JUAN MARTINI

 

    El Internacional

 

    El Oso Leiva estaba muerto en una mesa, menos, mucho menos que un oso, aguantando con un semillón la noche interminable, la mirada fija en el péndulo del reloj, al fondo, un plato dorado, abombado, que va lento y lento vuelve, sonando cada cuartos la música, la hora, sordos acordes que nadie oía, perdidos en el tumulto. Y por más que hizo un esfuerzo, el Oso Leiva no escuchó, no logró escuchar ni una sola de las campanadas de las once. Tal vez ­creyó verlo­ el plato dorado vibró en el aire, tembló apenas, estremecido, durante el tiempo en que sonó el reloj, pero fue sólo una intuición, la certidumbre de que daban las once y eso no tenía ningun sentido.
    Si aquella noche el Oso Leiva no hubiera estado muerto, atado a esa mesa que se tambaleaba por el fallo o por la exactitud de una pata más corta que las otras, entonces quizás se habría levantado, examinado hasta el reloj para escuchar, por capricho, por puro gusto nomás, las campanas de las once.
    Pero no. En cambio bufó abatido, aburrido, alzó el vaso, midió el resto de vino, tomó un par de tragos, rompió el papel plateado del paquete y conto los cigarrillos. Encendió uno, miró alrededor, siguió aguantando, muerto, terminado el Oso Leiva, mucho menos que un oso, sin lugar a dudas, apenas un triste buey vencido, enfermo, sin orgullo ya como para terminar con dignidad: legendario, por ejemplo, después de haberse inmolado por la paz de su increíble paraíso de osas blancas.
    Entonces, cuando comenzaba a creer que ya no debía esperar nada, muerto como estaba, que no podía ofrecerse desmantelado a una esperanza final, a una quimera, porque nadie apostaría o pagaría rescate por un buey en las últimas, cuando desconfiaba de que algo pudiese encenderlo nuevamente, ponerlo en marcha, cuando se convencía de que hasta el Oriental habia ahuecado ante la desgracia próxima, entonces, desde el fondo, surgió la Rusita, sonriente, luminosa, evolucionó por las brumas del Internacional, se abrió paso entre los hombres, las mesas, las botellas vacías que rodaban por el suelo, se acercó, se sentó a su lado, puso las manos sobre las manos del Oso Leiva, dijo:
    ­¿Cómo estás? ¿Puedo sentarme con vos?
    Alegre, los ojos muy claros y brillantes, el pelo rojo y enrulado, la piel cubierta de pecas pardas, pequeñas, infinitas, como un espejo del cielo, blanco y extraño.
    ­Rusita ­murmuró el Oso Leiva, mirándola, acariciándole las manos . Tanto tiempo...
    Ella movió la cabeza varias veces, gestos cortos que agitaban sus rulos, diciendo que si, sonriendo con los labios cerrados, apretados, con un par de hoyuelos en las mejillas que la rejuvenecían, diciendo que si, aceptando en silencio que seguramente había pasado mucho tiempo.
    ­¿Cómo estas?­ preguntó la Rusita.
    El Oso Leiva se demoró buscando que responder, dudando, sonriendo por fin también el.
    ­Muerto­ dijo.
    ­¿Muerto? ­incrédula la Rusita­. ¿El Oso Leiva, muerto?
    ­Si, Rusita.
    ­Vos estás loco, muy loco. A ver, contame.
    El se rascó la nuca, abultó los labios en una mueca, tomó un trago de semillón y se hizo un buche con el último:
    ­Esto es un veneno.
    ­Contame, ¿querés?
    ­Mejor contame vos. Ha pasado mucho tiempo, ¿no?, pero estás igual, colorada y linda.
    La Rusita pidió una botella de coñac y cigarrillos. En la luz azulada del bar las mesas, los cuerpos y el humo parecían suspendidos en un espacio irreal, abierto, el aire húmedo y tibio, el reloj con números romanos y largas agujas sobre una pared invisible, al fondo, cerca de donde el Oso Leiva había visto reaparecer como en un sueño el pelo rojo de la Rusita, el péndulo repitiendo su lento movimiento, el tumulto que animaba a los hombres, a las mujeres, bebiendo, la música que ahora llegaba desde una vieja radio de madera con un ojo verde sobre el dial, las inútiles señales del reloj cada cuartos.
