Acerca de Roderer CAPÍTULO
DOS Los profesores tardaron en reaccionar más de
lo que yo esperaba; tal vezpienso ahorala madre de Roderer hubiera
hablado con ellos para que le tuvieran paciencia el primer tiempo. Sólo
el doctor Rago, cuando paseaba entre las filas, se detenía a veces delante
de su banco. Rago nos daba la clase de Anatomía. Tenía fama de
ser la persona más culta de Puente Viejo y se lo había considerado
en un tiempo un médico casi milagroso, pero le habían prohibido
el ejercicio de la medicina luego de un incidente desgraciado en que se lo acusó
de haber operado bajo la acción de una droga. Desde entonces se ganaba
a duras penas la vida dando clases en el Colegio y su humor se había
ensombrecido más y más: daba la impresión de un hombre
que estuviera ya fuera del mundo, que hubiera abjurado de todo y sólo
mantuviese vivo un resto amargo de su inteligencia. Más que sus sarcasmos,
a mí me atemorizaba la impunidad que tenía sobre las palabras,
la tranquilidad impávida con que podía pasar de un término
científico a una palabra escatológica o directamente obscena.
Cuando entraba en el aula bastaba que pronunciara el título de la clase
para que se hiciera un silencio inquieto y temeroso. Grau, teurer Freund, ist alle Theorie. Und grun des
lebens goldner Baum.
Dejó lentamente el libro sobre el banco. Con todo, el doctor Rago no le dirigió nunca
directamente la palabra; hablaba para la clase, sin mirarlo, o murmuraba para
sí mismo. En realidad, la primera que intentó hablar con él
fue la profesora de Literatura. Marisa Brunella insistía, con un
énfasis cálido y apremiante en que la llamáramos simplemente
Marisahabía estudiado Letras no en el Instituto de Puente Viejo
sino en la Universidad del Sur. Tenía ojos azules, unos ojos intensos,
rápidos, algo burlones, los ojos más perturbadores que yo haya
visto, y unas piernas que mostraba bajo el escritorio con una despreocupada
y feliz generosidad. Fácil, fácilmente, nos había enamorado
a todos. En el primero de sus cambios había reemplazado la lectura obligatoria
de El sí de las niñas por Verano y humo de Tennessee Williams
y nos hacía leer los diálogos de Alma y John en parejas que formaba
al azar. La chica que me tocó, recuerdo, se avergonzó tanto que
no pudo seguir el parlamento. Marisa Brun, sin mirar el libro, dio la vuelta
al escritorio y clavó en mí sus ojos irresistibles. Cuando salimos al recreo, al dar vuelta en uno de
los pasillos, prácticamente me choqué con él. Ya
nos habíamos cruzado en otras ocasiones, pero esta vez me pareció
bien hablarle. Le reproché, en broma, que no hubiera vuelto al
Club para darme la revancha al ajedrez.
Según lo que recuerdo Roderer fue al Mariano Moreno
durante menos de tres meses; ya no estaba cuando entregaron el primer boletín
y no figura tampoco en la foto anual de la división, que se tomaba en
julio. Desde que apareció en el aula, en el disgusto con que parecía
llevar el blazer, en el nudo descuidado de la corbata, en la expresión
hosca y reconcentrada con que se sentó sin mirar a nadie, sin querer
ver nada, en todo se notaba que cualquiera fuese la batalla que libraba en su
casa, había sido derrotado, o bieny después de conocer a
su madre esto me pareció lo más posible había vencido
quizás en los argumentos, esa victoria transitoria que suelen conceder
las mujeres, pero le había sido arrancada luego con ruegos y lágrimas
una promesa que ahora, penosamente, trataba de cumplir.
A mí su llegada no me produjo alarma, sino más
bien cierto alivio: es verdad que se me consideraba el mejor alumno de la división
pero no era tan necio, ni siquiera entonces, como para creer que eso significara
gran cosa; y como mis compañeros me hacían pagar bastante duro
mis calificaciones, hubiera estado muy dispuesto a ceder mi posición.
Pronto me di cuenta de que Roderer no tenía ningún interés
por disputármela. A partir del segundo día dejó de prestar
atención a lo que decían los profesores y se dedicó sólo
a leer, ajeno a todo; a leer de un modo absorto, poseído, como si las
horas de clase del día anterior hubieran significado una interrupción
grave que no podía volver a permitirse. Traía los libros en un
portafolios grande de cuero, con fuelles a los costados; su banco estaba cerca
del mío y yo podía ver cómo los sacaba a medida que avanzaba
la mañana, sin preocuparse de que se fueran amontonando sobre el pupitre.
