| |
A Norberto del Vas.
Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange
Shakespeare, La Tempestad, Acto 1, Esc. 11
1
Me sucedió el viaje, el cambio de mar o el otro hace ya un año,
en el Berlín de hielo y de llovizna de febrero, y en este Buenos
Aires que arde húmedamente mientras escribo, que penetra por mi
ventana abierta en vaharadas de calor, me estremece la memoria
de aquel frío y la pura conciencia de mi perplejidad.
Los diarios de la mañana, un ejemplar de cada uno (tuve que
comprar todos para convencerme de que la noticia era real, no
la broma de un enemigo que supiera lo de Berlín), están extendidos
y abiertos en la página con la información imposible, sobre el
sofá tapizado de rojo que hay en mi estudio .
Hace apenas unos minutos, la muchacha que bajó del tren en
la estación de Villa del Parque, ayer, mientras yo aguardaba vaya
a saber qué no a ella, por supuesto, ni al tren se asomó a la
puerta. La vi, alta, desnuda, el largo cabello rubio enmarañado,
y me sobresalté, le grité que no entrara.
A pesar de su soñolencia y de esa carnal naturalidad con que
una mujer se mueve en casa extraña si ha dormido ahí una noche,
unas horas, pareció trastabillar, recibió mi grito como un golpe.
Me dolió desbaratar su adormilado aplomo, precisamente hoy, precisamente
el suyo, y me disculpé mostrándole el desorden de los diarios
abiertos. Sonrió, se inclinó para darme un beso leve en la frente
y fue a vestirse.
Escribo con angustia, partido en dos: un hombre que necesita
escribir esta historia para entender su historia, su vida, y un
hombre que necesita retener a esa muchacha para seguir viviendo.
El impulso de correr hacia ella y abrazarla, demostrarle con caricias
que mi atención está concentrada violentamente en su presencia
aquí, en mi casa, y el impulso de contar lo que me sucedió, a
riesgo de que ella crea que prefiero encerrarme en mi trabajo
en vez de prolongar el goce de la tarde y de la memorable noche
anterior, tienen una fuerza pareja.
Oigo correr el agua de la ducha. Los minutos de tregua antes
de que regrese vestida, ya despierta, esta codiciada extranjera
de ondulante cabello rubio y ojos grises, me alcanzan para desear
rabiosamente no haber leído la noticia de que Vida y Obra de Francisco Uriaga, la película cuyo libro escribí durante mi estadía en Berlín,
fue premiada en el Festival de Cannes.
No pretendo una reivindicación, no reclamo por noches sin
dormir en la pensión de Frieda Preutz. Tampoco debe leerse mi
relato como un reproche a Juan Pablo Miller, el joven cineasta
argentino que triunfa en Europa, con quien fuimos cálidamente
amigos y al que no he vuelto a ver. ¿Por qué no callo entonces?
Porque me desborda el azoramiento. Porque mi brusco ingreso en
el mundo del cine, un viaje dentro de otro viaje, me convirtió
en uno de esos turistas que compadezco, gente que apuesta las
ganas de ser otro en la ruleta de circunstancias extranjeras.
Porque no sé qué es lo que gané cuando creí haber ganado, qué
es lo que perdí cuando me anunciaron la pérdida.
Y porque la única documentación de mi viaje es la película
que está dando su triunfal vuelta al mundo y mi nombre no figura
en los títulos.
2
Me llamo Alberto Paradella, tengo treinta y dos años, un divorcio,
ningún hijo, y hasta que empezaron los viajes como periodista
especializado en turismo, mi vida transcurrió sedentariamente
entre Villa del Parque, donde nací, me crié y fui a la escuela,
y el barrio sur de Buenos Aires, cuyas ruinas apuntaladas a fuerza
de literatura y de folklore eligió Victoria, porque esta casa
nos ofrecía, además de su prestigiosa vejez, un jardín interior
y la única palmera sobreviviente del suburbio. La palmera sigue
ahí, marcando una línea ancha y firme en la ventana de mi estudio;
de Victoria, mi legítima esposa, me separé hace una eternidad.