    ­Diez años ­dijo la Rusita­. Pasaron diez años. Primero anduve dando vueltas. Un tipo me jodió, me plantó, y quedé en la vía, ¿te imaginás?
    El Oso Leiva descorchó la botella de coñac, sirvió las copas, olisqueó la bebida, vagamente reconfortado, ¿estaría muerto, en realidad?
    ­En la vía­repitio­. Me imagino.
    ­ Dando vueltas ­dijo la Rusita­. Eso es malo, cansa, quita fuerzas...
    Volvió a sonreír, esta vez con cierta resignación turbia, dulce, se llevó la copa a los labios y brindó, sin decirlo, por el Oso Leiva y por ella:
    ­Salud.
    Chocaron las copas suavemente.
    ­Salud ­respondió él.
    ­Y por fin, cuando ya no sabía qué hacer, en la más espantosa de las vías, me encuentro de pura casualidad con el Silencio, ¿te acordás del Silencio?, y me llevó con él a Encarnación.
    El Oso Leiva balanceaba el coñac en una mano, dejaba la copa sobre la mesa, contemplaba la bebida hasta que era imposible advertir el menor movimiento, la superficie reposaba, dorada, transparente, la Rusita movía las piernas, rozaba una pata de la mesa, la paz del coñac se terminaba.
    ­Me acuerdo del Silencio.
    ­ Claro que te acordás ­dijo la Rusita­. Bueno, por suerte me llevó con él, me amparó, ¿sabés?
    ­Era un tipo difícil el Silencio
    Ella, sin desviar la mirada, se quedó un momento callada, recordando ahora verdaderamente.
    ­ Es cierto ­aceptó­ Pero fue generoso conmigo, le guardo cariño, en serio.
    ­No tenía ni un amigo.
    ­Nadie tiene amigos en Encarnación-repuso la Rusita, sin encono, la voz grave después de un largo trago.
    ­Acá tampoco tenía dijo el Oso Leiva.
    ­Aca si. El Rudy Spíndola.
    ­Dicen que al final nadie quería saber más nada con él.
    ­Yo le guardo cariño dijo la Rusita­. Conmigo se portó bien. Me encontró regalada y no se aprovechó.
    ­Yo no le guardo nada.
    La Rusita, entonces, vacilando:
    ­¿Te hizo algo? ¿Te jodió?
    ­No ­respondió el Oso Leiva rnostrando los dientes en una sonrisa­ . Supongo que no.
    ­¿Y entonces?
    ­No sé. ¿Qué querés que te diga?
    Ella, cambiando de tono, otra vez inquieta, divertida después de un nuevo trago, de pasarse la lengua por los labios:
    ­Lo que pasa es que sos un oso caprichoso y mal llevado, ¿verdad?
    El Oso Leiva se frotaba el mentón, la barba larga y gris.
    ­Eso ­dijo.
    Sos un oso grandote y mal criado ­siempre riendo la Ruslta, ¿Verdad?
    ­ Eso.
    ­Mira, yo me acordaba mucho de esta ciudad, extrañaba. Me acordaba de las chicas de la pensión, y cuando pensaba en El Intemacional me acordaba de vos.
    El Oso Leiva le acaricio las manos.
    ­ Qué te ibas a acordar, Rusita...
    ­Te lo juro, no te miento. Pensaba: ¿seguira yendo el Oso Leiva?, ¿seguirá soñando con su paraíso de osas blancas? Porque mirá que sos loco, vos.
    ¿Estaría muerto, tan muerto como había creído? La Rusita era una fiesta, o un sueño de agonía, el calor indispensable para no acabar temblando en ese maldito socavón, delirio febril que precedía al corte definitivo de los piolines, maniobras rituales de la parca volando bajo, esperando. El Oso Leiva se llenó la boca de coñac, las mejillas infladas, encendidas, fue tragando de a poco, secándose los bigotes con el dorso de una mano.
    ­¿Y tu nena? ­preguntó después.
    ­Mi nena. Si la vieras...
    ­¿Cuantos años tiene ya?
    Ocho. Y se está estirando. Acá me llega, mirá ­dijo la Rusita señalando a la altura de sus pechos.
    ­Se parece a vos, ¿no es cierto?
    Ella dijo que si con la cabeza:
    ­Como dos gotas de agua­ alegre, enternecida.
    ­Ocho años...
    ­¿Viste? La Rusita con una hija así de alta... Si yo misma no puedo creerlo a veces.
    ­Cómo pasa el tiempo, Rusita.
    ­Sí ­dijo ella­. Cómo pasa.
    ­Salud ­brindó entonces el Oso Leiva­. Por la nena.
    ­Salud.
