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LA NACION LINE | 28.10.98 | Cultura

 

Contra los tics del escepticismo

El autor de Acerca de Roderer reflexiona sobre su śltima novela, La mujer del maestro (Planeta), y sobre las tendencias literarias de moda.

CON el libro de cuentos Infierno grande (1991) y la novela Acerca de Roderer (1993), Guillermo Martínez recortó un espacio propio en el panorama de la joven narrativa. Relatos de excelente factura literaria (como "Infierno grande", que dio título al libro) y una nouvelle que se atrevió a hincar el diente en las grandes tradiciones literarias fueron el punto de arranque con el que deslumbró a críticos y lectores. En la misma jugada tomó por sorpresa al ambiente literario local, desorientado con este novato de linaje desconocido, sin amistades entre nuestros jóvenes escritores canónicos, que se despachaba en contra del posmodernismo, en contra de las trampas facilistas del escepticismo literario y abogaba, sin titubear ni ruborizarse, por una nueva discusión sobre arte y originalidad en la literatura.

Pese a la escasa difusión de sus dos primeros libros -Acerca de Roderer, inexplicablemente, llegó a las librerías en enero, un mes muerto para los lanzamientos editoriales-, Martínez cosechó elogios unánimes. No pasaron desapercibidos ni su escritura impecable, ni la precisión con que estructura sus relatos, ni la profundidad de su mirada, ni la vastedad de sus fuentes literarias -"Para entender a fondo su libro hay que cargarse encima una biblioteca entera", dice uno de sus personajes-. Sin embargo, es cauteloso. "La literatura no es un mundo sólido. Hoy te quieren, mañana te detestan. Ya me tocará a mí que me odien", dice con su tono pausado, medido, mientras llena las tazas de café y busca el azúcar en la mesada de la cocina. La literatura, al menos, le ha servido para concretar algo que sí es sólido. Con el adelanto que recibió por su última novela, La mujer del maestro (Planeta), pudo encarar la refacción de su casa, en rigor, un "PH" recién terminado de reciclar, en Villa Crespo, donde vive con su mujer, Eugenia, y Milagros, la única hija de la pareja.

Quienes se asomaron a Acerca de Roderer -a su tensión exasperante, a su pasión intelectual- reconocerán marcas de ese mundo en La mujer del maestro. Un escritor joven, el narrador, se enamora de la esposa también muy joven de Jordán, escritor consagrado ya en el final de su camino. Esa historia de amor y de traiciones -una vuelta de tuerca en clave irónica sobre el triángulo alumno-mujer-maestro, de Henry James- es la cortina detrás de la cual se despliegan los otros temas de la novela: el duelo intelectual y vital entre el novato y el consagrado, la relación entre la obra del artista y su vida privada -¿puede el talento justificar toda ruindad, toda miseria?-, la discusión sobre el arte como forma de conocimiento.

Claro que semejantes honduras de pensamiento no le impiden divertirse. En La mujer del maestro, el ambiente de escritores, editoriales y críticos aparece al desnudo. Un editor le demora a un autor el dinero que le corresponde por la venta de sus libros, un escritor joven se muestra servil ante el poder de los medios y las editoriales, el célebre Jordán, escritor de culto y maestro de nuevas generaciones, denigra a su mujer en público, ante la mirada miserablemente cómplice de sus apóstoles. ¿El escritor es José Saramago? ¿Es Bioy Casares? ¿Abelardo Castillo? ¿Félix Grande? Martínez sabe que no podrá eludir el juego del acertijo, el "quién es quién" de la novela. Pero resiste el embate de la curiosidad ajena con explicaciones tan irreprochables como previsibles: "La mujer del maestro no tiene nada que ver con el mundo literario porteño; es una construcción que necesitaba para poner en marcha todo el mundo de la novela".

