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1
No es extraño que un hombre como yo piense en la posteridad. Sí
que la tome de confidente, que ocupe sus noches tratando de imaginar
los rasgos de esa cara impasible.
Hoy, 20 de septiembre de 1887, comprendo, con tardío arrepentimiento,
que esos hijos que excluí deliberadamente de mi futuro porque
ya lo colmaba mi obra, tal vez me hubieran disuadido de esta árida
curiosidad por un mundo donde yo no esté, por la memoria que guardarán
en mí los vivos cuando Xavier Dubrand haya muerto. Pero no hay
hijos, ni siquiera hay amigos, y en mis momentos de lucidez me
pregunto si el impulso de confesarme no obedecerá más al deseo
de una venganza póstuma que a mi necesidad de justicia.
Cada mañana, después de otra noche de insomnio, tomo una decisión.
Durante algunas horas me sostiene en ella la presencia todavía
estremecedora de las pesadillas que me impidieron conciliar el
sueño. Podría dar la orden, abrir todas las puertas de esta casa,
cambiar el curso del riacho mezquino que corre en mi existencia,
y no habría entonces ninguna verdad para desentrañar sino una
anécdota risible, un acto más sumado al vaudeville que es la vida
íntima de casi todos los hombres.
Pero a medida que avanza, la mañana me entera de otras cosas.
Que soy Xavier Dubrand, que yo mismo he borrado del presente a
mis posibles confesores, empujándolos con orgullo de necio a esa
posteridad donde quizá perduren mi obra y mi nombre pero no yo,
no éste que claudica bajo los pocos días que le restan y espera
de ellos lo que el futuro nunca le dará: la luz del sol, una caricia
de mujer, la ficción de un trabajo.
Hago lo que puedo. Adquiero, con manía de coleccionista, la
obra aún secreta del artista mayor. Observo, discrimino, me asombro.
Y un día (no hoy, mañana o pasado mañana, la semana próxima) la
legaré al futuro para que cuelgue en un museo, y alguien cuyos
pasos oigo un siglo antes de que esos pies caminen, vendrá a contemplarla
con ojos amistosos y tristes.
2
En mi confesor pienso esta mañana mientras el criado (porque Irene
ha ido a misa de alba) trae el correo, lo pone sobre la mesa,
junto a mi taza de café.
No tengo amistades que necesiten escribirme. Una media docena
de esas cartas son invitaciones para cenar, para aburrirme inevitablemente
en los salones de mis admiradores. Otras me piden obra, regatean
un precio, cuando es a Piquet a quien debieran dirigirse. El sobre
grande y duro, con sello de París, tampoco despierta mi curiosidad.
Sé qué contiene, quién lo envía y cuánto cuesta. Lo abro, sin
embargo. Ah, el autor de esta pretendida obra de arte no es modesto.
Firma la fotografía con el apellido nomás: Disderi.
Sonrío mientras miro las dos figuras del retrato.
El hombre está sentado en una alta silla pretenciosa. La mujer,
de pie, tiene una mano sobre la curva del respaldo, la otra afirma
contra el pecho un ramillete de violetas. Ambos lucen la almidonada
solemnidad de la pose que ha exigido el fotógrafo.
El mérito y el defecto de la máquina fotográfica digo al
sirviente, que retira la taza vacía están guardados en la misma
semilla. Sólo pueden dar una planta monstruosa, algunas flores
raras. No, la fotografía no tiene mucho plazo. Durará lo que dure
el asombro. ¿Sabe por qué? Porque logra el estúpido fin que se
propone. Atrapa solamente la imagen.
Sí, señor dice Juan, y ni siquiera parpadea.
Sírvame más café.
La mano enguantada retiene la taza. Uno o dos segundos de
indecisión en él bastan para enfurecerme.
¡Dije otra taza!
Sí, señor.
Y se quita esos guantes, caramba. Quiero ver manos limpias
Agua, jabón, cepillo; no mugre sobre mugre.
La taza tiembla en el plato. El pobre hombre mira, con aterrada
fascinación, la blancura impecable de sus guantes. Bien instruido
para obedecer, lo entontece la noticia de un capricho nuevo, menos
por el capricho, prerrogativa del amo de la casa, que por el esfuerzo
de sumarlo a los otros e incluirlo en su rutina cotidiana.
En el repique de esta frágil porcelana que odio porque me
parece tomar café en la cáscara de un huevo, adivino su confusión,
siento vergüenza.
Está bien, está bien. Olvídese de sus guantes y tráigame
más café.
Nervioso, se vuelve bruscamente. Caen las cartas al suelo.
Disculpándose mucho, se inclina a recogerlas.
Perdón, señor murmura.
Como el vigía en un mangrullo observa el movimiento del campo,
yo observo a Juan desde la cabecera de esta larga mesa vacía.
