Le habían dicho que siguiera el camino de alfombras y que rodeando las
mesas encontraría un pasillo con las oficinas de la editorial. Dio una
mirada al nuevo lugar de Sebrel; no lo habían inaugurado todavía
vio, apoyados contra una pared, un par de tablones junto a un anaquel
de vidrio vacío y varias pilas de libros en el suelo, sobre las que se
había depositado polvo de la construcción pero salvo por
estos últimos detalles estaba todo terminado, a punto de estrenar; lo
que quería decir, pensó en un reflejo de maldad, que ya no tenía
arreglo. Era, obviamente, un café literario, al que Sebrel había
conseguido agregar con disimulo sus oficinas en la parte de atrás. El
diseño trataba de imitar a la librería de clásicos que
había inaugurado la idea en la ciudad, pero aquí algo había
salido mal. No era la falta de dinero: Sebrel debía tener una aguda conciencia
de la leyenda que circulaba sobre su mezquindad y si algo se notabasi
algo se había preocupado por hacer notar era que esa mezquindad
la reservaba exclusivamente para sus escritores. Había una profusión
de maderas, de distintos tonos de madera, pero desgraciadamente el efecto general
no era de calidez, sino en todo caso de sofocación. Y aunque él
no hubiera sabido decir dónde tal vez el empapelado demasiado florido
de las paredes del fondo, o los cuadros de caza superpuestos había
en algún lado un abigarramiento fatal, como si se hubiera filtrado a
último momento, a pesar del esfuerzo de los decoradores, una nota personal
del editor que arruinaba el conjunto.
La mujer del maestro
Un empleado lo detuvo cuando estaba por cruzar entre las mesas; este empleado,
estaba seguro, tenía que conocerlo; se habían visto varias veces
en las viejas oficinas. Pero como si el cambio de lugar hubiera producido también
una modificación sutil de las reglas de juego un retorno a casillas
anteriores le preguntó sin ninguna familiaridad adónde iba.
Dijo que tenía una entrevista con Torrens, confiando en que su tono hubiera
resultado lo bastante imperioso. Torrens, el lector de Sebrel, lo había
llamado aquel día para anunciarle que su libro por fin estaba listo y
estaba decidido a que nada le hiciera perder el buen humor. Se abrió
una de las puertas del pasillo y apareció Sebrel, con el pelo tirante
peinado hacia atrás y un traje verde oscuro imprevistamente sobrio. Parecía
apurado pero cuando lo vio allí de pie se acercó sin ninguna vacilación,
con una sonrisa auténticamente amistosa.
Qué tal, querido y le estrechó la mano con afecto,
haciéndole varias preguntas al mismo tiempo.
No era la cordialidad a tientas, algo culpable, de quien
busca hacer las paces; era como si Sebrel directamente no hubiese registrado
la larga pelea legal que habían sostenido durante meses, como si aquello,
llegar al borde de un juicio con cada uno de sus escritores, fuese una pequeña
fatalidad que no podía evitar, una debilidad incorregible de su carácter,
tan conocida que no podía ofender a nadie, casi una cláusula más
del contrato a la que no había que darle ninguna importancia. Lo más
asombroso es que a su pesar, todo su rencor se fundía y la amabilidad
consumada de Sebrel de nuevo conseguía arrastrarlo. Se encontró
respondiéndole con mucha menos frialdad de lo que se había propuesto
y cuando el editor, tomándolo confiadamente del brazo y abarcándolo
todo alrededor con un gesto de orgullo, le preguntó qué le parecía
el nuevo lugar, no tuvo valor para otra cosa que un educado elogio. Sebrel pareció
olvidar su apuro y empezó a explicarle cómo quedaría todo
cuando acabaran. El, que pronto desistió de seguirlo, no dejó
sin embargo de prestar un resto de atención a la mímica de ese
entusiasmo, como si un gesto desprevenido pudiera descubrirle la verdad definitiva
sobre el editor.
