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SARA, ¿QUÉ ES PARA VOS UNA CAMPERA?
Qué sentido tiene esa pregunta. No trae nada nuevo. Al menos a mí no me aporta nada. Ni siquiera el intento de la búsqueda de una respuesta. Yo no te acoso con exigencias esotéricas. Y ésta que te voy a hacer sí es una pregunta para la que sería saludable darse alguna respuesta: ¿qué te pasa a vos, eh? Y las derivaciones pertinentes: por qué te dedicás a recrearte con las disquisiciones que me provocás, por qué me provocás disquisiciones, por qué no te ponés a hacer algo útil, por qué no dejás mi mente en paz y te vas a tu casa a dormir. Por qué, cuando estás aburrida, lo único que se te ocurre es me voy a charlar con Sara. Mejor dicho, a hacer hablar a Sara. Porque vos, calladita. Yo debiera haber elegido otro oficio. En el mundo del espectáculo, por ejemplo. Esto de ser exiliada politica y como agravante escritora, no sé, no parece que ayude. Con el agregado de amigas como vos, que en vez de apoyar la recuperación integral de la gente contribuyen notablemente al desequilibrio. Como si vos no fueras ex-presa y exiliada. Como si no supieras qué jode y qué ayuda. Y encima, de pronto con ese pelo. ¿Me podrías explicar por qué caoba?
Claro, tenías que revolear los ojos. Si no te gusta escuchar la verdad, entonces no sé qué andás buscando. Y no sólo el pelo. Porque ahora que te sentís pelirroja, resulta que también tenés que pintarte los ojos de verde. No vaya a ser que falte el contraste. Casi te diría que no lo puedo creer. Pero bueno,
parece que la vida viene bien acompañada. Trae todo tipo de recursos contra el aburrimiento. Incluyendo ciertos grados de esquizofrenia.
Y la señora viene, se sienta en mi único sillón, que además es negro, mi color preferido, con su pelo caoba recientemente enrulado y los párpados destellando esmeraldas, relaja las piernas y los brazos como si llevara en sus interiores más recónditos el espiritu de Maria Teresa de Austria, y empieza el interrogatorio. Qué vileza. No sé cómo te aguanto. Pero bueno, como decía la Vinchu durante el mundial de futbol del '78 entre poderosos suspiros, la habrás escuchado, mientras caminaba, ida y vuelta, por las extensiones de la cárcel de Villa Devoto: "Hay que pagar. Hay que pagar. Hay que pagar. Cada buena acción es un lujo, y hay que pagar. Este mundial es un castigo. Hay que pagar." Y retorcía, de asco, hasta el último músculo de la cara. Y tenía razón. Nada es gratuito. Quererte a vos como amiga trae a diario consecuencias inesperadas que ponen a riesgo todo, incluso tu integridad física. No sé si te has dado cuenta de las ganas de estrangularte despacito que me invaden por lo menos tres veces al día. Dejá de revolear los ojos que me vas a dejar ciega.
Mirá la pregunta. Qué es una campera. Y vos, Chana, ¿qué pensás, eh? Para vos, ¿qué es una campera? Claro, no sabés. Aunque, es cierto, no te voy a quitar todo el mérito. Tendrías para mí una respuesta completa si te preguntara cuál es la mejor peluqueria de la Zona Rosa, la dirección -incluído el código postal-, los horarios en que atienden, los nombres de todos los empleados, y cuáles son los problemas que los afligen. Tengo que reconocerlo, en eso estás muy dotada: sos infalible. Infalible e inefable.
No sabés qué es una campera. Espero que no estés sacando el tema porque tu intención sea que al final de la conversación termine prestándote la mía de cuero que tantas horas de trabajo me costó comprar. Ni se te ocurra. Y menos para que vayas a bailar. Cada vez que te presto algo, desaparece. Yo entiendo tu generosidad, tu desprendimiento, tu altruismo, entiendo tu teoría -realidad muy concreta- de que siempre hay alguien con menos recursos. Pero, fijate vos, en este caso se trata de mis recursos.
