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Delirios de un novelista pasional

EL SINGULAR NARRADOR ALBERTO LAISECA HABLA DE "EL GUSANO MAXIMO
DE LA VIDA MISMA", UNA NOVELA DESOPILANTE, RECIEN EDITADA POR
TUSQUETS, QUE ES TAMBIEN UNA TEORIA SOBRE EL SEXO, EL PODER Y
EL DESTINO DE LOS HOMBRES
Llámenlo magia, azar, capricho, como quieran, pero algo de eso
hay. Una armonía misteriosa hace corresponder la anatomía con
rasgos dominantes del espíritu. Fíjense, si no, en Alberto Laiseca.
Enorme, erudito en cosas raras, delirante ocasional, encantador.
Todo lo que resultaría excesivo para los cánones corrientes es
perfectamente normal en su universo hiperbólico: mide casi dos
metros, es corpulento, lleva bigotes anchísimos, jeans y camisa
blanca con alforcitas, de las que se usaban en los 70. Escribió
una novela de 1.350 páginas, Los sorias, a la que Ricardo Piglia calificó como "la mejor novela argentina
después de Los siete locos" y que le llevó 10 años de trabajo y 20 de espera taoísta, hasta
que al fin fue editada en 1998. Escribió otras no tan largas pero
igualmente contundentes: Aventuras de un novelista atonal, La hija de Kheops, El jardín de las máquinas parlantes, La mujer en la muralla (que acaba de ser reeditada). Todas escritas en un idioma propio,
donde hay palabras como "chichi" (malvado), "manijas" (brujerías)
y "cosillas" (cosas chiquitas: los diminutivos Laiseca se dicen
con elle).
Nació en Rosario en 1941. No tuvo una infancia feliz. Intentó
estudiar ingeniería, pero abandonó para dedicarse a estudiarlo
todo, por su cuenta: desde física cuántica y economía hasta astrología
e historia de los sumerios. Se dice pagano y politeísta. Fuma
todo el tiempo, alternando Imparciales y cigarritos Tango. Elige
escenarios y personajes a su medida: la China de la Gran Muralla,
el faraón Kheops, la lucha entre los imperios Tecnocracia y Unión
Soviética. Incluso el gusano que protagoniza su última novela,
recién editada por Tusquets, está lejos de ser un insignificante
gusanito de jardín. Para nada: es El gusano máximo de la vida misma, un monstruillo sexópata que se aprovecha de sus muchos pseudopodios
para abusar de cuanta señorita encuentra en departamentos y cloacas
de una Nueva York sospechosamente parecida a Buenos Aires.
La cita es en su casa de San Telmo, un departamento modesto y
luminoso que comparte con su mujer y sus gatos Greta, Lenin y
Chop en un complejo habitacional construido para obreros en los
años 30. Amable, parsimonioso, se sienta a la mesa de madera,
trae dos ceniceros y dice, como al pasar: "Prendé el grabador,
nomás. Vos querías preguntarme algo".
-¿Cómo nació este ser estrafalario, "el gusano máximo de la vida
misma"? -Cuando uno está muy reprimido -esto lo sé desde la infancia-,
inventa personajes superpotentes que hacen lo que se les canta.
Yo siempre digo que soy un dictador frustrado. En mis novelas
conduzco ejércitos, tengo poderes mágicos maravillosos. Es un
mecanismo de compensación psíquica. Los escritores tenemos esos
mecanismos. Recuerdo, por ejemplo, un día que estaba muerto de
frío y de hambre en una pensión roñosa. Entonces me acosté y me
puse a leer unas viejas efemérides de 1968 o 1969 que había comprado
en una librería de viejo, de ésas que traen la historia de México
o Nicaragua, con anécdotas extraordinarias sobre dictadores de
la época. Y se me fue el frío, el hambre, todo: empecé a escribir
historias graciosísimas de dictadores inventados. Lo mismo me
pasó con el gusano. Hace siete años yo estaba en un período especial,
con muy poca guita. Y si bien ya no hacía una vida underground,
me salieron afuera esos recuerdos. Me habían echado del diario
La Razón, muchas cosas habían colapsado a mi lado. Estaba acostumbrado
a una vida y de repente, prácate, me fui al carajo. Así tuve un
arranque de superpotencia para compensar la impotencia: empecé
a escribir fragmentos de narrativa con este personaje que me encantó.
