fragmento de "Patas de avestruz"

de Alicia Kozameh

Qué es eso violeta que está caido en el suelo, qué forma tiene, parece un papel abollado, pero un papel abollado color violeta es bastante raro, los papeles que están caídos en la calle no son violetas, son grises, de diarios, de cuadernos mojados y rotos. Sin renglones casi.
   Qué es eso violeta. No quiero caminar para ver. Quiero descubrirlo desde acá, desde la puerta.
   También hay algo gris al lado, un bulto como un bollo de hilos enredados. Un colchón. Se le rompió a alguin un colchón. 0 una muñeca.
Me da sueño saber que pronto puedo enterarme. Me da miedo y sueño. Mejor cierro los ojos. Cierro los ojos y aprieto y veo puntos brillantes, dorados, todo negro y rayas y puntos como estrellas.
   Cómo puedo verlos, si tengo los ojos cerrados. Dónde están. Dentro de mi frente están. Es negra mi frente por dentro, con luce doradas. Quién las ve. Yo no las veo: tengo los ojos cerrados. Alguien que está metido en mí las ve, en mi cabeza, y me lo cuenta desde adentro.Me lo cuenta y lo oigo, y entonces lo entiendo con colores. Lo pienso ahora y lo siento antes y ahora. Debo sentir la negrura, la negrez estrellada de mi frente interior.
Lo siento ahora. Y lo siento antes, con mi metro de estatura y la humedad de mis sobacos en formacion, adquiriendo minuto a minuto sus concavidades definitivas y sonrientes.
   Me corre por las venas de los ojos.
   Abro, levanto los párpados y grito par dentro para tapar mis ganas de mirar, de correr hacia el papel violela y enfrentarlo.
   Quiero que se desintegre. Que desaparezca. Me pone loca.
   Me parece que brilla. Brilla y para no verlo tengo que cerrar los ojos y saltar, los párpados apretados, las manos cerradas y las uñas clavándose, brincar, apretar la pera ­mi mama dice barbilla­ contra el pecho, hinchar la carne de la garganta, taparme los oídos con toda la fuerza, hacerme un zumbido adentro, saltar, pegar alaridos sin gritos, todo callado y a los gritos. Por dentro.
   Me canso y me pongo quieta y me olvido. Se me van abriendo los ojos. Veo el papel violeta y eso que parece algodón o hilos. Quiero correr. Golpearme la cabeza contra algo duro.
   Mejor voy despacio. Voy caminando. Cierro un ojo, el ojo derecho, y veo nada más que mi pierna izquierda. Camino con un pie. Se mueve mi pie izquierdo y mi otro pie no esta más. Soy un avestruz con pollera a cuadros rojos y verdes. Uso una sola pierna y un solo ojo. Soy un verdadero avestruz. No como los de verdad, que usan de a uno sólo la pierna. El que yo soy usa también un ojo menos. Estos son avestruces: los como yo. No los de verdad que a lo mejor son chicas de cuatro años que gritan calladas cuando ven un papel violeta, y que tienen una hermana con piernas de avestruz. Piernas como patas de avestruz.
   Voy caminando, voy mirando de reojo la calle, el borde, el cordón de la vereda, para ver todo lo lejos que estoy todavía del papel violeta. No lo veo porque ahara tengo el ojo cerrado, como el avestruz. Veo mi mano izquierda, los dedos, las uñas cortas me veo.
   Mi mamá me corta las uñas y usa la tijera grande para no equivocarse, dice, pero yo me meto debajo de la cama porque a veces me sale sangre de las uñas o de la carne que esta cerca. A mí me parece que porque la tijera es muy grande y mi mamá no se da cuenta. Es la tijera de cortar las telas de los vestidos y siempre que se oye el iuiuiú, iuiuiú desde Iejos, mi mamá corre con la tijera en la mano y se va a la vereda a esperar al hombre que viene en una bici con una rueda arriba que cuando gira larga fueguitos y le devuelve a mi mamá la tijera que corta cada vez más.
