Cuando abre la puerta es tan cortés como poco imponente: mediano,
tirando a bajo, anteojos comunes de marco negro, cabello en desorden
con algunas canas, peinado hacia atrás a lo Gramsci, sonrisa tanguera.
Mientras subimos le comento el delirio de espejos que complica
las imágenes en el vestíbulo, y dice algo sobre el constructor
de ese edificio de Marcelo T. de Alvear y Ayacucho, donde trabaja.
Cuando se sienta y, después de servir el té, empieza a rememorar
el pasado, se transforma. Para 1977 ya hacia una década que Ricardo Piglia vivía en Buenos
Aires y había publicado dos libros de cuentos (La invasión y Nombre falso). Ese año comenzó a escribir lentamente una novela, sin saber
hacia dónde iba. En principio iba a ser el rescate de un hombre
del XIX, Enrique Osorio. Después le agregó el epistolario entre
un tío historiador y su sobrino, Emilio Renzi. Sumó a la mezcla
a un censor de cartas y a un polaco, Tardewski, que conversa durante
más de cien páginas con Renzi, en Concordia. Así llegó al núcleo
de la novela un hipotético encuentro entre Hitler y Kafka. "En
una primera versión no hablaban más de quince páginas. Después
empezó a crecer. Si leés con cuidado, te das cuenta de que ni
Tardowski ni yo sabíamos todavía cómo iba a ser el cruce entre
Kafka y Hitler." En su primera edición, Respiración artificial, publicada por Pomaire en 1980, tuvo inmediata repercusión en
el ambiente literario. Hubo una segunda en 1985. Las ventas sostenidas
de ambas, y la aparición de una tercera edición en Sudamericana
(1988), demostraron haste qué punto se había convertido Piglia
en alguien a quien «hay que leer». Desde que nació hasta los diez años, Ricardo fue un feliz hijo
único. Cuando llegó su hermano Carlos, el padre, ya peronista,
había pasado del ferrocarril al comercio, y lo envió a un colegio
de curas. "Me mandan al frente a hacer la experiencia de ascenso:
voy al colegio de las familias bien de Lomas y Adrogué. Para mí
es una revolución cultural, porque salgo del potrero. Era un poco
la idea de mi madre, sacarme de la calle." Más que un estudio, el sitio donde estamos es un amplio departamento
vivido, con rastros de años: una biblioteca de estantes metálicos,
algunos cuadros y objetos dispersos, una mecedora de rafia, más
de una mesa, una cocina amplia. Todo empastado por la luz media
gris de las ventanas. Un pasillo conduce al baño, y a otra pieza,
con más libros y la computadora. En el dormitorio hay una gran
caja de cartón que contiene el famoso Diario, más algunos cuadernos
sueltos cuyas tapas de hule negro están pegadas por el tiempo. El año pasado Piglia elaboró el texto de una ópera con música de
Gerardo Gandini, a partir de La ciudad ausente. "El eje fue la potencia de la música de Gerardo. Hice dos cosas.
Concentré todo en la historia melodramática central de la novela,
un poco perdida en el libro: el tipo que hace un pacto con Russo
porque no puede soportar la muerte de la mina, para que construya
una máquina que la eternice, sin imaginar que él va a morir y
ella va a quedar prisionera. En ese núcleo se sostiene la estructura
dramática. Después, en vez de poner las micronovelas escribi tres
microóperas nuevas, que no están en el libro. No digo que escribí
poesía, sería presuntuoso. Escribí una prosa que pudiera ser cantada.
Y trabajamos todo lado a lado con Gandini." Las dos largas tardes del reportaje lo llevaron a pensar en los
ciclos de su vida. Enumera los cinco años de facultad en La Plata,
la década de trabajo en las editoriales porteñas (hasta el 76),
los cursos como visiting professor en Estados Unidos (del 77 al 90), "y del 90 para acá, el cine."
