Para Eugenia, que nunca me perdonó habernos Capítulo
I
La serie de Oxford
vuelto
de Inglaterra, estos crímenes más disculpables.
Ahora que pasaron los años y todo fue olvidado, ahora que me
llegó desde Escocia, en un lacónico mail, la triste noticia
de la muerte de Seldom, creo que puedo quebrar la promesa que en todo
caso él nunca me pidió y contar la verdad sobre los sucesos
que en su momento llegaron a los diarios ingleses con títulos
que oscilaban de lo macabro a lo sensacionalista, pero a los que Seldom
y yo siempre nos referimos, quizá por la connotación matemática,
simplemente como la serie, o la serie de Oxford. Las muertes ocurrieron,
efectiva- mente, todas dentro del condado de Oxfordshire, durante el
verano de mi única residencia en Inglaterra, y me tocó
el privilegio dudoso de ver realmente de cerca la primera.
Yo tenía veintidós años, una edad en la que casi
todo es todavía disculpable; acababa de graduarme en la Universidad
de Buenos Aires con una tesis en topología algebraica y viajaba
a Oxford con una beca para una estadía de un año, con
la idea, algo difusa, de inclinarme hacia la Lógica, o, por lo
menos, de asistir al famoso seminario de Macintire. La que sería
mi directora allí, Emily Bronson, había hecho los preparativos
para mi llegada con una solicitud minuciosa, atenta a todos los detalles.
Era profesora y fellow de St. Anne´s, pero en los mails que habíamos
intercambiado antes del viaje me sugirió que en vez de alojarme
en los cuartos algo inhóspitos del college, quizá yo pre-
firiera, si el dinero de mi beca lo permitía, alquilar una habitación
con baño propio, una pequeña cocina y entrada independiente
en la casa de Mrs. Eagleton, una mujer, según me dijo, muy amable
y discreta, la viuda de un antiguo profesor suyo. Hice mis cuentas,
como siempre, con algún exceso de optimismo y envié un
cheque con el pago por adelantado del primer mes, el único requisito
que pedía la dueña. Quince días después
me encontraba volando sobre el Atlántico en ese estado de incredulidad
que desde siempre se apodera de mí ante cada viaje: como en un
salto sin red, me parece mucho más proba- ble, e incluso más
económico como hipótesis, que un accidente de último
momento me devuelva a mi situación anterior, o al fondo del mar,
antes de que todo un país y la inmensa maquinaria que supone
empezar una nueva vida comparezca finalmente como una mano tendida allí
abajo. Y sin embargo, con toda puntualidad, a las nueve de la mañana
del día siguiente el avión horadó tranquilamente
la línea de brumas y las verdes colinas de Inglaterra aparecieron
con verosimilitud indudable, bajo una luz que de pronto se había
atenua- do, o debería decir, quizá, degradado, porque
esa fue la impresión que tuve: que la luz adquiría ahora,
a medida que bajábamos, una cualidad cada vez más precaria,
como si se debilitara o se enrareciera al traspasar un filtro demasiado
turbio.
Mi directora me había dado todas las indicaciones para que tomara
en Heathrow el ómnibus que me llevaría directamente a
Oxford, y se había excusado varias veces por no poder recibirme
a mi llegada: estaría durante toda esa semana en Londres en una
con- ferencia sobre Álgebra. Esto, lejos de preocuparme, me pareció
ideal: tendría unos días para hacerme por mí mismo
una idea del lugar y recorrer la ciudad, antes de que empezaran mis
obligaciones. No había llevado demasiado equipaje y cuando el
ómnibus se detuvo por fin en la estación no tuve problemas
en cruzar la plaza con mis bol- sos para tomar un taxi. Era el principio
de mayo pero me alegré de no haberme quitado el abrigo: había
un viento helado, cortante, y el sol, muy pálido, no ayudaba
demasiado. Aun así pude ver que casi todos en la feria de la
plaza y también el taxista que me abrió la puer- ta estaban
en manga corta. Le di la dirección de Mrs. Eagleton y mien- tras
arrancaba le pregunté si no tenía frío. Oh, no:
estamos en pri- mavera, me dijo, y señaló con felicidad
ese sol raquítico, como una prueba irrefutable.
El cab negro dobló a la izquierda y pude ver a ambos lados de
la calle, por puertas de madera entreabiertas y rejas de hierro, los
tersos jardines y el césped inmaculado y brillante de los colleges.
