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LA DESAPARICIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD Archipiélagos de lentejuelas, tocados de plumas iridiscentes (en
cada vertebración de la cadera trepidante, las galas de cien flamencos
que flotan en el aire tornado un polvo rosa), constelaciones de
purpurinas haciendo del rostro una máscara más, toda una mampostería
kitsch, de una impostada delicadeza, de una estridencia artificiosa,
se derrumba bajo el impacto (digámoslo) de la muerte. La homosexualidad
(al menos la homosexualidad masculina, que de ella se trata) desaparece
del escenario que tan rebuscadamente había montado, hace mutis
por el foro, se borra como la esfumación de un pincelito en torno
de la pestaña acalambrada, acaramelada. Toda esa melosidad relajante
de pañuelitos y papel picado irrumpiendo en la paz conyugal del
dormitorio, por ellas (o por ellos: ah, las elláceas), a gacelas
subidas y por toros asidas y rasgadas, convertido en un campo
de batallas de almohadones rellenos de copos de algodón hecho
de azúcares pero en el fondo, siempre, como un dejo de hiel, toda
esa parafernalia de simulaciones escénicas jugadas normalmente
en torno de los chistes de la identidad sexual, derrumbase diríamos,
por inercia del sentido, con estrépito, pero en verdad casi suavemente,
en un desfallecimiento general. La decadencia sería romántica
si no fuese tan transparente, tan obscena en su traslucidez de
polietileno alcanforado Desvanécese, pero sin descender a los
abismos de donde supónese emergida gracias al escándalo de la
liberación, sino yéndose, deshilachándose en un declive casi horizontal
continuando cierta existencia menor de una manera, claro está,
atenuada, levísima como la difuminación de un esfumino en una
suerte de callado cuarto al lado el cuarto de Virginia Wolf,
tal vez, pero en silencio, habiendo renunciado a los célebres
y conmovedores parties. publicado en El Porterño nº 119, en noviembre de 1991.
Es preciso aclarar: lo que desaparece no es tanto la práctica
de las uniones de los cuerpos del mismo sexo genital, en este
caso cuerpos masculinos (y de la parodia, renegación y franeleo
de ésta dada en el sentido de don masculinidad, trata en abundancia
su imaginario), sino la fiesta del apogeo, el interminable festejo
de la emergencia a la luz del día, en lo que fue considerado como
el mayor acontecimiento del siglo XX: la salida de la homosexualidad
a la luz resplandeciente de la escena pública, los clamores esplendorosos
del dirían en la época de Wilde amor que no se atreve a decir su nombre. No solamente se ha atrevido a decirlo, sino que lo ha ululado
en la vocinglería del exceso. Acaba, podría decirse, la fiesta
de la orgía homosexual, y con ella se termina (¿acaso no era su
expresión más chocante y radical?) la revolución sexual que sacudió
a Occidente en el curso de este tan vapuleado siglo. Se cumple,
de alguna manera, el programa de Foucault, enunciado para sorpresa
de la mayoría y duradera estupefacción de los militantes de la
causa sexual en el primer volumen de la Historia de la sexualidad. El dispositivo de sexualidad, vaciado, saturado, revertido, vive aun cuando sea posible vaticinarle
el vericueto de alguna treta, alguna sobrevivencia en la adscripción
forzada y subsunción a otros dispositivos más actuales y más potentes,
acaso en la cúspide de su saturación, un manso declive.
Un declive tan manso que si uno no se fija bien no se da cuenta
es el de la homosexualidad contemporánea. Porque ella abandona
la escena haciendo una escena patética y desgarradora: la de su
muerte. Debe haber algún plano no el de una causalidad en que
esa contigüidad entre la exacerbación desmelenada de los impulsos
sexuales ("verdaderos laboratorios de experimentación sexual",
diría Foucault) y la llegada de la muerte en masa del Sida, algún
espacio imaginario, o con certeza literario, donde esa contigüidad
se cargue de sentido, sin tener obligatoriamente que caer en fáciles
exorcismos de santón. Sea como fuere, hay una coincidencia. Cabrá
a los historiadores determinar la fuerza y la calidad de la irrupción
morbosa en el devenir histórico, comprenderlas. A los que ahora
la sentimos no se nos puede escapar la siniestra coincidencia
entre un máximo (un esplendor) de actividad sexual promiscua particularmente homosexual y la emergencia de una enfermedad que
usa de los contactos entre los cuerpos (y ha usado, en Occidente,
sobre todo los contactos homosexuales) para expandirse en forma
aterradora, ocupando un lugar crucial en la constelación de coordenadas
de nuestro tiempo, ep parte por darse allí la atractiva (por misteriosa
y ambivalente) conclusión de sexo y muerte.
