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LA NACION LINE | Domingo 23 de mayo de 1999 | Cultura

 

Delirios de un novelista pasional

EL SINGULAR NARRADOR ALBERTO LAISECA HABLA DE "EL GUSANO MAXIMO DE LA VIDA MISMA", UNA NOVELA DESOPILANTE, RECIEN EDITADA POR TUSQUETS, QUE ES TAMBIEN UNA TEORIA SOBRE EL SEXO, EL PODER Y EL DESTINO DE LOS HOMBRES

Llámenlo magia, azar, capricho, como quieran, pero algo de eso hay. Una armonía misteriosa hace corresponder la anatomía con rasgos dominantes del espíritu. Fíjense, si no, en Alberto Laiseca. Enorme, erudito en cosas raras, delirante ocasional, encantador. Todo lo que resultaría excesivo para los cánones corrientes es perfectamente normal en su universo hiperbólico: mide casi dos metros, es corpulento, lleva bigotes anchísimos, jeans y camisa blanca con alforcitas, de las que se usaban en los 70. Escribió una novela de 1.350 páginas, Los sorias, a la que Ricardo Piglia calificó como "la mejor novela argentina después de Los siete locos" y que le llevó 10 años de trabajo y 20 de espera taoísta, hasta que al fin fue editada en 1998. Escribió otras no tan largas pero igualmente contundentes: Aventuras de un novelista atonal, La hija de Kheops, El jardín de las máquinas parlantes, La mujer en la muralla (que acaba de ser reeditada). Todas escritas en un idioma propio, donde hay palabras como "chichi" (malvado), "manijas" (brujerías) y "cosillas" (cosas chiquitas: los diminutivos Laiseca se dicen con elle).

Nació en Rosario en 1941. No tuvo una infancia feliz. Intentó estudiar ingeniería, pero abandonó para dedicarse a estudiarlo todo, por su cuenta: desde física cuántica y economía hasta astrología e historia de los sumerios. Se dice pagano y politeísta. Fuma todo el tiempo, alternando Imparciales y cigarritos Tango. Elige escenarios y personajes a su medida: la China de la Gran Muralla, el faraón Kheops, la lucha entre los imperios Tecnocracia y Unión Soviética. Incluso el gusano que protagoniza su última novela, recién editada por Tusquets, está lejos de ser un insignificante gusanito de jardín. Para nada: es El gusano máximo de la vida misma, un monstruillo sexópata que se aprovecha de sus muchos pseudopodios para abusar de cuanta señorita encuentra en departamentos y cloacas de una Nueva York sospechosamente parecida a Buenos Aires.

La cita es en su casa de San Telmo, un departamento modesto y luminoso que comparte con su mujer y sus gatos Greta, Lenin y Chop en un complejo habitacional construido para obreros en los años 30. Amable, parsimonioso, se sienta a la mesa de madera, trae dos ceniceros y dice, como al pasar: "Prendé el grabador, nomás. Vos querías preguntarme algo".

-¿Cómo nació este ser estrafalario, "el gusano máximo de la vida misma"? -Cuando uno está muy reprimido -esto lo sé desde la infancia-, inventa personajes superpotentes que hacen lo que se les canta. Yo siempre digo que soy un dictador frustrado. En mis novelas conduzco ejércitos, tengo poderes mágicos maravillosos. Es un mecanismo de compensación psíquica. Los escritores tenemos esos mecanismos. Recuerdo, por ejemplo, un día que estaba muerto de frío y de hambre en una pensión roñosa. Entonces me acosté y me puse a leer unas viejas efemérides de 1968 o 1969 que había comprado en una librería de viejo, de ésas que traen la historia de México o Nicaragua, con anécdotas extraordinarias sobre dictadores de la época. Y se me fue el frío, el hambre, todo: empecé a escribir historias graciosísimas de dictadores inventados. Lo mismo me pasó con el gusano. Hace siete años yo estaba en un período especial, con muy poca guita. Y si bien ya no hacía una vida underground, me salieron afuera esos recuerdos. Me habían echado del diario La Razón, muchas cosas habían colapsado a mi lado. Estaba acostumbrado a una vida y de repente, prácate, me fui al carajo. Así tuve un arranque de superpotencia para compensar la impotencia: empecé a escribir fragmentos de narrativa con este personaje que me encantó. Pensé en hacer cuentos, pero después vi que daba para más y los hilé en una novelita.