Pensé en hacer cuentos, pero después vi que daba para más y los
hilé en una novelita.
-En ese sentido esta novela es diferente de otras anteriores, que
tuvieron todo un programa detrás, años de investigación, como
La mujer en la muralla, Los sorias. -Sí, esto tiene un estilo historieta de aventuras. Como cuando
un guionista descubre un personaje y todas las semanas escribe
un cacho. Sin duda La mujer... es otra cosa; ni hablar de Los sorias o El jardín... Esto fue como un descanso. Y hoy me están empezando a ir mejor
las cosas, así que acaso también fue un exorcismo.
-En la novela usted evoca una infancia de mucho maltrato y humillación.
"Fue un verdugueo continuo: un niño en manos de un padre loco,
cruel e injusto." -Sí, todo lo que cuenta el gusano es autobiográfico. Yo fui un
niño absolutamente soviético. No por ideología, sino por la presión
social. Mi padre era Josef Stalin, no sé si sabías. Y la única
forma que tenía de defenderme de los confinamientos, de la obligación
de construir gasoductos fue la imaginación, escribir. Escribir
y el juego de las figuritas, un juego que yo había inventado.
Dibujaba personajes, los recortaba y los hacía formar historias.
Ejércitos en marcha, expediciones que buscaban tesoros o rescataban
princesas. Ese juego me salvó. Y también la pandilla con los enanos,
esa que repudiaban mi viejo, el tío Enrique y la tía Zulema. Porque
los nombres son esos, los puse tal cual. Yo tengo mucha memoria
y te aseguro que los comentarios son textuales: "A ver si te hacés
hombre, ?dejate de joder con los enanos!". Han pasado 45 años,
pero no lo olvido. La espina de tiburón en la garganta, como digo
en el gusano, la tengo atravesada todavía.
-¿El arte es siempre una "compensación psíquica"? -Yo no sé qué motivaciones tendrán otros: para mí, todos los
escritores tenemos cosas para compensar psíquicamente. Posiblemente
en el mundo de la plástica no sea así. Yo a los pintores los veo
mucho más cerca de lo concreto. Puedo equivocarme: si pienso en
Van Gogh o Toulouse Lautrec, vaya si tenían cosas para compensar.
Pero mirá tipos como Gauguin. Se fue a las islas, se cogía chicas
lindísimas, sólo quería pintar. Representar las cosas hermosas
que veía afuera y adentro suyo. Pero tengo la impresión de que
los escritores hemos tenido que combatir mucho, en algún período
de nuestras vidas, con las abstracciones, contra el no aceptar
nuestra vida. Yo hace años que vencí eso, pero tenía un amigo
que hablaba de árboles, pájaros, flores, y jamás había visto un
pájaro ni nada. Por supuesto había ido alguna vez a una plaza,
pero le daba lo mismo un gomero que un eucalipto; no le daba bola.
Y era un genio. Pero ¿de qué te sirve ser genial si rechazás la
vida? Es un problema de los escritores: demasiada abstracción.
-Bueno, también está la pintura abstracta. Kandinsky, por ejemplo... -A mí no me gusta Kandinsky, ése es el problema. Me gustan los
surrealistas, pero no los cubistas, los abstraccionistas. Yo rechazo
fundamentalmente la abstracción.
-¿Por qué? -Porque para ser abstractos tenemos toda la eternidad. Ahora
estamos en el mundo de lo concreto. Yo quiero la mujer, el vaso
de cerveza, la montaña. No me gusta la poesía abstracta, ni la
pintura ni -va de retro- la escultura. Y tampoco, por supuesto,
la música abstracta. Fijate: Arnold Schoenberg, Stockhausen. Creo
en el genio de todos ellos, así como también creo que pusieron
su genio al servicio de una idea estética errónea. No sé, la Venus
de Milo me gusta mucho: es una gordita tetona magnífica, lástima
que no tiene brazos.
-Tanto en Los sorias como en El gusano... aparecen tres espacios: Tecnocracia, Unión Soviética y Soria.
Curiosamente usted pone el centro de gravedad en Tecnocracia.