    Bebieron. Y un largo silencio apareció entre ellos, como la sombra de otra historia, sin explicación, un silencio de recuerdos que de pronto resurgen, un silencio de reconocimiento, de reunión, entre la vieja historia y esa mesa, ahora, otra vez en El Internacional, tocándose las manos casi con pudor, y dejando de tocarse antes de que la confusión por la tibieza de la piel, por los ligeros estremecimlentos. por las dudas, terminara rompiendo el hechizo, el sueño, el encantamiento, y cada uno de ellos se esfumase de la mesa, de la luz azulada y turbia, del rumor y del humo.
    La Rusita encendió un cigarrillo, movió la cabeza como para quitarse un mechón de la frente, sus rulos se agitaron, los ojos grises, claros, transparentes, parecían iluminados cuando miró hacia el fondo, hacia el reloj, hacia la pared invisible. El Oso Leiva hizo crujir los dedos, vagamente inquieto, conmovido. Estaba muerto, en algún momento se había muerto y la Rusita era una aparición en la nada, una imagen más entre otras imagenes finales. Sin embargo el licor ardía en su pecho y sus manos se habían humedecido. Se había sentido renacer, sin otro motivo que no fuera la Rusita. Se había sentido entero, quizás porque ella había traído a la penumbra de la mesa reflejos de otros tiempos, de cuando el Oso Leiva estaba vivo.
    Contempló los ojos de la Rusita, su mirada serena, la tenue sonrisa que se insinuaba en sus labios. Volvió a poner una mano sobre una mano de ella y entonces la Rusita, reconocida, movió la cabeza, diciendo que sí, que seguramente había pasado mucho tiempo, pero que allí estaba, que era ella.
    ­Y el Silencio te llevó a Encarnación.
    ­Sí.
    ­¿Cómo es el Silencio?
    La Rusita chupó el cigarrillo, alzó los hombros, miró la vieja superficie de madera de la mesa, miró sin ver las innumerables quemaduras de otros cigarrillos, miró los ojos marrones del Oso Leiva:
    ­Silencioso ­dijo, divertida.
    El retiró las manos, las hundió en los bolsillos del saco, al principio buscando algo, nada, sin saber que hacer con ellas, y después dejandolas alli.
    ­¿Contagioso?-preguntó entonces de mal humor.
    La Rusita se puso seria.
    ­Según-repuso. Y repitió-: Según.
    ­Según ¿qué?
    Ella dejó pasar un momento antes de contestar. Después lo hizo con firmeza:
    Según lo que se quiera de él. Yo no esperaba nada, al contrario, creí que me haría daño. En cambio me hizo bien, y me dió algo.
    ­¿Qué?
    ­No importa qué. Lo que quiero decir es que yo no sé lo que es contagiarse del Silencio.
    ­Está bien. Está bien. No quiero hablar de eso. ¿Por qué me tiene que importar el Silencio?
    ­No lo sé.
    ­En realidad quiero hablar de cualquier otra cosa.
    ­El Silencio vive allí ­continuó, sin embago. la Rusita­. Tiene una casa blanca, cómoda y silenciosa. No sale casi nunca, vive allí, con sus perros y sus gatos.
    ­¿Y vos?
    ­Yo también vivía allí, con él.
    ­Pero no te gustaba Encarnación.
    La Rusita haciendo un gesto, alzando los hombros, sonriendo con una pálida tristeza:
    ­No sé ­dijo­. No sé si me gustaba o no. Tenía ganas de venir por acá, de darme una vuelta, y él me dijo que viniera, que si me daban ganas de volver, que volviese, y que si no, que no volviese.
    ­Te quiere mucho ¿no?
    ­Sí, supongo que sí. Aunque en el fondo no sé quién es el Silencio, no sé qué es Encarnación, no sé si me gustan, no sé tampoco cuál es la diferencia, si es que hay alguna diferencia. Lo único que sé, ahora, es que yo no estaba mal allí.
    ­¿Por qué?
    La Rusita dijo que no con la cabeza, una lánguida sonrisa en los ojos, un movimiento de las manos:
    ­No importa­repitió.
    Y se sirvió mas coñac.
    ­De acuerdo ­dijo el Oso Leiva.
    Desde la antigua radio una música extraña y lejana se extendía por El Internacional. El ojo verde, sobre el dial, era otro punto fijo y luminoso en medio de la bruma, del manso mar de aire azul y voces bajas, sin orillas.
