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Entrevista con Alberto Laiseca
Pablo Chacón
Una novela que se convirtió en epopeya
Diez años para escribirla y dieciséis para publicarla. Poco antes
de salir a escena con Los Soria, el autor comparte las desventuras
de su ya mítico hijo literario.
FINALMENTE, dieciséis años después de haber concluido su escritura,
Alberto Laiseca encontró un editor a la medida de su ya mítica
novela, Los Soria. La existencia del libro fue sucesivamente clandestina, luego
un secreto a voces y, mucho después, el privilegio de unos pocos
que pudieron leerla entera. Fragmentos del texto (de 1200 páginas)
fueron publicados a mediados de los 80 en el semanario El Porteño. Hubo una oferta de publicación desde España, pero la editorial
quebró. Ningún sello local se animaba a hacer frente a la empresa,
hasta que Gastón Gallo, el titular de la casa Simurg, decidió
aceptar el desafío. La versión definitiva (impresa en papel biblia,
con los dibujos, mapas, láminas y pentagramas originales) llevará
además un trabajo de Guillermo Kuitca en la tapa. La edición será
de 300 ejemplares (numerados), y la venta, por suscripción. La Nacion conversó sobre la novela con el autor.
-¿Cuándo escribió la primera versión de Los Soria?
-A los veinte años, pero era tan mala que la quemé. Mucho después,
escribí otra, menos voluminosa, muy fría, muy helada, en la que
los personajes no tenían vida, eran completamente rígidos. Terminé
por archivar el proyecto y más tarde lo retomé y lo transformé
en una novela de doscientas páginas, también muy mala. Lo volví
a archivar. Veintiséis años después empecé la cuarta y última
versión, sin tomar como antecedente lo que había hecho antes.
Empecé desde cero y tardé diez años, la terminé hace dieciséis.
-A mediados de los 80 hubo un intento de publicación.
-Es cierto: en España. Mario Muchnik estaba muy interesado en
publicarla, pero la editorial tuvo problemas. Hasta me había hecho
un adelanto y habíamos firmado un contrato. No pudo ser. Me mandó
una carta diciendo que lo sentía mucho, que quizás más adelante.
-También hubo quienes la leyeron y la recomendaron.
-Sí, Piglia, Fogwill, Gloria Pampillo, unas cuantas personas,
lo leyeron todo. Leyeron esta misma versión. Se entusiasmaron
y les hablaron a otras personas, de modo que me hicieron famoso
antes de su publicación.
sa es la leyenda de Los Soria.
-Y el libro en sí mismo, ¿es una leyenda?
-No, es una epopeya que transcurre en tres dictaduras. Dos se
unen para destruir a la tercera. Pero son todas malas. Hay países
subsidiarios que adhieren a una o a otra, pero el mundo está repartido
así, en tres pesadillas. La mayor parte de las cosas sucede en
la dictadura que va a perder, en la Tecnocracia; las otras dos
se llaman Soria y la Unión Soviética. En la realidad, Soria es
una provincia de España, pero en la novela España no existe, sólo
existe Soria, que tiene el tamaño de Alemania antes de 1914 y
ochenta millones de habitantes. Es una superpotencia, y se une
a la Unión Soviética para derrotar a la Tecnocracia.
-¿En qué se relaciona Los Soria con sus otras novelas?
-Bueno, Los Soria es el polo opuesto a La mujer en la muralla, por ejemplo, que transcurre en China. La mujer trata de la progresiva deshumanización del jefe del Estado chino,
que empieza siendo un buen tipo y termina convertido en un monstruo.
En ésta es al revés: el jefe de la Tecnocracia, el Monitor, empieza
siendo un monstruo; es como Iván el Terrible, un ser espantoso,
malo, loco, abusador, aunque no tiene nada que envidiarles a los
jefes de Soria y de la Unión Soviética, que también son unos canallas.
Pero el peor es el Monitor. Sin embargo, le van ocurriendo cosas,
y se va humanizando. Termina por ser un buen tipo, y la tragedia,
la paradoja, es que se transforma en un buen tipo cuando le llega
la hora de morir, cuando los enemigos están a las puertas de la
patria. Ha perdido la guerra; su humanización no le sirvió de
nada. En otras palabras, la Tecnocracia se convierte en un país
digno de ser vivido un minuto antes de desaparecer.
-Hay otros personajes que tienen un tratamiento especial.
-Son muy importantes los linyeras. El Monitor, que es tan violento,
tiene extrañas supersticiones: hay gente con la cual no se mete,
por ejemplo con los linyeras. Se sabe (es un hecho histórico)
que todos los dictadores persiguen a estos marginales. En la España
de Franco, sin ir más lejos, era famosa una ley (de vagos y maleantes)
que decía que cualquiera que anduviera medio rotoso, por los caminos
de España, terminaba en la ergástula. Pero el Monitor da vuelta
la historia: saca una ley por la que decreta que los linyeras
son animales mágicos, encargados de proteger a la Tecnocracia
con su fuerza ontológica. Los linyeras son como una memoria colectiva,
porque en la novela hubo una hecatombe espacio-temporal y países
que antes existían no existen más, y no existieron nunca. Sólo
los linyeras recuerdan.
-¿Qué pensaba mientras escribía la novela?
-Que también es una excusa para mostrar los delirios en el arte,
en la religión. En Los Soria aparecen cultos muy exóticos, neoaztecas. En realidad, la novela
es como una imagen del mundo actual, tanto en lo religioso como
en lo metafísico. El lector (con los diarios, el conocimiento
de la historia, de la criatura humana, lo que se sabe de las mujeres,
de los hombres, de las relaciones sociales) puede traducir Los Soria a imagen y semejanza del mundo de hoy. O bien puede leerlo como
ficción pura, al estilo de Tolkien. Los delirios que aparecen
en el texto son típicos de mi obra, pero aquí llevé hasta las
últimas consecuencias los principios del realismo delirante. Todo
es un delirio, pero a la vez es realista.
-¿Cuál es el fundamento del "realismo delirante"?
-Es muy complicado definir la diferencia entre delirio patológico
y delirio creador. Yo siempre digo que la diferencia entre un
escritor y la gente que está en un manicomio es que los locos
se lo creen todo, y los escritores, no. Pero después, los delirios
son exactamente iguales, los mismos.
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