Porque en ese período filmó cinco guiones. El primero para Héctor
Babenco. "Me llamó y me dijo que quería que trabajáramos juntos
sobre Prisión perpetua. El también había vivido en Mar del Plata, y lo fascinaba el
personaje de Ratliff, un yanqui extraño que fue fundamental para
mi formación, en los dos años que viví allí. Fuimos juntos al
hotel Hermitage, y fue divertido, porque lo recordábamos maravilloso
y era terrible. Parecíamos dos viejos gays: cada uno en su pieza
y juntándonos para converser. La historia quedó al fin en dos
bloques: como si fueran dos películas de una hora. Se llama Foolish Heart. En el 55, el clima se puso espeso para don Piglia en Adrogué. Bruscamente
decidió mudarse a Mar del Plata, "levantar campamento". "Detrás
había una historia política, una cosa de rencores y odios barriales.
Así que se fue a la aventura. Cuando llegó a Mar del Plata en
seguida consiguió trabajo en seguros. Pero para mí fue un desparramo
absoluto. Perdí parte de la familia, amigos, primos que eran como
hermanos." En Mar del Plata pronto haría sin embargo un nuevo
grupo de amigos, se conectaría con la gente del Cine Club, conocería
a Ratliff, descubriría el mar. Pero los primeros días fueron terribles.
Ricardo Piglia
Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué en 1940. La familia
de su madre llevaba más de una generación en la ciudad: "Era la
menor de diez hijos. Mis abuelos se habían instalado hacía décadas
y la familia había ido comprando todas las casas de la manzana:
hasta que se convirtió en una especie de cuadra tomada". Piglia
padre, en cambio, venía de una familia de ferrocarrileros: llegó
del campo y consiguió trabajo en la estación local. Tranquilizado
por la regularidad del sueldo británico, se casó.
Su siguiente novela demoró una docena de años en llegar. Se
llamó La ciudad ausente (1992). Así como en Respiración artifical había cartas, aquí había cuentos, generados por una máquina inventada
para sustituir a una mujer amada y muerta. La presencia de subtextos
similares no está del todo ausente en la tercera novela, que Piglia
está terminando actualmente.
"Estoy terminando en la segunda versión. Tiene una estructura
más limpia, menos compleja que las otras dos. Renzi tiene una
pequeña crisis, se encierra en una casa de Adrogué y se produce
una historia con una mina que vive enfrente. Algunas sub-historias
hay, porque Renzi se lleva su diario íntimo y se pone a leerlo.
Lo copa la idea de leer su vida, de funcionar como una especie
de detective que mira esos cuadernos para ver si puede encontrar
la razón de lo que está pasando. La mina lo empieza a cargar:
que se deje de joder con eso, y él se da cuenta de que está siempre
en lo mismo."
Se llama Blanco nocturno por algo que tiene que ver con la guerra de Las Malvinas. "En
unos diarios ingleses me enteré de que tenían unos visores infrarrojos
que les permitian ver en la oscuridad. De ahí salió el título."
La relación con la literatura es estimulada por Piglia padre
él fue quien no sólo empezó a citarle de memoria sino también
a leerle el Martín Fierro. En parte gracias al padre pasó de las historietas a los libros:
pumas, la colección Robin Hood, la colección Tor. También fue
su padre quien lo sacó del colegio de curas, cuando Perón chocó
con la Iglesia. Allí se amplió el espectro de amigos, noviecitas
y lecturas.
La familia ya se había asentado en Mar del Plata definitivamente,
mientras Ricardo se trasladaba a La Plata primero, y después a
Buenos Aires. El hermano Carlos, a quien dedicó su cuento "Mi
amigo", y a quien estará dedicada Blanco nocturno, todavía vive allí: tiene una inmobiliaria cerca del puerto.
La madre custodió durante un tiempo las decenas de cuadernos que
conforman el Diario de Piglia. El padre enfermó y murió en 1990.
"Tenía un cáncer. Yo volví de Estados Unidos y pude estar con
él, por suerte. Aunque fue una experiencia fuerte, ese mes final."
En ese momento Piglia decidió quedarse. Desde entonces vive en
Buenos Aires.