Pasamos un pequeño cementerio que bordeaba una iglesia, con las
lápidas cubier- tas de musgo. El auto subió por Banbury
Road y dobló luego de un trecho en Cunliffe Close, la dirección
que llevaba anotada. El camino ondulaba ahora en medio de un parque
imponente; detrás de cercos de muérdago aparecían
grandes casas antiguas de una elegancia sere- na, que hacían
evocar de inmediato las novelas victorianas con tardes de té,
paseos por los jardines y partidas de crocket. Íbamos mirando
los números al costado del camino, aunque me parecía improbable,
por el monto del cheque que había enviado, que la casa que buscaba
fuera ninguna de aquéllas. Vimos finalmente, donde terminaba
la calle, unas casitas uniformes, mucho más modestas, aunque
todavía simpáticas, con balcones rectangulares de madera
y un aspecto veraniego. La primera de ellas era la de Mrs. Eagleton.
Bajé mis bol- sos, subí la escalerita de entrada y toqué
el timbre. Sabía, por la fecha de su tesis doctoral y de sus
primeras publicaciones, que Emily Bronson debía tener no menos
de cincuenta y cinco años y me pre- guntaba qué edad podría
tener la viuda de un antiguo profesor suyo. Cuando la puerta se abrió
me encontré con la cara angulosa y los ojos de un azul oscuro
de una chica alta y delgada, no mucho mayor que yo, que me extendió
la mano con una sonrisa. Nos miramos con una mutua y agradable sorpresa,
aunque me pareció que ella se replegaba con un poco de cautela
al liberar su mano, que quizá yo había retenido un instante
más de lo apropiado. Me dijo su nombre, Beth, y trató
de repetir el mío, sin conseguirlo del todo, mientras me hacía
pasar a un living muy agradable, con una alfombra de rombos grises y
rojos. Desde un sillón floreado Mrs. Eagleton me extendía
los brazos con una gran sonrisa de bienvenida. Era una anciana de ojos
chispeantes y movimientos vivaces, con el pelo totalmente blanco y abundante
peinado con cuidado hacia arriba como una orla orgu-llosa. Reparé,
mientras cruzaba la sala, en la silla de ruedas doblada y apoyada con-
tra el respaldo, y en la manta que cubría sus piernas. Estreché
su mano y pude sentir la fragilidad algo temblorosa de sus dedos. Retuvo
la mía calurosamente un momento y me dio unos golpecitos con
la otra, mientras me preguntaba por mi viaje, y si aquella era mi primera
vez en Inglaterra. Dijo con asombro:
No esperábamos alguien tan joven, ¿no es cierto Beth?
Beth, que se había quedado cerca de la entrada, sonrió
en silencio; había descolgado de la pared una llave, y después
de esperar a que yo respondiera tres o cuatro preguntas más sugirió
con suavidad:
¿No te parece, abuela, que debería mostrarle ahora
su habitación? Debe estar terriblemente cansado.
Claro que sí dijo Mrs. Eagleton; Beth le explicará
todo. Y si no tiene otros planes para esta noche estaremos encantadas
de que nos acompañe a cenar.
Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada
continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña.
Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a un habitación
muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin
embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó
a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en
torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos
y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido
muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha
y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel
seca, curtida, tirante, como sobreexpuesta al aire libre, y esto, que
le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto
se ajaría. Si yo había calculado antes que podía
tener veintitrés o veinticuatro años ahora que la veía
de cerca me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete
o veinti- ocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían
un color azul muy hermoso y profundo, pero parecían algo más
fijos que el resto de sus facciones, como si tardara en llegarles la
expresión y el brillo. El vesti- do que llevaba, largo y holgado,
con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado
sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más
atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez
no era, por suerte, totalmente uni- forme. De espaldas, sobre todo,
parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión
de las chicas altas. Me preguntó, al volver a encontrar mis ojos,
aunque creo que sin ironía, si había algo más que
quisiera chequear y yo desvié la mirada, avergonzado, y me apuré
a decirle que todo estaba perfecto. Le pregunté, antes de que
se fuera, dando un rodeo demasiado largo, si creía que realmente
debía considerarme invitado esa noche a cenar y me dijo riendo
que por supuesto que sí, y que me esperaban a las seis y media.