   Yo no sé de qué trabaja ese señor que afila las tijeras, porque se pasa el día sentado en la bici. Mueve las piernas como si estuviera andando, pero ni siquiera anda. Todo el día ahí, al final. Le dan las cuchillas y las tijeras y las devudve afiladas, y se pasa el tiernpo ahi, y no come ni duerme.
   A lo mejor no trabaja porque para qué, si total no come, y a lo mejor no duerme porque pare qué, si total no trabaja y entonces no se cansa.
   EI tío de Graciela, de Graciela que era, ahora no es, no se corta las uñas. Así que no debe ser amigo del afilador. No debe tener una tijera que corte. No se las corta pero se las lava, porque no están negras como cuando yo no me lavo las manos.
   Quiero cerrar los ojos para no ver.
   Quiero ver si puedo caminar con la cabeza baja y los ojos cerrados. Si llego más allá del papel sin chocarme con el árbol. A ver si entonces cuando vuelva a abrir los ojos, el papel quedó atrás y ya no lo veo. Ojalá.
   Camino con los párpados muy apretados, los ojos metidos contra la nuca. Debo sentir mi nuca interior apretada por los globos de mis ojos, debo sentirla antes y ahora. Antes, cuando con mis dientes de leche aprieto y aprieto hasta hacerme sangrar las encías, para fortalecer la locura de los párpados que me contiene, y los latidos en mi pecho, que me agregan locuras distintas. Y ahora, cuando el sueño me estupidiza a veces, y me baja los párpados.
   Voy a quedarme parada aquí donde estoy. No me muevo más. Quieta, ahora basta. Y abro los ojos. Me doy vuelta hacia el lado de la pared y los abro. Lento.
   Seguro que es una pared amarilla pero no amarilla. Tiene que parecer manteca descascarada. Eso no: la manteca no tiene cascara. entonces manteca podrida. Con moho verde. Me suena raro. Y me parece que si puede ser.
   Voy a quedarme quieta aqui. Ya estoy viendo la pared. Me equivoque: no es amarilla ni está descascarada. Es gris sin pintura, como con millones de puntas, como una lija enorme. Porque siempre que estamos jugando me raspo. Me saco la piel de la mano. De las partes donde se juntan los pedazos de dedos.
   Qué hago. Me muevo para mirar atrás, o me quedo quieta y dura. Me equivoqué de pared. Caminé de más. Me pasé dos casas. La de Oscar y la del pescador. Y esta es la pared de la casa de Graciela. De Graciela, no: de la madre y el tío.
   Graciela era Graciela antes. Ahora no es nada, dicen. Filomena dijo que no es nada. Los viejos de enfrente dicen que es un alma. El tío dice que sí es, y no dice qué. Pero me contó que está en el cielo viviendo con una que se llama Virgen María, porque también se llama María. Graciela María. O porque también se llama Virgen. Que porque tiene siete años. Mi mamá dice tenía. Porque se murió. Y es cierto, porque por más que uno la busque, no está. Y yo la vi salir. No. Lo que vi es la caja blanca entrando en la carroza cuando la alzaban el tío y el vecino de al lado, el pescador. Los caballos movían las patas y me miraban de reojo. Ella iba dentro de la caja.
   Iba sin hígado. Hacía tiempo que no salía a jugar porque tenía que vomitar el hígado. Y se cansaba tanto después de quedarse con un pedazo menos, que se iba a la cama. Le daba trabajo sacarlo. No sé si salía molido o entero. Debe ser molido, porque como va a pasar un pedazo así de grande por la garganta. Se hubiera ahogado.
   El papel violeta. Qué hago.

