El oído absoluto ¿Qué quieren las mujeres? es uno de los enigmas que intenta revelar el protagonista de El amor enfermo, una novela lograda sobre el tema más clásico de la literatura.. Por CHRISTIAN KURCHIK Una vieja sentencia asegura que el amor obnubila los sentidos. Como toda verdad que ha sido certificada por el tiempo, tal vez a ésta tampoco le falta razón, aún cuando el amor es una de las materias de más difícil definici6n. Desde los griegos hasta hoy, la necesidad de fijar con palabras tan maravilloso estado se convirtió en una de las mayores obsesiones de la humanidad. Algo parece seguro: el amor no es susceptible de ser reducido a una f6rmula química ni capaz de ser visualizado en estado puro.
Para la revista ELLE - Buenos Aires, 2000
Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962) se entregó a la difícil tarea de identificar los rasgos del mayor sentimiento humano en El amor enfermo, su última novela. Ya desde el título, el autor toma posici6n al caracterizar al amor como una patología. Ahora bien, quienquiera podría interrogarse si existe el amor "sano", o cuáles son los límites por los que discurre dicha "enfermedad".
Saravia, protagonista de El amor enfermo, sufre ciertos síntomas que se le presentan como testimonio de "su enfermedad". Para empezar, el día que escuchó decir a Silvia al otro lado de la linea telefónica: "No quiero estar más con usted", Saravia comenzó a perder capacidad auditiva. Poco a poco, a medida que se evaporaban los sonidos, el hombre comenzó a sentir que se evaporaba también su capacidad para relacionarse con otras mujeres. Dicho de otra forma: Saravia ya no puede escuchar al amor, como si una vez que fue arrullado con su dulce melodía, al perderlo quedara sordo para siempre y para todo. Lo que plantea Nielsen, en definitiva, es la capacidad para recuperar el amor una vez que se perdió.
Aún cuando dentro de este esquema el planteo parece cercano a la trama de una telenovela mexicana (dicho esto con el mayor respeto), Nielsen logra hacer de El amor enfermo una novela intensa, con fragmentos de una extraña lucidez y plena de hallazgos inesperados. A pesar de una obra hasta el momento breve, Gustavo Nielsen ya habia dado muestras de una particular origmalidad en el volumen de relatos Playa quemada (1994) y de modo especial en la novela La flor azteca (1997). Allí manejaba los códigos de un mundo oscuro, por el que deambulaban figuras de una realidad tan común como deforme. En el caso de El amor enfermo, este universo se concretará en el asfixiante entorno de la medicina, una suerte de Averno que sumerge a Saravia en las profundidades de sus dudas y su sordera. "¿Qué quieren las mujeres?" es el enigma que intentará revelar con maligna obsesión.
A pesar de encontrarse invalidado para escuchar los arrullos de la pasión, Saravia no está solo. Su pena despierta la consideración de otras tantas mujeres que se acercan buscando ampararlo. Son sus ángeles incomprendidos, muchachas de barrio dispuestas a ofrecer sus corazones sinceros sin más recompensa que un gesto impalpable, pero un gesto al fin. Se llaman Celeste, Elba, Cristina, y no tienen oficios más sabios que el de encargada, cajera, secretaria. Poco a poco, Saravia asoma por fuera del eclipse de su sordera.
Nielsen tiene un talento peculiar, por el cual puede lograr a través de su estilo una fusión de ironía y ternura, erotismo y humor, acidez y delicadeza. No ahorra rasgos grotescos a personajes y situaciones, y no obstante no se queda simplemente en el golpe efectista del método. De allí que esta suerte de "novela moral" a la usanza de las grandes obras de la literatura del siglo XIX (Flaubert, Stendahl, etc.) marca un nuevo camino dentro de la tradición que conoce el género romántico en la literatura argentina. Tal vez sólo se podría acusar a Nielsen de que extiende El amor enfermo más de la cuenta, que incluso hubiese podido llegar a ser más efectivo con un centenar de páginas menos. De cualquier modo, al culminar la novela, no se puede concordar más con su final. "No sabía si lloraba por lo que había oído, o por llorar, nomás. No le importó."
Saravia era feliz. El lector también.