-En ese sentido esta novela es diferente de otras anteriores, que tuvieron todo un programa detrás, años de investigación, como La mujer en la muralla, Los sorias. -Sí, esto tiene un estilo historieta de aventuras. Como cuando un guionista descubre un personaje y todas las semanas escribe un cacho. Sin duda La mujer... es otra cosa; ni hablar de Los sorias o El jardín... Esto fue como un descanso. Y hoy me están empezando a ir mejor las cosas, así que acaso también fue un exorcismo.

-En la novela usted evoca una infancia de mucho maltrato y humillación. "Fue un verdugueo continuo: un niño en manos de un padre loco, cruel e injusto." -Sí, todo lo que cuenta el gusano es autobiográfico. Yo fui un niño absolutamente soviético. No por ideología, sino por la presión social. Mi padre era Josef Stalin, no sé si sabías. Y la única forma que tenía de defenderme de los confinamientos, de la obligación de construir gasoductos fue la imaginación, escribir. Escribir y el juego de las figuritas, un juego que yo había inventado. Dibujaba personajes, los recortaba y los hacía formar historias. Ejércitos en marcha, expediciones que buscaban tesoros o rescataban princesas. Ese juego me salvó. Y también la pandilla con los enanos, esa que repudiaban mi viejo, el tío Enrique y la tía Zulema. Porque los nombres son esos, los puse tal cual. Yo tengo mucha memoria y te aseguro que los comentarios son textuales: "A ver si te hacés hombre, ?dejate de joder con los enanos!". Han pasado 45 años, pero no lo olvido. La espina de tiburón en la garganta, como digo en el gusano, la tengo atravesada todavía.

-¿El arte es siempre una "compensación psíquica"? -Yo no sé qué motivaciones tendrán otros: para mí, todos los escritores tenemos cosas para compensar psíquicamente. Posiblemente en el mundo de la plástica no sea así. Yo a los pintores los veo mucho más cerca de lo concreto. Puedo equivocarme: si pienso en Van Gogh o Toulouse Lautrec, vaya si tenían cosas para compensar. Pero mirá tipos como Gauguin. Se fue a las islas, se cogía chicas lindísimas, sólo quería pintar. Representar las cosas hermosas que veía afuera y adentro suyo. Pero tengo la impresión de que los escritores hemos tenido que combatir mucho, en algún período de nuestras vidas, con las abstracciones, contra el no aceptar nuestra vida. Yo hace años que vencí eso, pero tenía un amigo que hablaba de árboles, pájaros, flores, y jamás había visto un pájaro ni nada. Por supuesto había ido alguna vez a una plaza, pero le daba lo mismo un gomero que un eucalipto; no le daba bola. Y era un genio. Pero ¿de qué te sirve ser genial si rechazás la vida? Es un problema de los escritores: demasiada abstracción.

-Bueno, también está la pintura abstracta. Kandinsky, por ejemplo... -A mí no me gusta Kandinsky, ése es el problema. Me gustan los surrealistas, pero no los cubistas, los abstraccionistas. Yo rechazo fundamentalmente la abstracción.

-¿Por qué? -Porque para ser abstractos tenemos toda la eternidad. Ahora estamos en el mundo de lo concreto. Yo quiero la mujer, el vaso de cerveza, la montaña. No me gusta la poesía abstracta, ni la pintura ni -va de retro- la escultura. Y tampoco, por supuesto, la música abstracta. Fijate: Arnold Schoenberg, Stockhausen. Creo en el genio de todos ellos, así como también creo que pusieron su genio al servicio de una idea estética errónea. No sé, la Venus de Milo me gusta mucho: es una gordita tetona magnífica, lástima que no tiene brazos.

