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CORTO PERO LIGERO Una historia de sables, de pistolas Si tuviera que ver este lenguaje (Si no me hubieras dicho qué paso Un general moviendo espadas en la sombra Un general que agita los pendorchos Chupa, lame esta hinchazón del español MOREIRA Gutiérrez esa lengua amputada deslizando la baba por el barbijo de ese vientre Y si, querida Delia, ornada Dalia, no le hubieras dejado combatir? hubieras vestido esa pollera de muselina acampanada con flores
tan Oh rusa blanca - era la moda Líberty (o Liberty) y cabeceabas espejada entre El amigo Francisco El amigo Julián con quien descangallada viste esa escena (torpe) de los besos:
-en lo profundo, él y ese pibe de Larsen, en los remotos astilleros, "a vos te dejo - dijo - el pañuelo celeste con que me até las
bolas "y te dejo también esos tiovivos, con sus caballos de cartón que "y también esos pastos engrasados donde perdí ese prendedor, de EN EL REFORMATORIO a Inés de Borbon Parma
(Y no habría de ser: esa chupada, ese lambeteo: cebado el mate
junto al fogón de los arrieros, que arden de...
ese descanso de la tropa alzada, en grupas: no
habría de bajarme el chiripá, descendiendo a este
encuentro. Ahora susurra el viento en la ventana
que da al aljibe: hurras blande
no desacordonarme la manea
donde tremolo temblorosa?)
De trincheras con flores de sapo y de zarza parrilla
Como hecha a dedo, a pecho
Echada en el camino de Tarija
Por un gendarme ríspido, montés
Trasiego, belicosa?
Belfo y flande
Congoja
con el terror de esos paisanos
que al ver al General piensan en Hoffman
Si su respiración no moviera las borlas de la cama de Rosas,
de Esmeralda
Y él no se lo encontrase, al regreso de un vado, en la catrera:
en el encame jabonoso, como un lagarto entre los lienzos
aparece con labios de obsidiana y perfume de ajenjo: huele a chipre
en esa noche de Cañuelas, la última
- un bolero: si bien -
aún te querría?)
Cacha y espuela, blonda y nácar
Coro de férulas:
y se entrega al de enfrente, saltando los tapiales
es más mujer que hombre, es más mujer para ser hombre.
hombre de más para mujer: un general,
un artesano de la muerte '
"Aquellos dos hombres valientes, con un corazón endu-
recido al azote de la suerte, se abrazaron estrechamente
una lágrima se vio titilar en sus entornados párpados y
se besaron en la boca como dos amantes, sellando con
aquel beso apasionado la amistad que se habían profe-
sado desde pequeños."
Delia, arrastrándose por ese cuarto descampado, se hacía cargo
de ese
espanto, esa barba arrancada que babeaba junto a la verga del
amigo:
de ese despojo, de esa cornamenta
Huyendo en ancas con el juez, haciendo estrecho el laberinto?
El laberinto de carcomas donde coleaban esos lagartos de las ruinas,
esas flores azules de las zanjas?
Ventruda campanilla!
Restallaba!
Si no
burocas que parecían no engarzarse y flotar muellemente en las
dobleces, en el bies (y el barbijo!): y estaban enredadas en el
clítoris-en los nervios musgosos del estribo
botando pozos y lagartos
y pifias de caballos encabritados que se boleaban en el ruedo,
tronchos
andamios temblequeantes y casi ponzoñosos
El amigo Giménez
esa lamida de las lenguas esos trozos de lenguas, paladares y
cristales brillosos, centelleantes, brillosos del strass que
desprendido
de las plumas del ñu hedia en la planicie
superficial, en balde
se zambullían en las canteras arenosas, en el vivero del Tuyú,
a pocas millas de la tumba
cuando me hirió ese cholo, en la frontera; y el zaino amarronado;
y los lunares que vos creías tener y tengo yo, como en un sueño
de
comparsas que por sestear pierden la anchura, el sitio justo de
la
hendida; y se la pasan cercenados como botijas en el trance:
y se los come la luz mala
ruedan empantanados en el barro; y cuántas veces ayudé a salir
del agua movediza a esos jinetes que fiados en la estrella montan
grupas hacia la comadreja; y se los come
plata, si lo encontrás es tuyo"
O era ella que al entrar a ese reformatorio por la puerta de atrás
veía
una celadora desmayada: calesas de esa ventiluz: Inés, en los
cojines
de esa aterciopelada pesadumbre, picábase: hoy un borbón, mañana
un parma. La hallaban así, yerta: borboteaba. Los chicos se vigilaban
tiesos en su torno-y unos se acariciaban las pelotas debajo del
bolsi-
llo aunque estaba prohibido embolsar los nudillos, por el temor
al
limo, pero se suponía que la muerte, o sea esa languidez de celadora
a lo cuan larga era en el pasillo, les daba pie para ello; y asimismo,
esta mujer, al caer, había olvidado recoger su ruedo, que quedaba
flotando - como el pliegue de una bandera acampanada-a la altura
del muslo; era a esa altura que los muchachos atisbaban, nudosos,
los
visillos; y ella, al entrar, vio eso, que yacía entre un montón
de niños
- y el más pillo, como quien disimula, rasuraba el pescuezo de
la
inane con una bola de billar; y un brillo, un laminoso brillo
se abría
paso entre esa multitud de niños yertos, en un reformatorio, donde
la celadora repartía, con un palillo de mondar, los éritros: o
sea las
alitas de esas larvas que habían sido sorprendidas cuando, al
entrar
en la jaula, se miraban, deseosas, los bolsillos; o era una letanía
la que
ella musitaba, tardía, cuando al entrar al circo vio caer ante
sí a esos
dos, o tres, niños, enlazados: uno tenía los ojos en blanco y
le habían
rebanado las nalgas con un hojita de afeitar; el otro, la miraba
callado.