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Prólogo
Indispensable
En cierta mañana de
octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos
internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a
pulso un atúd de modesta factura (cuatro tablitas
frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecia
llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre
muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El
astrólogo Schultze y yo empuñabamos las
manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar
habían tomado las de los pies: al frente avanzaba
Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un
jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler,
exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba
con ostentosa devoción. La primavera reía
sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros,
ardía en los retoños vegetales, proclamaba
entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de
la muerte. Y no había lágrimas en nuestros
ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque
dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas
frágiles) nos parecía llevar no la pesada
carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema
concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el
ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero
sobre la caja los terrones amigos, y a continuación
las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre
la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con
orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban
en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro
corazón de hojalata se leía lo siguiente:
ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.
Luego regresamos todos a la
Ciudad de la Yegua Tobiana.
Consagré los días que
siguieron a la lectura de los dos manuscritos que
Adán Buenosayres me había confiado en la hora
de su muerte, a saber: el Cuaderno de Tapas Azules y
el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos
dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que
resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que
se abrirían un camino de honor en nuestra literatura.
Pero advertí más tarde que aquellas
páginas curiosas no lograrían del
público una intelección cabal, si no las
acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me
di entonces a planear una semblanza de Adán
Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato
inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en
función de vida; y cuanto más evocaba yo su
extraordinario carácter, las figuras de sus
compañeros de gesta, y sobre todo las acciones
memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto
más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades
novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en
cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán
Buenosayres desde su despertar metafísico en el
número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la
medianoche del siguiente día, en que ángeles y
demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la
iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del
Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el
Cuaderno de Tapas Azules y Viaje a la Oscura Ciudad
de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi
relato.
Las primeras páginas de esta
obra fueron escritas en París, en el invierno de
1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo
después, no sólo a los afanes de la
literatura, sino a todo linaje de acción.
Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no
estaba llamado al difícil camino de los perfectos.
Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones que
confieso haber sustentado, retomé la páginas
de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien que
desganadamente y con el ánimo de quien cumple un
gesto penitencial. Y como la penotencia trae a veces frutos
inesperados, volví a cobrar por mi obra un
interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las
contrariedades y desgracias que demoraron su
ejecución.
La publico ahora, vacilando
aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de
acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que
todos los recursos novelescos de la obra, por
extraños tal vez que les resulten a algunos, se
ordenan rigurosamente a la presentación de un
Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de
originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de
serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como
en la humorística, he seguido fielmente la
tónica de Adán Buenosayres en su
Cuaderno y en su Viaje. Y una
observación final: podría suceder que alguno
de mis lectores identificara a ciertos personajes de la
obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos.
En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que
se trata de un parecido casual, sino que afrontaré
las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la
posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los
gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes
de este relato levantan una "estatura heroica"; y no ignoro
que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo
hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel
"humorismo angélico" (así lo llamó
Adán Buenosayres) gracias al cual también la
sátira puede ser una forma de la caridad, si se
dirije a los humanos con la sonrisa que tal vez los
ángeles esbozan ante la locura de los hombres.
L.M.
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