Se puede pensar que nunca la orgía llegó a tal exceso como
bajo la égida de la liberación sexual (y más marcadamente homosexual)
de nuestro tiempo. El libro de Foucault puede anticipar esa inflexión
que ahora parece verificarse ya no en el plano de las doctrinas,
sino en las prácticas corporales, porque él nos muestra cómo
la sexualidad va llegando a un grado insoportable de saturación,
con la extensión del dispositivo de sexualidad a los más íntimos
poros del cuerpo social.
El dispositivo social desarrollado en torno de la irrupción
del Sida lleva paradójicamente a su máxima potencia la promoción
planificada de la sexualidad tratada ésta como un saber por un
poder y marca de paso el punto de inflexión y decadencia. Es
curioso constatar cómo estamos a tal punto imbuidos de los modernos
valores de la revolución sexual que nuestro primer impulso es
denunciar coléricamente su reflujo. No vemos la historicidad de
esa revolución, no conseguimos relativizar la homosexualidad tal
como ella es dada (o era dada hasta ahora), enseñada y transmitida
por médicos, psicólogos, padres, medios de comunicación, amantes
y amantes de los amantes siendo esa ilusión de ahistoricidad
intemporal incentivada por buena parte del movimiento homosexual,
que defiende la tesis de una esencia inmutable del ser homosexual.
Nuestra homosexualidad es un sexpol, o al menos se presenta y maneja, a pesar de la homofobia de Reich,
como uno de sus resultados. Un elemento político, un elemento
sexual. Parece El Fiord de Osvaldo Lamborghini (pero un Lamborghini sin éxtasis). A decir
bien, ¿sin éxtasis?
Sabemos gracias a Bataille que la sexualidad (el "erotismo
de los cuerpos") es una de las formas de alcanzar el éxtasis.
En verdad, Bataille distingue tres modos de disolver la mónada
individual y recuperar cierta indistinción originaria de la fusión:
la orgía, el amor, lo sagrado. En la orgía se llegaba a la disolución
de los cuerpos, pero éstos se restauraban rápidamente e instauraban
el colmo del egoísmo, el vacío que producen en su gimnasia perversa resulta ocupado por el personalismo
obsceno del puro cuerpo (cuerpo sin expresión, o, mejor, cuerpo
que es su propia expresión, o al menos lo intenta...). En el sentimentalismo
del amor, en cambio, la salida de si es más duradera, el otro permanece tejiendo una capita que
resiste al tiempo en el embargo de la sublimación erótica. Pero
sólo en la disolución del cuerpo en lo cósmico (o sea, en lo sagrado)
es que se da el éxtasis total, la salida de sí definitiva.
Estamos demasiado aprisionados por la idea de sexualidad para
poder entender esto. La sexualidad vale por su potencia intensiva,
por su capacidad de producir estremecimientos y vibraciones (¿sería,
en esta escala, el éxtasis una suerte de grado cero?) que se sienten en el plano de las intensidades. Pero no quiere
decir que sea la única forma, menos aún la forma obligatoria,
como nos quieren hacer creer Reich y toda la caterva de ninfómanos
que lo siguen, aún discutiéndole algo, pero imbuidos del espíritu
de la marcha ascendente del gozo sexual. Nos suena ya una antigualla.
Pero pensemos cuánto se ha luchado por llegar, por conseguir,
por alcanzar, ese paraíso de la prometida sexualidad. Con el Sida
se va dando, sobre todo en el terreno homosexual (pienso más en
el brasileño, muy avanzado, ello es, donde se llegó a un grado
de desterritorialización considerable en las costumbres; en otros
países menos osados ese proceso de reflujo tal vez no se pueda
ver con tanta claridad; es que es ta desaparición de la homosexualidad
está siendo discreta como una anunciación de suburbio, a muchos
lugares la noticia tarda un poco en llegar, aún no se enteraron...),
otra vuelta de tuerca del propio dispositivo de la sexualidad,
no en el sentido de la castidad, sino en el sentido de recomendar,
a través del progresismo médico, la práctica de una sexualidad
limpia, sin riesgos, desinfectada y transparente. Con ello no
quiero postular un viva la pepa sexual, dios nos libre, tras todo
lo que hemos pasado (sufrido) en pos de la premisa de liberarnos,
sino advertir (constatar, conferir) cómo se va dando un proceso
de medicalización de la vida social. Esto no debe querer decir
(confieso que no es fácil) estar contra los médicos ya que la
medicina evidentemente desempeña, en el combate contra la amenaza
morbosa, un papel central.