Sebrel, hasta ahora, se le había escapado una y otra
vez; se decía de él, y probablemente era cierto, que no había
leído ninguno de los libros que publicaba. Se decía también
que a pesar de todo guardaba una mezcla de admiración y orgullo por sus
escritores, a los que consideraba seres de una esfera incomprensible, superior,
y a los que en sus momentos de mayor enternecimiento llamaba mis gallinitas.
Igualmente, no era nada de esto lo que lo intrigaba; lo que le había
llamado la atención desde la primera vez, con ligeras punzadas de envidia,
era en todo caso algo que estaba justamente en los gestos, en la desenvoltura
con que podía tomar del hombro o llevar del brazo a una persona, en el
deslizamiento justo de una mala palabra, en una inconsciente y perfecta naturalidad.
Por supuesto, podía decir que era simpático, pero no era
esto tampoco, no era esto todavía. Era, debía serdecidió
la madurez. Sebrel estaba perfectamente instalado en la madurez; no quedaba
en él ningún vestigio de una edad anterior, e incluso ese entusiasmo
infantil con que desembalaba para él un jarrón, o le enseñaba
el monograma de los vasos, era también característico, el mismo
con que podría estar hablándole de un auto nuevo, o de una nueva
amante. Sí, era simplemente aquello; bajo esta luz cada uno de sus gestos,
todo su aplomo, se correspondían de una manera admirable, aunque algo
monótona, con esa palabra y pensó que había dado al fin
y al cabo con un descubrimiento menor.
Entretanto habían caminado en círculo y estaban
ahora de nuevo junto a las mesas. Sebrel le explicó algo sobre el esterillado
de las sillas y soltó con orgullo una cifra que él no supo si
correspondía a todas o a cada una.
Y adiviná cuál va a ser el detalle dijo. Hizo para
ayudarlo un arco con el índice abarcando las mesas. Decidió darse
rápidamente por vencido. Sebrel lo acercó con suavidad del brazo,
como si sólo a él pudiera confiárselo:
Mujeres dijo, y rió satisfecho. Sí, sí,
nada de mozos: unas lindas chicas para servir el café.
Bien abrochadas, por supuesto, no vayas a imaginarte conejitas de Playboy. Chicas
con clase. Un toque y apretó en el aire un imaginario lanzaperfumes.
Se volvió hacia él de pronto, cambiando de tono.
Pero vos no viniste a conocer el boliche, ¿no? Su mirada, detrás
de los lentes, se había vuelto astuta y algo desagradable. Viste
que al final salió. ¿Cómo era? Setenta veces siete...
y recitó con una memoria sorprendente el principio de su última
carta documento. El sonrió, algo incómodo. Sebrel siempre conseguía
hacerlo sentir como un chico, un chico solemne y un poco ridículo.
Yo tengo que salir un momento pero vuelvo enseguida hizo un movimiento
cómico de alas: decile al Búho que te lo muestre.
El pasillo, más allá del despacho de Sebrel, se estrechaba abruptamente;
había en ambos costados unos cubículos todavía sin muebles,
no mucho más grandes que peceras, subdivididos por dentro con planchas
de corlock, como si allí, en lo más íntimo de la construcción,
el editor hubiera podido por fin volver a manifestarse tal como era. La puerta
de Torrens era la última y clausuraba el pasillo; debajo de su nombre,
con un particular sentido del humor, el hastiado juez de manuscritos había
colgado una reproducción del Cancerbero en vívidos trazos negros,
posiblemente de Doré.
Golpeó la puerta y escuchó el eco despoblado de sus golpes. Desde
el interior le llegó el chirrido de un sillón giratorio al deslizarse
y la respiración fatigada de alguien que hubiera deseado no levantarse.
Torrens asomó la cara detrás de su cigarrillo sin abrir del todo,
extendió hacia afuera uno de sus brazos gordos y le estrechó apenas
la mano con su modo rápido y seco.
¿Podrías esperarme a que termine una carta? Cinco minutos.