Olvidate. No te la presto.
Además esa Campera es para mí de una importancia muy difícil de imaginar. Me abriga, ¿me entendés? Y a lo que abriga hay que cuidarlo. Aunque mirá, no creas que todas las camperas pueden ser descritas con la misma fortuna. Por ejemplo una de tela de jean que tuve hace años. Era tan desagradable. Estaba siempre tan fuera de ritmo. El color me gustaba. Pero cuando llegaba el momento de recurrir a ella en algo para lo que realmente debía estar preparada, no. El viento como hielo molido entraba por los puños, por el cuello, y me circulaba por las profundidades de la piel con toda libertad. No se adaptaba jamás a las formas de mi cuerpo. Era una armadura. Ejercía esa rebeldía. Muy bella, pero pura imagen. Y la regalé. Porque para rebelarse hay que tener razones. Buenas razones. Claro que me gustaría saber exactamente cuál sería una buena razón, y quién es el dueño del parámetro. Porque la verdad es que hasta la más irreconocible me sonaría a mí como una oportunidad excelente, imposible de despilfarrar abandonándola en manos de tantos que no se la merecen. La aptitud para sobrepasar los límites es un privilegio. No cualquiera es capaz de desviarse con la soltura y la elegancia que mágicamente transforman el exceso en derecho incorruptible. Resistir es esfuerzo, inversión de energías. Y ese desgaste del cuerpo y de la mente no les está reservado más que a los que han aprendido a sangrar con esa dignidad que compromete para siempre. Por eso me da mucho sueño pensar en esa campera de jean. Porque se humillaba a aparentar lo que no era. Y la gente así me aburre. Ya lo sé, no estamos hablando de un ser humano. Aunque, la verdad, ciertos seres humanos no se distinguen fácilmente de una campera. Y ciertas camperas parecen tener actitudes. Las actitudes de ciertos seres humanos.
Hay camperas que vienen unidas a algunas personas. Y no sólo porque ellas se las ponen, las usan. No. Ni tampoco porque haya gente que tenga una cara adecuada a cierto estilo de campera, como a veces a ciertos nombres. Como me pasó con aquella presa común con la que estuve por unos pocos días cuando recién me detuvieron. Suelen sucederme cosas así. Antes de entrar al pabellón, cuando todavía estaba como espiándolas a todas desde el pasillo del sótano, tratando de deducir algo acerca de dónde me encontraba, le vi la cara. Le vi la cara y pensé: esta mujer debe tener un nombre con muchas a. Adriana. Tiene que llamarse Adriana. No podía ser Viviana, no podía ser Claudia. Adriana. Tenía cara de Adriana. Dejá de revolear los ojos. Por favor. Y era cierto, se llamaba Adriana. ¿Podés creer? Vos no creés nada. Ya sé. Pero bueno. En rigor, lo único importante es que yo lo sepa. Que no me lo olvide. Porque se trata de mí. De quién soy. Tema intrincado para vos, supongo, que a los treinta y dos años no has dado en descubrir todavía si sos rubia, o castaña, o quién sabe si en realidad no habrás llegado al mundo equipada con ese pelo con el que emergiste hoy, tan orqullosa, de mejor no descubrir qué sucucho ("salón de belleza" en tu intrépida jerga de la ciudad de Córdoba) del Distrito Federal mexicano. ¿No? Ella, Adriana, los ojos, la boca ancha que tenía, la manera de tratar al resto de las presas, todo venía unido a su nombre como si hubiera nacido con el. Hay gente así. Hay gente de una desmesurada coherencia.
Gente de la que la ropa con que se viste parece una prolongación de su cordón umbilical. Gente que es inimaginable vestida de rojo, o de blanco. Gente que nada tiene que ver con un par de sandalias. O con el pelo recogido en un rodete. O con una campera. Camperas. Las camperas son increíbles. Hay personas que sin una campera no son nadie, no son nada. o sin una sotana. O sin un sombrero. O sin las uñas pintadas.
