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ENTREVISTA CON JUAN MARTINI
ANA
LAURA PEREZ
El
escritor imperfecto
Irónico, el narrador rosarino habla de su novela "El autor
intelectual", editada por Norma, y dispara contra quienes, sedientos
de experimentación, se olvidaron de los lectores y de contar
historias.
El día
otoñea en el Botánico, barrio que el escritor Juan Martini
comparte imaginariamente con su colega Mario Barberi, protagonista de
su última novela, El autor intelectual.
Mientras Martini afina el lápiz para recrear espacios reconocibles
por lectores esquivos a la narrativa local, su personaje sale a la búsqueda
de Lola, una adolescente pizpireta que desapareció después
de hacerle un reportaje en una FM trucha. Barberi, que se acomoda a
una incómoda separación y se acostumbra al nuevo departamento
de divorciado, posterga su crisis de cincuentón para encontrar
a la piba cuyos rastros se pierden en una Buenos Aires que no para de
cambiar de aspecto y costumbres.
Martini desembocó en su décima novela (precedida de La
vida entera y El fantasma imperfecto entre otras) después
de tropezar con un libro que se negaba a ser escrito y un cuento -"El
Ejército Rojo"- que daba para más. Este rosarino
de 56 años, autor también de cuatro volúmenes de
relatos, que acredita los oficios de librero, periodista y editor literario,
rescata su derecho de lector para sugerir que la crisis de publicación
y venta de narrativa nacional fue provocada, en parte, por los "autores
intelectuales" que privilegiaron la experimentación por
sobre las historias a contar.
-Tanto El autor intelectual como su anterior novela, La
máquina de escribir, están protagonizadas por escritores.
¿Qué encuentra de atractivo en ellos?
-Es verdad. En mis últimas dos novelas los personajes principales
son escritores. Y en ésta, muy deliberadamente. ¿Por qué?
Porque la misma novela busca una cosa narrativa muy clara. A diferencia
de, por ejemplo, La máquina de escribir, ésta pretende
ser no una novela absolutamente lineal y transparente pero sí
muy fácil de seguir... Y la idea de un escritor tiene que ver
con el deseo de dar al lector referencias que le resulten familiares.
O sea, que la acción, sus causas y la ciudad donde todo transcurre
no le sean ajenas.
-¿Por eso hay tantas referencias a lugares, bares, negocios
y marcas?
-Es un hecho de la vida cotidiana ver cómo la ciudad de Buenos
Aires, en los últimos diez años, ha cambiado. La novela,
entre algunos de sus temas, cuenta eso: su propia transformación
en una ciudad que necesita la globalización. Por otra parte,
la elección del escenario tiene que ver con que Buenos Aires
está llena de escritores.
-Paradójicamente, el protagonista de El autor intelectual
es menos "intelectual" que sus antecesores de La máquina
de escribir.
-Mario Barberi, el protagonista, no es un escritor que tenga una
actitud intelectual ante lo que está pasando como sí la
tienen los escritores de La máquina de escribir, que expresan
una conciencia o una ambición mayor respecto de lo que hacen.
Barberi es un tipo que ni siquiera puede escribir. Se está separando
de su mujer, tiene una nenita relativamente chica, está involucrado
en la desaparición de una piba. Ni siquiera puede empezar una
novela. Me parecía que yo podía narrar eso con el respaldo
de la experiencia.
-¿Cuánto de Juan Martini hay en Mario Barberi?
-La novela no tiene nada de autobiográfico. Pero sí sé
lo que es el trabajo de un escritor; sí sé lo que es una
mudanza, lo que es tener 50 años, separarse y tener una hija.
En ese sentido, pretendí que la experiencia de ese tipo, con
esa crisis de la mediana edad, tuviera puntos de referencia más
o menos en común con tanta gente que hoy, en esta ciudad y este
mundo, se separa, trata de armar otra vida, cambia de trabajo, etcétera.
-¿Coincide con el personaje cuando dice que la ciudad está
llena de escritores que hicieron una muy buena novela y después
se olvidaron de cómo escribirlas?
-Es una frase exagerada de un personaje, pero creo que, de todas maneras,
Buenos Aires es una ciudad donde hay muchos escritores. Lo que no quiere
decir que sobren, ¿eh? Así como hay muchos psicoanalistas
y arquitectos, suele haber escritores con un solo libro interesante,
significativo, que ocupó un lugar importante en la literatura
de un momento y luego no se continuó en una obra extensa.
-Juan Rulfo, por ejemplo, escribió pocos libros...
-Y es excelente... pero me acuerdo, por ejemplo, de Miguel Briante,
que para mí fue un gran escritor que, hasta su muerte a los 50
y pico de años, escribió nada más que un libro
y medio. También Germán García, para mí,
es un escritor de un solo libro, por la significación que tuvo
Nanina en el cuerpo de la narrativa argentina.
-A Osvaldo Soriano, que aparece como personaje en la novela, ¿lo
considera también un escritor con poca obra?
