RICARDO PIGLIA


La Nación, 1 de Agosto 1997

La obra ganadora del Premio Planeta
Calidoscopio narrativo

PLATA QUEMADA
Por Ricardo Piglia
(Planeta)


 

Si Stendhal aspiraba a una prosa tan reticente como la del Código Civil, Piglia aspira a la de un acta policial. Esto es, a no hacer "literatura" sino intentar "el registro estilístico y el gesto metafórico (como lo llamaba Brecht) de los relatos sociales cuyo tema es la violencia ilegal". Así lo declara en el epílogo de Plata quemada.

Lenguaje llano, entonces, liso de metáforas. Más bien pedestre: el de la calle, el de la gente incapaz de expresar algo más que una demanda de necesidades primarias. Dinero, ante todo, y simultáneamente sexo, que no necesita del habla. También, la jerga del cronista policial, con las muletillas consabidas, y los lugares no menos comunes de las declaraciones oficiales sobre temas comprometidos.

Erigir desde tal premisa una tragedia, en el sentido clásico, es una empresa ardua. Faulkner la abordó con espléndidos resultados (Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto), gracias al don poético de su prosa, los mismo que Truman Capote, desde una perspectiva opuesta, rigurosamente stendhaliana, en A sangre fría. Cito a ambos escritores norteamericanos porque alguna crítica los ha involucrado a propósito de Plata quemada. Piglia, a su vez, procura indagar en la condición humana mediante aquellas herramientas citadas más arriba. Corre el riesgo (su portentosa erudición no le permite ignorarlo) de quedarse en lo pintoresco, casi en la picaresca urbana. Cuando levanta vuelo, en las últimas páginas del capítulo final, entrega un relato memorable.

Dos coordenadas acotan la narración: el tiempo y la claustrofobia. El tiempo es el auténtico protagonista de esta historia verídica. Es la irrupción de lo imponderable en la afinada cronología delictiva lo que provoca el fracaso de los criminales. Fracaso anunciado, tal vez en exceso, por el narrador, que, quizás a su pesar, se entromete de vez en cuando: "Las cosas nunca salen como uno las piensa, la suerte es más importante que el coraje, más importante que la inteligencia y las medidas de seguridad", dice en la página 58. Y cuarenta páginas más adelante: "Había cierto fatalismo en todos ellos" (en los delincuentes, por supuesto).

El espacio de la narración es eminentemente claustrofóbico. La banda protagonista, de psicóticos y drogadictos, esquiva, como es natural, los espacios abiertos. Sobreviven, esperando el momento de soslayar definitivamente la persecución policial, en departamentos a oscuras, en madrigueras donde la luz no debe entrar nunca. La reacción fisiológica a esta noche perpetua, cómo se transmite la sensación cenestésica del encierro, es una de las virtudes de la novela. Menos feliz resulta la tendencia a describir de a ratos la psicología de los personajes, en vez de dejarlos actuar y que el lector forme su opinión propia.

Narración construida a modo de calidoscopio, a partir de puntos de vista variados y opuestos, muestra asimismo una consumada destreza en la articulación, sin marcas visibles de sutura, de los diversos lenguajes utilizados. Siempre en un registro inmediato, cotidiano, donde inesperadamente aflora la ternura, en la compleja relación del Nene Brignone y el Gaucho Dorda.

Este libro, dedicado a Gerardo Gandini, recibió el Premio Planeta (Argentina) de Novela 1997. (252 páginas).

Ernesto Schoo

 

de La Nación, Agosto 1997. © La Nación. All rights reserved

 

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