La puerta volvió a cerrarse. Se apoyó contra la pared y echó
la cabeza hacia atrás hasta sentir el contacto frío y rugoso en
la nuca. Cinco minutos. Le subió en la penumbra una sonrisa silenciosa
de felicidad. Había esperado casi un año. Sí, podía
esperar cinco minutos más. Dejó que toda su espalda se apoyara
en la pared y se quedó escuchando en el silencio. Había vivido
solo el tiempo suficiente como para estar acostumbrado a todos los registros
del silencio y sin embargo todavía lo sorprendía la aparición
de ese submundo de roces y murmullos que sólo empezaba a existir cuando
se cerraba una puerta, cuando dejaba de girar un disco o se apagaba una voz.
Casi lo había dicho De Quincey en su ensayo sobre Macbeth: el
silencio como suspensión del mundo, el silencio como trasposición
a otro mundo. Podía escuchar ahora, con una nitidez transfigurada, el
tecleo intermitente de Torrens y en un segundo plano el zumbido eléctrico
de un tubo fluorescente. Mucho más débil, pero todavía
audible, el latido del tiempo en un reloj de pared y aún, en un último
esfuerzo, una resonancia difusa, que provenía tal vez del tránsito
de la calle. De todos los sentidos el oído le parecía el más
singular, el único dotado de un elemento de voluntad, capaz de ahondar
capa tras capa en círculos cada vez más profundos, como si no
pudiera resignarse a esa inmovilización de la vida y se esforzara por
seguir trayendo sonidos de la nada.
Lo sacó de su ensimismamiento el roce a cepillos de la puerta giratoria
de la entrada, seguido de un ruido suave de pisadas; los pasos se interrumpieron
un instante, indecisos, en el centro de la librería, y se hicieron de
pronto más definidos. Una mujer apareció en el pasillo y se fue
aproximando lentamente hacia donde él estaba, mirando no muy segura las
demás puertas. No pudo verla bien al principio el sol a través
de la vidriera daba ahora en la boca del pasillo pero cuando ella estuvo
más cerca y alzó la cabeza hacia él se encontró
mirando una cara de una belleza serena y extraordinaria. Los ojos, azules, francos,
intensos, se cruzaron por un instante con los de él en una rápida
mirada de reconocimiento; ella fijó enseguida su atención en el
afiche de la puerta, sonriendo levemente para sí, pero él siguió
mirando el pelo largo y suelto, la boca de trazo perfecto, la línea pura
y profunda del cuello. No estaba vestida de una manera particularmente llamativa,
y aún así la tela delgada de la blusa hacía vibrar una
nota sensual firme e inesperada. Se dio cuenta, en algún momento, de
que la estaba mirando más de lo debido; se dijo que era al fin y al cabo
casi una mirada de admiración artística, que no podía molestarla;
se dijo después que esa mujer debía estar acostumbrada a que la
mirasen así, se dijo finalmente que de todos modos no podía evitarlo
y que todo lo que no podía evitarse era mejor acentuarlo. Esto consiguió
como efecto que ella lo mirara por segunda vez, algo divertida, y esbozara una
sonrisa breve, casi apenada, como si quisiera advertirle: "Siempre es así
al principio, pero después te acostumbrarías". Estaban muy próximos
en el espacio estrecho del pasillo, los pies de ella casi tocando los suyos,
y en una rápida y completa conversión él agradecía
ahora la mezquindad de Sebrel y reconocía que la vista, y no el oído,
era el sentido más prodigioso y sólo deseaba que Torrens se demorase
un poco más. Esto último no le fue concedido. La puerta se abrió
y en un cambio instantáneo de humor pudo ver a Torrens pararse y sonreír
por primera vez.
Cecilia dijo, y al pronunciar el nombre la voz árida bajó
un tono, curiosamente dulcificada. ¿Por qué no entraste directamente?
Pasá, por favor, pasen los dos.