Todas esas indumentarias. Es como si la desnudez, o el ser algo difícil de reconocer, o el no ser, fuera inaceptable. Las sotanas no son demasiado diferentes unas de otras. Pero las camperas, sí. Pueden ser extremadamente distintas, aunque se trate de la misma. Al menos para mí. Quiero decir, Hugo andaba tan complacido con su campera en el invierno y en el otoño. Y a pesar de que no era de las largas, de las que te tapan el culo, era blanda, gruesa y suave, y te la ponías y parecía que te habías envuelto todo el cuerpo con una frazada térmica. No había por donde se pudiera filtrar ni una gota de aire. Y era negra. Eso era muy importante. Para Hugo era fundamental. Y mientras la tenía puesta siempre estaba inspeccionando los puños. Los observaba, fascinado por las rayas de colores del tejido. Les pasaba los dedos. Lo que quiero decirte es que ésa era una campera con la que la relación se había hecho simbiótica. Cuando la necesitábamos, la teníamos. Y de la mejor manera.
Pero cuando ese degenerado se la puso, cuando ese pedazo de basura suelto arrastrándose por los recovecos del mundo decidió establecer contacto con la campera de Hugo, con su calidez, con su color negro y la variedad de colores de los puños, la historia cambió como podría haber cambiado la fecha de una fiesta. Así. Y no creas que no dolió la reestructuración de los sentimientos. Hubo que reacomodarse. Hubo que ser capaz de decirse a uno mismo esa campera ya no es lo que fue. Como tener que arrancarse un crecimiento cancerígeno a los tirones y con las propias uñas.
Verlo caminar, o desplazarse en ese auto robado por él o por sus compañeritos de trabajo en el que él mismo habría asesinado a quién sabe cuántos compañeros, verlo sentado frente a mí en cualquier café, en cualquier momento, aparecer, así no más, aparecer con cara de propietario de la mitad más uno del universo, de quien tiene todo ese poder y mucho privilegio de ejercerlo. Así, de pronto, y con la campera de Hugo. No en las manos, sino puesta. Puesta. Y Hugo en la cárcel sin posibilidad de saber, sin la más remota idea de que el tipo se había estado poniendo su campera durante los últimos cuatro inviernos. Usurpando ese lugar. Rellenando, invadiendo el espacio que no le pertenecía. Casi como haberle arrancado la piel a Hugo y haberse cubierto con ella. Dije cubierto. No dije protegido. Me entenderás que no esté de ánimo como para soportar tanto peso semántico.
O no. Quizá no. Quizá sólo empezó a usarla como bievenida a mi libertad, ya sabés, como para marcar ojo que sigo aquí, y resulta que no me olvidé de ustedes. Cualquiera de las dos posibilidades. RealmenLe no importa. Es la misma historia.
Chana, tengo una especie de confusión. No te ofendas, pero no es que yo no sepa con total claridad que vos estás acá frente a mí. Yo sé eso. Pero no es tan fácil. Me pasa que por momentos no sé con certeza si estoy hablando con vos o con tu pelo. Es que me tiene fascinada. Te dije que no te ofendas. Al fin y al cabo ni a una de mis mejores amigas le puedo confesar lo que siento. Cuando termines con el casi sonoro aleteo de tus párpados, sigo.