La novela, trabajada en un registro más ligero, mantiene una continuidad con Acerca de Roderer. Aunque ahora focalizada en su relación con el arte, vuelve a aparecer la reflexión sobre el conocimiento. "Está también la relación con Fausto y Prometeo, dos mitos que yo veo totalmente compenetrados porque la intención -la búsqueda de la verdad- es la misma en los dos, sólo que los caminos son diferentes. El tema ético de la novela es, justamente, la negociación con el mal. Y el consejo que le da Jordán al escritor joven, en cierto modo, es la lección al revés de La lección del maestro, de Henry James. Jordán -un gran escritor que vive aislado de los círculos literarios y trabaja desde hace veinte años en una novela esperada por todos- le dice al joven aspirante que haga un libro escandaloso, que no sea un artista. Le dice que no escriba para la posteridad, que no confíe en que en el futuro todos los libros tendrán los lectores que se merecen. Ese es un tema que está muy instalado entre los escritores; hay como una idea de que en el futuro las obras se van a leer mejor. Jordán argumenta en contra de esa esperanza; en el futuro tal vez se lea de un modo aún más superficial que ahora".

Pero las hordas de lectores ciegos no son más que la contracara de otro fenómeno: las hordas de escritores mudos. Por eso la pregunta sobre el arte en literatura es una cuestión perentoria para Martínez. Lo enfrenta tanto con la industria del fast-book -"Lo desesperante de los buenos best sellers es que uno se encuentra con buenos escritores desaprovechados"- como, por otros motivos, con buena parte de los escritores de su generación. El asunto tiene su historia. Es una genuina preocupación literaria y, a la vez, un gesto casi obcecado, militante, frente a las comodidades -y al efecto diluyente- de cierto escepticismo literario. "De los vastos intentos totalizadores se ha saltado rápidamente al módico recetario del posmodernismo", escribió en un ensayo publicado hace algunos años en este suplemento.

El cruce de ideas tensó los ánimos de un inicialmente apacible congreso de escritores realizado no muchos años atrás. El mero planteo de un tema como arte y originalidad en la literatura era, para algunos colegas suyos, anacrónico, el colmo de la ingenuidad. Martínez se rebela contra ciertas posturas (ciertos tics, en los peores casos) fundadas -antes que en el escepticismo, antes que en una ruptura con la tradición- en una pereza intelectual capaz de dibujar burbujas para darle glamour a lo que, a veces, sólo es una declaración de impotencia sagazmente disimulada. Similar contrariedad le producen los que extreman la cuerda de las teorías sobre la recepción. "Con esto de que todas las lecturas son válidas, a mí me parece que, en lugar de esforzarse un poco por tratar de entender lo que el autor quiso expresar, se dice ligeramente: "Y bueno, total, cada uno lee lo que quiere..." Y por otra parte, es cierto que el lector completa la obra, nadie podría estar en contra de eso, pero a veces uno también quisiera que lean un poco lo que uno escribe".

Seguramente, algo del rigor e incluso algo de la obsesión epistemológica que recorre su pensamiento está en línea directa con su formación. Guillermo Martínez, además de un novel escritor premiado y reconocido, es un matemático -investigador y docente universitario- de trayectoria breve, pero destacada. Esto no se percibe solamente en la poca ansiedad con la que parece moverse por los bordes de la farándula literaria, sino también en la seguridad con la que analiza su propia obra y con la que explica -exhaustivamente, como si quisiera dar una lectura definitiva- el sentido de su novela. Ante el comentario de que en sus dos novelas los personajes femeninos centrales realizan el ritual del sacrificio y la humillación frente a personajes masculinos profundamente lúcidos, profundamente encerrados en su pensamiento, Martínez responde con un irónico "Bueno, sí..., sí..., no son dos chicas feministas". Como si él no supiera que, afortunadamente, las opciones son muchas más que ésas. El concede que algo puede escapársele, pero cuando lo dice suena a eso, a una concesión a la que lo obligan cierta cortesía y la situación -desigual, siempre incómoda- de un reportaje.

Su actitud, con todo, no es soberbia ni petulante. Es sólo que, hombre de ciencias al fin, está habituado a tenerlo todo pensado. "La matemática da una cierta tranquilidad intelectual porque provee sus propias reglas de autoevaluación de la verdad, por eso, la construcción intelectual de un matemático no depende de criterios externos de aprobación. No es así en literatura; yo supongo que por eso, los escritores suelen estar demasiado pendientes de alguna aprobación externa, del reconocimiento de los críticos y de los medios." Un karma del que él, por lo menos hasta ahora, parece mantenerse a salvo.

Carolina Arenes

 

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GUILLERMO MARTĪNEZ
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