Había una única silla y por un momento los dos se quedaron de
pie. El escritorio, que ocupaba gran parte de la oficina, estaba envuelto en
una neblina de humo que se alzaba de un cenicero desbordado y completamente
cubierto de papeles y sobres rasgados, pero él distinguió de inmediato
su libro en una pila separada, semienvuelta en papel madera, y antes de que
Torrens se moviera para alcanzárselo alzó un ejemplar. Confesiones
de un ilusionista. El título estaba en una sobria itálica
y volvió a producirle la misma cadena de resonancias que cuando se lo
había repetido en silencio por primera vez. Habían elegido para
la tapa una pintura de la tradición gnóstica que le pareció
singularmente apropiada, un detalle de La muerte de Simón Magus, de
Gozzoli; contra un fondo ocre, la figura solitaria del mago caído conseguía
un efecto de despojamiento y melancolía que no le pareció mal.
¿Estaba contento? Todavía no conseguía saberlo. El libro
tenía una tranquilizadora apariencia de caja cerrada y pensó que
tal vez sólo bastara con no abrirlo, no volver a leerlo nunca. En la
contratapa se encontró con su foto, y esto, por alguna razón,
volvió a darle una súbita conciencia de la presencia de ella a
su espalda. Se dio vuelta. La mujer le sonreía, intrigada, y se dirigió
a Torrens sin dejar de mirarlo.
¿Quién es este... joven?
Había dudado por un brevísimo instante delante de la palabra y
él, que estaba acostumbrado a esta clase de confusiones, casi pudo seguir
su búsqueda mental; seguramente había creído hasta ese
momento que él era mucho menor y arrepentida en la mitad de la frase,
aquella era la única palabra que le había quedado. Era, por supuesto,
una palabra algo absurda, e incluso riesgosa, porque parecía aumentar
por oposición su edad, pero ella había conseguido salir del paso
acentuándola con ironía, como una pequeña reverencia impostada.
Es un nuevo escritordijo Torrens; son una plaga ahora y
al mismo tiempo le alcanzó un ejemplar de la pila.
Vio cómo ella tomaba el libro en sus manos, cómo daba vuelta las
páginas, con un modo grave y delicado, y por una vez no le pareció
excesivo el propósito de Stendhal de escribir una novela para enamorar
a una mujer. Ella, que se había quedado un momento abstraída leyendo
en la contratapa la breve nota de su vida, levantó de pronto los ojos
hacia él.
¿No me lo firmarías?
Registró mecánicamente en los bolsillos, aunque sabía que
no tenía ni siquiera su lápiz; Torrens alzó los papeles
del escritorio, pero sólo apareció un marcador celeste, de los
que había usado para corregir las galeras. Los escritores y las biromes,
dijo ella, y abrió la cartera y le extendió una lapicera fuente
plateada.
Buscó en el libro la primera página en blanco. ¿No se suponía
que las dedicatorias admitían y aun exigían alguna exageración?
¿No eran acaso encubrimientos perfectos de la retórica, que permitían
decir mucho más de la cuenta? Escribiría, pensó, una línea
cifrada, pero que fuese inequívoca para ella. Casi había logrado
formularla cuando escuchó el silbido de un tango en el pasillo. Sebrel
se asomó a la puerta.
¡Cecilia! Esto sí que es un milagro.
Vio cómo la mano de Sebrel se apoyaba sobre el hombro de ella al inclinarse
para besarla, cómo se deslizaba hacia abajo con una cualidad de garra
apretando el brazo a través de la blusa y apresaba todavía la
muñeca después del beso, intentando retenerla. La efusividad podía
ser un encubrimiento mucho más efectivo, pensó. Trató de
concentrarse otra vez en la dedicatoria, pero la llegada de Sebrel parecía
volver todo más difícil. Lo oyó disculparse por no tener
todavía sillones en su despacho.
No importa, es solamente un minuto dijo ella. ¿Te presentaron
ya a nuestro pollo? escuchó entonces. Había dicho pollo,
pensó. Pollo. Ya no podría escribir nada.
Sí, sí respondió ella, me llevo el libro.
Me está escribiendo una dedicatoria.
