La obra ganadora del Premio Planeta PLATA QUEMADA Si Stendhal aspiraba a una prosa tan reticente como la del Código
Civil, Piglia aspira a la de un acta policial. Esto es, a no hacer
"literatura" sino intentar "el registro estilístico y el gesto
metafórico (como lo llamaba Brecht) de los relatos sociales cuyo
tema es la violencia ilegal". Así lo declara en el epílogo de
Plata quemada. Lenguaje llano, entonces, liso de metáforas. Más bien pedestre:
el de la calle, el de la gente incapaz de expresar algo más que
una demanda de necesidades primarias. Dinero, ante todo, y simultáneamente
sexo, que no necesita del habla. También, la jerga del cronista
policial, con las muletillas consabidas, y los lugares no menos
comunes de las declaraciones oficiales sobre temas comprometidos. Erigir desde tal premisa una tragedia, en el sentido clásico,
es una empresa ardua. Faulkner la abordó con espléndidos resultados
(Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto), gracias al don poético de su prosa, los mismo que Truman Capote,
desde una perspectiva opuesta, rigurosamente stendhaliana, en
A sangre fría. Cito a ambos escritores norteamericanos porque alguna crítica
los ha involucrado a propósito de Plata quemada. Piglia, a su vez, procura indagar en la condición humana mediante
aquellas herramientas citadas más arriba. Corre el riesgo (su
portentosa erudición no le permite ignorarlo) de quedarse en lo
pintoresco, casi en la picaresca urbana. Cuando levanta vuelo,
en las últimas páginas del capítulo final, entrega un relato memorable. Dos coordenadas acotan la narración: el tiempo y la claustrofobia.
El tiempo es el auténtico protagonista de esta historia verídica.
Es la irrupción de lo imponderable en la afinada cronología delictiva
lo que provoca el fracaso de los criminales. Fracaso anunciado,
tal vez en exceso, por el narrador, que, quizás a su pesar, se
entromete de vez en cuando: "Las cosas nunca salen como uno las
piensa, la suerte es más importante que el coraje, más importante
que la inteligencia y las medidas de seguridad", dice en la página
58. Y cuarenta páginas más adelante: "Había cierto fatalismo en
todos ellos" (en los delincuentes, por supuesto). El espacio de la narración es eminentemente claustrofóbico. La
banda protagonista, de psicóticos y drogadictos, esquiva, como
es natural, los espacios abiertos. Sobreviven, esperando el momento
de soslayar definitivamente la persecución policial, en departamentos
a oscuras, en madrigueras donde la luz no debe entrar nunca. La
reacción fisiológica a esta noche perpetua, cómo se transmite
la sensación cenestésica del encierro, es una de las virtudes
de la novela. Menos feliz resulta la tendencia a describir de
a ratos la psicología de los personajes, en vez de dejarlos actuar
y que el lector forme su opinión propia. Narración construida a modo de calidoscopio, a partir de puntos
de vista variados y opuestos, muestra asimismo una consumada destreza
en la articulación, sin marcas visibles de sutura, de los diversos
lenguajes utilizados. Siempre en un registro inmediato, cotidiano,
donde inesperadamente aflora la ternura, en la compleja relación
del Nene Brignone y el Gaucho Dorda. Este libro, dedicado a Gerardo Gandini, recibió el Premio Planeta
(Argentina) de Novela 1997. (252 páginas). Ernesto Schoo
La Nación, 1 de Agosto 1997
Calidoscopio narrativo
Por Ricardo Piglia
(Planeta)