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Homenaje a
Leopoldo Marechal
Sería una ofensa hacer aquí, en tan pocos
minutos, el examen y el elogio de la obra de Leopoldo
Marechal. Tampoco es necesario: pasará a la historia
de la lengua castellana como insigne hito de la
poética y la narrativa. A ese monumento que le tiene
reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de
alquitrán, y ha de ser invulnerable al insulto, la
ironía, la envidia y el silencio: esos premios que
con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro
país confieren a los que deberían honrar.
Es arriesgado buscar atributos
meta-históricos en los pueblos, pero la
antigüedad y la potencia de alguno producen algunas
tenaces constantes a lo largo de su historia. Tal sucede con
ese milenario, duro y grande pueblo hispánico que dio
su sello a esta tierra americana; un sello tan profundo e
imborrable que hoy, después de cinco siglos de
conquista, seguimos hablando la lengua de Castilla: y no
únicamente los viejos criollos descendientes de
españoles, sino también los hijos y nietos de
alemanes, italianos, rusos, sirios, judíos, polacos y
armenios. Un fenómeno asombroso que revela la fuerza
espiritual de aquella conquista, pues la raza que fue
cruelmente despojada y humillada no sólo ha producido
dos de los más altos poetas de la lengua
castellana&emdash;Rubén Darío y César
Vallejo&emdash; sino que esos poetas han cantado a
España en poemas memorables.
Pero las virtudes suelen convertirse
en defectos cuando se extreman. Y así, el orgulloso
individualismo hispánico, su altivo sentimiento de
independencia, derivó hacia el feroz egocentrismo y
el desprecio por el otro, lado sombríamente
destructivo que hemos quizás heredado. En el
prólogo a su obra sobre el Cid, con amargura
Menéndez Pidal señala este defecto de la raza,
y escribe: "La invidencia hispánica, vicio
eminentemente hispánico, entorpeció tenaz la
obra del Cid, sin tener en cuenta el daño colectivo
que en la guerra antiislámica se seguía al
destierro del héroe superior." Así era
Castilla, "que face los omes e los gasta". Y agrega que esta
peculiaridad venía de lejos, pues ya Estrabón
caracterizó a los íberos como orgullosos y
torpes para la confederación. Y aquella
envidia-aquella invidencia-obró siempre como
disolvente social y como fuente de resentimiento
colectivo.
" Torpes para la
confederación ", sagazmente describe Estrabón.
Y cuando Simón Bolívar, después de su
portentosa epopeya, declara con amargura que "ha arado en el
mar", pues que apenas liberados estos pueblos se sumen en la
más feroz de las anarquías, confirma que dos
mil años después se mantiene intacto este
terrible atributo de un gran pueblo- tanto más
perdurable y terrible cuanto más grande es el pueblo
que lo posee. Y todavía hoy, aquí mismo, cada
régimen, cada gobierno rompe lo positivo que pudiera
haber en el régimen anterior; cambia de rumbo,
destroza o contradice lo que hicieron los hombres que los
precedieron. Y así sobrevivimos en medio de proyectos
abortados, impulsos detenidos, enseñanzas opuestas,
cambios de nombre en las calles y plazas. Claro que hay
excepciones, pero cuando se producen las miramos con
estupor, y por lo general las atribuimos a una especie de
distracción o de olvido, porque aquí ni en lo
destructivo somos sistemáticos, ni en lo malo somos
buenos. De este modo, nuestra historia es una
sucesión de diatribas, cada facción se
considera dueña absoluta de la verdad. La Argentina
ha estado dividida siempre entre puros y réprobos.
Para los unos, Rosas es un genio virtuoso, para los otros un
sanguinario chacal, cuyas cenizas ni siquiera tienen el
derecho a descansar en su tierra. Pensemos lo que en cambio
sucede en un país como Francia, donde sus conductores
invariablemente son honrados, cualesquiera sean las
opiniones sobre ellos por encontradas que sean; donde un
hombre como Napoleón, todavía execrado por
multitud de franceses, es recordado por una hermosa calle,
por un imponente panteón, por las grandes avenidas
que conmemoran sus grandes batallas.