    ­¿Y vos?-preguntó la Rusita
    El buscó un tono indiferente, casual, una sonrisa y una mirada inexpresivas:
    ­¿Yo? Nada.
    ­¿Cómo nada?
    El Oso Leiva asintió:
    ­Sí, nada. Como siempre. Aguantando.
    ­¿Como siempre?
    ­Más o menos. ?Sabes?, antes de verte, antes de que aparecieras por allí, desde el fondo, sabía que estaban dando las once de la noche, pero no escuchaba nada. Sabía que las campanas sonaban y sonaban. Once veces, pero no pude oirlas.
    La Rusita, desconcertada:
    ­¿Qué decís? ¿Las campanas?
    ­Sí.
    Ella entonces resentida:
    ­Eso es todo, ¿no?
    ­Exactamente.
    ­Mirá, sos un jodido.
    ­Y para colmo contagioso.
    ­Sí, Vos sos contagioso.
    El Oso Leiva quiso acariciarle una mano, pero ella la retiró con un movimiento obvio y brusco.
    ­No me toqués ­se exasperó­ . Sos un maldito jodido.
    La música de la radio cambió repentinamente de ritmo y ella, fastidiada, miró en dirección a la puerta del bar. Entonces el Oso Leiva dijo:
    ­Tengo un amigo, una especie de socio. No nos van bien las cosas. ¿Querés que te cuente?
    La Rusita no contestó. Sus manos nerviosas jugaban con el papel celofán que había quitado del paquete de cigarrillos. Sus ojos parecían oscuros y una línea de rencor le cruzaba la frente, se perdía entre los rulos del pelo.
    ­No hemos cambiado mucho a pesar de los años ­trató de sonreír el Oso Leiva­. Siempre fuimos así vos y yo.
    ­¿Cómo?
    ­Siempre te enojabas, de pronto, por cualquier cosa.
    ­¡Nunca me enojé por cualquier cosa!-repuso la Rusita.
    ­El Oriental es un buen chico. Lo conocí en Clorinda. Trabajamos juntos allá, pasando algunas cosas, ¿entendés? Después yo decidí quedarme un tiempo en Asunción y él se vino para acá. Nos volvimos a encontrar hace un año... Es un buen chico el Oriental.
    La Rusita, de mala gana, indiferente, por decir algo, pero con intención de levantarse, de irse de la mesa, del Internacional, de las cercanías del Oso Leiva:
    ­ ¿Qué hace? .
    ­¿El Oriental? Nada. Aguanta.
    La Rusita, incorporándose:
    ­Bueno, tengo que irme.
    ­Nos encontramos otra vez acá, sin saber muy bien qué hacer. No queríamos volver al Paraguay. Teníamos un poco de tela y decidimos aguantar, esperar, hasta que se nos ocurriera algo.
    ­¿Y?
    El Oso Leiva encogió los hombros y arqueó las cejas:
    ­Todavia no se nos ocurrió nada.
    ­¿Y?
    El asintió lentamente con la cabeza, resignado, esperando que ella se levantara y se fuera:
    ­Ya te lo dije: nada. Se nos terminó la tela y creo que estamos muertos, que no hay nada para hacer.
    ­Vos estás loco.
    ­No, Rusita. Estamos muertos. Se nos acabó el rollo. Esa es la verdad. El Oriental no quiere reconocerlo, pero te juro que es así.
    La Rusita se abandonó en la silla. Buscó su copa, se la llevó a los labios, la mirada opaca, oscurecida, fija en la penumbra, como dispuesta a brindar por una derrota.
    ­Salud ­dijo.
    El Oso Leiva bebió en silencio y encendió un cigarrillo. A lo lejos, ahora, creyó escuchar las campanas del reloj. No quiso mirar. Estaba muerto.
    ­Ha pasado mucho tiempo, Rusita.
    ­Pero en el fondo no hemos cambiado tanto.
    Se miraron, confusamente reconciliados, y sonrieron.
    ­Ya no hay paraíso de osas blancas ­dijo él.
    ­Dejate de pavadas.
    ­Contame, ¿por qué volviste?
    La Rusita se paro. Recogió su bolso de lamé y se lo colgó de un hombro desnudo, salpicado de pecas:
    ­Llevame a caminar.
    El Oso Leiva la siguió a través de la bruma que parecía descender incesantemente sobre El Internacional. Contempló, mientras salían, el vestido negro, corto y ceñido de ella, su espalda al aire, sus largas piernas montadas sobre sandalias doradas. En la calle un marinero orinaba contra la pared de un conventillo y cantaba:

