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El realismo delirante de un relato que denuncia con humor
Desmesura provocativa
LOS SORIAS
Por ALBERTO LAISECA
(SIMURG)-1345 páginas páginas
RICARDO PIGLIA, cuya opinión es respetabilísima, prologa esta
novela con un título revelador: "La civilización Laiseca", una
expresión que es la síntesis más breve y acertada del libro. Libro
que es -puntualiza Laiseca y admite Piglia- "más grande" que el
Ulises de Joyce -le lleva una ventaja de 30.000 palabras-. Libro que
también, y siempre según Piglia, sería la "mejor novela que se
ha escrito en la Argentina desde Los siete locos". Novela cuyo destino -Piglia dixit- es "convertirse en un clásico". Lo menos que puede decirse de
estas afirmaciones es que pertenecen al terreno conjetural. Pero
el resto de los conceptos de Piglia respecto a Los Soria resulta esclarecedor, y conviene tenerlo en cuenta antes de embarcarse
en una lectura que, sí o sí, se presenta como larguísima y probablemente
agobiadora. Lo cual no debe arredrarnos.
Este comentarista, hacia la página quinientos y pico, sintió que
se había metido en los recovecos de un templo diseñado por Gaudí,
en cuyas paredes las imágenes de santos eran obra de Arcimboldo
y de Andy Warhol, repetidas en infinitos espejos. Este comentarista
también avanzó al compás de retumbantes toques wagnerianos, con
nostalgias atonales, alguna travesura mozartiana y mucho de bailanta.
Lo peor y lo mejor: ya no era posible evadirse del templo por
los ventanales -no los había-, sólo quedaba llegar al final de
la novela. La exageración, la exacerbación y la exaltación fueron
estimulantes a esa altura del trayecto, aunque al final resultaron
más bien extenuantes.
Todo lo apuntado es un mérito de Laiseca: el mérito del valor.
El de no temer las críticas al exponer su "civilización", a sabiendas
de que desafía a los demás -y se desafía a sí mismo- alargando
descripciones y situaciones de una manera intencionalmente provocativa.
¿El tema? Mejor sería decir los temas y los sistemas. Sistemas
políticos, burocracias de todo signo, dictaduras, sindicalismos,
tiempos pretéritos, actuales y futuros en una mezcolanza absoluta.
Se trata de los avatares del individuo perseguido -bien lo señala
Piglia- por la técnica, por las arbitrariedades socioculturales
y por los demás. Es un rompecabezas sin armar entre cuyas piezas
salta un agonista mínimo, que por eso mismo puede ser máximo:
Personaje Iseka. Pero lo rodean muchísimos más: gobernantes y
gobernados, sacerdotes y sumos sacerdotes, magistrados y monitores
y "soriátores" y escritores y científicos y la mar en coche. Todos
en una especie de sonora carcajada rabelaisiana, todos con nombres
significativos, todos dibujados con trazos gruesos, sin matices,
como para vislumbrar simbolismos reveladoramente sutiles.
Varios países (como Soria, Tecnocracia, Rusia, Chanchín, el califate
de Córdoba y algunos más) rivalizan y se amenazan mutuamente.
Laiseca suma arbitrariedades, torturas y horrores, añade magos
y magia como solución a problemas bélicos o políticos, introduce
nombres y hombres identificables con un pasado muy nuestro y que
deberíamos conservar en la memoria. Algunos de sus personajes
se parecen a Ubú Rey, otros son por momentos cronopios y por momentos
famas. El todo es una denuncia en clave de humor, un humor rudo,
repetitivo y más sardónico que sarcástico. Así, lo que al comienzo
es efectivo, termina siendo meramente efectista.
Los Soria se mantuvo inédito durante veinte años. Esta es una de las razones
que nos lleva a pensar que la novela ha sido muy importante para
su autor, alguien relevante por cierto en las letras argentinas,
alguien original, diferente y por eso mismo, valiosísimo entre
tanta globalización disfrazada de transgresión. Este comentarista
reconoce que el texto es por momentos apasionante y por momentos
fastidioso. Claro que gustos son gustos y... El resultado: al
salir del templo Laiseca y de la civilización Laiseca, se siente
irremediablemente la fuerte impronta del "realismo delirante"
que propugna el mismo Laiseca. Impronta que no deja mucho lugar
para emociones y fantasías, salvo las exigidas por una provocación
tan inteligente como desmesurada.
Eduardo Gudiño Kieffer
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