Cuando del destino se trata, no hay otro modo de abordarlo
que remar río atrás, corriente arriba, en busca de una orilla
reconocible de la que se pudiera haber partido. Así viajé toda
la noche, un hombre en un bote, solitario e insomne. Para ser
franco, no he encontrado nada que explique el viaje, la película,
la muchacha rubia. Mi pasado es un pueblo de llanura.
Fui un chico como todos los chicos de Villa del Parque, progenie
bien alimentada, correctamente vestida, estatalmente educada,
de familias inmigrantes, españolas e italianas
en su mayoría, y la sola diferencia que recuerdo mi condición
de hijo único la disimulaba con irritante exageración el gran
número de primos, abominables criaturas menores, que invadían
la casa de la calle Jonte. Si a mis amigos les sobraban hermanos,
a mí me sobraban parientes.
Tanta convivencia forzada con dos pares de abuelos saludables,
con todas las ramas del árbol familiar combadas por el peso de
los robustos frutos de su descendencia, invita a la reflexión,
empuja al ensueño. Era, cuando podía, un chico solitario, un aplicado
soñador. Lo curioso es que aunque anoche recuperé, en el rastreo
de la infancia, la imagen del niño que se escapaba de aquel mundo
gregario y bullanguero para soñar, no recuerde un solo sueño.
Recuerdo, en cambio, la terraza.
Nuestra casa era de una sola planta, un edificio cuadrangular,
con un frente liso y sin revoque y un patio al fondo que protegía
la parra de rigor. A la terraza se subía por una escalera de mano,
ancha y sólida, a la que le faltaban los primeros peldaños.
Cada vez que mi padre declaraba, con tono firme, que esa misma
tarde se ocuparía de reparar la escalera, yo temblaba pensando
en los primos, encaprichados y llorosos, retenidos en el patio
por la escalera desdentada y la aprensión de sus madres. Pasé
momentos de verdadera angustia antes de comprender que cuando
mi padre decía «sin falta», «ahora mismo», no expresaba la decisión
que me despojaría de mi refugio, sino el fastidio que le causaba
la busca de dos cajones de fruta vacíos para reemplazar los peldaños
faltantes. Los cajones desaparecían regularmente el sábado y el
domingo. Yo los escondía hasta que mis primos dejaban de interesarse
en la escalera, se aburrían de pedir un permiso nunca concedido
o los mandaban a aturdir en la vereda.
El panorama que veía desde la terraza no tenía nada de espectacular
o misterioso: una laguna de techos planos y terrazas similares
a la nuestra, con puntas del tejado a dos aguas de dispersos chalets.
se extendía plácidamente hasta donde alcanzaba la vista. A mis
pies, entre márgenes de edificios cuadrados, sin gracia alguna,
que reflejaban como un espejo la sucinta arquitectura de mi propia
casa, corría la calle adoquinada, con pozos que hacían corcovear
la bicicleta. Las copas de los paraísos apenas rozaban la cornisa
del techo; en invierno perdían las hojas y me permitían observar
a gusto el paso de los vecinos, las mujeres barriendo la vereda;
en verano florecían con un olor estruendoso, de una dulzura repugnante
que atraía nubes de moscas.
Pero yo no subía a mirar el paisaje.
Anticipando un segundo piso que nunca se construyó, había
un gran balcón de curva pretenciosa, que se asomaba a Jonte. Era
alto, panzón como la proa de esos pesados galeones españoles que
ilustraban mi libro de historia. Las duras rectas de la casa y
del damero suburbano de Villa del Parque, la tradicional superposición
de cuadraturas ejecutadas por un dibujante torpe entre bostezos,
se diluía pesadamente en la media circunferencia del balcón, como
un intento grotesco de recordar la forma del mundo. Curiosamente,
era la falta de paredes, de ventana, de techo, lo que le daba
una absurda pero enfática dignidad: la de una nave construida
para surcar mares difíciles, pensada para el transporte de tesoros,
no para la exploración ni el combate
La asociación entre el balcón y el barco corresponde al adulto
que escribe. El chico, simplemente, estaba en él. Me gustaría
contar que jugaba a los viajes. Pero busco la verdad, no una clave
literaria, y la verdad es mi pura presencia en el balcón, sin
juegos, sin sueños transmitibles, sentado en unas tablas que mi
padre había amontonado ahí y cuyo destino, infinitamente postergado,
ni él mismo recordaba. Quieto, paciente, me recuerdo sentado en
el balcón como en una playa, de espaldas a la casa, contemplando
el mar de casas y de gente. En algún momento de la infancia, quizá
porque intuí que hay que dar razones para todo, empecé a llevar
libros. Tampoco recuerdo qué leía.
