,
empujando la silla de ruedas, y el viejo estaba hablando lo más
tranquilo y de pronto daba vuelta la cara, lívido, y me decía:
Nunca aceptés decir un discurso arriba de un palco aunque sea
el 25 de mayo. ¿Me oís, Marcelo? Aunque sea el 25 de mayo y esté
el embajador inglés y toda la parentela, vos no aceptés porque
es ahí donde los tipos aprovechan para meterte un tiro en la columna
vertebral. En realidad, yo empecé a visitarlo por encargo del
partido durante la segunda abstención: sabíamos que estaba cambiando
y queríamos ver si nos ponía la firma en un documento contra el
fraude, porque el viejo había estado entre los fundadores de la
Unión Conservadora en la época de la ruptura entre Roca y Pellegrini
y después había sido Senador y tenía mucho prestigio. El viejo
firmó lo más pancho, y eso que era primo hermano del general Uriburu.
Pero con estos papelitos no vamos a ningún lado, decía. Ma qué
voto secreto ni qué niño muerto. Hay que armar a la peonada. Hay
que armar a la peonada, decía el viejo, ¿no se dan cuenta? A estos
calzonudos hay que correrlos a tiros. La peonada, decía el viejo,
¿con quién está? Así fue como empecé a visitarlo y así fue como
la conocí a Esperancita. Fue el viejo, por otro lado, el que empezó
a hablarme de Enrique Ossorio, que era su abuelo, y me dejó ver
el cofre con el archivo de la familia. La lectura de esos papeles
y el romance con la hija vinieron juntos. No sé por qué lado me
pasaba la pasión en ese entonces pero ella me parecía dulce y
era muy joven. La verdad que yo al principio iba a la casa a hablar
con el viejo y él de a poco empezó a desenterrar la historia del
suicida, del traidor, del buscador de oro. Pero ésa es otra parte
del cuento, que ya te voy a contar, porque en eso, quién te dice,
vas a poder ayudarme, me escribía Maggi. Lo cierto es que trabajo
en esos papeles desde hace años y a veces pienso que don Luciano
no se muere porque está esperando que yo termine y no quiere sentirse
decepcionado. Claro que para todos el viejo está loco, pero también
para todos estaba loco Enrique Ossorio e incluso yo mismo, sin
ir más lejos.
Respiración artificial
La foto es de 1941; atrás él había escrito la fecha y después,
como si buscara orientarme, transcribió las dos líneas del poema
inglés que ahora sirve de epígrafe a este relato.
No hubo otra tragedia en la historia de mi familia; ningún
otro héroe digno de ser recordado. Varias versiones circulaban
en secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna,
mujer que llevaba el increíble nombre de Esperancita y de la que
se decía que era delicada del corazón y que siempre dormía con
la luz encendida y que en sus horas de melancolía rezaba en voz
alta para que Dios pudiera oírla, el hermano de mi madre había
desaparecido a los seis meses de matrimonio llevándose todo el
dinero de su señora esposa para irse a vivir con una bailarina
de cabaret de sobrenombre Coca. Con perfecta calma, sin perder
su helada cortesía, Esperancita denunció el robo, movió influencias,
hasta lograr que la policía lo encontrara,unos meses después,
viviendo a todo tren y con nombre supuesto en un hotel de Rio
Hondo.
Me acuerdo de los recortes de diarios donde se hablaba del
caso, escondidos en un cajón más o menos secreto del ropero, el
mismo en el que mi padre guardaba Fisiología de las pasiones y mecáníca sexual del profesor T. E. Van de Velde, autor de El matrimonio perfecto, y el libro de Engels sobre El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, junto con cartas, papeles y documentos diversos, entre ellos
mi propia partida de nacimiento. Después de complicadas operaciones
que ocupaban las siestas de mi infancia yo abría el cajón y en
secreto espiaba los secretos de aquel hombre del que todos, en
casa, hablaban en voz baja. Convicto y confeso decía (me acuerdo)
uno de los titulares y siempre me emocionaba ese título, como
si aludiera a acciones heroicas y un poco desesperadas. "Convicto
y confeso": repetía y me exaltaba porque no entendía bien el significado
de las palabras y pensaba que convicto quería decir invencible.