Bien. Así que te decía eso: es la misma historia. Pero en realidad no sabés, ni te deseo que sepas, lo que fue ese año en Rosario. A los que habían salido en libertad en Buenos Aires no les fue tan extremadamente mal, porque podían pasar mucho más inadvertidos entre el gentío y el atolladero de autos y de circunstancias. Es más fácil perderse, vos sabés, y también evitar la paranoia. Aunque a nuestros brillantes enemigos nada les impide cumplir con sus propósitos, si los tienen. De lo cual acumulamos varios cientos de miles de pruebas. Pero Rosario, sobrevivir al período post-cárcel en una ciudad de un millón de habitantes, en la que caminando por ciertas calles a la misma hora te encontrás fatalmente con las mismas caras, los mismos pies y, en consecuencia, con las mismas pistolas (que si no las ves es porque acechan, alertas, desde debajo de un suéter o, por supuesto, campera), fue duro. Y sé que fue igual o todavía peor en Córdoba. San Juan, Tucumán, el sur, una colección sucesiva de infiernos.
Chana, mirá: todo, lo cotidiano, lo íntimo, las apenas diferenciadas variantes que solíamos instrumentar para no sucumbir al aburrimiento, todo era tan difícil de ejercer. Para Cristina y para mí, y de distinta manera también para Elsa, encontrar subterfugios que nos abrieran accesos a la vida, en un punto se convirtió en una obstinación. Cada circunstancia, cada hecho, nos sumía en más o menos las mismas formas defensivas. Ineludiblemente. Nos encontrábamos en la tarde, a la salida del trabajo. Nos sentábamos a tomar algo en algún café del centro. Eso Cristina y yo. Elsa sólo algunas veces: estaba en un proceso de pegoteo con el hijo, bastante efectivo, por otra parte. Pero nosotras dos, yo con Hugo en la cárcel y Cristina en la búsqueda de su marido desaparecido, solas -aunque siempre con el innegable afecto y la dedicación de lo amigos-, nos veíamos continuamente.Nos necesitábamos. Nos teníamos.
Prácticamente todo era adverso. La tarde, el aire de la tarde. La forma que adquiría la luz entre los edificios. Las paredes exteriores. Interiores. Todo tenía un olor como de no pertenecernos. Las conversaciones que escuchábamos entre la gente caminando por las calles, en las mesas alrededor de la nuestra en cualquier café; sus preocupaciones: qué modelo, qué marca de moto o de auto estaba de moda (no qué modelo o qué marca preferían comprarse, porque la magnitud del desangre económico no le permitía a nadie con un mínimo de cordura delirar a tales extremos). Todo era ajeno: la calidad de las actividades en las que los más jóvenes invertían su tiempo, el ritmo de letargo con que las nubes transcurrían a través del cielo. Todo. El silencio obcecado de los que se habían decidido por el miedo, y la desmemoria de los desbordados por la práctica constante de los más elementales mecanismos de defensa. Todo ajeno. Todo hostil. Nosotras, que habíamos sido fagocitadas por los tentáculos de una bestia que habíamos presentido cercana, suprimidas en plena actividad y juventud de una sociedad ansiosa y bullente, reaparecíamos después de años. Reaparecíamos valientemente. Pero caímos, atónitas y acosadas por las náuseas, en medio de la colosal sordera de un pueblo anestesiado a golpes. Y nos dio una mezcla, no sé qué tan bien combinada, de tristeza y rabia. Porque, en medio del dolor ininterrumpido, aparecían otras sordideces: las citaciones al comando del II Cuerpo de Ejército, y el tipo con la campera de Hugo detrás nuestro. Hugo que no salía en libertad. El compañero de Cristina que no aparecía, obviamente.
Había que estar ahí, creeme. Los milicos, con la original "opción" de salir del país directamente al extranjero, se sacaron de encima tu exótica pero peligrosamente eficaz circulación política por los diversos ámbitos de la ciudad de Córdoba. (Córdoba: la tercera, escuchame bien, la tercera ciudad del país, y no la segunda. La segunda es y siempre fue Rosario, mal que te pese.) Y vos sorteaste una extensión más bien árida, cariño, del camino que elegimos para nuestras vidas.