Veo la flexión de las piernas, la línea recta de la espalda arqueándose
para acercar los brazos a las hojas dispersas, imagino la invisible
trama de músculos, los hilos de dura carne sana que mueven las
manos. Veo la acción de esas manos ágiles y eficaces. Cuánta belleza
derramada en el acto ofensivamente irrisorio de ordenar papeles
sobre una mesa, de apoyar una taza y un platillo de Sèvres en
una bandeja de plata. El hombre me da pena.
No se preocupe, Juan.
No, señor dice muy serio, escondiendo su cólera, odiándome
en secreto.
Estoy sudando. Tal vez tengan razón. Un hombre con insomnio
no debería tomar tanto café. Siento calor, me falta un poco el
aire. Involuntariamente, giro la cabeza hacia la campanilla volcada,
como una flor metálica, en una servilleta de hilo.
Juan se ha retirado y tengo ganas de llamarlo. Ganas de pedirle
que abra los ventanales. Pero no lo hice antes, cuando podía,
cuando aún me sobraba coraje. ¿A qué hacerlo hoy?
Un sol nuevo, de 20 de septiembre, se estará derramando en
el patio como una catarata. Pronto cambiarán los cortinados de
las salas. De marzo a octubre, la tela es amarilla; de octubre
a marzo, porque me hiere el sol, un verde oscuro que bajo la luz
de las arañas da el negro de un buen caballo árabe. Pero hoy,
y a esta hora, todo es amarillo.
Abisinia digo en voz alta, acariciando la palabra.
3
Este color que inunda las habitaciones se llama amarillo de cadmio, pero tan pocas cosas responden ya a mi voluntad que, casi sin
advertirlo, imperceptiblemente, resbalo a la hechicería verbal
de la infancia, cuando dar nombre era crear. No recuerdo en qué
momento ni por qué motivo (aunque sin duda ocurrió en estos últimos
meses de interiores, de puerta bien cerrada y luz de gas) lo bauticé
con una palabra dorada y espaciosa.
Quizás ingenuamente, Abisinia me evoca un desierto amarillo, plano y tenso como la tela sujeta
al bastidor; una soledad arenosa que me impulsa irresistiblemente
a mirarla, como si en ella adivinara la sombra, el terror y la
gloria de inexcavadas alucinaciones. Menos ingenuamente, sé que
la palabra es el consuelo de un cobarde, que detrás de la lujosa
tapia amarilla no hay otra tentación ni otro peligro que un patio
criollo, terroso y perfumado, el último baluarte que resiste las
incursiones del mármol de Carrara y la ninfa de turno.
Sonrío cuando pienso en el escándalo de los decoradores que
emplea la reforma de mi casa del Temple. No son los únicos en
asombrarse. ¿Por qué modifica Dubrand una vieja casa en vez de
construirse un palacio?
Los más generosos atribuyen el derroche estúpido de tanta
plata a mi notoria excentricidad; los menos amigos, al gusto de
la ostentación, y casi todos a una suerte de locura divina, como
si en mí vieran al Minotauro dirigiendo personalmente las obras
de su laberinto. Nadie (salvo Xavier Dubrand) conoce el verdadero
origen de este monstruo arquitectónico que irrita a un Buenos
Aires empeñado en reflejar, como uno de los grandes espejos que
me traen los barcos, las luces delicadas de Francia.
Y sin embargo, yo también me miento. Finjo un goce de chico
en el costoso juego que añade a mi casa criolla un sinfín de ridículas
columnas, escaleras de talle afeminado, tapices de cremosas mitologías,
alfombras de Aubusson, y toda la prole mobiliaria que se gesta
en París y se embarca en Marsella sólo para venir a arrinconarse
en estos bárbaros cuartos sudamericanos. Ah, pero el patio no.
Es uno de los tres que teníamos. El segundo ya ha sido techado,
enmarmolado, emparquetado. El huerto es un jardín y no da más
fruto que unas flores muy zonzas, sin perfume, que veo en los
búcaros de la sala. En el tercero, que morirá conmigo, quedan
los tiestos con el jazmín del cabo, la estrella federal y los
malvones, y en el centro el aljibe, ya sin agua. No salgo nunca
al patio. Sólo de tanto en tanto, para mostrar que sigo vigilante,
ordeno correr una cortina y lo miro durante unos minutos.
A veces, como si el alma de la casa se refugiara en esa humilde
pintura costumbrista, creo sentir que unos ojos prisioneros me
devuelven la mirada. Otras, reflexiono sobre la curiosa circunstancia
de que sea el patio, modesto recipiente del sol, mi mensajero
de Abisinia.
Esta mañana, sin embargo, trajo una pesadilla. Bien despierto,
soñé un arenal, un cielo de oro, y entre ambos planos (blanco,
laxo, tendido sobre una sola recta de amarillo purísimo) el cadáver
de Irene.
Me temblaban las manos cuando tomé la fotografía de Disderi
y volví a examinarla.
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