Lejana tierra mía
bajo tu cielo
bajo tu cielo
quiero morirme un día
con tu consuelo
con tu consuelo.

    La Rusita miró el cielo, las estrellas, se frotó los brazos, caminando junto al Oso Leiva:
    ­Me dió frío.
    El le puso sobre los hombros su saco de cuero, marrón y gastado. Al hacerlo rozó el pelo de la Rusita, olió su perfume. Inclinó entonces la cabeza y le beso suavemente el cuello. Ella, estremecida, sonriendo, preguntó:
    ­¿Cómo es el Oriental?
    ­Creo que no sé.
    ­Es tu amigo ¿no?
    ­Si, pero me parece que no sé cómo es ni qué quiere.
    ­Mentira.
    ­Mentira ­repitió el Oso Leiva­. Es un buen tipo.
    ­¿Cuantos años tiene?
    ­Treinta... Treinta y dos... Dice que nació en Santa Fe y que se fue de la casa cuando era muy joven. Anduvo por ahí, por casi todo el país, haciendo de todo un poco. Después se caso y tuvo un hijo. Y después abandonó a la mujer y al hijo y se fue al Paraguay.
    La Ruslta movió la cabeza de un lado a otro, como diciendo que no, caminando, el ruido de sus tacos en la calle sin fin, en la noche vacía:
    ­Es curioso ­murmuró.
    ­¿Qué?
    ­No sé, de pronto me acordé de algo.
    ­¿De qué?
    ­Bueno, no tiene nada que ver, pero me acordé de uno de los sueños de la Hermana...
    ­¿Quién es la Hermana?
    ­Cerca de Encarnación hay un caserío, ¿sabés?, chozas de madera y lata donde van a parar las mujeres viejas, los jugadores reventados, los enfermos... Bueno, allí vive la Hermana. Vive en una cama y sueña cosas que van a pasar.
    ­¿Y por qué te acordaste ahora de eso?
    ­No te lo puedo explicar, no sé.
    ­Estás rara, vos.
    ­Olé ­dijo la Rusita­. Olé.
    El Oso Leiva cerró los ojos, caminó con los ojos cerrados, junto a la Rusita, convencido de que estaba muerto, de que hay sueños que se parecen penosamente a la realidad, de que hay viejas heridas olvidadas que vuelven a abrirse, de pronto, en el momento exacto de la muerte, y de que esas heridas son una explicación última, pero tardía.
    ­Jazmines ­dijo la Rusita, emocionada­. ¿Sabés cuanto hacía que no olía perfume de jazmines? ¿Sabés cuánto hacía que no caminaba por esta ciudad, a la noche, sin miedo, sabiendo que voy a dormir y que me voy a despertar y que voy a salir al balcón, entusiasmada, para mirar los árboles; la calle, el sol? ¿Sabés cuánto hacía?
    ­Muchos años ­dijo el Oso Leiva.
    ­Más ­repuso la Rusita.

 

    

de "La vida entera", de Juan Martini. © 1981

        
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