El pánico del Sida radicaliza un reflujo de la revolución
sexual que ya se venía insinuando en tendencias como la minoritariamente
desarrollada en los Estados Unidos que postulaban el retorno a
la castidad. En verdad la saturación ya venía de antes. La saturación
parece inherente al triunfo del movimiento homosexual en Occidente,
al triunfo de la homosexualidad, que viene de un proceso bastante
ajetreado y conocido que no hace falta repetir aquí. Recordemos
que la homosexualidad es una criatura médica, y todo lo que se
ha escrito sobre el pasaje del sodomita al perverso, del libertino al homosexual. Baste ver que la moderna homosexualidad es una figura relativamente
reciente, que, puede decirse, y al enunciarlo se lo anuncia, ha
vivido en un plano de cien años su gloria y su fin.
¿Qué pasa con la homosexual idad, si es que ella no vuelve
a las catacu mbas de las que era tan necesario sacarla, para que
resplandeciese en la provocación de su libertinaje de labios refulgentemente
rojos? Ella simplemente se va diluyendo en la vida social, sin
llamar más la atención de nadie, o casi nadie. Queda como una
intriga más, como una trama relacional entre los posibles, que
no despierta ya encono, pero tampoco admiración. Un sentimiento
nada en especial, como algo que puede pasarle a cualquiera. Al
tornarla completamente visible, la ofensiva de normalización (por
más que estemos tratando de cambiar la terminología, más después
de que Deleuze lanzó la noción de sociedades de control, como sustituyente de las sociedades de disciplina de que habla Foucault, no es fácil llamar de una manera muy diferente
a tan profunda reorganización, o intento de reorganización de
las prácticas sexuales, indicada sensiblemente por la introducción
obligatoria del látex en la intimidad de las pasiones) ha conseguido
retirar de la homosexualidad todo misterio, banalizarla por completo.
No dan ganas, es cierto, de festejarlo, al fin y al cabo fue divertido,
pero tampoco es cuestión de lamentarlo. Al final, la homosexualidad
(su práctica) no ha sido una cosa tan maravillosa cuanto sus interesados
apologistas proclamaran. No hay, en verdad, una homosexualidad, sino, como dirían Deleuze y Guattari, mil sexos, o por lo menos, hasta hace bien poco, dos grandes figuras de la
homosexualidad masculina en Occidente. Una, de las locas genetianas,
siempre coqueteando con el masoquismo y la pasión de abolición;
otra, la de los gays a la moda norteamericana, de erguidos bigotitos
hirsutos, desplomándose en su condición de paradigma individualista
en el más abyecto tedio (un reemplazo del matrimonio normal que
consigue la proeza de ser más aburrido que éste). Me arriesgaría
a postular que la reacción de gran parte de los homosexuales frente
a las campañas de prevención está siendo la de dejar de tener
relaciones sexuales en general, más que la de proceder a una sustitución
radical de las antiguas prácticas por otras nuevas "seguras",
o sea con forro.
La homosexualidad se vacía de adentro hacia afuera, como un
forro. No es que ella haya sido derrotada por la represión que
con tanta violencia se le vino encima (sobre todo entre las décadas
del 30 y del 50, y, en el caso de Cuba, todavía ahora se la persigue:
una forma torturante de que conserve actualidad y alguna frescura).