La cosa es que a lo largo de este año 1979, y de todos los otros años, me imagino, los milicos no estaban precisamente dispuestos a perdernos de vista a Cristina y a mí. Nos habían negado la posibilidad de salir del país para mantenernos bajo control. De ahí mi libertad vigilada por seis meses, y por eso la persecusión durante todo el tiempo posterior. El tipo que junto con el refinado grupito de expertos había allanado mi casa, me había reventado el cuerpo a golpes durante horas, me había largado la versión de que Hugo ya estaba muerto, había destruído los muebles, me había robado hasta mis bombachas y mis corpiños, mis libros, mi máquina de escribir, la ropa de Hugo y sobre todo su campera, y me había depositado dulce y graciosamente en el sótano de la Jefatura de Policía, ese mismo, ese y ningún otro, de nuevo era parte activa de la organización de mi vida diaria. Fueron pocos los lugares por donde anduve, sola o con Cristina, en que no surgiera el tipo como desde debajo de la tierra, con esos estrafalarios anteojos oscuros, que por supuesto ya no cumplían la función de evitar que yo lo reconociera, sino exactamente lo contrario. Cristina decía que por alguna razón debía elegir andar disfrazado de mosca. Y con ese pelo negro. Y la campera negra de Hugo. Puesta. Siempre puesta. Aunque el calor rosarino nos mantuviera al límite del abatimiento.
Cristina. Cristina me clarificaba la visión del mundo. Forzaba las estrecheces a las que nos sometían los vientos opuestos que nos aturdían y nos aturdían, las forzaba, las forzaba, te juro, y abría el camino.
Y continuábamos nuestro recorrido. Avanzábamos. Ella persiguiendo los rastros inexistentes de un marido a esa altura quizá también inexistente. Y yo con mi propio compañero todavía en la cárcel; y con tanta vida interna circulándome, urgiéndome a aceptar su evidencia.
Cristina, con todos sus atributos de bailarina, con esa mente honda, artística y volátil que le permitía impulsar su cuerpo hacia los cielos más altos, era la que me sobrevolaba, me advertía que mis pies se habían alejado demasiado del suelo, me explicaba que había que volver. O, sin teorizar demasiado, simplemente me arrastraba hacia el raciocinio. Cristina era mi parámetro hacia la realidad.
El tipo con la campera de Hugo había llegado a estipular, a circunscribir nuestras vidas hasta lo inimaginable. Era imposible ignorarlo. Si en algún momento decidíamos olvidarnos de él, meternos en un cine, perdernos en una película, en sus colores, en su movimiento, al salir y mezclado entre los que nos rodeaban, de pronto delante de nuestros ojos nos dejaba mudas su cara tapada con esos anteojos de moscardón, el pantalón de jean, la campera de mi compañero. O en cualquier café. o en cualquier calle.
Y las citaciones al Comando. Si decidías no ir, por supuesto volvías a la cárcel de inmediato, o aparecías muerta en cualquier vereda, en cualquier zanja. Había que ser puntual. Sin alternativas. Cada amenaza, cada muestra por parte de los militares de que conocían hasta el más mínimo detalle de lo que estaba sucediendo en nuestras vidas, acrecentaba los terrores y los odios. Querían que me fuera del país, pero no me daban pasaporte. Querían que Cristina dejara de indagar sobre el paradero del marido. El milico me lo dijo con una claridad proverbial: "Que no busque, porque si encuentra algo lo que sea que encuentre va a tener muy mal olor". Estaba todo dicho. De Elsa sospechaba que estaba en actividades políticas clandestinas. Le parecía rarísimo al maldito que ella todavía no hubiera buscado un trabajo, que sólo ocupara su tiempo en rearmar la relación con el hijo. Y hostigaba con eso, mientras Elsa tenía sufrimientos y ansiedades más que justificadas, que algún día te confiaré, siempre y cuando te saques ese color caoba de la vacía cabeza que tenés y que no entiendo cómo logra sostenerse en un extremo de tu cuerpo.