Y es curioso porque en general las tecnocracias tienen muy mala
prensa. -Sí, lo que pasa es que yo creo en una tecnocracia teológica-ontológica
como idea política, como futuro posible. Las jodas que yo hago
ahí con el gusano, esas ideas sobre la economía, son todas ideas
mías. Exageró un poquito el gusano, con su despotismo. Pero en
lo económico tiene ideas muy claras: eso de bajar los impuestos,
emitir el Bono Patriótico hasta que empiece a funcionar la ley
de Lassing. Tal cual como lo pienso yo. Yo no bajaría las tasas
de interés, como dice el gusano, las dejaría flotantes. Aunque
primero hay que bajar los impuestos. Pero no nos vamos a poner
a hablar de economía ahora...
-Usted decía "tecnocracia teológica y ontológica". ¿Qué quiere
decir eso? -Para mí teología y ontología son lo mismo. En el mundo del pensamiento
todo está dividido en porciones: una cosa es la metafísica, otra
la ontología, la teología, la gnoseología, etcétera. Eso de dividir
el mundo profundo en porciones me parece muy peligroso, el principio
de la decadencia. En mi diccionario de sinónimos, antónimos e
ideas afines todas estas cosas son lo mismo. Por eso prefiero
hablar de "tecnontocracia". Mi idea es un Estado que respeta a
los individuos pero también al colectivo. Una mezcla alquímica
de ambas cosas muy difícil de lograr, por cierto.
-Usted bautizó a su literatura como "realismo delirante" pero,
en realidad, casi todo lo que dicen sus personajes es lo que usted
cree. ¿También es suya la tesis de la gorda Dorys, que descree
del Big Bang? -Sí, yo no creo en el Big Bang. Creo en el Big Ben, pero eso
es otra cosa. Yo creo en un modelo que edifiqué cuando estudiaba
física y que va sufriendo un service, digamos. Un modelo de ocho
dimensiones: cuatro para la materia, incluido el tiempo, y cuatro
para la antimateria. La materia y la antimateria intercambian
fuerzas, una suerte de Moebius de ocho dimensiones. Además, teológicamente
coincide con los paganos. Decían los antiguos sumerios que el
universo fue creado desde siempre, pero también fue creado en
un momento y también está siendo creado hoy. Mi modelo contempla
una cantidad de tiempo constante, de muchos miles de millones
de años, que se va repitiendo. Lo explico mejor: supongamos que
determinamos la edad del universo. Pongamos una cifra: 14 mil
millones de años. Entonces a partir de hoy, mayo de 1999, dejamos
pasar 14 mil millones de años. Y alguien en ese futuro tan remoto
pregunta: ¿qué edad tiene el universo? No es 14 mil millones más
lo que pasó hasta ahora, no: siempre serán 14 mil millones de
años. Como que el tiempo se traslada, es siempre la misma cantidad.
El tiempo es relativo en pequeños y hasta en grandes números,
pero no en la totalidad de los números. En esa dimensión es una
constante. Esa es mi doctrina. Como dijo la gorda Dorys: archívelo
pero no lo dé a publicidad, total nadie entiende. La gorda es
mi alter ego, como te habrás dado cuenta.
-Tiene muchos alter egos: fue alguna vez el emperador que mandó construir la Muralla China.
Fue también su consejero, el mago Lai-Chu. Fue Kheops, fue Iseka
en Los sorias y también es el gusano... -Sí, uno se reparte en distintos personajes. Son distintas partes
de uno, porque uno no es una unidad monolítica. Yo no creo en
los "monos": ni el yo monolítico ni el monoteísmo...
-¿Por qué no el monoteísmo? -¿Cómo puede ser bueno algo que parte de un principio falso?
El monoteísmo parte de una premisa falsa. ¿Vos qué pensarías de
Laiseca si viene un día y te dice: "Soy el único ser humano del
mundo, todos ustedes son meras proyecciones de mi mente"? En primer
lugar que estoy loco, y segundo que soy un hijo de puta, porque
te estoy negando a vos como ser humano. Yo no soy el único ser
humano del mundo, como tampoco él es el único dios. ?Si hay otras
diosas y dioses! ?Yo los he visto! Llamalos y verás que responden.
-¿Qué funciones tienen esos dioses? -Hay distintos, con distintos trabajos teológicos para hacer.
Afrodita tiene la función de la delicadeza, del arte, del amor.
Marte es la guerra, la voluntad, la purificación. Saturno es la
sabiduría, la restricción. Júpiter es expansivo... Entre todas
las diosas y los dioses está todo el espectro de lo humano y lo
divino.