El hermano de mi madre estuvo preso casi tres años. A partir
de entonces es poco lo que se sabe de él; en ese momento empiezan
las conjeturas, las historias imaginadas y tristes sobre su destino
y su vida extravagante; parece que ya no quiso saber nada con
la familia, no quiso ver a nadie, como si se estuviera vengando
de un agravio recibido. Una tarde, sin embargo, la Coca había
venido a casa. Orgullosa y distante vino a traer parte del dinero
y la promesa de que todo sería devuelto. Yo conozco las interpretaciones,
los relatos del encuentro, y sé que Esperancita le decía M'hija
a esa mujer que casi podía ser su madre y que Coca usaba un perfume
que mi padre jamás pudo olvidar. "Ustedes ?dicen que dijo antes
de irse? nunca van a saber qué clase de hombre es Marcelo" y cuando
el relato llegaba ahí, fatalmente y casi sin darme cuenta, yo
me acordaba de la histórica frase de Hipólito Yrigoyen sobre Alvear
después del golpe del '30, extraña asociación, motivada, también,
por el hecho de que Esperancita estaba emparentada con el general
Uriburu.
A partir de ahí y durante tres años Esperancita recibió, cada
dos meses, un cheque hasta que la deuda quedó saldada. De ese
tiempo vienen mis primeros recuerdos de ella o más bien una imagen
que siempre he pensado que es mi primer recuerdo: una mujer bellísima,
frágil, con una expresión de arrogancia y desgano en la cara que
se inclina hacia mí mientras mi madre me dice: "A ver, Emilio,
¿qué se le dice a la tía Esperancita?". Se le decía: "Gracias",
a ella más que a ninguna otra. Emblema del remordimiento familiar,
era como un objeto raro y demasiado fino que nos hacía sentir
a todos incómodos y torpes. Me acuerdo que cada vez que ella venía
mi madre sacaba la vajilla de porcelana y usaba unos manteles
almidonados que crujían como si fueran de papel. Y ella supo venir
a casa, de visita, una o dos veces por mes, en general los domingos
o los jueves, hasta que se murió.
El hermano de mi madre no llegó a enterarse de que ella había
muerto. Desaparecido sin dejar rastros, en alguna de las versiones
se decía que seguía preso y en otras que estaba viviendo en Colombia,
siempre con la Coca. Lo cierto es que él nunca supo que ella había
muerto, nunca supo que cuando Esperancita murió encontraron una
carta que le estaba dirigida donde ella confesaba que todo era
mentira, que nunca había sido robada y hablaba de la justicia
y del castigo pero también del amor, cosa rara siendo quien era.
No podía menos que atraerme el aire faulkneriano de esa historia:
el joven de brillante porvenir, recién recibido de abogado, que
planta todo y desaparece; el odio de la mujer que finge un desfalco
y lo manda a la cárcel sin que él se defienda o se tome el trabajo
de aclarar el engaño. En fin, yo había escrito una novela con
esa historia, usando el tono de Las palmeras salvajes; mejor: usando los tonos que adquiere Faulkner traducido por
Borges con lo cual, sin querer, el relato sonaba a una versión
más o menos paródica de Onetti. Ninguno de nosotros, de los que
estuvimos ahí la noche en que se entrevió por fin, en la entristecida
penumbra que siguió a la tarde del entierro, el secreto de esa
venganza cultivada durante años, ninguno de nosotros no pudo no
pensar que asistíá a la más perfecta forma del amor que un hombre
puede dispensar a una mujer; pacto piadoso del que parece difícil
prever el carácter o las consecuencias de las heridas infligidas
pero no la intención y la deseada bienaventuranza. Así empezaba
la novela y así seguía durante 200 páginas. Para evitar el costumbrismo
y el estilo oral que hacían estragos en las letras nacionales
yo (como quien dice) me había ido a la mierda. Todavía se encuentran
algunos ejemplares de la novela en las mesas de saldos de las
librerias de Corrientes y hoy lo único que me gusta de ese libro
es el título (La prolijidad de lo real) y el efecto que produjo en el hombre al que, sin querer, le
estaba dedicado.
Extraño efecto, hay que decirlo. La novela apareció en abril.
Un tiempo después me llegaba la primera carta.
Primeras rectificaciones, lecciones prácticas (decía la carta).
Nunca nadie hizo jamás buena literatura con historias familiares.