No: el movimiento homosexual triunfó ampliamente, y está muy bien
que así haya sido, en el reconocimiento (no exento de humores
intempestivos o tortuosos) del derecho a la diferencia sexual,
gran bandera de la libidinosa lidia de nuestro tiempo. Reconozcámoslo
y pasemos a otra cosa. Ya el movimiento de las locas (no sólo
político, sino también de ocupación de territorios: un verdadero
Movimiento al Centro) empezó a vaciarse cuando las locas se fueron
volviendo menos locas y tiesos los bozos, a integrarse: la vasta
maroma que fundía a los amantes de lo idéntico con las heteróclitas,
delirantes (y peligrosas) marginalidades, comenzó a rajarse a
medida que los manflorones ganaron terreno en la escena social. El episodio del Sid a es
el golpe de gracia, porque cambia completamente las líneas de
alianza, las divisorias de aguas, las fronteras. Hay sí discriminación
y exclusión con respecto a los enfermos del Sida, pero ellos recuérdese
no son solamente maricones. Ese estigma tiene más que ver, parece, con el escándalo de la
muerte y su cercanía en una sociedad altamente medicalizada. Su
promoción aterroriza y sirve para terminar de limpiar de una vez
por todas los antiguos poros tumefactos y purulentos que la perversión
sexual ocupaba, en los cuales reía con la risa de los Divine (la
loca de "Nuestra Señora de las Flores", la inmensa travesti norteamericana).
Asimismo, con la llegada de la visitante inesperada (así se llama la última pieza de Copi), los antiguos vínculos
de socialidad, ya resquebrajados por la quiebra de los lazos marginales
de que hablábamos, terminan de hacer agua y de venirse abajo.
Es que con el Sida cambian las coordenadas de la solidaridad,
que dejan de ser internas a los entendidos, como sucedía cuando la persecución, para pasarle por encima al
sector homosexual y desbo rd arlo por tod as partes . Así, se
nota que son de un modo general las mujeres (las mujeres maduras)
las que se solidarizan con los sidosos, mientras que sus colegas
de salón huyen aterrados.
Toda esa promoción pública de la homosexualidad, que ahora,
por abundante y pesada, toca fondo, no ha sido en vano. Ha dispersado
las concentraciones paranoicas en torno de la identidad sexual,
trayendo la remanida discusión sobre la identidad a los salones
de ver TV, hasta que todos se dieran cuenta de su idiotez de base;
al hacerlo, ha acabado favoreciendo cierto modelo de androginia
que no pasa necesariamente por la práctica sexual. Dicho de otra
manera: las locas fueron las primeras en usar arito; ahora se
puede usar arito sin dejar de ser macho. Aunque ser macho ya no
signifique mucho. De últimas, la desaparición de la homosexualidad
no detiene el devenir mujer que el feminismo (otro fósil en extinción) inaugurara, lo consolida
y asienta, más que radicalizarlo, y lima romando sus aristas puntiagudas.
Ahora, la saturación (por supuración) de esta trasegada vía
de escape intensivo que significó, a pesar de todo, la homosexualidad,
con su reguero de víctimas y sus jueguitos de desafiar a la muerte
(pensemos en la pieza de Copi, víctima de Sida, Les Escaliers de lçotre Dame: una cohorte de travestis, chulos, malandras y policías juegan
a desafiar a la muerte en las escalinatas de la catedral, que
hace de fondo lejano; desafio que la llegada de la muerte masiva
ha vuelto innecesario, entre macabro y ridículo), favorece que
se busquen otras formas de reverberación intensiva, entre las
que se debe considerar la actual promoción expansiva de la mística
y las místicas, como manera de vivir un éxtasis ascendente, en un momento en que el éxtasis de la sexualidad se vuelve, con
el Sida, redondamente descendente.
Con la desaparición de la homosexualidad masculina (la femenina,
bien valga aclararlo, continúa en cierto modo su crecimiento y
extensión, pero en un sentido al parecer más de corporación de
mujeres que de desbarajuste dionisíaco), la sexualidad en general
pasa a tornarse cada vez menos interesante. Un siglo de joda ha
terminado por hartarnos. No es casual que la droga (aunque sean
sus peores usos) ocupe crecientemente el centro de las atenciones
mundiales. Mal que mal, la droga (o por lo menos ciertas drogas,
los llamados alucinógenos) acerca al éxtasis y llama, mal que
les pese a los cirqueros históricos, a algún tipo de ritualización
que la explosión de los cuerpos en libertinaje desvergonzado nunca
se propuso (aunque ya una heroína sadiana avisaba: "Hasta la perversión
exige cierto orden").
Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de
sí.
(fotos: R. Mapplethorpe)