   Me está mirando. El papel violeta me está mirando la espalda. Tiene ojos y me los clava en la espalda. Tiene unos ojos azules el papel violeta. Azules y se mueven. Muy chicos son.

   Debo estar sintiendo la mirada del papel abollado cuando se me meten de a una en el oído las letras de mi nombre.

   Debo olvidarme por un momento de los ajos del papel, debo estar olvidándame antes y ahora, cuando al volverme hacia la zona de las letras veía, veo la cara alargada y dental del tío de Graciela, la del hígado, la del no hígado, dlciéndome, haciéndome escuchar ¿Estás jugando? No estás jugando a nada. Hay que jugar. Y debo esforzarme en contener esa figura en el marco de la ventana de las hojas bordeadas de madera y vidrios cortinados de tela blanca a lunares blancos, debo contener en ese espacio al tío, a todo ese tío con camisa blanca y brazos.

   Hay qué jugar y no estás jugando a nada. Digo si estoy jugando, dice a qué, le contesto a no mirar el papel violeta que está en la calle.

   Debo sentirlo, lo siento antes cuando me miró más serio, lo siento ahora cuando tiene los ojos menos ablertos y ya no le veo los dientes porque entrecierro la boca y me mira. Y me pregunta, invita, ¿Jugás conmigo? Y desaparce, y se van acercando las hojas de la ventana una a otra, hasta quedar unidas.
   No más tío. El papel violeta me mira los hombros. Debo sentirlo, debo estar sintiendo esos ojitos azules inquietar mis hombros cuando las letras encadenadas me hacen oir vení al garage a jugar y yo miro y se abre una mitad del portón y aparecen la camisa blanca y un pedazo de pantalón gris. Vení, vení, si ustedes con Graciela jugaban aquí adentro.
   Ahora a lo mejor la veo. A lo mejor está entre los diarios viejos buscando dibujos para pintar con ceritas. En una de esas volvió, alguien la trajo. El tío no me lo dijo, pero a lo mejor. Me parece que puede ser. Todavía le doy la espalda a la calle. Empiezo a caminar hacia el portón.
   No veo nada, todo es transparenle ahora a mis costados y en frente de mí, sólo veo al tío mirarme con cara blanca y brazos. Camino sobre las baldosas de la vereda sin verlas, no las cuento ni juego a una rayuela sin marcas de tiza ahora, camino sin recordar más que la cara de ese pantalón gris.
   Tiene pelos en los brazos, pero no de ciempiés. Se le ve más lo blanco que las rayitas de los pelos. Los pelos también, porque son como dibujos arriba de lo blanco. Son muy pocos esos pelos, no cómo los de los brazos de mi papá, que no se le ve la piel.
   Las manos no tienen ni uno.
   Me mira blanco y yo entro al garage, y el cierra la puerta con llave. Hay una muñeca en un hueco de la pared, una de vestido largo con un bebé, un bebé que mira raro, con ojos de grande. Abajo le puso flores el tío, y me parece que la muñeca está desde que no está Graciela.
   La cara dice vení aca y los pantalones grises caminan desde la puerta grande cerrada con llave hasta la pared, y todo el tío se queda parado con la espalda contra el rincón, y me mira, y los ojos que tiene son marrones.
   La muñeca no me gusta. Tiene mucha ropa, muy dorada
   La boca me dice vení y voy, camino lento, no sé a qué voy al rincón y voy, en el rincón está el tío de Graciela del hígado y yo voy y el tío mueve la mano blanca que está limpia y yo veo que se desprende un botón del pantalón gris, me dice vení y se desprende otro mas, yo voy, camino, creo que desprende otro botón y dice vení, vení que es lindo, yo sé que quiere que meta mi mano, que ahora no tiene tierra, en el pantalón gris, para que le toque lo que tiene adentro.
   Dice vení y voy y me agarra una mano y yo le doy las dos y me las mete en el pantalón. Y toco. Toco y lo que está adentro es suave y blando pero crece, yo tengo adentro la dos manos pero no alcanzan porque crece todo lo que agarro, necesito otra mano y otra, pero tengo dos, y quiero más manos.
   La muñeca también tiene dos manos. Me parece.
   Ya no le veo la cara blanca al tío del hígado, miro dentro del pantalón y entonces el debe saber que quiero ver y se mete la mano blanca y saca del pantalón todo lo que creció de golpe y ahora se puede agarrar más fácil y se puede acercar a la cara a mi nariz yo sé que quiero abrir la boca, abrir la boca quiero, no quiero la boca cerrada, y abro la boca y se que el tío se sacude, da un salto contra la pared y me quita todo y mete en el panalón todo lo que antes era una cosa y ahora es otra, y me quita todo porque sonó el timbre, sonó el timbre y entran gritos, Alcira, gritos que dicen Alcira, ¿estás ahí?, y el tío se abrocha el pantalon apurado y serio y abre la puerta del garage y mi mamá me dice nena, por qué le metés donde yo no te veo, y salgo, vamos, y camino al lado de ella, un poco atrás.
   Tampoco ahora cuento las baldosas.
   Todo es transparente menos mi madre, menos mi madre que balancea las caderas con pasos armónicos, pesados.Pero sé que va tratando de lograr una elegancia más liviana, más adecuada a su reciente, ignorado triunfo.
   Mi madre me empuja, dice vamos con las manos, con las uñas, camino y veo el papel violeta, y si no lo veo sé que está allí mirándome.
   Entro y corro a lo largo de todo el pasillo, casi bailando.
   Debo estar corriendo y bailando, debo sentirlo antes y ahora, debo estar sintiendo los ojos de mi hermana mirarme desde el piso del patio, debo oir a mi madre decir acá está, te la conseguí, te la traje. A Mariana le cuelga un hilo de saliva que le moja la rodilla y me ve llegar con su boca ancha y sus dientes grandes, paletas dice mi papa, me río y quiero llorar, lengo que saltar del pantalón caliente a la saliva fría de mi hermana, yo nunca sé paletas de qué, extiende la mano, me ve, la miro, debo estar sintiéndolo, debo estar conteniendo ese crecimiento, viendo los brazos de Mariana, descubriendo un olor en los ángulos que forman mis dedos, cortina blanca a lunares blancos, las uñas largas y limpias, la saliva de mi hermana congelada en el aire, el papel violetas los ojos celestes y movedizos que me bailan en la espelda y el cuello, en los dedos, en las orejas.
   Y la panza, que me hormiguea en la garganta. Y el tío de Graciela, que es, ella no es pero él sí, que me parece que también está con todas esas hormigas, parado en el garage.


Fragmento de un capítulo de "Patas de Aveztruz", novela de Alicia Kozameh. © Alicia Kozameh
"Patas de Avestruz" fue publicada en alemán bajo el título "Strassenfüsse", © Wiener Frauenverlag, Austria, 1996.