-Tanto en Los sorias como en El gusano... aparecen tres espacios: Tecnocracia, Unión Soviética y Soria. Curiosamente usted pone el centro de gravedad en Tecnocracia. Y es curioso porque en general las tecnocracias tienen muy mala prensa. -Sí, lo que pasa es que yo creo en una tecnocracia teológica-ontológica como idea política, como futuro posible. Las jodas que yo hago ahí con el gusano, esas ideas sobre la economía, son todas ideas mías. Exageró un poquito el gusano, con su despotismo. Pero en lo económico tiene ideas muy claras: eso de bajar los impuestos, emitir el Bono Patriótico hasta que empiece a funcionar la ley de Lassing. Tal cual como lo pienso yo. Yo no bajaría las tasas de interés, como dice el gusano, las dejaría flotantes. Aunque primero hay que bajar los impuestos. Pero no nos vamos a poner a hablar de economía ahora...

-Usted decía "tecnocracia teológica y ontológica". ¿Qué quiere decir eso? -Para mí teología y ontología son lo mismo. En el mundo del pensamiento todo está dividido en porciones: una cosa es la metafísica, otra la ontología, la teología, la gnoseología, etcétera. Eso de dividir el mundo profundo en porciones me parece muy peligroso, el principio de la decadencia. En mi diccionario de sinónimos, antónimos e ideas afines todas estas cosas son lo mismo. Por eso prefiero hablar de "tecnontocracia". Mi idea es un Estado que respeta a los individuos pero también al colectivo. Una mezcla alquímica de ambas cosas muy difícil de lograr, por cierto.

-Usted bautizó a su literatura como "realismo delirante" pero, en realidad, casi todo lo que dicen sus personajes es lo que usted cree. ¿También es suya la tesis de la gorda Dorys, que descree del Big Bang? -Sí, yo no creo en el Big Bang. Creo en el Big Ben, pero eso es otra cosa. Yo creo en un modelo que edifiqué cuando estudiaba física y que va sufriendo un service, digamos. Un modelo de ocho dimensiones: cuatro para la materia, incluido el tiempo, y cuatro para la antimateria. La materia y la antimateria intercambian fuerzas, una suerte de Moebius de ocho dimensiones. Además, teológicamente coincide con los paganos. Decían los antiguos sumerios que el universo fue creado desde siempre, pero también fue creado en un momento y también está siendo creado hoy. Mi modelo contempla una cantidad de tiempo constante, de muchos miles de millones de años, que se va repitiendo. Lo explico mejor: supongamos que determinamos la edad del universo. Pongamos una cifra: 14 mil millones de años. Entonces a partir de hoy, mayo de 1999, dejamos pasar 14 mil millones de años. Y alguien en ese futuro tan remoto pregunta: ¿qué edad tiene el universo? No es 14 mil millones más lo que pasó hasta ahora, no: siempre serán 14 mil millones de años. Como que el tiempo se traslada, es siempre la misma cantidad. El tiempo es relativo en pequeños y hasta en grandes números, pero no en la totalidad de los números. En esa dimensión es una constante. Esa es mi doctrina. Como dijo la gorda Dorys: archívelo pero no lo dé a publicidad, total nadie entiende. La gorda es mi alter ego, como te habrás dado cuenta.

-Tiene muchos alter egos: fue alguna vez el emperador que mandó construir la Muralla China. Fue también su consejero, el mago Lai-Chu. Fue Kheops, fue Iseka en Los sorias y también es el gusano... -Sí, uno se reparte en distintos personajes. Son distintas partes de uno, porque uno no es una unidad monolítica. Yo no creo en los "monos": ni el yo monolítico ni el monoteísmo...

-¿Por qué no el monoteísmo? -¿Cómo puede ser bueno algo que parte de un principio falso? El monoteísmo parte de una premisa falsa. ¿Vos qué pensarías de Laiseca si viene un día y te dice: "Soy el único ser humano del mundo, todos ustedes son meras proyecciones de mi mente"? En primer lugar que estoy loco, y segundo que soy un hijo de puta, porque te estoy negando a vos como ser humano. Yo no soy el único ser humano del mundo, como tampoco él es el único dios. ?Si hay otras diosas y dioses! ?Yo los he visto! Llamalos y verás que responden.

-¿Qué funciones tienen esos dioses? -Hay distintos, con distintos trabajos teológicos para hacer. Afrodita tiene la función de la delicadeza, del arte, del amor. Marte es la guerra, la voluntad, la purificación. Saturno es la sabiduría, la restricción. Júpiter es expansivo... Entre todas las diosas y los dioses está todo el espectro de lo humano y lo divino.