Por un instante se quedaron los tres en silencio, contemplándolo, como
un tribunal benevolente.
Le falta un poco de práctica dijo Torrens.
Ahdijo Sebrel, lo comprendo.
Ella enrojeció ligeramente y desvió los ojos. Este rubor, que
sólo él pudo notar, le dio una brusca resolución. Escribió
una primera línea apenas disimulada y llevado por el mismo impulso empezó
una segunda frase todavía más directa. No advirtió que
Torrens, mientras tanto, había rodeado el escritorio fingiendo que buscaba
un papel, y se inclinaba hacia él en un susurro alarmado.
Guarda, que es la mujer de Jordán.
Se detuvo, paralizado, aunque no hubiera sabido decir en
ese momento qué lo había sorprendido más, si el hecho de
que ella estuviera casada, o haber escuchado el nombre de Jordán, como
si un atajo imprevisible lo hubiese puesto de pronto frente a la puerta más
alta y más largamente cerrada de la literatura. Jordán, el autor
de la Trilogía, era el único escritor argentino que él
admiraba y en los años que había estado lejos del país,
fuera donde fuera, los libros de Jordán los había llevado siempre
consigo. Aun así, hasta entonces el escritor había sido para él
no mucho más que un nombre en lo alto de la página; recordaba
una sola fotografía, no demasiado nítida, en una solapa: un rostro
distante, ya no joven, en el que relampagueaban unos ojos irónicos y
duros. Después Jordán no se había dejado sacar más
fotos y él ni siquiera podía imaginar cuántos años
tendría ahora. Había sabido, por supuesto, de su reclusión
progresiva en el silencio, de la desaparición voluntaria detrás
de sus libros, que lo había llevado a eliminar, después de su
foto, toda noticia biográfica en las solapas y a prescindir de prólogos
y aun de epígrafes, como si no quisiera dejar ninguna huella personal
que pudiera ser rastreada. Sabía esto y prácticamente nada más:
a él, que había admirado esa decisión, nunca se le había
ocurrido tratar de penetrarla. Volvió a mirar a la mujer con una curiosidad
diferente, como si pudiera encontrar en ella rastros del escritor. Vio el anillo
en el anular y comprendió por qué antes se le había pasado
por alto: no parecía una alianza, no era en absoluto una alianza sino
una delgada trenza de oro, que sólo a la distancia podía confundirse
con un anillo de matrimonio, pero esto, sin querer, parecía decir mucho
más: que Jordán, seguramente, había despreciado las ceremonias
del casamiento; que ella se había sentido demasiado orgullosa de aquella
unión para hacer lo mismo y había elegido entonces, en una solución
admirablemente femenina, esa trenza apenas esbozada que engañaba a la
vez la mirada cercana y la lejana.
Le llegaron aislados, incomprensibles, fragmentos de una conversación
que ella había empezado aparte con Sebrel. "Pero solamente en las mesas
de ofertas", repetía él como una defensa. Hubo un silencio tirante
y ella alzó la cabeza, con un gesto desalentado.
¿Y las liquidaciones anteriores? preguntó.
Sí, por supuesto dijo Sebrel, apenas nos instalen las
computadoras.
Pero... dijo ella desconcertada ¿no podríamos
hacer las cuentas a mano? y sonrió suavemente: estoy segura
de que no serán sumas tan elevadas.
Sebrel también sonrió, pero como si ella hubiera descuidado un
flanco que le dejaba una victoria fácil e inesperada.
No, hermosa; imposible. Ahora toda la contabilidad tiene que quedar registrada
en el disco. Cada comprobante, cada recibo, cada maldito papel. Y esto no es
culpa nuestra: lo pide el gobierno. Pero además, Ceci, si te doy el dinero,
¿cuándo te vuelvo a ver?
Ella descolgó la cartera del respaldo de la silla y se levantó,
resignada. Sebrel, algo ansioso, sacó una tarjeta de su bolsillo.
