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Con un escritor famoso, su mujer y un discípulo, el narrador argentino traza un triángulo de atrapante ambigüedad.
El enigma es mujer
La
mujer del maestro
Por
GUILLERMO MARTÍNEZ
(Planeta)
159 páginas.
Pero usted, que está intoxicado de Henry James, debería recordar..." Las palabras admonitorias con las que el veterano novelista Carlos Jordán se dirige al joven escritor, protagonista de La mujer del maestro, son algo más que un consejo; en rigor, operan casi como una guía de lectura que comienza con el título que evoca inmediatamente el admirable relato de James La lección del Maestro. Sería injusto para con Martínez afirmar que este texto es de lectura imprescindible a la hora de abordar su novela, pero bien puede servir para reconocer lo mucho que le debe y el modo sutil en que se desplaza respecto de ese relato tutor. Así la deuda dejaría de ser tal para convertirse en homenaje a un autor que ha cosechado pocos discípulos en la literatura argentina.
Un escritor joven -una verdadera plaga, según se define en el libro a quienes participan de esa categoría- acaba de publicar una novela y conoce casualmente en las oficinas de la editorial a la atractiva y refinada Cecilia, la mujer de Jordán, el único escritor argentino vivo que merece su admiración. La mujer lo impacta por su belleza pero también por el valor agregado de ser quien vive más cerca del maestro, como si ella estuviera impregnada de parte de su prestigio o de su talento.
Los rituales de la vida literaria en los cuales el joven se inicia le sirven para enterarse de los códigos que circulan en ese ambiente y lograr saber algo más de la vida de Cecilia y de su relación con Jordán. Y, también para encontrarse con ella. Los comentarios, casi siempre capciosos, señalan que Jordán está recluido desde hace años preparando una monumental novela cuya existencia se pone en duda; que Cecilia está obsesionada por concluir con la nutrida lista de mujeres que poblaron la vida del escritor; culminación que sería evidente si él finalmente le dedicara su libro; que Jordán es un escritor acabado y que con su aislamiento disimula su derrota. Los encuentros entre el protagonista y Cecilia son siempre fugaces y de una intensidad más latente que manifiesta; la seducción los ronda como un pájaro que sobrevuela una presa y no se decidiera a lanzarse sobre ella. Pero cuando ella lo invita a su casa, nada menos que al cumpleaños del "maestro", es difícil determinar quién es el cazador y quién la presa.
Guillermo Martínez es hábil en la construcción de atmósferas y en el manejo de los tiempos del relato. No necesita abundar en detalles a la hora de construir una escena o rellenarla con diálogos innecesarios. Confía más en el carácter difuso de las situaciones que en el rigor de la observación. De allí que el hilo narrativo cuyo ritmo, no obstante, es sostenido y no se demora en reflexiones ni empalaga con el dominio del lenguaje, prefiere diseminar a lo largo del texto marcas indefinibles, rasgos suaves y matices sutiles.
Por sobre todo, se diría que ha aprendido de manera definitiva la lección del maestro James: desplazar siempre el centro de atención y mantener en suspenso la pregunta: ¿cuál es, al fin de cuentas, la lección? ¿La que se entreteje invisible en la escritura como la figura del tapiz, y de la cual el libro de Martínez ofrece una versión moderna al mencionar esas tarjetas de dibujos geométricos en las que la mirada se extravía para poder ver la imagen oculta? ¿La que se desprende de los actos del maestro, contradictorios y erráticos como los de cualquier mortal? ¿O la que enuncia su voz cuando el encuentro entre ambos se produce? Frente a él, el protagonista sufre una desilusión inevitable. Lejos de inclinarse ante la figura intimidatoria de un patriarca de las letras, el joven escritor se topa con algo así como un "niño chancho" que se deleita escandalizando a sus seguidores con historias escatológicas e intentando seducir a una jovencita que no merece ser una rival para su esposa.
Si el escritor no es más que un hombre en el que se advierte la decadencia, que se comporta de manera grosera y a veces brutal, ¿por qué alguien tan delicado como Cecilia permanece a su lado? Tal vez la lección resida en un único e inexpugnable lugar: la obra que el maestro prepara en soledad, cuyo contenido ni su esposa conoce. Siendo así, el protagonista debería transformar su amor por Cecilia en un medio para acceder al misterio, encontrar la llave para robar el manuscrito y conocerlo antes que nadie. Pero entonces, ¿es su amor el menos puro de todos, ya que se alimenta de la codicia? A su vez, ¿cuál es el juego de Cecilia? ¿Lo utiliza para provocar los celos de su esposo o lo necesita para liberarse de su poder? Atrapado en la red de ese triángulo, el joven escritor deja de lado su propia obra y su ritmo normal de vida para acechar los pasos de la pareja.
Sin detenerse a hacer explícita la formulación de estas cuestiones, el autor de Acerca de Roderer logra que sea el lector quien se las plantee y, por lo tanto, se interne en una trama que fluye sin sobresaltos pero cuyo interés no decae. Claro está que ese interés tal vez conozca un ámbito reducido. Las novelas protagonizadas por escritores son como el perro que se muerde la cola: no pueden evitar volver sobre el sentido de su propia práctica y, de manera más o menos abierta, poner en evidencia las opciones estéticas que enfrenta el escritor. Decir que la reflexión sobre la literatura está todo el tiempo presente en la historia es, a estas alturas, un lugar común del que los escritores tanto como la crítica no terminan de desprenderse. Para citar las palabras de Henry James en su célebre cuento: "El éxito es haber hecho que la gente baile a otro son". No obstante, Martínez sortea con bastante elegancia la trampa autoimpuesta porque, en definitiva, de lo que aquí se trata es de la mujer del maestro, y la mujer, en cualquier caso, siempre es un enigma por resolver.
JORGELINA NUÑEZ
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