historias de Saber vender. Mi padre, dijo Ratliff, fue un narrador excepcional. Vendía
máquinas de coser por el campo. Andaba de un lado a otro, con
un camioncito entoldado y paraba en las chacras y se sentaba a
la sombra de los tilos a conversar con las mujeres que le ofrecían
limonada. Era capaz de vender una máquina inservible usando el
arte hipnótico de la narración. Narrar, decía mi padre, es como
jugar al póker, todo el secreto consiste en parecer mentiroso
cuando se esta diciendo la verdad. La voz cantante. Mi padre, dijo Steve, dice que la mejor historia del mundo es
la mas fácil de contar. Conoce varias. Por ejemplo la historia
de Randolph, un agrimensor que anduvo levantando mapas por el
Delta del Mississippi y se encontró con un viejo que había estado
escondido en las islas desde la época de la guerra. La caza de elefantes. Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría
en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las
páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cóctailes
literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación
pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene
la estructura. La situación actual de la literatura se sintetizaba,
según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando lo consultaron
para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokob,
dijo: Señores, respeto el talento literario del Señor Nabokob
¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases
de zoología? Dos autos. Mi madre fue la primera mujer que manejó un auto en el estado
de Tennessee. Durante años guardó un recorte de diario donde se
la ve con una capelina blanca, la cara cubierta con un tul, manejando
un Ford A. Tiempo después perdió la virginidad en un coche cerrado
que ya en ese entonces eran conocidos como los prostíbulos ambulantes.
Mi madre estaba orgullosa de haberse iniciado en ese ámbito. Según
ella la expansión de los autos cerrados había hecho mas por la
liberación sexual que ninguna otra cosa en la historia de los
EE.UU. Arkansas. Paris. Moscú. Una mujer en Arkansas roció a su marido con nafta mientras dormía
y lo prendió fuego pero antes tuvo la precaución de atarlo a la
cama para que no incendiara la casa con su cuerpo en llamas. Steve
amaba esa lógica de los pequeños detalles.
En Otro País
Tenía casi setenta años y vivía en una balsa y se alimentaba de
pescado. Su única preocupación era un transmisor de onda corta
que cuidaba más que a su alma. Parece que durante la guerra había
tenido problemas con el ejército norteamericano y entonces se
escondió en los pantanos y desde ahí transmitía sus mensajes en
inglés y en italiano. Uno de sus temas favoritos era la usura,
el carácter satánico del dinero. Le hablaba directamente al presidente
de los Estados Unidos, que seguía siendo Truman según el viejo.
Cada tanto cambiaba de frecuencia para no ser interceptado por
el FBI. A veces cuando estaba muy borracho se ponía a cantar My darling Clementine mientras la balsa navegaba por los riachos pantanosos.
La estúpida y siniestra concepción de Jakobson es la expresión
sincera de la conciencia de un gran crítico y gran lingüista y
gran profesor que supone que cualquiera está más capacitado para
hablar del arte de la prosa que el mayor novelista de este siglo.
La autoridad de Jakobson le permite enunciar lo que todos sus
colegas piensan y no se animan a decir. Se trata de una reivindicación
gremial: los escritores no deben hablar de literatura para no
quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores.
Una mujer que vive varios años con un hombre acumula la suficiente
cantidad de razones como para atarlo a una cama y prenderlo fuego.
Los maridos, en Arkansas, deben ser ejecutados por el modo autocomplaciente
con que someten y avasallan a sus cónyuges. Repiten con las mujeres
el mismo trato que usan con sus obreros, empleados, sirvientes,
subordinados o inferiores de cualquier condición. El carácter
natural de ese sometimiento solo puede ser alterado con un acto
de violencia. Por lo tanto los crímenes pasionales cometidos por
mujeres son una versión concentrada del ansia de libertad que
late sofocada en los oprimidos de cualquier sociedad. Estos asesinatos
femeninos son la realización de las esperanzas secretas de miles
de personas.
El matrimonio es una institución criminal, dijo después. Una institución
pensada para que con sus lazos se ahorque uno de los cónyuges.
Ese es el sentido de la sentencia: Hasta que la muerte nos separe.
El crimen femenino es su resultado lógico. Las suicidas como Madame
Bovary o Ana Karenina, dijo Steve, son utopías masculinas. Proyecciones
invertidas del terror que le provoca a los hombres captar la mirada
asesina de sus mujeres. ¡Entonces las convierten en suicidas!
Esas historias son cuentos de hadas para varones, fábulas tranquilizadoras,
parábolas con moraleja. Cuentos contados entre hombres en la intimidad
del vagón de fumar del expreso Paris-Moscú.
Habría que imaginar en cambio, dijo Steve, a Madame Bovary como
Raskolnikov para que las cosas mejoraran. La heroína es un criminal.
Pero esos son los cuentos que se cuentan las mujeres en la intimidad
de un coche cama en el expreso Moscú-Paris.
Un tren en la inmensidad de la noche.