Eran libros siempre distintos, libros de las disciplinas más diversas,
como si Roderer estuviera lanzado al mismo tiempo sobre todo: filosofía,
arte, ciencia, historia. Casi nunca empezaba por el principio; los hojeaba hacia
adelante o hacia atrás y cuando daba con un párrafo que le interesaba
podía quedarse abismado allí indefinidamente, hasta que parecía
recordar alguna otra cosa, y buscaba en el portafolios y sacaba a la luz un
nuevo libro. Yo, que acababa de leer La náusea, me preguntaba al principio
si Roderer no sería como aquel personaje ridículo, el Autodidacto,
que se proponía hacer manos a la obra por orden alfabético con
toda la biblioteca de Bouville. Pero esa familiaridad con que se desplazaba
de libro en libro y la rara precisión con que buscaba y encontraba, sólo
podían significar una cosa: que ya los había leído a todos,
quizá más de una vez, y que ahora volvía sobre ellos en
busca de algo definido, algo que a mí, en el desorden de títulos,
me resultaba imposible descifrar. Vi, subrayados y llenos de anotaciones, los
dos volúmenes de la Lógica de Hegel, que yo una vez había
tratado en vano de empezar; vi una Divina Comedia en italiano, con unos dibujos
sombríos y terribles. Vi libros que sólo mucho después
supe de qué trataban y otros que eran como dolorosos destellos, demasiado
lejanos, libros que, lo presentía, siempre iba a desconocer.
Cada tantonotéRoderer llevaba también
alguna novela, aunquey de esto me di cuenta con cierto malestarlas
dejaba para leer en el patio, durante los recreos. ¿Debo decir lo humillante
que era para mí, que aparte de ajedrecista me proponía ser escritor
y creía haber leído más que cualquier otro a mi edad, ver
sobre ese banco libros ante los cuales había retrocedido, libros que
amargamente había dejado para más adelante o aun títulos
y autores que ni siquiera conocía? Había sin embargo una humillación
peor: de acuerdo con un trato al que había llegado con mi hermana, a
cambio de cierta averiguación que ella me haría con una de sus
amigas, yo debía contarle a la salida del Colegio, cuando nos íbamos
a fumar juntos a la playa, todo lo referido al "nuevo". Nunca había,
por su puesto, demasiado que decir, pero la curiosidad de Cristina era infatigable
y cuando desesperaba de sonsacarme nada más me hacía repetir los
títulos de los libros que había llevado Roderer y me preguntaba
luego de qué trataba cada uno. Yo improvisaba teorías aproximadas
y hacía equilibrios de imaginación para salir del paso, pero a
veces no me quedaba otro remedio que confesar que no sabía. Esto parecía
darle a ella una alegría incomparable; me miraba con incredulidad, abría
los ojos, maravillada, y sin poder contenerse me decía, muerta de risa:
¡Es más inteligente que vos!
Teratomas. Del griego teratos: monstruo . Un nombre bastante
injusto, son tumoraciones de células embrionarias, no pueden ser más
monstruosas que nosotros mismos. Prefieren por lo general los lugares húmedos
y cálidos alzaba entonces un brazo: una axila, por
ejemplo. Con el tiempo crecen, como cualquier buen tumor. Y cuando chocan contra
un hueso empiezan a roerlo. Entiéndase bien: es un desgaste lentísimo,
que dura meses enteros. Son perforaciones infinitesimales, microfracturas absolutamente
inaudibles. Y sin embargo es común que el paciente escuche por la noche
el ruido característico de la masticación. Crunch, crunch. Algo
me está comiendo el hueso, dicen a la mañana y al principio, por
supuesto, nadie les cree. Cuando llegan al hospital y se los arrancan, pueden
pesar hasta un kilo. Tienen el tamaño de un pomelo; con formación
capilar, un ocelo, o los dos, piezas dentarias. ¿Se entiende?y paseaba
una mirada impasible por los bancos. Ojos, pelos, dientes: un feto
a medio hacer, bajo el sobaco.
Cuando nos dictaba recorría las filas con las manos
en la espalda y al llegar al banco de Roderer siempre se interrumpía,
como si fuera el momento de su diversión.
¿A qué se dedica hoy nuestro Louis Lambert¿
Pero qué bien: Las flores mágicas, de mi ilustre antecesor. El
intrépido muchacho se interna ahora en las delicias de la horticultura.
Hubo un día, sin embargo, en que tuvo un extraño
gesto de emoción; había alzado un libro muy antiguo que Roderer
tenía casi siempre sobre el banco, un libro con las letras de la tapa
despintadas. Rago lo abrió con la expresión a medias sorprendida
y a medias admirada de quien vuelve a ver algo que creía perdido para
siempre.
Bueno, bueno: el Fausto de Goethe, en la edición
renana.Y aunque su voz recobró el timbre irónico sonaba
curiosamente velada.Así que también sabemos alemán...
Eso está muy bien: conviene escuchar al Diablo en su idioma natal.
Volvió las páginas y pronunció en voz alta:
Sólo que no era verde el árbol de la vida,
no por lo menos el verde rutilante, el verde festivo de la clorofila, sino en
todo casodijo con amargurael verde del moho subiendo por el tronco,
el verde fungoso de la putrefacción.
¿Por qué no me dice nada? ¿Le ha comido
la lengua el gato?
Repetí, enrojeciendo, las palabras de John.
¿Qué puedo decir, señorita Alma?
Usted vuelve a llamarme "señorita Alma".
En realidad nunca hemos franqueado ese límite.