-Fui amigo de Soriano y tengo una gran consideración por algunas
de sus novelas. Pero, más allá de esto, elijo a Osvaldo
porque es un escritor no canónico que tiene muy poco reconocimiento
como escritor intelectual. No hubiera sido lo mismo que el personaje
se encontrara con Juan José Saer en cada uno de sus viajes a
la Argentina. También soy amigo de Juan, y tengo un respeto enorme
por su obra, pero eso hubiera sido una elección intelectual.
La de Soriano es una elección que busca poner ese tono de cosa
menos consagrada. El personaje que narra la novela es un escritor de
cierto reconocimiento pero no es un consagrado y sus amigos son escritores
que tampoco ocupan, en el campo intelectual, lugares tan gravitantes.
-¿Por qué es tan irónico respecto de la actitud
intelectual?
-Porque me parece que tenemos que empezar a pensar si no nos hemos creído
demasiado inteligentes, demasiado geniales y que escribimos novelas
tan maravillosas. Y me incluyo. Todos los escritores, por lo menos los
de mi generación, tenemos que preguntarnos si no nos hemos creído
un poquito más de lo que nuestras obras son. Porque, finalmente,
lo que un escritor cree que es tiene una importancia casi privada, pero
lo que queda es la obra. Y me parece que muchas obras no están
a la altura de la importancia pública que adquieren ciertos escritores.
Estoy casi seguro de que la historia de la literatura argentina del
siglo XX se va a reescribir muchas veces y no será la que hoy
estamos aceptando como historia oficial.
-¿Y qué dirá esa historia oficial?
-Que hay escritores que han ocupado lugares desmedidos mientras otros
han quedado en el más terrible de los olvidos.
-¿Cómo quién, por ejemplo?
-Creo que Macedonio Fernández ocupa un lugar demasiado relevante
entre los escritores argentinos del siglo XX y Silvina Ocampo o Elvira
Ortiz son casi desconocidas. Hoy encuentro que Silvina Ocampo es una
escritora de una estatura admirable, mientras que la obra de Macedonio
es una obra de vanguardia: muy significativa para entender ciertas torsiones
y rupturas. Pero pretender que eso es la literatura argentina del siglo
XX me parece un malentendido del que todos formamos parte. Para ser
más claro: como operación intelectual, como corte de la
vanguardia en el cuerpo de la literatura argentina, la figura de Macedonio
es insoslayable. Ahora, cuando hablamos de leer, yo creo que la obra
de Ocampo está en un lugar injustamente olvidado respecto de
la obra de otros escritores canonizados.
-Usted afirmó hace poco que el abuso de la experimentación
en la literatura argentina provocó el alejamiento masivo de los
lectores. ¿Sigue creyéndolo?
-Sí. Hemos desembocado en una encrucijada donde no se sabe qué
novela escribir para que un editor la acepte y tres mil personas la
lean. Los escritores nos quejamos mucho de que nuestros libros no se
venden, de que los editores no publican novelas argentinas y yo -que,
a pesar de haber sido editor, no voy a defender ni a la figura del editor
ni a las corporaciones- digo que, en general, las empresas editoriales
no son tontas y si un escritor vende, lo van a publicar.
-¿No es un análisis exclusivamente mercantilista del
problema?
-Esto es una simplificación, pero hay que empezar a pensar que
el escritor y su texto forman parte del problema. ¿No estaremos
escribiendo novelas en las que el público no encuentra referentes
claros y en consecuencia se desanima y deja de leerlas? La literatura
argentina, que ha producido novelas maravillosas, dificilísimas
de leer, ha contribuido a que el lector se aleje de las novelas. Y por
otro lado, ha habido un abuso de la experimentación y la parodia
en la novela argentina. Los libros que escribimos tienen pocos lectores
por su naturaleza. El público está fatigado de leer novelas
que no entiende.
-¿Las constantes referencias periodísticas que aparecen
en El autor intelectual buscan reforzar ese marco común
de realidades con el lector?
-La manera más exagerada de decirlo es que la realidad es la
que los medios describen. Pero más allá de este primer
consumo, de la versión periodística y de la no periodística
y de los rumores a que dan lugar, hay una segunda intención en
la novela que es marcar todo el tiempo las apariencias de las apariencias.
-¿El grupo de amigos que rodea al protagonista ayuda a poner,
en un mundo de apariencias, las cosas en su lugar? -Claro. Por un
lado, ese grupo está porque necesitaba una zona del libro donde
se hablase de los temas más importantes y más tontos de
este tiempo, y eso es típico de los asados con los amigos. Quería
también, hacer un apunte de época sobre esta sociedad
de entornos despersonalizados por Internet, TV satelital, delivery y
demás. Estos amigos, llenos de ironía y afecto, se encargan
de lo contrario: personalizan todo el tiempo ese mundo. Yo viví
unos cuantos años muy encerrado en mi casa hasta que un buen
día, casi de casualidad, a través de una amiga escritora
desemboqué en una escena de amigos como hacía muchísimo
tiempo que no tenía. Ese grupo -que de alguna manera reflejan
estos personajes- es una de las cosas más lindas que me ha pasado
en los últimos tiempos. En esa zona, que parece un poco frívola,
yo me siento muy feliz.
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