"Ahora tenemos una casa en Malabia y Gorriti, porque Beba quería
tener unas plantas. Es una casa chorizo, con un patio al fondo.
Para mí eso es el campo. Si fuera por mí, me movería sólo por
acá. Acá están los cines, las librerias, los restaurantes."
Beba es Beba Eguia, pareja de Piglia. Antes de Beba vivió doce
años con Josefina "la China" Ludmer, rigurosa ensayista literaria.
En un momento se abre la puerta y Beba pasa como un ventarrón,
saluda, intercambia unas palabras en código con Piglia ("Nos vemos
allá, ¿no?", "Sí, sí, después vemos"), y se va. "Beba lee mucho,
es traductora. Parte de lo que nos une es la literatura. Hace
diez años que estamos juntos", murmura Piglia. Eso es todo lo
que está dispuesto a decir acerca de su vida privada actual.
A Piglia le gusta empezar la mañana con un café fuerte, "un
saque de concentración". Desde siempre le gustó ir a los bares,
conversar con los amigos. "Durante años fui a La Opera. Me gustaba mucho porque me hacía recordar los restaurantes de
los hoteles de pueblo. Los ventanales, el mozo que venía de lejos.
Después lo cambiaron. En esta zona voy al bar de la librería Losada,
o a una pizzeria bar, el Babieca, que también tiene la virtud de ser grande."
Durante décadas escribió en una pequeña Lettera, siempre la
misma. Temió el salto a la computadora, pero lo asimiló rápido:
"En realidad se parece más que la máquina a escribir a mano."
El diario lo escribe con lapicera, en una letra que, según muestra,
es horrible. Por la mañana desenchufa el teléfono y tiene cinco
o seis horas libres, sin compromisos, en las que trabaja. A las
cinco o las seis de la tarde sale, ve amigos, y se va a Palermo
en la noche.
Después hizo una adaptación del "Diario para un cuento" de Cortázar,
"para una mujer checoslovaca, que la va a filmar en castellano
en Buenos Aires". Trabajó luego con El astillero de Onetti, para David Lipzyc. "Como Onetti exigía aprobar el
guión, lo que me gustó fue escribirlo para él: lo leyó y le gustó".
Después adaptó "El impostor" de Silvina Ocampo para María Luisa
Bemberg. "Pero ella murió y me alejé de ese proyecto." Y ahora
ha escrito un original, "La sonámbula", que será la ópera prima
de "un pibe muy talentoso, Fernando Spiner, y sucede en Buenos
Aires en el año 2010, durante los festejos del Segundo Centenario".
El último proyecto es un film policial producido por Adrián
Suar: Comodines es su título tentativo. Allí Piglia se limitó
a hacer el papel de "asesor argumental" exclusivamente. En los
créditos figuraría como argumentista, junta a Gustavo Belatti
y Mario Segade, mientras que el guión en sí lo firmarían los dos
últimos. Es una historia policial, negra, con asuntos de drogas,
ambientada en la época actual.
Ninguna de esas películas ha sido comenzada. Por una parte a
Piglia le gustaría ver en imágenes lo que escribió. Pero, por
otra, piensa: "En realidad, como laburo sería fantástico que a
uno lo contrataran como guionista y las películas nunca se hicieran".
Fue entonces cuando empezó a escribir. "Me acuerdo de estar
en la casa desmantelada. No habían encontrado lugar para mí en
el colegio, para empezar en marzo, y me puse contentísimo. Pensaba
volver solo a Adrogué, irme a vivir a la casa de mi tía Elisa.
Ahí empecé a escribir el Diario, y ya no dejé de hacerlo. Ahora
pienso empezar a seleccionarlo. No creo que se salve más del cinco
por ciento. Pero siempre juego con la idea de un libro póstumo.
Y con la teoría de que todo lo que escribí lo escribí para poder
publicar después ese Diario." Luego de una pausa, mira por la
ventana y agrega: "Será que cuando lo empecé no tenía vida ninguna,
ni le daba la menor importancia". Y es difícil decir si está hablando
con el entrevistador o consigo mismo.