-¿Es cierto que estudia astrología? -Sí, hace tiempo. La astrología es la ciencia madre, una gran ciencia.

-¿De qué signo es? -Soy Acuario, con ascendente en Capricornio.

-¿Y está esperando su escorpiana en Leo, como el gusano? ¿Eso también es autobiográfico? -?Nooo, es un chiste! Yo me burlo de todo eso: son cosas que se le pueden ocurrir a un tipo en su desesperación amorosa. Pero los hombres somos más complejos, la vida es más compleja. ?Pobre gusano! Buscando como loco a su escorpiana en Leo y se encontró con Stephanie, un chichi que hasta lo quiso asesinar.

-¿Y la gente que está cerca suyo no le critica que se dedique a esos temas? -Sí, claro. Viejos amigos míos deploran terminantemente esto. En especial un amigo iluminista. No me ha quitado su amistad, pero me dice: "Laisec -me llama así, Laisec-, vos que estudiabas física ahora te dedicás a estas paparruchas". Es muy buen tipo, pero está muy equivocado.

-¿Qué le interesa de ese mundo? -La contemplación del universo. Cómo se mezcla de manera tan alquímica lo sobrenatural con lo natural. Yo creo que este mundo es una construcción de los dioses y que es una mezcla exacta de lo natural con lo sobrenatural. Creo en este cenicero, un objeto físico, concreto. Pero pienso que además hay un segundo cenicero invisible que está sosteniendo la existencia de este cenicero físico. Y a su vez este cenicero físico sostiene la existencia del invisible. Me maravillan los misterios del universo. Cómo funcionan las cosas, entre símbolos y cosas absolutamente concretas.

-Cuando estudia física, astrología, historia antigua, ¿está juntando material para la literatura, o la literatura, sumada a todas esas cosas, es material para la vida? -Todo es material para la vida. Independientemente de que sea usado para la literatura, la vida es lo primero. Entre literatura y vida, primero está la vida.

-¿Y qué papel juega la literatura? --La literatura es una bisagra, una conexión con lo que yo llamo la cuenca oceánica del mundo. Es una forma de purificación, de humanización. La humanización es un problema que está en toda mi obra. Stephanie es un personaje exagerado pero no tanto: es como Stalin. Y cuando el gusano trata de humanizarla contándole cosas de su pasado, y para ver si salva el matrimonio, ella le dice: "Decadente. No hay verdadera voluntad de poder. Usted es puto.". Claro, todo aquel que no sea frío, hierático, inhumano es puto.

--Pero en la novela también hay cierta fascinación por la voluntad de poder. --Yo creo en la concentración del poder. En mi tecnontocracia el Monitor tiene que ser poderoso: escucha a los demás, pero hay un solo jefe. El tema es cómo se usa ese poder. En la primera mitad de Los sorias el Monitor es muy malo. Pero después se humaniza. El drama, justamente, es que cuando se humaniza por completo, en vez de lograr lo que debería lograr --ser m s poderoso que nunca--, se da lo que ya se sabe: sos más poderoso que nunca por dentro, pero afuera empiezan los problemas. Problemas físicos, pequeños detalles como perder una guerra, cosas así.

-En su "tecnontocracia.", ¿qué rol tiene la técnica? --Yo creo en el poder de la técnica, de las máquinas. Y te digo por qué: sólo mediante la técnica podemos lograr vencer al anti-ser. El también es un dios, pero quiere la destrucción de todo. Se lo dice el gusano al científico: "Nuestro enemigo es uno: el dios malo que no nos quiere.". Y el otro no entiende un carajo.

-¿Qué hacen las máquinas frente a eso? --Las máquinas son nuestra salvación, porque uno de los mayores problemas de los seres humanos es que nuestras vidas son muy cortas. Para empezar a hablar, deberíamos vivir al menos 750 años con juventud, fuerza y todo. Ahí sí uno podría aprender unas cuantas cosas. Pero lamentablemente no es así. Para eso tenemos las máquinas más y guardan en su cerebro electrónico las memorias, multiplican las fuerzas, nos alargan la vida, nos cuentan la historia.

FLAVIA COSTA

 

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