El milico también estableció la conexión -bastante clara, por otra parte- que había entre él mismo y las órdenes que daba, y el tipo de la campera. Todo era a tal extremo indiscutible, que había que tomar una determinación. Pero no creas que era tan fácil. Dejar el país, dejar a Hugo en la cárcel, las compañeras esperando su libertad, dejar a Cristina sola (que jamás hubiera consentido a renunciar a la búsqueda de su compañero); y todos los demás amigos, que habían ayudado tanto.
Pero mirá, no lo tuvimos que meditar demasiado. Todo se precipitó. El milico me dijo que intentara conseguir el pasaporte otra vez. Que quizá me lo dieran. Por supuesto que sólo dependía de una orden -o contraorden- que él emitiera por teléfono desde su escritorio. Y así fue. después de meses y meses de insistir, me lo entregaron.
De todas maneras, en mi mente y en la de Cristina no era fácil acomodar así nomás la resignación: todavía planeábamos alquilar un departamento para las dos. Y el día que fui a que Cristina me lo mostrara -ella estaba trabajando en una inmobiliaria-, y mientras estábamos por empezar a ver los cuartos, solas las dos ahí adentro, alguien empezó a golpear y forcejear la puerta. Cristina no esperaba a nadie. Bastante asustada giró la llave para abrir, pero el que esperaba para entrar empujó antes y se metió, y cerró de un golpe. Y ahí estaba el tipo, con la campera de Hugo. Puesta.
Se nos acercó rápidamente. La agarró a Cristina de los pelos con una mano, y con la otra apretaba la pistola que llevaba debajo de la campera. Le dijo a Cristina que dejara de buscar al marido, porque si se descuidaba iba a terminar como él. Y después de largar suficiente espuma por la boca nos mandó sentarnos en el piso. Cuando estábamos las dos acomodadas al antojo de sus delicados gustos, una al lado de la otra, empezó a irse. Y al llegar a la puerta se sacó la campera. Y desplegando grandes dotes histriónicas, con gestos de mimo bajo el efecto de un alucinógeno, me la tiró contra la cara. Y me dijo: Guardala de recuerdo.
Para completar los resultados del hecho, habría sido tanto más efectivo para el tipo que la pared de enfrente a la que sostenía nuestras espaldas, ahí tiradas las dos en el piso, hubiera estado cubierta por un gran espejo. Nos habríamos visto, y seguramente nos habría sido difícil creerlo. Yo no recuerdo esos detalles, pero debíamos haber estado pálidas, repentinamente demacradas. Y totalmente paralizadas. o no: quizá no del todo. Porque Cristina, como siempre, aún en medio de la borrasca, fue capaz de discernir. Todavía nosotras sin haber atinado a pararnos, me miró a los ojos y me dijo: Sara, te voy a extrañar.
Y yo, qué podía hacer yo, decime, con esa campera. La miraba estupefacta. La recorría con los ojos, sin animarme a tocarla con los dedos. Moví las piernas, la fui deslizando hasta que cayó al suelo. Los puños no estaban descoloridos. Parecía la misma de hacía cuatro o cinco años. Quizá el cuero no brillaba tanto. No sé. No estoy segura. La aversión me llenaba los ojos, subía y bajaba a través de mi sistema digestivo. Todo era una contundente náusea.
Salimos de allí con una mezcla de miedo, tristeza y odio. Los tres se combinaban en un combustible poderosísimo que nos impelía al movimiento.
Unos días después, cuando mis valijas estaban casi listas, me fui a la cárcel a visitar a Hugo. A despedirme. Y le llevé la campera. Al fin y al cabo era suya, y nada más que suya. Se la mostré a través del vidrio del locutorio, y no entendió. No sabía nada. Ni siquiera que años atrás la policía se la había robado.