Regla de oro para los escritores debutantes: si escasea la imaginación
hay que ser fiel a los detalles. Los detalles: la turra de mi
primera mujer, boquita fruncida, se le veían las venas bajo la
piel traslúcida. Pésima señal: piel transparente, mujer vidriosa,
me di cuenta demasiado tarde. Otra cosa: ¿quién les habló de mi
viaje a Colombia? Tengo mis sospechas. En cuanto a mí: he perdido
los escrúpulos en relación con mi vida, pero supongo que deben
existir otros temas más instructivos. Por ejemplo: las invasiones
inglesas; Pophan, un caballero irlandés al servicio de la reina.
Let not the land once proud of him insult him now. El comodoro Pophan hechizado por la plata del Alto Perú o los
paisanos despavoridos huyendo en las chacras de Perdriel. Primera
derrota de las armas de la patria. Hay que hacer la historia de
las derrotas. Nadie debe mentir en el momento de la muerte. Todo
es apócrifo, hijo mío. Me patiné toda la plata del Alto Perú y
si ella dice que no, es porque intenta despojarme del único acto
digno de mi vida. Sólo los que tienen dinero desprecian el dinero
o lo confunden con los malos sentimientos. Fueron un millón seiscientos
y monedas, pesos del año '42, resultado de herencias varias y
de la venta de unos campos en Bolívar (campos que yo le hice vender
con santa intención, como ella reprocha bien, aunque no fui yo
quien le hizo morir a los parientes de los que hereda). Traté
de poner una boite en Cangallo y Rodríguez Peña, pero me encontraron
antes. (¿De dónde sacan lo de Río Hondo?) Le devolví la plata
y los intereses: cierto que la Coca fue a verlos y a mi madre
por poco le da un síncope. No cuentan que ella le dijo: Me cago
en tu alma, la primera vez que Esperancita le dijo M'hija y que
hubo que darle sales. Si estuve preso y si salí en los diarios
fue porque soy radical, hombre de don Amadeo Sabattini y en ese
tiempo nos querían reventar a todos porque se venían las elecciones
del '43 que después pararon con el golpe de Rawson.(¿Tampoco te
contaron esa historia?) Estábamos desorientados los radicales,
sin los ímpetus de las épocas heroicas, cuando defendíamos a tiros
el honor nacional y nos hacíamos matar por la Causa. ¿Así que
me perdona en el testamento? No ves que es loca , siempre cagó
de parada, me consta, porque alguien le dijo que era más elegante.
Antes de morir dice que yo no la robé. Así de misteriosa es la
oligarqula y esas son las hijas que engendra. Gráciles, ilusorias,
inevitablemente derrotadas. No se debe permitir que nos cambien
el pasado. Haced que el país antes orgulloso de él no lo insulte
ahora decía Pophan. La Coca se instaló por su cuenta en el Uruguay,
departamento de Salto. A veces tengo noticias de ella, y si me
vine a vivir a este lugar fue para estar cerca de esa mujer, tenerla
del otro lado del río. No se digna recibirme porque es altiva
y trivial, porque está vieja. Me levanto al alba; a esa hora todavía
se ve la luz de los farolitos, en la otra orilla. Enseño historia
argentina en el Colegio Nacional y a la noche voy a jugar al ajedrez
al Club Social. Hay un polaco que es un as; acostumbraba jugar
con el principe Alekhine y con James Joyce en Zurich, y uno de
los anhelos de mi vida es empatarle una partida. Cuando está borracho
canta y habla en polaco; anota sus pensamientos en un cuaderno
y se dice discípulo de Wittgenstein. Le he dado a leer tu novela:
la leyó con atención sin sospechar que ese tipo del que se cuentan
sucios sueños soy yo mismo. Prometió escribir una reseña en El
telégrafo, diario local. Ya publicó varias notas sobre ajedrez
y también algunos extractos del cuaderno donde registra sus ideas.
Su ilusión es escribir un libro enteramente hecho de citas. No
muy distinta es tu novela, escrita a partir de los relatos familiares;
a veces me parece escuchar la voz de tu madre; que hayan sabido
disfrazarla con ese estilo enfático no deja de ser, también, una
muestra de delicadeza. Las distorsiones, en todo caso, derivan
de ahí. Debo pedirte, por otro lado, la máxima discreción respecto
a mi situación actual. Discreción máxima. Tengo mis sospechas:
en eso soy como todo el mundo. De todos modos, ya te digo, actualmente
no tengo vida privada. Soy un ex abogado que enseña historia argentina
a jóvenes incrédulos, hijos de comerciantes y chacareros de la
localidad. Este trabajo es saludable: no hay como estar en contacto
con la juventud para aprender a envejecer. Hay que evitar la introspección,
les recomiendo a mis jóvenes alumnos, y les enseño lo que he denominado
la mirada histórica. Somos una hoja que boya en ese río y hay
que saber mirar lo que viene como si ya hubiera pasado. Jamás
habrá un Proust entre los historiadores y eso me alivia y debiera
servirte de lección. Podés escribirme, por ahora, al Club Social,
Concordia, Entre Ríos. Te saluda: el Profesor Marcelo Maggi Pophan.
