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Por Juan
Sasturain
Los martinfierristas son una
generación bárbara. Esos muchachos nacidos con
el siglo o un poquito antes y que empezaron a hacer ruido
poético a comienzos de los '20 dejaron, por entonces,
aparatosa marca. Lógica, necesariamente, su obra
-"mala o buena" dice Borges, que nunca idealizó el
sarpullido vanguardista- vendría después.
Alrededor del codo de los '30, precisamente, cada uno
empezaría a hacer camino propio. De los treinta
personales y del treinta del siglo, ese quiebre. Tal vez o
sin tal vez, el único que por ser más grande y
por tener otra cabeza radicalizó el gesto inicial y
tensó la cuerda hasta el final fue Oliverio Girondo:
arrancó con el chiste informal, el tomatazo, la
bajada de pantalones, el módico escándalo, y
terminó en el balbuceo. A esa última altura
todas las palabras ya eran pocas y gastadas para él,
no le servían para hablar desde la masmédula.
Pero Girondo fue el único que agarró para
adentro de la ruptura. Los demás pasaron por ella
camino o de vuelta a casa.
Uno de aquellos martinfierristas, hombre
de Florida, fue Leopoldo Marechal. Porque de ahí hay
que partir. Este primer tomo de sus obras completas
reúne casi cincuenta años de poemas. Todos los
reunidos en su momento en libro y otros que
permanecían sueltos. No sé si él
hubiera querido reeditar muchos de ellos. Supongo que no.
Pero Marechal resulta siempre un poeta interesante. Su caso
es raro y ejemplar en muchos sentidos. Sintomático de
un tipo de itinerario de dibujo abrupto, hecho de opciones y
elecciones, coyunturas y alineamientos en que lo
poético se mezcla con lo
ideológico-filosófico y lo torpemente
político. Es decir: cómo y cuándo
escribió qué cosas no es independiente de
cuándo y cómo fue leído. Todo se
entrevera en Marechal. Arrancó sin voz propia con un
libro como Los aguiluchos, de 1922, donde cabía todo
junto y mal, para saltar a Días como flechas, cuatro
años después, donde el registro se afinaba sin
hacerse demasiado selectivo: destreza y exterioridad. Es
curioso ver en los poemas sueltos de 1925 a 1927 en
qué medida producía a medida y paladar de los
medios soporte: un tono elegíaco para La
Nación, otro registro para Caras y Caretas, una joda
girondiana en casa, en Martín Fierro. Con las Odas
para el hombre y la mujer de 1929 ya estaba parado en un
lugar estrictamente suyo. Ya no tenía nada que ver ni
con Borges ni con Girondo ni con Molinari. El poema inicial,
"Niña de encabritado corazón", es una especie
de salvoconducto hacia lo que se vendría.
Y lo que vino porque ya venía fue
una especie de conversión (viraje y/o
transformación). Porque Marechal es un converso. Y un
converso es alguien que cree en las bisagras. En un antes y
en un después. Converso poético y reconverso
religioso, Marechal se convierte y reconvierte en un tiempo
de conversos: los '30. Más allá de viajes
iniciáticos, aparatosos congresos eucarísticos
o de modelos intelectuales a lo Eliot, una crisis
existencial a principios de la década -enfermedad de
Francisco Luis Bernárdez, contaba- lo acercó
al catolicismo ortodoxo. Y ahí ancló,
encontró puerto; como otros -también a ambos
lados del Atlántico- lo hallaron, por ejemplo, en la
ortodoxia política comunista. El amparo, la
contención, el Sentido final. De las Odas a El
Centauro (1940) hay una década larga de
cristalización ideológica, pero también
formal.
Porque ese Sentido único, esa
forma (de vida, de pensar, de creer) unipersonal e
intemporal a la que Marechal adhiere tiene su correlato
inevitable en una poética que operará con
recorte (de léxico y repertorio simbólico y
metafórico) y puesta en caja formal: la estrofa
regular, la disciplina retórica según moldes
clásicos. Tampoco en esto es el único: vale la
pena hacer el ejercicio de confrontar poemas
coetáneos, sonetos de Miguel Hernández, del
Borges posultraísta, de ese Marechal de los Sonetos a
Sophia (1940) para comprobar cómo todo mundo cabe en
los catorce versos de hierro. Precisamente de este
período datan algunos de sus mejores y no sin
justicia más famosos versos: los Poemas australes de
1937 siguen sonando impecables y convincentes, y la figura
metafórica del domador, ese inolvidable Celedonio
Barral ("porque domar un potro/ es como templar una
guitarra"), marca el momento exacto en que la poesía
de Marechal dice lo que hace mientras lo descubre. El poeta
como domador de palabras -antitético
ideológico del medium inconsciente o del oficiante
secreto- tiene ahí su más perfecta
expresión. El poeta como manipulador de palabras ya
amaestradas que lo sucederá largamente no será
-muchas veces- sino su reiterada caricatura.
Pero en este itinerario personal hay un
hecho que no por conocido suele asumirse en todas sus
consecuencias: a partir de 1945, Marechal adhirió
activa y "funcionariamente" al peronismo. Y eso es clave.
Porque estuvo solo cuando fue poder, porque estuvo solo
cuando fue depuesto. El Marechal católico de los '30
y comienzos de los '40 puede utilizar sin censuras canales
diversos de expresión. Tribunas liberales como Sur
-que le publica Laberinto de amor en 1936- o La
Nación, junto a reductos de fundamentalismo
católico donde convive con filonazis talentosos como
Ignacio B. Anzoátegui. A esa altura y hasta entonces,
era parte del abanico amplio de la cultura aceptable, no
había cruzado el Rubicón criollo, el Riachuelo
del 17 de octubre. Y cuando Marechal lo cruzó, se
acabó todo. Marechal es "el" peronista de su
generación. Y lo pagó carísimo. En
vacío y en silencio, en lectura distorsionada por la
revancha durante veinte años; en apoteosis
tardía y no menos distorsiva cuando a mediados de los
'60 volvió del exilio interior como profeta docente
enancado en nuevos vientos políticos, nuevos rumbos
editoriales.
Ese último Marechal poeta, el del ambicioso
Heptamerón (1966), suma y programa, tiene momentos
memorables y algunos extraordinarios -la Patriótica
toda, las coloquiales Didácticas: De la
alegría, De la muerte, De la patria- pero el aliento
se hace entrecortado a veces, como un manual de demasiados
tomos. El viejo y diestro domador ya por entonces no domaba:
se sentaba a explicar cómo eran las cosas. En eso,
como un personaje de Chesterton que sin duda amaría,
era de los que "sabían demasiado". Muestras
reiteradas de esa sabiduría de extraño y
contradictorio destino están en esta suma de poemas.
Vale la pena buscar, entre tantos, los muchos
imprescindibles.
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