-¿Es cierto que estudia astrología? -Sí, hace tiempo. La astrología es la ciencia madre, una gran
ciencia.
-¿De qué signo es? -Soy Acuario, con ascendente en Capricornio.
-¿Y está esperando su escorpiana en Leo, como el gusano? ¿Eso también
es autobiográfico? -?Nooo, es un chiste! Yo me burlo de todo eso: son cosas que
se le pueden ocurrir a un tipo en su desesperación amorosa. Pero
los hombres somos más complejos, la vida es más compleja. ?Pobre
gusano! Buscando como loco a su escorpiana en Leo y se encontró
con Stephanie, un chichi que hasta lo quiso asesinar.
-¿Y la gente que está cerca suyo no le critica que se dedique a
esos temas? -Sí, claro. Viejos amigos míos deploran terminantemente esto.
En especial un amigo iluminista. No me ha quitado su amistad,
pero me dice: "Laisec -me llama así, Laisec-, vos que estudiabas
física ahora te dedicás a estas paparruchas". Es muy buen tipo,
pero está muy equivocado.
-¿Qué le interesa de ese mundo? -La contemplación del universo. Cómo se mezcla de manera tan
alquímica lo sobrenatural con lo natural. Yo creo que este mundo
es una construcción de los dioses y que es una mezcla exacta de
lo natural con lo sobrenatural. Creo en este cenicero, un objeto
físico, concreto. Pero pienso que además hay un segundo cenicero
invisible que está sosteniendo la existencia de este cenicero
físico. Y a su vez este cenicero físico sostiene la existencia
del invisible. Me maravillan los misterios del universo. Cómo
funcionan las cosas, entre símbolos y cosas absolutamente concretas.
-Cuando estudia física, astrología, historia antigua, ¿está juntando
material para la literatura, o la literatura, sumada a todas esas
cosas, es material para la vida? -Todo es material para la vida. Independientemente de que sea
usado para la literatura, la vida es lo primero. Entre literatura
y vida, primero está la vida.
-¿Y qué papel juega la literatura? --La literatura es una bisagra, una conexión con lo que yo llamo
la cuenca oceánica del mundo. Es una forma de purificación, de
humanización. La humanización es un problema que está en toda
mi obra. Stephanie es un personaje exagerado pero no tanto: es
como Stalin. Y cuando el gusano trata de humanizarla contándole
cosas de su pasado, y para ver si salva el matrimonio, ella le
dice: "Decadente. No hay verdadera voluntad de poder. Usted es
puto.". Claro, todo aquel que no sea frío, hierático, inhumano
es puto.
--Pero en la novela también hay cierta fascinación por la voluntad
de poder. --Yo creo en la concentración del poder. En mi tecnontocracia
el Monitor tiene que ser poderoso: escucha a los demás, pero hay
un solo jefe. El tema es cómo se usa ese poder. En la primera
mitad de Los sorias el Monitor es muy malo. Pero después se humaniza.
El drama, justamente, es que cuando se humaniza por completo,
en vez de lograr lo que debería lograr --ser m s poderoso que
nunca--, se da lo que ya se sabe: sos más poderoso que nunca por
dentro, pero afuera empiezan los problemas. Problemas físicos,
pequeños detalles como perder una guerra, cosas así.
-En su "tecnontocracia.", ¿qué rol tiene la técnica? --Yo creo en el poder de la técnica, de las máquinas. Y te digo
por qué: sólo mediante la técnica podemos lograr vencer al anti-ser.
El también es un dios, pero quiere la destrucción de todo. Se
lo dice el gusano al científico: "Nuestro enemigo es uno: el dios
malo que no nos quiere.". Y el otro no entiende un carajo.
-¿Qué hacen las máquinas frente a eso? --Las máquinas son nuestra salvación, porque uno de los mayores
problemas de los seres humanos es que nuestras vidas son muy cortas.
Para empezar a hablar, deberíamos vivir al menos 750 años con
juventud, fuerza y todo. Ahí sí uno podría aprender unas cuantas
cosas. Pero lamentablemente no es así. Para eso tenemos las máquinas
más y guardan en su cerebro electrónico las memorias, multiplican
las fuerzas, nos alargan la vida, nos cuentan la historia.
FLAVIA COSTA
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