Educador. Radical sabattinista. Caballero irlandés al servicio
de la reina. El hombre que en vida amaba a Parnell, ¿lo leiste?
Era un hombre despectivo pero hablaba doce idiomas. Se planteó
un solo problema: ¿cómo narrar los hechos reales?
Casi un año después yo iba hacia él, muerto de sueño en el
vagón destartalado de un tren que seguía viaje al Paraguay. Unos
tipos que jugaban a los naipes sobre una valija de cartón me convidaron
con ginebra. Para mí era como avanzar hacia el pasado y al final
de ese viaje comprendí hasta qué punto Maggi lo había previsto
todo. Pero eso pasó después, cuando todo terminó; antes recibí
la carta y la fotografía y empezamos a escribirnos.
Por mi lado, ningún interés en la política. De Yrigoyen me
interesa el estilo. El barroco radical. ¿Cómo es que nadie ha
comprendido que en sus discursos nace la escritura de Macedonio
Fernández? Tampoco comparto tu pasión histórica. Después del descubrimiento
de América no ha pasado nada en estos lares que merezca la más
mínima atención. Nacimientos, necrológicas y desfiles militares:
eso es todo. La historia argentina es el monólogo alucinado, interminable,
del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcripto por
Roberto Arlt.
Ahora bien, ¿construiremos a dúo la gran saga familiar? ¿Volveremos
a contarnos toda la historia? Por el momento te adjunto el siguiente
resumen.
Se decía de vos:
1. Que le habías hecho la corte a Esperancita al enterarte
que era biznieta de Enrique Ossorio porque estabas interesado
en un cofre donde se guardaban los documentos de la familia.
2. Que en realidad eran esos papeies los que de veras te interesaban,
pero que no había una cosa sin la otra.
3. Oue desde hace años trabajás en una biografía (o algo así)
de ese prócer olvidado que fue secretario privado de Rosas y espía
al servicio de Lavalle.
4. Que te hiciste yrigoyenista en la década del treinta, a
destiempo como en todo, y que eso está oscuramente ligado a tu
fuga con la Coca.
5. Que si vivís en Concordia, pueblo de frontera, es porque
te dedicás al contrabando.
El único que te nombró fue don Luciano Ossorio, el padre de
la difunta, que ya pasó los noventa años y se mueve en una silla
de ruedas. Cuando me vio entrar al velatorio cruzó el salón haciendo
crepitar las llantas de goma sobre el piso de parquet. Usted,
me dijo, le escribo a Maggi, se parece a Marcelo. Una manta escocesa
le cubría las piernas y alzó su cara de buitre para decirme: ¿Usted
lo ve a Marcelo? ¿El no le ha preguntado por mí?
¿Así que me dedico al contrabando? ¿Por qué no? Al fin y al
cabo este país le debe la independencia al contrabando. Todos
se dedican a eso por aquí, cosa de nada; pero yo, como ya habrás
de ver, contrabandeo otras ilusiones.
Anoche, por ejemplo, me quedé hasta la madrugada discutiendo
con Tardewski, mi amigo polaco, ciertas modificaciones que podrían
introducirse en el juego del ajedrez. Hay que elaborar un juego,
me dice, en el que las posiciones no permanezcan siempre igual,
en el que la función de las piezas, después de estar un rato en
el mismo sitio, se modifique: entonces se volverán más eficaces
o más débiles. Con las reglas actuales, dice, me escribe Maggi,
esto no se desarrolla, esto permanece siempre idéntico a sí mismo.
Sólo tiene sentido, dice Tardewski, lo que se modifica y se transforma.
En estos debates figurados matamos los ocios de provincia;
porque en provincia, como se sabe, la vida es monótona. Un abrazo.
Soy el profesor Marcelo Maggi.