Menciono la terraza porque del resto de la casa de Villa del
Parque, que se vendió cuando murieron mis padres, casi no me acuerdo.
Hasta el barrio, al que volví ayer después de una larga, deliberada
ausencia, me pareció, de tan impreciso, extranjero.
Eso, en cuanto a la infancia y no es mucho. De mis años de
adolescente tengo aún menos que decir. Me asombra que la familia
me considerara excepcional, sobre todo las mujeres, que se llenaban
la boca de elogios. Lo mejor de la existencia del otro es que
a uno lo arranca de mirar hacia adentro, lo obliga a verse como
lo ven. Pero ni las fotos en el álbum de mi madre, ni los suspiros
y sonrojos de prima ya crecidas, ni la fácil conquista de chicas
en Argentinos Juniors, éxito que coronó e interrumpió simultáneamente
Victoria, me convencen de que yo era tan buen mozo como se declaraba.
En lo que se refiere a mis singulares virtudes, no poseo otra
certeza que el odio encarnizado que despertaba en mis primos varones.
Una sola vez estuve al borde de la vanidad, cuando una joven
vecina, casada y a todas luces feliz con su marido, que acostumbraba
tomar sol en la terraza de al lado, cruzó a la mía y me sedujo.
Fue hecho en silencio, sin explicación previa. Yo tendría catorce
o quince años, ella andaba por los veinticinco.
Durante un largo verano, a la hora de la siesta, todos los
días menos sábados, domingos y feriados, yo trepaba la escalera
con esos libros que ya no leía, ella se asomaba, callada, puntual,
en el hueco de la suya, agitaba una mano y saltaba el muro bajo
de la medianera. Nunca dijo que me amaba o que era un chico hermoso.
Nunca, en realidad, dijo nada más que una palabra de saludo, alguna
orden instructiva al principio, susurrada para no asustarme o
para no alertar a posibles testigos. Un día esperé inútilmente
hasta que se hizo noche. Ella no apareció ni ése ni los días que
siguieron y yo volví a leer. Después, cuando las tías adulaban
a mi madre comentando la suavidad del cabello, la belleza de los
ojos castaños, la sonrisa encantadora con sus dientes perfectos,
la elegancia natural de ese único producto de los Paradella de
Jonte, yo pensaba, desconcertado y triste, que alguna de esas
cosas podrían haber gestado el salto de mi hermosa vecina, pero
no habían sido suficientes para retenerla otro verano.
Con excepción de este episodio erótico, nada hubo de interesante
en aquel período de mi vida, que se deslizó, amable, sin cumbres,
sin abismos, por tres angostos cauces: el Colegio Nacional Urquiza,
el Club Argentinos Juniors, la casa, en la que ya raleaban los
primos y me permitía estar solo sin necesidad de esconderme.
Así llegó el momento de elegir una carrera. ¿Fue ése el punto
de encrucijada? ¿Existió alguien, en algún lugar de este mundo
tan raro, que apoyó la oreja en el suelo y distinguió mis pasos
entre los pasos de millones de muchachos de igual edad y de igual
inocencia ante el futuro, y dijo «éste» y me marcó para una fecha
y una ciudad, Berlín?
Mis padres me preguntaron cuál era mi vocación. Respondí que
quería ser arqueólogo, me convencieron de la prudencia de estudiar
antes medicina, me inscribí en la Facultad, aprobé con brillo
dos exámenes teóricos, me desmayé ignominiosamente ante el primer
cadáver. Siete años después, me recibía de abogado.
|