Sentí entonces, sin atreverme a mirarla, que su mano
rozaba mi cara torturada por el acné, y escuché el susurro de
su voz.
Oh, sí. ¡Estábamos tan próximos
que casi respirábamos juntos!
Maravillosa mujer; era previsible, después de todo,
que fuera ella la primera en hablarle, porque los acostumbrados a seducir, aun
los más generosos, tienen este egoísmo de orgullo: el de no querer
dejar a nadie fuera de su abrazo.
Rodererdijo un día, interrumpiendo una
lectura, y volvió a pronunciar, en el silencio del aula, como un suave
llamado. Gustavo Roderer.
Roderer, sobresaltado, alzó la cabeza. Debía
ser la primera vez que miraba verdaderamente a la mujer que tenía delante.
Ella acentuó la sonrisa un poco más.
Levántese, no tenga miedodijo, y a pesar
del tono despreocupado, levemente irónico, noté que no había
conseguido tutearlo, como hacía con todos.
Roderer se incorporó; no era demasiado alto y sin embargo,
así, de pie, parecía dominarla; una vez más me causó
impresión lo extraño que se veía en el aula. Ella se aproximó
todavía un paso.
Señor Roderer: ¿piensa usted ignorarnos
cruelmente el resto del año?Y sonreía de un modo tan imperioso
que cualquiera de nosotros se hubiera abalanzado para responder por él:
¡No! ¡No!
Roderer, confundido, miró en torno; también
a nosotros parecía vernos por primera vez.
¿O es que somos demasiado pueblerinos para usted?
No, no es eso.
¿Qué es, entonces?
Hubo otro silencio; Roderer se debatía angustiosamente,
sin conseguir hablar.
Es... el tiempodijo por fin. No tengo tiempoy
como si hubiera dado por accidente con la única formulación posible
repitió, con voz más firme. No tengo tiempo.
Ya veo: no es que nos desprecie; sólo que no
tiene tiempo para nosotros.
Alguien rió y luego todos rieron. Roderer miró
con un asombro dolorido el efecto que habían causado sus palabras, pero
a Marisa Brun, creo, la venció el despecho, porque dijo todavía,
para que lo abrumaran las carcajadas:
Siéntese, por favor: no le hacemos perder más
tiempo.
Es que el ajedrez...dudó, como
si fuera a encogerse de hombros . Nunca me interesó demasiado.
Era sólo un experimento; un modelo. En pequeña escala,
por supuesto.
No alcancé a entender aquello, pero me sonó
irritante, igual que cuando había dicho antes: No sé
si voy a ir al colegio. El debería haber contemplado que
el ajedrez podía ser importante para mí. No es
que hubiera exactamente en sus palabras afectación, o pedantería;
incluso había tenido casi una nota de modestia al reconocer que
la escala era pequeña. Pero esta es sin duda la maldición
de la inteligencia, que aun cuando se propone ser modesta resulta ofensiva.
Por otro lado, me daba cuenta, sin Roderer como adversario aquel año
podría ganar el Torneo Anual. Esto me hizo recobrar el buen humor.
Mientras bajábamos la escalera hacia el patio miré la
tapa del libro que Roderer llevaba bajo el brazo: era La figura en el
tapiz. Me acordaba borrosamente de haberlo leído. Se lo dije
y tuve la impresión de que se alegraba; me preguntó qué
me había parecido . Traté inútilmente de hacer
memoria: apenas recordaba algo del principio, el diálogo en que
el escritor famoso desafía al crítico a descubrir la intención
general de toda su obra, la figura formada por el conjunto de sus libros.
Los demás personajes y el resto de la trama se me habían
olvidado por completo; no conseguía recordar siquiera si me había
gustado o no, pero decidí tomarme una pequeña venganza.
Dije, en tono condescendiente, que el tema era interesante, pero que
el estilo incurablemente evasivo de James había acabado por malograrlo.
Roderer no pareció demasiado herido sino solamente algo extrañado.
Es que hay que leerlo como un texto filósofico
dijo. Es, en el fondo, como El camino a la sabiduría:
absorberlo todo, rechazarlo todo y luego, olvidarlo todo.
Habíamos desembocado en el patio. Escuché
desde una de las esquinas un murmullo de risas
ahogadas. Mi hermana se había separado de su
grupo de amigas y venía hacia nosotros. Sentí ese indefinible
orgullo que me daba siempre mirarla: era verdaderamente bonita. Me preguntó
algo que, por supuesto, no esperaba que yo respondiera.
Buenome dijo, alzando hacia Roderer sus
grandes ojos: ¿no nos vas a presentar?
Dije los nombres y Cristina extendió a Roderer
su cara como para que le diera un beso. Lo hizo de un modo absolutamente
natural y encantador y Roderer, contagiado por aquel gesto, dio un paso
para besarla, pero algo lo detuvo, como si lo hubiera aniquilado un
pensamiento espantoso y se quedó inmóvil y aun retrocedió
un poco. Hubo un momento de terrible incomodidad. Mi hermana sonrió
con heroísmo.
¿Ya no se dan besos en la ciudad?
El nos miró a los dos, consternado.
Estoy enfermodijo.
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