Ansioso desde su juventud por la
justicia social, Leopoldo Marechal fue desde la primera hora
un peronista consecuente. No obsecuente, como jamás
lo son los espíritus grandes, y bastaría
recordar que en 1951 fue separado del cargo que
tenía. En virtud de ese perdurable defecto de nuestra
herencia hispánica, su militancia le valió
enemistad, rencor y silencio: un silencio poderoso y
siniestro, apenas quebrado por algunos intelectuales que,
por encima de sus discrepancias políticas,
reconocieron en él uno de los más grandes
escritores argentinos. Se le calificó de resentido,
de vanidoso que pretendía ser genio, de
engreído y hasta de tomista; como si compartir ideas
de Santo Tomás pudiese ser motivo de desprecio. Un
eminente hombre de letras lo calificó, para colmar la
horrenda medida, de delincuente.
Casi solo, pero apoyado en ese
puntal de acero y ternura que fue su compañera, en su
pequeño y pobre departamento de la calle Rivadavia,
se aguantó aquel durísimo exilio en su propia
patria, esa patria que quería hasta la agonía.
Modesto, pero también con la conciencia de su
grandeza&emdash;ya que se puede ser modesto frente a los
valores supremos y arrogante frente a los idiotas&emdash;en
momentos de extrema amargura llegó por fin a
quejarse, murmurando: "¿Cuándo mis compatriotas
dejarán de orinarme encima?".
Tenía, como todo gran
artista, algo de niño. Era un espíritu
evangélico, uno de esos seres que parecen salvar el
espíritu cristiano de esa Iglesia objetivada de que
hablan Berdiaev y Urs von Balthasar. Era bondadoso, pero no
en el sentido trivial de la palabra, ya que no podemos ni
debemos permanecer bovinamente impasibles frente a la
injusticia o la tortura. En uno de sus grandes poemas dice,
en efecto: "No vaciles jamás en la defensa o
enunciación o elogio de la Verdad, del Bien y de la
Hermosura: son tres nombres divinos que trascienden al
mundo, y es fácil deletrear su ortografía. No
los traiciones, aunque te hagan polvo". Fue precisamente su
sagrado sentido de la justicia lo que lo impulsó
hacia el socialismo en su juventud y hacia el peronismo en
sus años maduros. Porque, cualquiera que sea el
juicio que merezca la persona de Perón&emdash;y el
mío es públicamente negativo&emdash;, nadie
puede negar que encabezó el más vasto y
profundo proceso en favor de los desheredados. Y Leopoldo
sentía como pocos el dolor de los indefensos, y amaba
a su pueblo como siempre lo han hecho los artistas
verdaderamente grandes: desde Cervantes hasta Tolstoi. Y,
como es peculiar en esta clase de seres, no amaba al hombre
en abstracto, esa Humanidad con mayúscula bajo cuya
invocación se han instaurado hasta campos de
concentración, sino al pequeño y precario y
sufriente ser de carne y hueso. Más aún:
ansiaba que sus obras pudieran servir a ese hombre concreto,
ayudándole a mitigar sus desdichas, respondiendo a
sus más dolorosos interrogantes, revelándole
su propia tierra, esa patria también concreta que
está hecha de trigales, de pájaros y lagunas
en el campo, de calles y rincones en su ciudad, de amores y
crepúsculos, de venturas y desventuras en
común. Esa patria que él amaba y que
bellamente resplandece en sus páginas; en un amor que
paradójicamente se revela hasta en sus más
amargas reflexiones, cuando critica a los que lo ensucian o
arrastran por el suelo, o lo posponen a sus sórdidos
bolsillos. Pues no olvidemos que aun las mejores patrias,
aquellas que han dicho algo al mundo, infinidad de veces
fueron amonestadas por sus grandes espíritus, con el
corazón desgarrado y sangrante: por Holderlin y por
Nietzsche, por Dostoievsky y por Tolstoi. Y por aquel
nobilísimo Puchkin que, después de
reírse con las descripciones que Gogol le
leía, terminó exclamando con la voz anudada
por la amargura: "¡Dios mío, qué triste
es Rusia! ".
También Leopoldo Marechal, en
un poema memorable, exclama, o quizá murmura con
infinita pesadumbre: La Patria es un dolor que aún no
sabe su nombre.
ERNESTO
SÁBATO
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