Desempaqué las pocas cosas que había llevado, apilé
algunos libros y unas copias de mi tesis sobre el escritorio, y usé
un par de cajones para guardar mi ropa. Salí después a
dar un paseo por la ciudad. Ubiqué de inmediato, donde empezaba
Banbury Road, al Instituto de Matemática: era el único
edificio cuadrado y horrible; decidí que aquel primer día
podía pasar de largo. Compré un sándwich y tuve
un pic- nic solitario y algo tardío a la orilla del río,
mirando el entrenamiento del equipo de regatas. Entré y salí
de algunas librerías, me detuve a mirar las gárgolas en
las cornisas de un teatro, deambulé a la cola de un grupo de
turistas por las galerías de uno de los colleges y caminé
después largamente atravesando el inmenso Parque Universitario.
En un sec- tor resguardado por árboles una máquina cortaba
al ras el césped en grandes rectángulos, y un hombre pintaba
con cal las líneas de una cancha de tenis. Me detuve a mirar
con nostalgia el pequeño espec- táculo y pregunté
cuándo pondrían las redes. Había abandonado el
tenis en mi segundo año en la facultad y aunque no había
llevado mis raquetas, me prometí comprar una y encontrar un compañero
para volver a jugar.
Entré de regreso en un supermercado para hacer una pequeña
provisión y me demoré un poco más hasta encontrar
una licorería, donde elegí casi al azar una botella de
vino para la cena. Cuando llegué a Cunliffe Close eran poco más
de las cinco, pero ya había oscurecido casi por completo y las
ventanas en todas las casas esta- ban iluminadas. Me sorprendió
que nadie usara cortinas; me pregun- té si esto se debería
a una confianza quizá excesiva en el espíritu de discreción
inglés, que no se rebajaría a espiar la vida ajena, o
bien a la seguridad también inglesa de que no harían nada
en su vida priva- da que pudiera ser interesante espiar. No había
tampoco rejas en ningún lado; daba la impresión de que
muchas de las puertas estarían sin llave.
Me duché, me afeité, elegí la camisa que se había
arrugado menos dentro del bolso y a las seis y media subí puntualmente
la escalerita y toqué el timbre, con mi botella. La cena transcurrió
con esa cordialidad sonriente, educada, algo anodina, a la que debería
acostumbrarme con el tiempo. Beth se había arreglado un poco,
aunque sin consentir a pintarse. Tenía ahora una blusa negra
de seda y el pelo, que lo había peinado todo hacia un costado,
le caía seduc- toramente de un solo lado del cuello. En todo
caso, nada de esto era por mí: pronto me enteré de que
tocaba el violoncelo en una orques- ta de cámara, que esa noche
tendrían un ensayo general, y que cierto afortunado Michel pasaría
en media hora a buscarla. Hubo un brevísimo instante de incomodidad
cuando pregunté, dándolo casi por sentado, si era su novio;
las dos se miraron entre sí y por toda respuesta Mrs. Eagleton
me preguntó si quería más ensalada de papas. Durante
el resto de la cena Beth estuvo algo ausente y distraída y final-
mente me encontré hablando casi a solas con Mrs. Eagleton. Cuando
tocaron el timbre y después de que Beth se hubo ido, mi anfitriona
se animó notablemente, como si un invisible hilo de tensión
se hubiera aflojado. Se sirvió por sí misma una segunda
copa de vino y durante un largo rato escuché las peripecias de
una vida verdaderamente asombrosa. Había sido una de las tantas
mujeres que durante la gue- rra participaron con inocencia en un concurso
nacional de crucigra- mas, para enterarse de que el premio era el reclutamiento
de todas en un pueblito totalmente aislado, con la misión de
ayudar a Alan Turing y su equipo de matemáticos en el desciframiento
de los códigos de la máquina Enigma de los nazis. Era
allí donde había conocido a Mr. Eagleton. Me contó
una cantidad de anécdotas de la guerra y también todas
las circunstancias del famoso envenenamiento de Turing. Desde que se
había establecido en Oxford, me dijo, había abandonado
los crucigramas por el scrabble, que jugaba siempre que podía
con un grupo de amigas. Hizo rodar con entusiasmo su silla hasta una
mesi- ta baja en el living y me pidió que la siguiera y que no
me preocupara por levantar los platos: de ello se encargaría
Beth cuando regresara. Vi con aprensión que sacaba de un cajón
un tablero y que lo abría sobre la mesita. No pude decir que
no. Y así pasé el resto de la noche: tratando de formar
palabras delante de aquella anciana casi histórica que cada dos
o tres jugadas reía como una niña, alzaba a la vez todas
sus fichas y me asestaba las siete letras de otro scrabble.