La inauguración dijo. Por un momento pareció que ella
no la aceptaría. Una fiesta tranquila, aquí mismo. Unas
copas. A ver si lo sacás de la cueva y se vienen los dos hizo aparecer
otra, de pronto. Una también para vos.
Ella abrió la cartera para guardar la tarjeta y se volvió hacia
él. Sin releer lo que había escrito, sin tiempo ya para repararlo,
firmó debajo de la línea inconclusa y le entregó el libro
cerrado. Ella lo guardó rápidamente sin mirarlo; parecía
querer irse cuanto antes de allí.
Cuando cerró la puerta, mientras sus pasos se alejaban por el pasillo,
se hizo ese silencio intencionado, cruzado de sobreentendidos, de hombres que
se quedan solos otra vez y él temió el momento en que alguien
hablara. Sebrel juntó las manos detrás de la cabeza y suspiró,
con una mezcla de admiración y alivio.
Ah, la santa Cecilia, qué chica abnegada se
dio vuelta hacia Torrens. Así que el gran Jordán está
sin dinero. ¿Qué hicimos con esos libros, Gordo?
Imprimimos seis mil para las mesas de ofertas dijo Torrens.
¡Seis mil! Sebrel dio una suave carcajada y se quedó
pensativo.
Yo creía dijo él que los libros de Jordán
estaban todos editados en...
Sí, por supuesto lo interrumpió Sebrel, algo molesto,
pero el primero de la Trilogía lo sacamos nosotros. Todos debutan con
papá Sebrel. Y es lo único que se vende de Jordán, ¿no,
Gordo?
Nosotros nos dimos cuenta de que hay de nuevo interés por la obra
de Jordán le dijo Torrens. Sobre todo desde que volvió
a anunciar que está por terminar su novela.
¿Una nueva novela? ¿Cuál es el título? preguntó.
La idea de que Jordán, que él había creído definitivamente
enmudecido, estuviera por dar a conocer un nuevo libro se le aparecía
como una noticia casi milagrosa, a la que convenía acercarse con cuidado.
El primer don dijo Torrens. El título es lo único
que se conoce: Jordán nunca publicó un anticipo ni quiso decir
de qué se trata; parece que se encierra para escribirla y que ni siquiera
a Cecilia se la deja leer.
La famosa novela de Jordán... ¿Desde hace cuánto se
supone que la está escribiendo? dijo Sebrel. ¿Diez años?
¿Quince?
¿Sería entonces ésta la obra final? Si algo había
lamentado él, si algo tenía para reprocharle al escritor, era
que el movimiento en la serie de sus libros había sido hasta ahora principalmente
de negación, como si Jordán se estuviera batiendo obra por obra
con todas las tradiciones literarias. Pero esta pausa, este compás de
espera increíblemente prolongado, ¿no hacía esperar que hubiera
llegado por fin el momento de la tesis? A su imaginación todavía
algo romántica no le costaba nada representarse a Jordán inclinado
sobre este último libro con la lentitud y el terror de quien escribe
su testamento y hubiera querido hacer todavía muchas otras preguntas,
pero advirtió que en el apuro de la despedida se había quedado
sin darse cuenta con la lapicera de ella. Pensó que quizá podía
alcanzarla afuera y en un impulso recogió el paquete con sus ejemplares,
se despidió de Sebrel y Torrens lo más rápidamente que
pudo y salió a la calle.
Eran algo más de las seis, la hora de salida del trabajo; en cualquier
caso, pensó, aun si ella había decidido tomar el subterráneo,
habría tenido que caminar al menos una cuadra hacia Tribunales. Se abrió
paso entre la gente, tratando de mirar por encima de las cabezas y al dar vuelta
la esquina distinguió su blusa, pero era demasiado tarde: estaba en el
otro extremo de la calle y acababa de abrir la puerta de un taxi. El auto arrancó
en el cambio de luces y lo último que alcanzó a ver fue cómo
ella se inclinaba hacia adelante para indicar una dirección y se separaba
el pelo por atrás del cuello con las dos manos antes de dejar caer la
cabeza en el respaldo.