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Aunque las informaciones cablegráficas repitan
que murió el sábado, a los 83 años, en un cuarto de hospital de Lawrence
(Kansas), los lectores de William Seward Burroughs harán bien en desconfiar.
Beatnik heterodoxo, perverso polimorfo, gourmet entusiasta de todas las estimulaciones
del mundo, el escritor sobrevivió a demasiadas catástrofes como para que
un módico ataque cardíaco obligue a escribir sobre él en pasado.
Burroughs sobrevivió a una extensa carrera de heroinómano, emprendida
intencionalmente a principios de los años '40, cuando dejó su St. Louis
natal y desembarcó en Nueva York, y sólo interrumpida 20 años más
tarde, en una diminuta habitación de Tánger cuando, después de pasarse
un mes contemplándose su propio pie, descubrió, también intencionalmente,
que se estaba muriendo. Sobrevivió a una fugaz experiencia criminal en México,
cuando puso en práctica su alucinada puntería de Guillermo Tell con su
mujer, Joan Vollmer Adams, y la mató con el disparo destinado al vaso de vidrio
que había puesto sobre su cabeza. Sobrevivió a la culpa, al exilio (Sudamérica,
Tánger) y a los procesos judiciales que le deparó a fines de los '50 su
novela más famosa, Almuerzo desnudo, el más eufórico descenso a los
infiernos de la droga que la literatura jamás haya emprendido en el siglo XX.
Sobrevivió a la admirada envidia que le profesaron Jack Kerouac y Allen
Ginsberg, los dos cómplices con los que fundó el movimiento beatnik. Sobrevivió
a la policía, a los médicos, al anonimato y a la fama, y hasta sobrevivió
a Kurt Cobain, que en 1992 lo convocó para grabar su voz mitológica en
un tema del álbum The Priest They Called Him. Ironías de la literatura:
en 1993, Christopher Silvester, profético editor de una antología de reportajes,
concluye el prólogo a la entrevista de Burroughs dándolo por muerto...
en 1996.
Esa extraordinaria voluntad de persistencia es apenas la cara visible de la
energía que consumió la vida y la obra de Burroughs: la energía de
experimentar. Con su propio cuerpo, con la literatura, con la tecnología (no
en vano Burroughs, ese Marshall Macluhan políticamente incorrecto, era nieto
del inventor de la máquina de calcular), con las formas monstruosas que empieza
a asumir el mundo contemporáneo. Ya en sus primeros libros (Yonqui y Queer,
de principios de los años '50) aparece trazada la prodigiosa continuidad entre
experiencia y ficción que marcaría toda su carrera. En 1959 publicó
Almuerzo desnudo, la perfecta autobiografía de un heroinómano: libro radical,
una biblia atroz que expande límites sin pudor y sin la menor sombra de autocompasión.
Los temas: droga y sexualidad, la aleación que lo cubriría de escarnio
y de prestigio. Las formas: una escritura salvaje, de una nitidez casi clínica,
experta en el montaje de géneros, materiales y texturas que la literatura pocas
veces se había atrevido a hacer coexistir. Este gran libro de drogón es
también un gran libro de vidente que anuncia el mundo del porvenir. Un paisaje
de paranoia y control planetarios.
Con Almuerzo desnudo nació el mito Burroughs. El resto de su obra es
vasto, intrincado, a menudo ilegible. Libros como La máquina blanda, El boleto
que explotó (próximo a aparecer en castellano) o Expreso Nova son nuevos
atajos de un camino sin retorno, solitario y encarnizado, donde la experiencia estalla
en jirones casi irreconocibles. La herencia Burroughs, sin embargo, no es libresca.
Leída o no, conocida o rozada de segunda mano, su prosa y su figura fermentan
desde hace décadas en los márgenes del mundo literario: en el rock (Patti
Smith, Lou Reed, Soft Machine y David Bowie son algunos de sus deudores reconocidos,
esto sin mencionar que U2 lo homenajea en su último video "Last nigth on
heart"), en el cine (la versión Cronenberg de Almuerzo desnudo, el gurú
adicto que Burroughs interpreta en Drugstore Cowboy, de Gus Van Sant), en todas aquellas
regiones de la experiencia donde la vida busca transformarse en otra cosa.
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