Le dije que se la dejaría para que el celador se la entregara. También le dije que por favor nunca, nunca se la pusiera. Que sólo la guardara. Que cuando saliera en libertad y nos encontráramos en algún lugar del mundo le explicaría todo lo que había pasado con ella. El me miraba. Me miraba confundido. Yo hacía algunos gestos que seguramente resultaban ridículos y no explicaban nada, y él sabía que yo no podía hablar a través del micrófono del locutorio, porque lo que quedara grabado iba a traducirse inmediatamente en una soberana paliza a su regreso a la celda, en un mes de calabozo de castigo, o quién sabe qué sofisticada innovación. Y quedó todo así. A medias. Colgado. Y de pronto yo, demasiado cerca de su dolor y de mi llanto, me di vuelta y salí casi corriendo, sin ninguna capacidad para mirar hacia atrás por última vez, que es lo que todos los presos deseábamos tanto de nuestras visitas. ¿Te acordás? Ese último saludo. Esa última mirada.
Algo raro está pasando. No entiendo. ¿Puedo saber por qué no revoleás los ojos, como corresponde a la magnitud de lo que estás escuchando? Eso. Gracias.
Cuando finalmente él llegó a Los Angeles un año después, éramos previsiblemente distintos. Además de otras angustias, no había incluído la campera entre sus cosas, en cualquier rinconcito de las valijas. La había dejado. ¿Podés creer? Vos me dirás que él no conocía la historia. Claro. Pero debiera haber entendido en algo la dimensión, la potencia del enigma que yo había tratado de transmitirle en aquella última visita a la cárcel. Yo era su compañera. Y él no había captado mi intensidad. Cuando le pregunté qué había hecho con la campera, me contestó que no se acordaba de si había quedado en la casa de su madre, o en la casa de mi madre, o en la casa de su hermano. Le conté la larga historia, con toda mi emoción abierta. Vos sabés cómo soy. Me contestó: "Y qué problema tenés ahora con eso. Olvidate. Una campera es una campera, ni más ni menos". Y repitió: "Olvidate". Y entonces vi que estaba ante el mismo Hugo de tiempo atrás, el que hacía seis años, ante mi intuición, mi certeza de que íbamos a ser detenidos me había dicho, siempre tan saltarín, tan movedizo, que me dejara de tantos delirios y ya me levantara, mientras me alcanzaba el último mate en la cama.
Un año y medio vivimos juntos. Pasamos ese tiempo de diferentes maneras, explorando la relación; la posibilidad de la relación. Pero no, Chana. No pude.
El mundo había completado sus esfuerzos de rotación y translación demasiadas veces en todos esos años. Y ningún movimiento es en vano. Ninguno.
Cuando el divorcio estaba terminado me llamó, lleno de desconcierto, de tristeza. Y me preguntó qué había sentido yo al firmar, al saber que entre nosotros todo estaba terminado. Yo le contesté con otra pregunta. Capciosa. Fuera de lugar. Le dije: "Y vos, ¿qué sentiste cuando te conté los avatares de tu campera de cuero, la que tanto habías, habíamos querido?" No tuvo una respuesta.
Y aquí estoy, Chanita. En el México de tus amores. De tu exilio. Por un año, o dos. No sé. Después quiero volver a Los Angeles. A Santa Barbara. Este célebre Distrito Federal me llena de curiosidad, me llena de ansiedades. Pero escribo mucho.
Escribo y escribo. Eso sí, cuando no venís vos a visitarme. Con ese pelo. Dale, revoleá un poco esos ojos, que cuando los dejás quietos por un rato demasiado largo siento vértigos. Me sobrevienen crisis de identidad, dejo de saber con quién estoy, quién soy. Pierdo el camino. Dale. Un poquito.
Y con respecto al préstamo, olvidate. No hay campera. No pienso correr el riesgo de perder una más. Encima sería perderla no por mis peripecias, sino por las tuyas. Dejá de revolear los ojos, haceme el favor. Dije no.
Capítulo 6 de "Pasos bajo el agua", de Alicia Kozameh. © A.Kozameh
Capítulo 7: Cartas de Aubervilliers
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